Relatos

LA SANGRE QUE TEME A LA SANGRE

'Headless' by Roger Ballen

‘Headless’ by Roger Ballen

Ellos la mataron, yo lo sé y sólo yo lo sé. No fue su culpa, fue un accidente, no sabían lo que hacían. Son casi unos niños. Son inocentes… son mis hijos... Así arranca Lilly, el primero de los relatos, y así es el pulso que conservan los siguientes hasta la última página.

En la calle Retorno de Ciudad de México pasan cosas. Allí, la vida y la muerte, la enfermedad, los deseos, los descuidos, los amores y desamores se entrecruzan, se rozan, se chocan, se devoran. Retorno 201 es un libro de relatos, historias que transitan las violencias personales, los dolores más íntimos, el amargor de unos seres muchas veces astillados, descreídos o con convicciones tan inamovibles que acaban hundidos en un pantano fétido a expensas de los odios y las decisiones irracionales.

Las imágenes y sensaciones que crea la escritura de Guillermo Arriaga hacen tajos en la piel, quiebran huesos, solidifican la sangre, amarran los tendones, erizan los nervios, contraen los músculos con una violencia soterrada y visceral hasta que, al final de cada uno de los relatos que componen Retorno 201, la calle se acaba, despierta el silencio y la noche se impregna del aroma ácido de la putrefacción y la hiel.

Ya sea en 21 gramos, Babel, Amores perros o Los tres entierros de Melquiades Estrada, los guiones de Arriaga aspiran el alma del desierto, tanto del que echa raíces en las entrañas de personajes regados por las amarguras como el más literal y polvoriento de Chihuahua.

Retorno 201
Guillermo Arriaga
Verticales de Bolsillo 2008

EL DESAPEGO ES UNA MANERA DE QUERERNOS

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by Josef Koudelka

A Andrea la mataron de una puñalada en el corazón, mientras dormía en su propia cama en San José, un pueblo perfumado de visceras y plumas de pollo cerca de Colón, provincia de Entre Ríos.

Selva Almada irrumpe en el lector con la viril decisión del metal en punta, remueve las entrañas y después se va dejando un regusto dulzón en la herida. Su narrativa huele a sangre, a glóbulos reventados que humedecen la tierra reseca por ese sol de verano que se ancla entre la mística bonaerense al sur y la guaraní al norte.

El desapego es una manera de querernos, así se titula uno de los relatos que, además, bautiza la colección de historias de esta edición de Mondadori. Todos y cada uno de ellos se alimentan del universo seductor y brutal de unas relaciones sociales que pivotan entre los márgenes y el centro descascarillado, familias que viven el dolor y la sexualidad de un modo voraz, consumiendo cada segundo de sus vidas como si fuera el último. Los acontecimientos siguen sus ceremonias muchas veces risibles en mitad de la tragedia. O eróticas ante el devaneo con la muerte: Se endurecían los traseros como botones de rosas. Goteaban mieles de camoatí los muslos. Al tiempo que el runrún de las avemarías salía por la puertas y las ventanas abiertas ganando la calle como una manga de langostas.

Almada tiene un don especial para describir silencios tensos, sufrimientos que sólo se entrevén en gestos mínimos, pueblos desolados, velatorios y recuerdos de niños muertos que ya no son otra cosa más que unas fotos y una cicatriz blanca que le divide el vientre (a la madre) a la mitad.

El desapego es una manera de querernos
Selva Almada
Literatura Random House 2015 (Argentina)

@DanielDimeco

BORRASCA

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4 de la tarde y es de noche en Copenhague. Te escribo desde el ático, una especie de palomar con ventanuco oval de vidrios astillados. Me rodean cajas, cajitas y cajones, algunas sillas apiladas, dos marcos viejos con el dorado descascarillado, maletas enfundadas en el verde del moho… Una extraña mezcla de recuerdos familiares, de infancias ajenas, olores y objetos de historias de otros y el rasgueo apresurado de las uñas de los roedores sobre la madera del suelo.

