Estados Unidos

INCENDIOS

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by Daniel Dimeco

En el camino de vuelta, el aire se iba haciendo más frío a medida que avanzábamos hacia el este y nos alejábamos del fuego, y el cielo estaba claro y estrellado salvo donde el resplandor de la ciudad se alzaba en el horizonte. Mi madre paró en Augusta…

Una historia feroz en Great Falls, Montana. Una mirada adolescente sobre las relaciones humanas, sobre la relación madre-padre y el deseo.

Incendios
Richard Ford
Anagrama 2015 (Colección Compactos)
Traducción de Jesús Zulaika

MI MADRE

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Little Rock, Arkansas. 1960. By Inge Morath

Estación de la Grand Trunk Western de Lansing. El aire se arrastra por el lomo del lago Erie hasta la cara del adolescente Richard Ford. El brazo en alto, saludando, en un intento filial por conservar el calor con la mano de su madre apoyada en el cristal empañado del vagón del tren. Estaba llorando. Adiós decía. La infancia ha tocado a su fin y el camino madre-hijo se abrirá en un ángulo cada vez más obtuso.

Después de eso comenzó la vida que llevaríamos hasta el final. Una vida fragmentada, truncada, de visitas largas y cortas. Cartas. Llamadas telefónicas. Telegramas. Encuentros en ciudades lejos de casa…

Década de 1960. La esperanza de Estados Unidos se centra en un líder joven y atractivo, John Kennedy. La Guerra Fría entra en un túnel cada vez más gélido: Berlín, Bahía de Cochinos, misiles en Cuba, Praga, Vietnam… Mientras tanto, la esperanza de Richard Ford se centra en convertirse en un hombre, en ser sí mismo, en encontrarse a través de la búsqueda hasta hallar un camino, un sitio, un trozo de espacio que dé refugio al adulto. Que lo cobije para que ser capaz de seguir adelante con la sensación de controlar cada milímetro del camino, cada costura del traje…

Así y todo, habiendo pasado muchos años, a pesar de haber recorrido kilómetros, cuando el teléfono suena de madrugada para comunicar que han ingresado a un ser querido, se marca una línea divisoria, un antes y un después. Se puede oír, incluso, el trazo que hace la línea rasgando la piel. El antes es asesinado de inmediato y hay que recolocarse en el nuevo ordenamiento, en el después ya convertido en el ahora.

Richard Ford hace un verdadero ejercicio de comprensión, intenta acercarse (desmedida ambición) a las insatisfacciones y placeres de su madre aligerando el daño que producen los mordiscos de los recuerdos. Una lectura breve en la que se palpa cómo la madre y el hijo a pesar del dordón umbilical son y serán seres desconocidos.

Mi madre
Richard Ford
Anagrama (2010)
Traducción de Marco Aurelio Galmarini

@DanielDimeco

SOY YO, ÉDICHKA

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by Stephen Shore

Odiaba el mundo que transformaba a tiernas chicas rusas que escribían versos en seres jodidos por la bebida y las drogas, que hacían de putas para unos millonarios que les exprimían el alma. Eduard Limónov vive en una habitación minúscula del hotel Winslow, una especie de ratonera para inmigrantes en la esquina de Madison con la calle Cincuenta y Cinco. Trabaja durante un tiempo de auxiliar de camarero en el Hilton y es entonces cuando empieza a detestar Estados Unidos. No tan sólo por una cuestión ideológica (él venía de la Rusia soviética y allí era poeta), sino porque Elena, su joven mujer rusa, con la que llegó de Moscú, le abandona por un rico norteamericano. Es un tema de carácter personal.

¿Dónde está esa Lena lacrimosa, con el perro maltés blanco, negro de la suciedad del deshielo de febrero en Moscú, que apareció en un momento dado en mi casa, huyendo de Vitia, su marido de cuarenta y siete años? Pasa el tiempo y Limónov se sigue preguntano por Elena, por la mujercita suave de la que se enamoró locamente. Elena y él se complementaban en el sexo, pero el idealismo de Limónov y la necesidad desesperada de ella por dejar atrás cualquier tufo soviético y engullir los aromas de Occidente no coinciden plenamente. Él nunca deja de ser ruso. Ella lucha por despojarse de esa piel.

