Periodismo

JUAN MAIRENA FECUNDADO POR FRA ANGELICO

María Velesar, Dolly, Inma Cuevas, David Aramburu, Juan Mairena, Soledad Rosales y Pablo Martínez

María Velesar, Dolly, Inma Cuevas, David Aramburu, Juan Mairena, Soledad Rosales y Pablo Martínez en La Casa de la Portera

Acordes como de pasos de Semana Santa que se oyen cada vez más cercanos, stilettos que aguijonean las transitadas maderas del suelo de La Casa de la Portera y la letanía de las Adoratrices del Santo Membrillo resonando bajo palio de oro y sangre. El misterio de la oración matinal se funde con los placeres de la carne áspera del fruto que paladeaba el Sultán de la Puerta de Constantinopla. Los cerrojos se deslizan entre aullidos metálicos y el convento de unas monjas italianas, encabezadas por una peculiar Madre Superiora, hermanastra blanca y mediterránea de aquella Deloris Van Cartier, despierta al alba y las intrigas se murmuran entre las viejas paredes de la la portería que custodian José Martret y Alberto Puraenvidia.

Ha transcurrido un año desde el estreno de Cerda, la desopilante creación teatral del dramaturgo y director Juan Mairena, con un elenco de artistas que no dejan indiferentes a ningún espectador: Sor Cicilia (primero en la piel de Inma Cuevas y después en la de Carolina Herrera), Sor Bette (Soledad Rosales), Sor Cosetta (David Aramburu) y Sor Catana (María Velesar), antiguas huérfanas amparadas por las garras protectoras de la Madre Leona (Dolores Marioli o Dolly). Hablamos con el Creador de esta particular porcherie.

¿Quién te fecundó para que parieras Cerda?

Un cuadro: La anunciación de Fra Angelico. Un rayo de luz entró por la ventana y, de repente, allí estaba ella.

La primera impresión que tiene el espectador, nada más empezar la función, es la de estar asistiendo a una obra de sólo risa. Poco a poco la historia se va enfangando (niños robados, identidad…) sin perder el sentido del humor. ¿Cómo trabaja Mairena-dramaturgo y cómo lo hace Mairena-director para lograr esa simbiosis?

Como dramaturgo me planteé el reto de contar un drama en clave de comedia. Sabía que no era fácil pero tenía mucha curiosidad por saber qué ocurriría en escena. Y como director no sólo era un reto para mí sino también para los actores, que debían cambiar de registro y pasar de la situación más dramática a la más cómica en apenas unos segundos. Lo inquietante de esta obra es que el público, sobre todo al principio, no sabe si reír o llorar, pero a medida que avanza la historia van entrando en el código y es muy gratificante comprobar cómo, también el espectador, pasa del sobrecogimiento al estallido de risa con un simple chasquido de dedos.

Cuando murió Niní Marshall en su casa encontraron la vida entera de los personajes que había creado: fotos, objetos, relatos… ¿Cómo creaste a esas monjas huérfanas que habitan el convento en Cerda?

Si alguien entrara en mi casa entendería enseguida el origen de este universo. Sin duda, mis personajes en general y estos en particular están construidos con retazos de imágenes, historias, personajes que me han impactado a lo largo de mi vida. Y si hay algo que los caracteriza es que todos ellos se mueven siempre en el terreno de la ambigüedad, no son claros ni oscuros, ni buenos ni malos, son contradictorios por naturaleza y eso es lo que para mí les hace realmente interesantes.

Carolina Herrera, María Velesar, Dolly, David Aramburu y Soledad Rosales

¿Cómo fue la elección de ese equipo fenomenal de actores que te ha acompañado durante todo este tiempo?

En este caso fue muy fácil porque prácticamente todos los personajes están escritos para los actores y actrices que los interpretan. Había trabajado antes con la mayoría de ellos y en el proceso de escritura siempre estuvieron presentes. De hecho los personajes tienen mucho de las personas que los habitan. Por otro lado, tuve la gran suerte de que primero Inma Cuevas y después Carolina Herrera, con quienes no había trabajado y, por tanto no me conocían, accedieran a participar en este proyecto.

He leído por ahí, y me lo han confirmado al oído, que eres un director con el que es un placer trabajar. ¿Qué les exiges a los actores desde el primer encuentro?

En mi opinión, no es el director quien tiene que exigir sino que son los propios actores los que tienen que ser exigentes con ellos mismos. Así que si tengo que exigirles algo es ese compromiso personal. En cualquier caso, la tarea del director es conseguir que haya una buena comunicación y a veces esto es complicado. El lenguaje, cómo expresas lo que quieres transmitir para que los actores comprendan sin ningún tipo de interferencia, es fundamental. Procuro cuidar esas cosas y, especialmente, crear un buen ambiente de trabajo, antes, durante y después de los ensayos.

Cerda ha cruzado el Atlántico y ahora también está en Buenos Aires. ¿Qué diferencia sustancial hay entre tu montaje y el de Juan Urraco?

Diría que la única diferencia sustancial es el acento, porque la historia que, en un principio podía parecer que sólo funcionaría en nuestro país, ha tenido una excelente acogida por parte del público argentino, que ha estado agotando localidades desde su estreno el pasado 14 de agosto. Ha habido que adaptar el lenguaje y algunos gags pero la historia es la misma y en cierto modo, el tema principal es todavía más cercano y lacerante si cabe en Argentina que en España.

¿Cómo sobrevive Juan Mairena a la crisis de fe?

Sólo conozco una crisis y esa sí que es cerda.

¿Qué opinan en la Orden de las Siervas del Santo Membrillo del Papa Francisco?

Piensan que un señor con faldas, que representa a una de las instituciones más antiguas e incongruentes con su propio predicamento de la historia de la humanidad, es el colmo del surrealismo y la transexualidad.

by Pedro Armas

¿Mina o Lady Gaga?

Me quedo con Mina como fuente de inspiración.

Si entre tus potestades estuviera la de celebrar misa: ¿consagrarías la sangre de Cristo con vino o cambiarías de néctar?

Soy de tierra de viñedos y como buen hijo de viticultor siempre he pensado que el vino es el mejor maestro de ceremonias.