El techo de la estación de Bernstorffsvej reluce bajo el manto de nieve. El viento brama entre las ramas desvestidas de los árboles y en el horizonte, por sobre las casas, vuela un aire blanquecino que desdibuja los contornos. Los frágiles copos de cristal revolotean como los insectos bajo la luz de las farolas. El silbido del tren mød København, suave en las noches de verano, ha sido silenciado por la cólera del invierno.

En las ventanas de todas las casas hay un pabilo encendido, sereno en su andar lento hacia la muerte.

Diciembre de 2001

@DanielDimeco

FRANCAMENTE, FRANK

The remnants of a roller coaster sits in the surf three days after Hurricane Sandy came ashore in Seaside Heights

Montaña rusa, Nueva Jersey

Después de un huracán, la gente se mueve como las hormigas coloradas a las que un desalmado les ha pateado el hormiguero. Los humanos pierden el ancla, van y vienen como las gallinas sin cabezas y acaban refugiándose en los recuerdos que sobrevuelan las viejas casas, las arrasadas y las que han tenido la fortuna de permanecer en pie.

Frank Bascombe, el legendario personaje de Richard Ford, narra con autocrítica racial y muchas copas de acidez las cuatro historias que surfean sobre el ojo del Sandy, el huracán que asoló parte de la Costa Este de Estados Unidos en 2012.

Los cuervos están encaramados sobre la capa de nieve aguada y a través del cristal observan a los humanos hablando sobre temas totalmente norteamericanos: matrimonios (preferentemente fallidos), racismo, consumo, mercado inmobiliario… Un telón de fondo de a ratos sombrío y de a ratos humorístico asentado sobre una catástrofe natural de gravísimas consecuencias humanas.

Y una ex-mujer, la del propio Frank Bascombe, que ha sido de las afortunadas, de las que no perdieron la casa, aunque el Parkinson se le ha metido para siempre bajo la epidermis.

Francamente, Frank (Anagrama 2015)

@DanielDimeco

STALIN LLAMANDO A EHRENBURG

Ilya Ehrenburg by Martiros Saryan

Los censores soviéticos, que aún en 1941, a dos años del inicio de la II Guerra Mundial, seguían ateniéndose a las directivas de Stalin de no ofender a Hitler, habían rechazado La caída de París, la novela en la que Ilya Ehrenburg no era nada amable con el nazismo.

Una tarde gris y lluviosa, una tarde moscovita, Ehrenburg estaba en su casa con su mujer y recibe una llamada del Kremlin. La sangre se le torna agria y el sudor le brota en la frente y la columna vertebral.

Poskrebishev, el secretario del líder soviético, le dice:

-El camarada Stalin quiere hablarle.

Las manos del escritor tiemblan. Los perros que dormían en el salón empiezan a ladrar, como si intuyeran algo y Ehrenburg teme no oír lo que Stalin le tiene que decir.

-Saca a estos animales de aquí –le pidió a su mujer.

-Me ha gustado su libro –resonó firme la voz de Stalin a través del auricular.

-Gracias, camarada Stalin.

-¿Pretende con él hacer una denuncia del fascismo?

-No es fácil hacer ese tipo de denuncias, ni siquiera se me permite utilizar la palabra… fascismo.

Ehrenburg siente que el silencio se prolongaba demasiado, está convencimiento de que ha dicho lo que sentía, un lujo innecesario, un riesgo altísimo.

-Sigue escribiendo, Ehrenburg.

Y la comunicación se corta.

Ilya Ehrenburg se sienta en un sofá, con las manos entrelazadas tratando de disimular los nervios y de contener el corazón.

-¿Quién era? –le pregunta su mujer extrañada.

-Stalin.

Ella palidece y se sienta junto a su marido.

-¿Qué te ha dicho?

-Que siga escribiendo.

-Dejaré que los perros vuelvan a entrar.

