SUKKWAN ISLAND

David Vann (Alaska, 1966)
© David Delaporte
Lo había leído en alguna parte: las novelas de David Vann son muy buenas, duras, pero excelentes.
Hace un par de semanas, comiendo con la escritora María Tena, escuché lo mismo de su boca y entonces fue cuando pensé que ya era el momento de “lanzarme a los brazos” del universo literario Vann. Ahora estoy segudo de que haber leído Sukkwan Island (Ediciones Alfabia) ha sido de las mejores y más placenteras decisiones de la semana.
Ediciones Alfabia
ISBN 978-84-937943-2-3
Pags. 210

La fuerza arrolladora de la naturaleza de Alaska me condujeron al encierro, al aislamiento en la isla de Sukkwan con dos personajes peculiares: Jim Fenn, el padre, y Roy Fenn, el hijo de trece años que ha cedido a la solicitud del primero y ha dejado a su madre, hermana y amigos en California y se ha trasladado a pasar una temporada con Jim (James Edwin, como el padre del autor) en una isla en medio de la nada en el estado de Alaska donde todo está por construirse, incluso o, sobre todo, la relación paterno-filial que ha sido desmigajada desde que sus padres se divorciaron cuando Roy era un niño. 


Roy observaba a su padre todo el tiempo y no veía ninguna grieta en la cáscara de su desesperación. Su padre se había vuelto insensible. Y luego Roy llegó un día después de una excursión que había hecho solo y encontró a su padre sentado ante el aparato de radio con la pistola en la mano.

Las primeras 125 páginas de Sukkwan Island son de inmersión en ese mundo extramadamente duro que construye David Vann: la propia naturaleza agreste e indómita, la preocupación por sobrevivir en un medio hostil al que hay que sumarle la propia y compleja psicología de unos personajes enjaulados en sus pensamientos e incapaces de relacionarse entre sí. No veían nada por la ventana, salvo la lluvia y el granizo y a veces la nieve que caían en ángulos que cambiaban constantemente.
Todo plan para salvar una relación, la que sea, puede ser bueno, pero es difícil que resulte si no se abandonan las propias aspiraciones en pro de las aspiraciones conjuntas, sin ser capaces de escuchar las necesidades de la otra parte. Algo de esto ocurre en esta gran obra de Vann quien, a su vez, atrapa al lector con los giros inesperados y desconcertantes propios de alguien que continúa el legado de compatriotas tan grandes como William Faulkner y Cormac McCarthy.
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