¿Con la lámpara encendida o a plena luz del día?

Siempre con la lámpara encendida. La noche es el mejor territorio para los sueños, el misterio y la imaginación.

¿Una ciudad donde te gustaría perderte?

Muchas, pero siempre me ha gustado perderme en Nueva York.

¿Qué es lo que viene después de Cerda?

Es pronto para hablar de lo siguiente, aunque puedo decir que será una historia más oscura, más cercana al drama y al thriller psicológico, pero sin renunciar al sentido del humor y con muchas de las claves que conforman el particular universo de Cerda.

Juan Mairena habla con un tono nada latino, suave y pausado, sin la ampulosidad que caracteriza a su obra. Es un artista polifacético, un creador con un estilo propio inconfundible al que, también, le gusta observar desde la barrera los trabajos ajenos, un apasionado de las artes escénicas que desde su plataforma @JuanKomoeres forma parte de ese nutrido grupo de amantes de las tablas (los #tuiteatreros) que en los últimos años ha jaleado a través de las redes sociales a un teatro estrangulado por la ignorancia de una política cultural del Estado que ve sólo farándula donde se levanta una industria.

El show must go on…

@DanielDimeco

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘DIARIO SIGLO XXI’

Foto by Sandra Brun

 Por Herme Cerezo (Valencia)

A finales del verano de 1960, una serie de asesinatos en la ciudad de Stralsund, al norte de la República Democrática Alemana, agudizan la locura de Eleonora Maler. En ella conviven dos existencias paralelas: la mujer que fue hasta terminar la guerra y la personalidad que se originó una trágica noche de 1945. Pero ambas —la cuerda y la enajenada— son una, comparten el mismo cuerpo y viven una vida común, acompañadas de una niña que arrastra su propia desdicha. En el asfixiante ambiente de una pequeña ciudad donde la Stasi se afana en controlar a todos sus habitantes, Eleonora tendrá que enfrentarse a sus propios miedos y a sus propios fantasmas: algunos sólo están dentro de ella, pero otros aún recorren las calles de Stralsund. En esta atmósfera asfixiante es en la que Daniel Dimeco teje su nueva novela, El mapa de las viudas, editada por Algaida, con la que acaba de ganar el XVI Premio Ciudad de Badajoz de Novela.
Daniel, enhorabuena por el premio, ¿en tu caso por qué resulta especialmente importante haber ganado el XVI Premio de Novela Ciudad de Badajoz?
En un autor de mi situación actual, lo más importante es que un premio como este te vuelve más visible, te brinda la posibilidad de abrirte un hueco y permite que la novela se lea mucho más, que es lo importante. El resto de ventajas que te ofrece el premio, dinero incluido, también es bienvenido.
En esto de ganar premios, influye la casualidad, la suerte…
Creo que sí, todo influye. Cuando termino una obra de teatro o una novela empiezo a enviarla a premios literarios. Psicológicamente me olvido de ella y, rápidamente, comienzo a escribir otra.
Eres dramaturgo, novelista, profesor de talleres literarios, ¿qué significa para ti la escritura?
No puedo imaginar mi vida sin la escritura. Lo hago desde siempre y como profesión desde hace diez años. Recuerdo que cuando era adolescente, mi vida consistía en inventar historias y personajes, relacionándolos entre sí. Sin embargo raramente las pasaba al papel salvo si consideraba que podían constituir un cuento.
 

Foto by Herme Cerezo

Por cierto, como también le ocurre a otros escritores, apenas queda huella de tu origen argentino en esta novela, ¿a qué se debe eso?

 

Llevo en España entre diez y once años, pero antes viví en Dinamarca y Francia. Con ello quiero decir que llevo muchos años viviendo fuera de Argentina. Además, mi mujer y mis amigos, mayoritariamente, son españoles y todo eso ha influido en que haya ido perdiendo el acento.

¿Cómo nació la idea de escribir esta novela?
Surge de una casualidad, de una anécdota familiar. Hace tres veranos fui a Argentina y mi madre me contó que enfrente de su casa vivía una pareja de médicos que atendían en su consulta pero que nunca recibían visitas en su casa. Jamás supimos qué ocurría en el seno de aquella familia y eso me produjo una gran curiosidad, tanta que decidí averiguarlo a través de esta novela.
El mapa de las viudas, ¿por qué este título?
Cuando comencé a escribirla se llamaba de otro modo, pero cuando surgió una situación concreta en la novela me gustó más este título. El motivo se explica al final del libro y prefiero no revelarlo y que lo descubran los lectores.
La novela tiene toques negros, cierta claustrofobia, algunos asesinatos ¿te atreves a etiquetarla?
Mientras escribo, el género es lo que menos me importa, pero luego me interesa porque me preguntan sobre ello y algo tengo que decir. La verdad es que tiene mucho de novela psicológica y, como hay varios asesinatos, producto de las tensiones que se vivían entonces en la RDA, bordea el género negro.
¿Este relato sólo podría emplazarse en la RDA?
No, si hubiera escogido algún pueblo de la España de la Dictadura también hubiera servido. Necesitaba un lugar en el que existiese un gran silencio provocado por la represión, en el que ocurriesen cosas muy graves que nadie comenta por la situación política existente. En Argentina no podía ubicarla porque de la dictadura no se podía hablar en la calle, pero en casa, en familia, sí que era posible. En la RDA en ninguno de los dos espacios, calle o casa, se hablaba porque desconocían dónde estaba el espía.
Esta atmósfera tan asfixiante para los personajes parece ser que no es la primera vez que la tratas, ya que lo has hecho en obras anteriores, ¿qué te interesa de ella?
 

Me interesa arrinconar a los personajes, escarbar en lo que ellos no dicen a primera vista y tratar de llevarlos a una situación límite. Es algo que me divierte. Tal vez aquí se encuentre mi parte malévola, pero es con lo que más disfruto a la hora de escribir. Contar historias maravillosas no me atrae.

 

¿Y cómo se las ingenia un escritor para introducirse en la mente de una mujer trastornada? Y, sobre todo, ¿cómo te encuentras después de la experiencia?