20, RUE DE SEVIGNÉ

© Carmen Garrido

La voz de María Callas acaricia mis orejas y enciende mis sentidos. Su voz es como un hálito tibio que se pasea en la medianoche de principios de agosto. D’amour l’ardente flamme.

El serenísimo patio central del antiguo depósito de La Samaritaine, en el quartier Saint-Paul, se relaja en su duermevela. Los grillos oran entre los arbustos del jardín, abrazados por el aire dulce y cándido del verano parisino.

Es de noche y en la habitación los destellos de una lámpara amarillean las paredes. El ejemplar recién comprado de Une jeunesse soviétique, con dibujos y textos de Nikolaï Maslov, ya cuenta con una pequeña mancha color burdeos, las huellas de sangre del mejor Côte du Rhône. El escritor (el mío particular, el que me inventó y al que asesiné para ser yo misma) ha salido a pasear a medianoche, como los antiguos iluminadores de calles, aquellos que encendían las bujías de aceite, que conocían historias surgidas de las sombras, escuchaban discretamente cuando se acercaban los carruajes a las casas señoriales y veían descender a las damas que volvían de la Opera o a los amantes que abandonaban los lechos ajenos antes del chapoteo de las barcazas de pescadores remontando el Sena, o se cruzaban con los ladrones noctámbulos durante el siglo de Balzac. Decido seguirle, ver adónde quiere llegar.

Los reflejos de las ventanas del palacete de la condesa Rothschild tiñen de plata y oro las aguas que lamen la quietud de la isla de San Luis. Él cierra los ojos y entonces aprovecho para acercarme. Nuestras miradas se cruzan. En uno de los tantos raptos de altivez que me asaltan, me veo tal y como me describió en el papel: bella e inteligente. Siempre me hizo mucha gracia el lunar que colocó a su antojo en mi cuello, bajo el lóbulo de la oreja izquierda. Una impronta minúscula, que en cualquier persona o personaje pasa desapercibida y que él, mi inventor, la elevó tanto que mi pobre André, mi marido también en el papel, se excitaba pasándome la lengua. Hace de eso mucho tiempo, poco después de 1968.

Le toco. Mi mano, pequeña y tibia, aprieta con fuerza la suya y le sonrío y, sin dejarlo reaccionar, tiro de él y corremos por Saint-Louis-en-l’Île hasta el puente y oigo su respiración acelerada y las pisadas amplificadas en el eco. Me doy cuenta de que me ha reconocido, que sabe quien soy. Que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo existiendo para él después de haber pasado noches y días enteros en mutua compañía. Porque nos hemos excitado, peleado, ignorado mutuamente y hasta hemos hablado mansamente.

Nos adentramos por los callejones estrechos, más allá de Saint-Michel y de la plaza de Saint-André-des-Arts, cerca de la calle de Hautefeuille, donde yo alquilaba un ático al llegar de la Unión Soviética. Los muros de los edificios se estrechan sobre nosotros. Su suavísimo jadeo me recorre el cuerpo y no dejo de pensar si alguna vez se enamoró de mí, si durante aquellos meses de escritura me pensó, si se metió tanto en mi cuerpo como para llegar a hacerme el amor. Pero sé que jamás lo sabré. Ya no.

Al girar en la calle de Sevigné, muto de joven a mayor, de muchacha idealista y pretenciosa a mujer quebrada de dolor por mis traiciones y desventuras, por mis silencios innecesarios cuando debí haberme expresado, por los errores cometidos y la imposibilidad de una vuelta atrás. Inconscientemente, me llevo una mano al bolso buscando los grados de vodka que me despejaban y me censura con la mirada que brinda la autoridad de quien mejor me conoce. Los recuerdos caen encima de mí cuando el camino se hace cada vez más y más Le Marais.

Nos detenemos delante del número 20 de la calle de Sevigné. Sus ojos se entornaron y un latogazo de horror astilló su rostro. Las plantas y flores del que fuera mi balcón estaban muertas, las únicas fallecidas en toda la ciudad durante los meses de verano. Desanduvo el camino mientras que yo me quedé allí, no sé si en la calle u obersvándolo a través del cristal de mi casa. Tampoco importa ya.