En su obsesión, Limónov llega a arrepentirse de no haber tenido un hijo con Elena. Vagabundeando por Washington Square sueña con secuestrarla, ahora que ella lleva mucho tiempo con otro hombre, llevarla a la dacha de unos amigos y fecundarla en el encierro. Un sueño que se diluye, pero en el que cree con firmeza y desea desesperadamente. Es el sueño de un solitario, un hombre que deambula por las calles de Nueva York (se jacta de conocerlas mejor que nadie) buscando el contacto, físico o de palabra, con algún ser humano que le ayude a atemperar la rudeza de una ciudad que no resulta muy simpática. Busca entrar en mujeres quebradas psicológicamente o abre su cuerpo para acoger los sexos de hombres mayores o de negros que se acomodan entre cartones en alguna plazoleta del West Side.

Eduard Limónov me recuerda a Allen Ginsberg pero con alma rusa (que siempre es otra clase de alma). Ambos aúllan desde sus guaridas mentales como los lobos. Los dos se comen los kilómetros de Manhattan con el deseo en la boca y las gargantas ardientes por el vodka y la ginebra. Limónov y Ginsberg van tras las sombras de hombres y mujeres y cantan Ojos negros y vuelven a beber a la salud de sus ánimas inquietas.

Soy Yo, Édichka
Eduard Limónov
Marbot Ediciones 2014
Traducción de Ana Guelbenzu

@DanielDimeco

FRANCAMENTE, FRANK

The remnants of a roller coaster sits in the surf three days after Hurricane Sandy came ashore in Seaside Heights

Montaña rusa, Nueva Jersey

Después de un huracán, la gente se mueve como las hormigas coloradas a las que un desalmado les ha pateado el hormiguero. Los humanos pierden el ancla, van y vienen como las gallinas sin cabezas y acaban refugiándose en los recuerdos que sobrevuelan las viejas casas, las arrasadas y las que han tenido la fortuna de permanecer en pie.

Frank Bascombe, el legendario personaje de Richard Ford, narra con autocrítica racial y muchas copas de acidez las cuatro historias que surfean sobre el ojo del Sandy, el huracán que asoló parte de la Costa Este de Estados Unidos en 2012.

Los cuervos están encaramados sobre la capa de nieve aguada y a través del cristal observan a los humanos hablando sobre temas totalmente norteamericanos: matrimonios (preferentemente fallidos), racismo, consumo, mercado inmobiliario… Un telón de fondo de a ratos sombrío y de a ratos humorístico asentado sobre una catástrofe natural de gravísimas consecuencias humanas.

Y una ex-mujer, la del propio Frank Bascombe, que ha sido de las afortunadas, de las que no perdieron la casa, aunque el Parkinson se le ha metido para siempre bajo la epidermis.

Francamente, Frank (Anagrama 2015)

@DanielDimeco

A LA CAZA DE LA MUJER

by Ren Xinyu

El único amor que conocí fue pornografía de creación propia. Los únicos amantes que deseé irradiaban una desconfianza hacia los hombres que me excluiría siempre. Sucumbí a las fantasías sobre Jean Hilliker y la poseí durante unos breves segundos depravados de droga. En marzo de 1958, James Ellroy invocó una Maldición y tres meses más tarde asesinaron a su madre, Jean Hilliker. Desde entonces, su historia cogió un rumbo marcado por el fantasma de Hilliker.

La Maldición es el eje estructural de A la caza de la mujer (Mondadori 2011). Además de ser una radiografía maravillosa de la psicología obsesionada por cazar, cazarlas a Ellas, a las mujeres que conoce o se imagina, a las que espera en la oscuridad a las que lo llamen por teléfono, a las que espía. A las que, incluso, llegan a maridar con él. Ellroy quiere cazarla, a Ella, a esa madre asesinada en un callejón de El Monte, una barriada deprimida a las afueras de Los Angeles, cuando él tenía diez años.

En 1978, James Ellroy volvía al Sunset Strip, donde se congregaban las prostitutas, con la persistencia del calenturiento hijo de un reverendo. Ellroy quería que Una Mujer o Todas Las Mujeres fueran Ella y por eso se embarcó en esa búsqueda desesperada de mujeres a las que no siempre les reclamaba sexo, muchas veces sólo quería hablar.

Invierno de 2005 y Ellroy ha pasado por las drogas, la depresión y conoce el extenuante éxito del escritor comercial. Hasta ahora la vida ha sido: Hijo único / huérfano / perseguidor de faldas / marido a tiempo parcial. Ese es el retrato que el propio Ellroy hace de sí mismo desde que nació hasta la cincuentena. Frente a lo que ha sido se presenta lo que puede ser y con ellos la probable calma.