Me encuentro fatal [Risas]. He ido reponiéndome poco a poco. Supongo que el teatro influye en mi forma de trabajar. Me concentro mucho en el personaje y en la situación que atraviesa. Para conseguirlo utilizo el sofá de mi casa, allí cierro los ojos y trato de introducirme en el interior del personaje. Luego intento aproximarme a su realidad. Unas veces lo consigo más y otras menos. Evidentemente, meterse en la mente de una mujer loca ofrece sus propias peculiaridades y he de nadar en el sufrimiento o en la felicidad del personaje. Cuesta, pero me gusta, resulta duro y agradable a la vez.
La obsesión de la protagonista por los murciélagos, ¿qué significa a nivel simbólico?
Tiene una parte simbólica muy importante. Trabajé los murciélagos pensando que eran un símil de la Stasi, la policía de la RDA, un parangón del excesivo control que existía entonces, aquellos miles de ojos que todo lo observaban y veían. Por supuesto, la llegada casi diaria de los murciélagos a su casa, en coincidencia con el coche que cada madrugada aparca a su puerta, retrotrae a Eleonora al trauma que sufrió en 1945.
En la novela aparece un matrimonio, el del médico y su mujer, que mantiene una relación compleja, donde ella condiciona los actos de su marido y le traza el camino a seguir.
Como decía antes, esta es la relación que dio pie a la escritura de la novela. Ella lleva la voz cantante en la relación y domina a su marido. Me interesaba mucho el contraste entre los dos, teniendo en cuenta que los médicos, en aquella época, eran personajes muy respetados y este tipo es un pusilánime. Pero lo más importante es lo que no se ve, lo que esconden y su actitud hacia los demás, que tampoco es muy habitual.
Trabant (coche fabricado en la RDA)

 ¿La vigilancia tan estricta de la Stasi era el equivalente a las cámaras de televisión que hoy encontramos en la calle, otra versión del Gran Hermano?

Sí, exacto. Ellos solían pasar muchas horas sentados en el coche, de hecho se dormían mientras trabajaban. Investigar la vida de la gente en un barrio, además de algún suceso interesante, incluye mucho aburrimiento. Pero el problema radicaba en que eran tantos los vigilantes que no se sabía muy bien quién pertenecía al cuerpo y quién no. Con semejante aparato era muy difícil que ocurriesen cosas sin que el estado se enterase.
Tras la caída del muro, ¿los archivos de la Stasi se destruyeron o siguen activos?
Tras la caída del régimen los archivos se abrieron y se permitió el acceso a investigadores y a las propias familias, porque hubo gente a la que le había ocurrido algo y, a pesar de las sospechas, no había constancia oficial de ello. Muchas personas, al consultarlos, descubrieron que su vida estaba completamente escrita en aquellos ficheros.
¿Podemos colegir que, debajo de la novela, subyace el miedo?
Sin duda. El miedo es como una especie de plasma que hay debajo y sobre lo que se sustenta toda la estructura de la obra. Nada de lo que ocurre en la novela sucedería del mismo modo sin ese miedo. Se necesitaba que la gente no hablase porque si contaba cosas, el secreto desaparecía y en la RDA se mantenían esos secretos gracias al miedo. Si alguien hubiera abierto la boca, las consecuencias hubieran podido ser devastadoras.
La última, ¿por dónde se moverá tu próximo proyecto literario?
Estoy preparando una novela, menos negra que esta, y más contemporánea, pero se encuentra en sus primeros trazos, con lo que no puedo adelantar mucho al respecto.

LOS BEBÉS DE FINLANDIA DUERMEN EN CAJAS DE CARTÓN

Durante 75 años, las mujeres embarazadas en Finlandia han recibido cajas de cartón del Estado. Es como un paquete inicial con ropa, sábanas y juguetes que a su vez puede ser usado como camita. Muchos argumentan que esta política ha ayudado a que el país nórdico sea una de las naciones con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo.
Se trata de una tradición que data de la década de los años 30 y busca dar a todos los niños finlandeses, sin importar su condición social, un comienzo de vida equitativo.
El paquete de maternidad, un regalo del gobierno, está disponible para todas las que esperan un bebé. Contiene monitos, sacos de dormir, ropa para el aire libre, productos para el baño, así como pañales y un colchón pequeño. Con el colchón en el fondo, la caja se convierte en la primera cama del bebé. Muchos niños tienen su primera siesta dentro de la seguridad que brindan las paredes de cartón. Las madres pueden escoger entre tomar la caja o recibir efectivo (unos US$214), pero el 95% opta por la caja, pues su valor es mucho mayor. Esta tradición nació en 1938. Al principio era sólo para familias de bajos recursos, algo que cambió en 1949. “No sólo fue ofrecido a todas las futuras madres, sino que la nueva legislación también significó que, para obtener la caja, tenían que visitar a un médico y una clínica pública prenatal antes de los cuatro meses de embarazo”, cuenta Heidi Liesivesi, quien trabaja en Kela, la institución de seguridad social finlandesa.
La caja les daba a las madres lo que necesitaban para cuidar a sus bebés, pero también ayudaba a guiar a las mujeres hacia los brazos de los profesionales de la salud del Estado de bienestar naciente de Finlandia.
Cambio brusco
En los años 30, el país nórdico era muy pobre y la mortalidad infantil era alta, con 65 muertes por cada 1.000 nacimientos. Pero estos datos mejoraron rápidamente en las décadas siguientes. Mika Gissler, un profesor del Instituto Nacional de la Salud y Bienestar en Helsinki, ofrece varias razones para esto: a la caja de maternidad y los cuidados prenatales para todas las mujeres en los años 40 les siguieron, en los 60, un sistema de seguridad social nacional y una red de hospitales centralizada.
Con 75 años, la caja está ahora institucionalizada en Finlandia como la transición hacia la maternidad, algo que une a varias generaciones de mujeres. Reija Klemetti, de 49 años, vive en Helsinki. Recuerda ir a la oficina de correos y recoger la caja de uno de sus seis hijos. “Era emocionante recibirla y que de alguna forma fuera la primera promesa de bebé. Mi mamá, mis amigos y mis familiares estaban ilusionados con ver qué tipo de cosas recibiría y qué colores habían escogido para ese año”. Su suegra, de 78 años, contó en gran medida con la caja cuando tuvo al primero de sus cuatro hijos en los años 60. En ese punto, tenía poca idea de lo que podía necesitar.
Más recientemente, la hija de Klemetti, Solja, compartió con 23 años la emoción que su madre sintió una vez, cuando se hizo poseedora de la “primera cosa substancial” incluso antes que el bebé. Ahora tiene dos hijos.
“Es fácil saber en qué año nacieron los bebés, porque cada año cambia un poco la ropa que viene. Está bien comparar y pensar ‘ese niño nació el mismo año que el mío'”, dice Titta Vayrynen, una madre de 35 años que tiene dos hijos.