Otro sorbo de vino y la Callas se viste de Lucia di Lammermoor.

Me llamo Irina Maslova, nací en Irkutsk y permaneceré para siempre en París.

@DanielDimeco

UMA THURMAN EN EL CAFÉ VICTOR

café victor

Cafe Victor – Ny Østergade 8 – 1101 København K

Año 2006. Ahora escuche mi voz, mi voz le guiará hasta Copenhague… Ahora voy a contar de uno a diez, cuando llegue a diez estará en Copenhague…

No se trata de una película de Lars von Trier. No es su Europa, yo no soy el narrador Max von Sydow y usted no es ni Kessler ni Hartmann. Si eso es lo que cree, debo decirle que se trata de una mera coincidencia.

Diez. He dicho diez y usted está en Copenhague. Cierre los ojos y cuando los vuelva a abrir los colores se habrán refugiado en el blanco, el negro y el sepia. Usted entrará en un estado de película antigua.

Deténgase en esa esquina del barrio de Nørrebro. La lluvia cae sin cesar y usted está a punto de vivir una escena de espionaje de posguerra. Abra la puerta, entre al restaurante y adéntrese en una estancia de los años 50 (en Escandinavia, no lo olvide), luz de velas en la noche fría y murmullos por conversación: Café Victor. Allí, sentada a una mesa redonda, se encuentra Uma Thurman. No la mire aún, sólo se lo he dicho para que esté prevenido. Quítese la gabardina y con el paraguas entréguesela al hombre alto y rubio de sonrisa glacial que aguarda de pie a su derecha.

¿Huela el aroma a carne asada y a arenques? Ahora puede mirar hacia su mesa, a la de Uma Thurman. Ella está sola. De repente, se levanta y pasa a cincuenta centímetros de usted. Alta y rubia, lleva un vestido hasta la rodilla, un escote generoso, botas y el cabello recogido en un moño.

Cuatro años sin poner sus pies en la ciudad y la casualidad le ha llevado nuevamente al norte, a la lluvia eterna y al cielo plomizo, al frescor noctámbulo y al agua báltica azul topacio de los canales… A usted le ha sido asignada una misión. Todo ha cambiado. Usted ha viajado a Dinamarca para cometer un asesinato, para matar a alguien que está en el Café Victor ahora mismo. Pero relájese y oiga lo que le voy a pedir: no lo haga, no apriete el gatillo. Ahora contaré hasta tres y le pondrán delante un plato de cerdo caramelizado. Uno… Dos… Tres. ¿Qué le parece?

No mire hacia la puerta. No lo haga. Cene… Por observar hacia la puerta acaba de perderse el regreso de Uma Thurman.

Toque la culata del revólver con naturalidad. Eso es, bien hecho. Ahora continúe degustando el cerdo. ¡Ah! Skål y que disfrute del vino alsaciano. La persona por la que usted está en el restaurante se ha sentado a la mesa de la actriz, de espaldas al espejo grande que hay en la pared del fondo. Mire si quiere, sé que no puede contenerse.

¿Qué piensa hacer? Las instrucciones que le han dado son que lo invite a ir hasta el coche negro que aguarda aparcado en la calle, en la acera de enfrente. Una vez dentro, golpéelo en la cabeza y después lo arroja al Havnebussen con un peso atado al cuello.

Ahora levántese y vuelva a tocar el revólver para asegurarse de que sigue allí. Camine lentamente hacia la mesa de Uma y del hombre importante y no se preocupe por interrumpirles. ¿Qué le ocurre? ¿Por qué no avanza como le he dicho? ¿No piensa llevar a cabo las instrucciones que le han dado? Entonces saque el arma y dispare a quemarropa. Usted es un sicario y le pagan para que haga su trabajo.