@DanielDimeco

EL MAL DE PORTNOY

Condones japoneses

Ojalá alguien, de algún modo, consiguiera liberarme de mis obsesiones: la felación y la fornicación, los amoríos y la fantasía y la revancha, ¡las muescas en la culata y la persecución de sueños!, ¡esta desesperada e insensata lealtad al pasado más antañón!…

En El mal de Portnoy (DeBolsillo 2012), de Philip Roth, como en las comedias de Woody Allen, la madre es el virus letal que inocula a los hijos las más terribles aprensiones y taras que van a marcar de por vida las relaciones amorosas y sexuales de las víctimas. Instantes que van desde el humor más ácido a la tragedia sin intermedios. Dice Alex Portnoy, el protagonista, hijo de padres judíos sufrientes por los posibles avatares del futuro: ¡Anda que menuda lista de agravios tengo! ¡Anda que son pocos los odios que llevo dentro sin haberme enterado!

Por alguna extraña razón, el autor nacido en Newark siempre acaba enredándome en sus historias, incluso en este “mal” que por momentos su narración se alarga más de lo conveniente. Empiezo a leer sus novelas y enseguida escuece la epidermis. La temática de la culpa entra en acción en El mal de Portnoy y recorre el cuerpo a través del torrente sanguíneo (judío o cristiano), hinchando los capilares, regando el cerebro y sembrando de terrores al niño-adolescente: miedo a la sífilis si mira el coño de una shikse (mujer cristiana), enfriamiento y muerte si asoma la cabeza por la puerta un día de invierno, problemas gástricos de por vida si come una hamburguesa fuera de casa (y probable muerte). Padecer estreñimiento de por vida como le ocurre a su padre y un largo etcétera de temores incubados desde el nacimiento al arrullo doloroso de la yiddishe mame. ¿Y qué mejor que Charles Aznavour para este momento: Elle organise, elle décide tout au long de sa vie.

A diferencia de otras novelas de Roth como Me casé con un comunista, Pastoral americana o La mancha humana, El mal de Portnoy se cuece a fuego lento en la propia cocina de una familia judía estadounidense y resalta la imposibilidad (enfermiza) de anteponer el amor por encima del juego erótico, de los meneos corporales y apasionamientos de tonalidad wagneriana que afectan al protagonista.

LA TRAMA NUPCIAL



Los problemas amorosos de Madeleine empezaron cuando sus lecturas de teoría literaria desconstruyeron la idea que tenía del amor. Esta es la frase que al autor de La trama nupcial le inspiró para escribir la novela.
Jeffrey Eugenides es de esos autores que se toma su tiempo y que, entre una novela y la siguiente, deja pasar casi una década, permitiendo que los lectores reposen lo leído, reposa él y, mientras tanto, elabora la siguiente historia. Todas son historias de calidad, eso sí. Ciertamente una rareza en este sinfín de publicaciones escritas a toda prisa entre gallos y medianoche antes de que la efímera fama decaiga o se evapore.
Eugenides ha demostrado con Las vírgenes suicidas (1993), Middlesex (2002) y La trama nupcial (2011 en inglés y 2013 en español por Anagrama) que tiene una especial maestría para trabajar como técnico de las conexiones cerebrales de los personajes que crea. Desde aquellas cinco hermanas Lisbon que optan por el suicidio sin que quede demasiado claro el motivo (madre castradora, idea romántica, depresiones de adolescentes) a esta nueva novela en la que la bipolaridad de uno de los personajes va adquiriendo proporciones cada vez mayores hasta “viciar” completamente toda la trama.


Alumno de Harvard (foto Reuters)



La trama nupcial se centra en un menage à trois cuyo vértice es Madeleine, una joven en su último año de estudios y sin saber por dónde conducir su vida. Entorno a Madeleine giran dos hombres: el novio bipolar aspirante a científico (Leonard) y el amigo enamorado de los estudios sobre religiones (Mitchell) que cree que yendo a la India va a encontrar el sentido de su existencia. A diferencia de Las vírgenes suicidas en la que a cada giro de página el lector puede encontrarse con una sorpresa, en esta novela Eugenides rasga la carne y hunde la navaja recorriendo los circuitos cerebrales y las sensaciones de fracaso que experimentan los personajes en un buceo por aguas turbias y muchas veces fétidas.
Un viaje desde el amor teórico a la realidad. Una necesidad desesperada de salvarse de los rigores y azotes de la mente.