“Las más felices”

Algunas familias no podrían costear el contenido de la caja si no fuera gratuito, a pesar de que para Vayrynen fue más una cuestión de ahorrar dinero. Ella trabajaba muchas horas cuando quedó embarazada de su primer hijo y agradeció no tener que buscar tiempo para salir de compras y comparar precios.
“Hubo un reciente informe en el que se asegura que las madres finlandesas son las más felices del mundo y la caja es una de las cosas que me vienen a la mente. Nos cuidan muy bien, incluso ahora que algunos servicios públicos han sido recortados”, agrega Vayrynen. Cuando tuvo a su segundo hijo, Ilmari, ella optó por el dinero en efectivo en lugar de la caja y sencillamente volvió a usar todo lo que le habían dado para su primogénito Aarni. Un niño también puede pasarle ropa a una niña y viceversa, pues los colores son deliberadamente neutrales.
El contenido de la caja ha cambiado bastante con el paso de los años. Durante las décadas del 30 y del 40, tenían telas porque las madres estaban acostumbradas a confeccionar ropa de bebés. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, el algodón y los tejidos eran requeridos por el Ministerio de Defensa, así que en las cajas había sábanas de papel y un cobertor de tela. En los años 50 hubo un incremento de la ropa fabricada, y en los 60 y 70 la indumentaria incorporó nuevas telas elásticas.
Sin desechables ni biberones
El saco de dormir apareció en 1968 y al año siguiente hubo pañales desechables por primera vez. Pero no por mucho tiempo. Con la llegada del nuevo siglo, retiraron los pañales desechables y regresaron los de tela, cumpliendo con lineamientos de protección del medio ambiente.
Motivar una buena maternidad y paternidad siempre ha sido parte de la política de la caja. “Los bebés solían dormir en la misma cama que sus padres y se recomendó dejar de hacerlo”, explica Panu Pulma, profesor de historia finlandesa y nórdica en la Universidad de Helsinki. “Incluir la caja como cama significó que la gente empezó a dejar que sus bebés durmieran aparte”.
En determinado momento, las botellas de bebés (biberones o teteros) y los chupetes o chupones fueron retirados para promover la lactancia materna.
“Uno de los principales objetivos de todo el sistema ha sido lograr que las mujeres den más el pecho”, dice Pulma, quien agrega que “ha funcionado”.
El experto también piensa que incluir un libro de cuentos ilustrado ha tenido un efecto positivo, pues motiva a los niños a manipular libros y, un día, a leerlos.
Además de todo esto, Pulma asegura que esta caja es un símbolo. Un símbolo de la idea de igualdad y de la importancia de los niños.
Helena Lee (BBC)

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘EL CORREO GALLEGO’



Por Xurxo Fernández para El Correo Gallego



Si alguno de ustedes viaja a Berlín, ha de tener presente una serie de cosas. Uno: que es hoy, muy probablemente, la capital cultural del Mundo. Dos: que es un sitio fantástico, por lo tanto, para apreciar el arte más vanguardista, la literatura más doliente y la música más contracultural. Y tres: que hay que tener un mínimo de memoria histórica para no meter la pata. ¿Por qué?
No. No me estoy refiriendo a los nazis, que era lo que todos ustedes estaban pensando. Y, aún así, habría mucho que hablar sobre el horror de un pueblo ante la actitud de sus gobernantes (bien: léanse a Erich Fromm, y que les cuente cómo el socialismo a secas puede convertirse en nacionalsocialismo). Me refiero, más bien, a los fantasmas de la que en tiempos llamábamos Alemania del Este. Esos que aún siembran el pánico muy cerca del Unter den Linden o la Puerta de Brandemburgo.
 

Que a nadie se le ocurra, en terreno de lo que fue el Berlín comunista, citar a la Stasi, la Policía política que los alemanes del Bloque Soviético copiaron del KGB. Porque hay cosas que una persona normal no puede recordar sin estremecerse, aún hoy, hasta el tuétano.

 

La imagen de los murciélagos y de sus oídos extrafinos son el símbolo de la persecución de la Stasi. Una pesadilla infinita…

Stasi
 

Hasta ahora, la obra que mejor contaba la época de la Guerra Fría en la RDA era un film de título borgiano: La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck.



Daniel Dimeco y Xurxo Fernández
Santiago de Compostela
Foto by María Arias


El mapa de las viudas

El argentino Daniel Dimeco ha ganado la 16ª edición del prestigioso Premio de Novela Ciudad de Badajoz con una novela espléndida precisamente sobre la Stasi. Se llama El mapa de las viudas y la ha publicado Algaida.
 

Todo ocurre en Stralsund, una ciudad como otra cualquiera, situada al norte de la llamada entonces Deutsche Demokratische Republik.

Son los años sesenta. El momento álgido, pues, de la Guerra Fría. La persecución de la disidencia es bien conocida, y ha sido popularizada mucho y bien, entre otros, por John Le Carré.
 

Aquí, esa caza de brujas adquiere tonos más oscuros aún que en el maestro de la novela de espías. Hay la imagen del murciélago: el oído que todo lo oye (uno de cada 50 habitantes es un chivato). La consecuencia es la locura. O sea: el personaje central, Eleonora Maler.

Una vieja historia contada brillantemente con aires nuevos. Magistral. Efectivísima. Trágica. Todo un acierto.

Santiago de Compostela.
Lunes 3 de junio de 2013

LA PORNOGRAFÍA DE LA ENTREVISTA: DANIEL DIMECO


Fragmento de la entrevista hecha por el dramaturgo Raúl Quirós Molina a Daniel Dimeco para el blog Ahora te toca escribir y publicada el 15 de noviembre de 2013.