Uma Thurman le está mirando a usted y le sonríe. Haga usted lo mismo… Así está mejor. El hombre que la acompaña lo observa entornando la mirada. ¿Adónde va? ¡Espere! No se olvide de pagar y recoja la gabardina y el paraguas.

Ya ha salido del Café Victor. Ahora relájese. Sienta el agua empapándole el rostro y el frío calándole el cuerpo. Cierre los ojos y cuando vuelva a abrirlos se enfrentará a la realidad. A otra realidad.

@DanielDimeco

CRÍMENES

Foto: ZDF und Gordon Mühle



El comisario principal Dalger, de la policía criminal de Berlín, tenía su propia teoría después de muchos años interrogando a criminales y sospechosos: Sigan el dinero o el esperma. Todos los asesinatos se explican por una cosa o la otra.
Crímenes (Salamandra 2011) no es una novela negra, sino que se trata de historias criminales que el abogado Ferdinand von Schirach (el autor) ha ido recopilando en su trayectoria profesional.
Las historias más absurdas podían ser ciertas, y las más creíbles, inventadas… Una máxima entre quienes se encargan de la defensa o acusación en un juicio por un crimen…
Vas a cuidar de mí. No puedes abandonarme nunca. Todo comienza con un juramento. Una pareja joven se casa y viaja de luna de miel a El Cairo. Todo acaba en el sótano de la casa familiar… 


Foto: ZDF und Gordon Mühle

¿Qué puede ocurrir si se decide acudir a una fiesta de estudiantes abierta al público y se juega con chicos de barrios como Kreuzberg o Neukölln?

Dos hermanos y una manzana brillando bajo el sol de Sicilia…
Una chica nombre Irina abandona su país escapando de una guerra y aprende los precios de la felación y el coito en la Kurfürstenstrasse…
Citarse reiteradas veces en un hotel de lujo con un hombre rico para pagar las deudas que el marido tiene con un mafioso…
Dos skinheads pretenden divertirse con un key client en el andén de los trenes que van a Hamburgo…
Un libro para fanáticos de las series policiacas, los asesinatos violentos y las resoluciones judiciales.
 

LA CHIQUITA PICONERA

La chiquita piconera de Julio Romero de Torres
Un buitre sobrevoló el cielo límpido de la Sultana y se posó sobre el tejado del Hospital de San Sebastián, la residencia de las monjas salesianas de Córdoba. La piconera lo vio de reojo, poco antes de entrar en solsticio hiemal, mientras buscaba, a través de los critales, los ojos negros del río Guadalquivir, eternamente serpenteante a sus espaldas en el cuadro de Julio Romero de Torres.
La niña-mujer de embriagadora belleza andalusí una tarde fue conducida, casi a rastras, hasta el taller de Romero de Torres.
-Mire don Julio. No me va a decí usté que no é guapa la María.
-¿Cómo te llamas? –le preguntó el pintor.
María Teresa López –respondió con un, aún, perceptible deje porteño.
Romero se pasó una mano por el bigote, entrecerró los ojos y se recostó sobre el espaldar de la silla de anea. La chiquita piconera lo miró sin pestañear. La osadía y la hermosura enamoraron a don Julio quien, por entonces, había superado la cincuentena, mientras que ella todavía no había llegado a los quince.
La chiquita piconera, la mujer morena, la de las piernas cinceladas, la belleza estampada en los billetes de cien pesetas de la posguerra, la joven delgada, morena y de grandes ojos negros, posó para el artista. Las correderas, paseándose cogidas del brazo por la ribera, dijeron que la hija de los López se había desnudado para el hombre. Y la ciudad entera les creyó. De María Teresa dijeron en público que había sido amante del artista; detrás de las rejas comentaban que era una puta. Fue desplazada, aislada y señalada… Marcada para siempre.
María Teresa López
Un día, de la iglesia de San Pedro, partió un cortejo pequeño, con paso lento. La última parada: el cementerio de El Carpio. Unos pocos iban acompañando a un cuerpo de miel; a unas manos finas azuladas por las venas; a un rostro de rasgos delicados con un imperceptible rictus de pena arrastrado desde la adolescencia. Sobre el ataúd, un bordado mantón y un clavel rojo español. Los soportales de la Mezquita-Catedral se cerraron y, a medianoche, doce campanas fueron tañidas con furia.
Córdoba dormía. La brisa suave acercó el aroma a azahar y canela. El llanto del Guadalquivir compuso notas contra los pies del Puente Romano y unas cortinas blancas se agitaron suavemente.