Daniel Dimeco y yo nos conocemos desde hace más de tres años, hemos leído o asistido a las obras del otro y sin embargo no nos hemos encontrado cara a cara aún. Empiezo a temer que en realidad nos estemos esquivando, como duelistas esperando el momento último.

 
He considerado que entrevistar a autores reconocidos como Daniel Dimeco puede dar un poco de aire a aquellos que vengáis al blog en busca de inspiración. Daniel es un escritor total: ensayo, teatro, novela y blog forman el grueso de su obra, aunque con toda seguridad guarda en cajones composiciones que aún no se ha atrevido a mostrar.
 
He querido mantener la entrevista o conversación lo más corta pero intensa posible, siguiendo el espíritu de brevedad de este blog. Creo que el experimento ha funcionado.
 
Raúl: Lo primero, Daniel, es agradecerte mucho tu amabilidad  a la hora de responder estas preguntas. Para presentarnos a nuestros lectores, debo decir que, a pesar de no conocernos en persona aún, Daniel y yo hemos mantenido una correspondencia, por así decirlo, intransitiva. Ambos cursamos en años distintos  el curso de escritura teatral en William Layton, de la que salieron La mano de János y Cuerpo Dividido. Ambos hemos estrenado en Madrid recientemente (Los ojos cosidos y también Cuerpo Dividido). Esperemos que nuestro encuentro sea lo antes posible, o al final parecerá que somos personajes de alguna extraña película de Dopplegangers.
 
Daniel: Nuestro trabajo se parece mucho al de los andantes y, en tal caso, qué mejor que tener un doble que nos permita bifurcarnos tantas veces como lo necesitemos o lo deseemos. ¿Te acuerdas de 84 Charing Cross Road, aquel libro de Helene Hanff o de la película? De momento nuestra relación “epistolar” se aproxima a la que mantenían la escritora y el librero, aunque confío en que pronto nos veamos e intercambiemos charlas y pareceres sobre el teatro, la literatura y todo aquello que nos mueve y nos hace sentirnos especiales. Gracias por invitarme a charlar, Raúl.
 
Raúl: No me gustan las entrevistas previsibles. Quizá por el hecho de que yo también soy escritor y en las pocas entrevistas que me han hecho responder a preguntas como ¿cuáles son tus referencias? o ¿cómo te gusta escribir?, me ha resultado violento, como si el entrevistador quisiera meterse en mi cuarto o en mi biblioteca y fisgonear allí. Siempre he encontrado sospechosa esta actitud de madre cotilla que trata de averiguar si guardas revistas pornográficas bajo la cama.
 
Daniel: Esas preguntas no me resultan violentas, sinceramente, aunque pueden parecerme sin interés para el lector, pero no te lo podría asegurar. También es cierto que, una vez que aceptamos charlar con el entrevistador, damos plácet a que nos pregunten por “intimidades” que atañen a la labor de escribidores, pero el entrevistado es quien pone los límites y, en mi caso, la frontera la dibujo en el momento en que me preguntan “cuánto de ti hay en la novela o en la obra de teatro”. Sencillamente porque esa pregunta es irrespetuosa en sí misma y porque intuyo que la intención es adentrarse en un espacio absolutamente privado que no aporta nada a lo que haya escrito, máxime cuando mi métier no es la autobiografía. De cualquier forma, responder o sortear preguntas más o menos incómodas forma parte de nuestro trabajo, una labor que tampoco es complicada. Supongo que había que cuidarse con mayor celo en tiempos de los escritores cortesanos del siglo XVI o de los más contemporáneos que gozaban de la “estima” de la nomenklatura soviética y que, seguramente, tenían que esconder la “pornografía” en las tripas de sus animales domésticos.

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EL SEXO EN LA VIDA DEL CIUDADANO SOVIÉTICO

Dibujo de Valeri Barikin

Por Anna Aibazián para Rusia Hoy (19-09-2013)

El escritor Denis Dragunski nos explica cómo el individuo soviético mantenía la libertad corporal, cómo conseguía material pornográfico y por qué se recurría poco a los servicios de las prostitutas.
En la Unión Soviética no hay sexo
 
En la Unión Soviética, en torno al sexo siempre hubo un halo de prohibición. Pero sexo había, por supuesto. En grandes cantidades, no menos que ahora.
 
Pero hablar del tema se consideraba de mal gusto e indecente. Es muy popular esta anécdota: en 1986, en un programa de televisión, el Telemost (telepuente) Leningrado-Boston, una mujer rusa declaró: “No hay sexo en la Unión Soviética”. Pero se trataba de un malentendido: en realidad, se refería a que no había sexo en la televisión.
 
Ya antes, en 1977, se había publicado un libro de Gueorgui Vasilchenko, Sexopatología general, en el que resumía sus experiencias y describía a una pareja que había acudido a su consulta. Su experiencia vino a probar que muchos problemas se debían a que las personas no sabían cómo hablar de sexo.
 
Para nombrar el acto sexual y los órganos genitales, solo había palabras obscenas o términos médicos: ni unas ni otros resultaban estimulantes para entablar una conversación sincera.
 
Otro escándalo se desató en 1978, cuando en la pantalla se estrenó la película Una mujer extraña, que narraba la historia de amor entre un joven y una mujer madura. De esta película se escribió una reseña en el diario Komsomólskaya pravda, que decía así: qué tiene de extraño, si en la Unión Soviética uno de cada tres matrimonios se divorcia. Por aquel entonces yo trabajaba en la Academia Diplomática y de esta noticia me enteré por la mañana leyendo un periódico griego, pues llegó a las páginas de toda la prensa mundial. El número de divorcios, incluso comparado con el de Occidente, era muy elevado.
 
Cómo las libertades sexuales suplían la falta de libertad
 
En la década de 1920, el poder soviético soltó las riendas en todo lo referente al sexo. La liberación de la sexualidad y la emancipación de la mujer se enmarcaban en la misma lucha que se libraba en el campo de la religión, los centros educativos, la enseñanza del griego y del latín, los uniformes prerrevolucionarios, las tablas de rangos, etc. Al mismo tiempo, se despenalizó la homosexualidad. Los divorcios eran totalmente libres: se podían obtener sin poner al corriente a la pareja.
 
Luego, cuando Stalin puso en marcha la política imperial, se prohibieron los abortos, se criminalizó la homosexualidad y el divorcio pasó a convertirse en un asunto que requería mucho tiempo. Incluso en la década de 1960, si uno quería divorciarse, había que publicar un anuncio en Vechérnaya Moskva. Sólo las personas muy influyentes podían divorciarse sin que trascendiera.
 
Después de la guerra hubo una gran carencia de hombres, así que se anuló la pensión alimenticia. La cuestión del reconocimiento de la paternidad era algo que no se planteaba: si una mujer no estaba casada simplemente se ponía una raya en el certificado de nacimiento del niño.
 
Después, cuando a principios de la década de 1950, la situación empezó a nivelarse, de nuevo se tomaron medidas para fortalecer la institución de la familia. Aparecieron los aliméntschiki, padres incumplidores o malos pagadores de la pensión alimenticia. En la década de 1960, la caza de los aliméntschiki se sustituyó en parte por otro divertimento que gozaba de la aceptación general: la caza de los enemigos del pueblo.
 
De los padres incumplidores se ocupaban la policía y los tribunales, que enviaban a sus trabajos las órdenes judiciales. Por un niño había que pagar el 25% del salario; por dos, el 33%; por tres o más, el 50%. Los hombres se colocaban expresamente en empleos con el salario más bajo, daban la pensión alimenticia en base a ese salario y buscaban la manera de hacer más dinero realizando trabajos en negro. Todos los aliméntschiki estaban firmemente convencidos de que con su dinero se daba de comer a un holgazán, esto es, al nuevo marido de su ex-mujer.
 
El mercado negro de la pornografía
 
Las fotografías obscenas estaban muy solicitadas. Las vendían en los trenes unos hombres a los que, por alguna razón, se les llamaba bielorrusos. En efecto, parecían bielorrusos por ciertos rasgos: rubios, de pómulos salientes, con los ojos profundos y de un color azul brillante. Se fingían sordomudos, pero en realidad no lo eran. Se acercaban, te daban un codazo y sacaban las fotografías pornográficas.
 
Las imágenes se dividían en dos categorías desiguales: la menor parte de ellas eran copias de fotografías extranjeras; la mayoría eran encantadoras instantáneas de producción local. Todo sucedía en camas de hierro con los cabezales niquelados y almohadas de encaje y, en las paredes, colgaban reproducciones de cuadros con ositos del pintor Shishkin. Cada fotografía representaba una escena independiente.
 
Un paquete de estas fotografías costaba tres rublos. En comparación, un paquete de cigarrillos Stolichni costaba 40 rublos, una botella de vodka 3 rublos (7 céntimos de euro), una entrada al teatro, 1,5 rublos (4 céntimos).
 
A veces las fotografías se vendían como una baraja de cartas. En el reverso de cada imagen había una señal: por ejemplo, la reina de tréboles. Además, circulaban relatos pornográficos manuscritos de producción local de temática rusa. Después aparecieron traducciones del inglés, había un famoso libro titulado Vacaciones en California.
 
El Kamasutra también circulaba en copias mecanografiadas. Pero, en la Unión Soviética, en el mercado negro de libros sólo se vendían obras ‘decentes’: Kafka, Pasternak, Tsvetáyeva. Había mercados en los que se vendía ciencia-ficción, mercados donde se vendía literatura religiosa, etc. Pero no había literatura pornográfica.
 
A principios de la década de 1970, se produjo otro avance: en la Unión Soviética apareció una serie de pequeños álbumes pornográficos y tebeos de contenido sexual explícito. Los fotografiaban y se imprimían de noche. La pornografía también llegó al cine en formato Super-8.
 
Era cine extranjero y se producía fabrilmente, a juzgar por su calidad. Las películas se importaban principalmente de Alemania. Eran películas grabadas como cine mudo: es decir, no era necesario el sonido para comprender la trama. Pero ¡tenían argumento! Todas las películas de las décadas de 1960, 1970 e incluso de 1980 tenían una trama ingeniosa o entretenida, así que era divertido verlas.
 
Los anticonceptivos soviéticos
 
Los preservativos se vendían sin ningún problema en las farmacias. Pero no estaba bien visto hablar de condones y lubricantes en voz alta. En la farmacia, la mayoría de hombres se limitaba a hablar en un susurro, o bien pedían: “¡Un  paquetito!”, o también: “una cajita de aspirinas”, acompañado de un guiño.
 
Entonces era imposible imaginar que acabaría habiendo enormes escaparates de cristal con preservativos en medio de una farmacia para que los clientes consultaran a los farmacéuticos sobre la calidad, el sabor, el color y el olor del producto.
 
“El paquetito” costaba dos kopeks. Había de tres tamaños. A los condones se les echaba talco y había que lubricarlos con vaselina o saliva, a gusto del interesado. Los preservativos importados aparecieron a mediados de la década de 1970.
 
Al principio, se importaban únicamente de la India, luego empezaron a aparecer otras marcas. Había los mismos métodos anticonceptivos que ahora, sólo que más dañinos. Las mujeres experimentadas enseñaban a sus amigas que era necesario ponerse “ahí” una rodajita de limón. Y la aplicaban directamente sobre la piel. En principio, funcionaba: era un ácido, después de todo. Pero las mujeres también se lavaban con permanganato de potasio: se levantaban de un salto de la cama y se iban corriendo al cuarto de baño: allí ya tenían preparada una taza con esta agüita rosa.
 
 

La libertad del cuerpo en la Unión Soviética y la dictadura sexual contemporánea

 
El sexo era una forma de resistencia al totalitarismo. No es de extrañar que Orwell escribiera que la meta del estado totalitario era subordinar el cuerpo, anular el placer sexual. Ahora hay un nuevo imperativo sexual: la depilación, el peeling, el fitness. Nuestras chicas eran muy diferentes: las había llenitas, delgadas, con las piernas torcidas, y nadie estaba acomplejado. El culto al cuerpo de los atletas no molestaba a nadie, pues todos entendían que eran deportistas, profesionales.
 