ANOCHE REGRESAMOS A LA CASA DEL FONTANKA

Museo Anna Ajmátova, San Petersburgo
Anoche volvimos a la Casa del Fontanka, a una mágica fiesta, como las de Fin de Año. Anoche tuvimos la necesidad de revisitar un cuento de Petersburgo, de leer un poema sin héroe, de refugiarnos, ¡oh contradicción!, en la asediada Leningrado de 1941.
Sin que la inquilina del Fontanka, Anna Ajmátova, nos invitara nos presentamos como los parientes insufribles que llaman a la puerta sin haber sido invitados. Aprovechamos que la casa estaba iluminada, a sabiendas de que Ajmátova daba una fiesta, la mejor celebración posible: rememorar que el dolor se combate con la belleza y que, de ese modo, se sobrelleva mejor el sitio de la ciudad del zar Pedro, la ciudad con el sudor del pueblo construida.

Anoche volvimos a la sala blanca de espejos en la Casa del Fontanka y nos colamos en el baile de máscaras, inadvertidos entre los espectros… Comimos caviar y brindamos con vino sin importar que nos quemara como el veneno. Estuvimos con Fausto, Don Juan, Dappertutto, Iokanaan y hasta con el discreto nórdico que llamaban Glahn. ¿O era Dorian, el asesino? ¡Qué más da!

Sí, anoche regresamos a la Casa del Fontanka y volvimos a sentir la paz que siempre nos ha dado, paladeamos el sabor del té con mermelada de fresa recién extraído del samovar y, finalmente, sobrevino el merecido descanso del guerrero junto al calor de la estufa, escuchando la música exquisitamente medida del viento furioso de Leningrado, mientras que, allá abajo, casi en la desembocadura del Leteo-Neva, donde los cristales polares, donde se ven los resplandores ambarinos, donde Pushkin bebía el agua por recomendación de su médico para evitar la desesperación, allí, los negritos de Meyerhold jugaban a tirarse bolas de nieve.

ANTOLOGÍA "RELATOS 2012"

Presentación de la antología Relatos 2012
XXVIII Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza
Presentado por Fernando Aínsa y Antonio Mostalac
Feria del Libro de Zaragoza
2 de junio de 2012 a las 20.00 horas



José Luis Enciso, Daniel Dimeco
 y Miguel Ángel González



Los perros ladran de noche
(comienzo)

LOS PERROS LADRAN DE NOCHE

Imagen de Egon Schiele
Hoy, martes 27 de marzo, a las 12.43 horas, recibí una llamada de esas que a uno le hacen sonreír, que te lo crees pero no del todo, que piensas que se pueden estar equivocando, que quizás querían llamar a otra persona.
Una voz me anuncia que me llaman en nombre del Consejero de Cultura, Educación y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza para comunicarme que mi relato Los perros ladran de noche había ganado uno de los dos accésit del XXVIII Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza 2012.


Los perros ladran de noche construye un escenario castellano del silencio, un escenario donde siempre es mejor callar, ocultar y vengar para nunca más volver a hablar del tema. Donde el erotismo de la pubertad se entremezcla con el de la madurez y lo que puede ser hermoso se convierte en dramático.

Durante la Feria del Libro de Zaragoza, del 1 al 10 de junio, verá la luz la antología que recogerá el relato ganador: Milagroso regreso, de José Luis Enciso Martínez, y ambos accésit: Dios no está con nosotros porque odia a los idiotas, de Miguel Ángel González González, y Los perros ladran de noche, de Daniel Dimeco.