En la Rusia actual se rinde culto al plástico, a un cuerpo irreal, cuya imagen se manipula con Photoshop. Éste es otro totalitarismo: la dictadura de los anuncios publicitarios, de la moda. En la Unión Soviética todo era diferente, quizá porque todos éramos pobres y hacíamos el amor sin más. Por eso, había mucha menos prostitución. Era una época de gratuidad general, y no podía no incluir el sexo. ¿Para qué pagar por prostitutas? Era mejor irse a bailar.
 
Prostitutas y mujeres intelectuales
 
Para encontrar a las prostitutas había que ir a los andenes de las grandes estaciones suburbanas. Estaban sentadas con las piernas estiradas y tenían el precio escrito en las suelas de los zapatos: sólo había que pasar por delante y mirar cuánto pedían por sus servicios. Las prostitutas de Moscú tenían dos tarifas: tres o cinco rublos. Las chicas se paseaban cerca de la parada de metro Prospekt mira.
 
Llevaban en la mano billetes enrollados de tres o cinco rublos: verdes o azules, así quedaba claro cuál era la tarifa por sus servicios. Pero pocos eran los que recurrían a las prostitutas: usar los servicios de una profesional era lo mismo que pagar por agua, cuando ésta salía de cualquier fuente. Abundaban las chicas dispuestas a entregarse sin necesidad de dinero a cambio, para disfrutar de los placeres del sexo.

Había, por supuesto, miedo a las infecciones. Miedo a la gonorrea o a la sífilis, enfermedades muy extendidas. Corrían muchas leyendas a este respecto. Por ejemplo, la gente sabía que con la sífilis se perdía la nariz, pero pocos sabían que esto sólo ocurría al cabo de diez años.

Por eso, los muchachos por la mañana, después de una noche ‘alegre’, se palpaban a conciencia la nariz.  Los problemas también surgían por falta de higiene: la gente se lavaba poco y mal. Se solía decir que las chicas promiscuas se lavaban más a menudo; en cambio, las intelectuales se cambiaban de ropa interior una vez cada cuatro días, cuando se lavaban.

Incluso en la década de 1970 las chicas estudiantes que alquilaban una habitación en un piso comunal y se duchaban una vez al día tenían reputación entre sus vecinos de ser prostitutas. En aquel entonces se consideraba que sólo las prostitutas se lavaban todos los días.

 
 

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘CUADERNOS DEL SUR’

Diario Córdoba – Suplemento Cuadernos del Sur (05.10.2013)
Por Javier Vázquez Losada

Daniel Dimeco (Argentina, 1969) es escritor y dramaturgo. Ha publicado la novela La desesperación silenciosa (Premio Fray Luis de León, 2010) y la obra teatral La mano de János (Premio de Teatro Antonio Buero Vallejo, 2010). Con El mapa de las viudas (Algaida Editores, 2013) ha obtenido el Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2012.
-Su novela El mapa de las viudas se publica como obra premiada en el Premio de Novela Ciudad de Badajoz, ¿ayuda eso a las ventas, a conseguir un público más amplio o es del todo indiferente?
-No es indiferente en absoluto. Gracias al hecho de que mi novela ganó este premio ha sido editada por Algaida y esa visibilidad hace posible, por una parte, llegar a más lectores y, por otra, me permite ir cincelando un hueco con voz propia.
Eleonora, la protagonista, es un personaje muy complejo, ¿cómo lo aborda, cómo decide darle voz, contar su historia?
-Crear a Eleonora Maler significó un reto enorme y maravilloso, aunque debo reconocer que el proceso de trabajo fue mucho más fácil de lo que puede suponerse a priori. Realicé un viaje al universo de la protagonista, a su locura, a la Alemania de 1960 y escarbé en los cimientos de las historias individuales que aborda la novela, tratando de conocer los fantasmas que acompañan a los personajes. Indagué en sus pasados y entonces descubrí a las dos Eleonoras que conviven en un mismo cuerpo. Una está totalmente loca; la otra, que es prisionera de la anterior, siente la necesidad de expresar lo que ve y de comunicarse con esa otra parte suya, la enajenada, nacida como consecuencia de un trauma enorme.
-Su locura, o aparente locura, nace del nazismo, una de las mayores atrocidades que se conocen.
-Nace de un hecho concreto y brutal que se produce en un encuentro histórico: el choque frontal entre el último coletazo del nazismo y el primer puñetazo del comunismo en Europa Oriental. Pero la enajenación de Eleonora no está ligada a ideologías, su origen está en actos bestiales de los que son capaces ciertos humanos que se ampararon en el caos y, posteriormente, en la impunidad protectora del régimen de la RDA. Eleonora refleja un trauma universal: el que sufren muchas mujeres en periodos históricos convulsos. Traumas que se ven obligadas a afrontar en soledad.
-La Stasi, la DDR, lugares a los que solo podemos acceder con la imaginación y la lectura ¿cómo ha sido ese proceso?
-¡Excitante! Siempre que empiezo a trabajar en un proyecto me estimula conocer el ambiente en el que asentaré la historia y que rodeará a los personajes. Es un modo de entender el mundo que empieza a abrírseme. La historia que narro en El mapa de las viudas habría sido muy distinta si la hubiera emplazado en Córdoba o en Tokio. Por una cuestión socio-cultural y porque la antigua RDA creó un sistema de control absoluto sobre todo lo que se movía dentro de sus fronteras, capaz de la más fina sutileza para que nadie olvidara que el ojo de Orwell les vigilaba de día y de noche. Un sistema de una crueldad sin parangón a cargo de la Stasi, el órgano estatal parido a imagen y semejanza de su “gran hermano” soviético, el KBG. A través de lecturas, películas, fotografías, imaginación y mucho trabajo me fui aproximando al espíritu de toda aquella invención faraónica.
-Los fantasmas del pasado, siempre están ahí, acechando, ¿tiene los suyos propios?
-Nadie se libra de ellos. La diferencia con Eleonora Maler es el grado de hostigamiento que los fantasmas producen en ella. Yo puedo cargar con los míos sin descansar en sus brazos.
-Dos perspectivas, dos narradores…
-La que narra la historia es la protagonista, algunas veces lo hace desde el punto de vista de la cuerda, la mujer que fue hasta una trágica noche de su vida; en los momentos en los que se requiere de mayor intimidad lo hace la enajenada. Dos perspectivas diferentes: como protagonista y como testigo de los hechos. Ese desdoblamiento obliga a la cuerda a usar el pronombre ella, porque le cuesta reconocerse a sí misma en la loca que es, ver en lo que se ha convertido.
-Es novela negra, es novela de intriga, novela social, pero, sobre todo, es una novela, un relato sobre la impunidad.
-Verdaderamente, no me preocupan las clasificaciones, sí que sea una novela, la mejor que pueda escribir y, para ello, sólo me centro en la historia y en sus habitantes. Estoy de acuerdo con usted en que es un relato sobre la impunidad, el abuso cebado por el miedo aterrador y el silencio cómplice de los actores. Los muchos elementos de índole psicológica que se entrecruzan crean un ambiente hermético, una verdadera jaula donde los más fuertes e inescrupulosos consiguen sobrevivir destruyendo la vida de los otros.
-Es autor de teatro, también. Se puede percibir algo de ello en la novela, la precisión en la aparición de personajes, el cuidado por el escenario…
-Llevo a cabo el mismo proceso creativo, tanto para novela como para cuentos o teatro, porque creo firmemente en la escritura que me regalan los personajes. El lector tiene que verlos deambular como si se tratase de una película. Tanto en un género como en otro, nuestra obligación es evitar que los personajes carezcan de fuerza, de lo contrario acaba siendo una mera acumulación de texto.
-Una de símbolos: el título de la novela. También los murciélagos.
-El título hace referencia a un mapa diabólico trazado al final de la II Guerra Mundial por una parte de esa impunidad de la que hemos conversado antes. En cuanto a la figura de los murciélagos, cada lector puede interpretarla libremente sin perder de vista las condiciones psíquicas de la protagonista. La presencia de estos animalitos es constante, como la propia Stasi con sus múltiples agentes y chivatos. Paradójicamente, como cito en el epígrafe de la novela, el eco captado por el finísimo oído de los murciélagos les informa de la distancia, situación y movimiento de las víctimas.
-Lo próximo que escriba, ¿toca relajarse, suavizar la mirada o, por el contrario, seguirá escudriñando en la negritud del alma humana?
-Mi función como escritor es ir más allá y tratar de desenterrar lo que nadie cuenta de primeras, como un buen periodista entrevistando. Por lo tanto, espero no suavizar la mirada ni relajarme. Sí le puedo adelantar que, en el nuevo proyecto de novela, variará la ambientación en la que emplazo la historia y las magulladuras en las almas de los personajes, respetando el estilo que tanto me ha costado encontrar y siendo fiel a mí mismo.

LOS LIBROS NO TIENEN POR QUÉ SER DIGESTIVOS

Por Hernán Firpo
Para Clarín (10.09.2013)



Néstor Andersen en el escaparate de Lilith Libros
(by Lorena Lucca)



Néstor Andersen tiene una librería, Lilith Libros, en la calle Paraguay 4399, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, en la que sólo vende los textos que le gustan a él. Y en la puerta promociona menús literarios para indigestarse.
¿Para que sirve ser librero si después el libro más vendido es Cincuenta sombras de Grey? Cuánto mejor, cuánto más barato es poner un empleado del mes de McDonald’s que no sepa si Raymond Carver va con be o ve y sospeche de que Frank Kafka sea un autor kirchnerista.
“Una librería no es un comercio cualquiera – nos interrumpe Néstor Andersen, Andy de ahora en más –, así como tampoco lo son las peluquerías, las conozco muy poco, je, o las disquerías, cada cual tiene su supuesto tesoro, su piedra filosofal. En este barrio tan afecto a la gastronomía, yo suelo hacer menúes literarios cuya ontología consiste en la indigestión. En realidad, los libros no tienen por qué ser digestivos. Si lees La parte maldita, de Georges Bataille, no hay posibilidad de decir: me lo devoré. Un buen libro, como un buen vino, se demora, debe dejarte una cicatriz… Vos me preguntabas para qué sirve un librero: hay un proceso de transferencia entre librero y lector que implica poder vincular escritores como William Faulkner y Carson McCullers, y después hay libros, muchísimos, para la monumental aglomeración no lectora de nuestro país. Pero así como el lector de best sellers no discrimina, mi trabajo es cada vez más importante. Yo soy el que tengo que contrapesar el trabajo del reseñista y la furia de las editoriales con la búsqueda de calidad. Ese es mi capital, es la manera en la que puedo lograr fidelidad”.
Librópata : dícese de la persona que padece adicción patológica al libro.
Librómano: dícese de la persona que actúa apasionadamente delante de lo que para muchos es un sánguche de hojas.
Librero: dícese de la persona que pudiendo ser librómano o un librópata corre el riesgo de convertirse en despachante de esos sánguches de hojas. Existen pirómanos, cleptómanos, megalómanos y Andy es, según como amanezca, librómano o librópata. Nunca librero, a menos que “a la gente que trabaja en las cadenas pueda llamárselas de otro modo”, se ilumina. “Hablando en serio, las librerías de cadena tienen gente valiosa que fue malgastada por la utilidad y las recomendaciones obligatorias. Yo solamente opino y lo demuestro en lo que sugiero”.
En lo de Andy no se vende cualquier libro aunque, ojo, Andy no quiere tener nada que ver con los nichos. Andy, simple como un tema de Andrés Calamaro, repudia poner otro ladrillo en la pared de la cultura de las diferencias. Él vende lo que le gusta. Hay autores que directamente no pasan por la puerta de su local y hasta disfruta de su lista negra de 100 escritores que nunca jamás entrarán a Lilith Libros, en Palermo (a guglear la dirección, chicos, siempre hay algún cretino que puede confundir esto con un chivo).
Dice: “Todavía quedan esas librerías donde se va a charlar y donde el lector da libre curso a sus fantasías y expresa sus búsquedas. Creo que las cadenas tampoco saben cumplir esta función”. El librópata se parece al librómano. Andy se muerde la lengua. Sabe quién es Paulo Coelho y sabe quien es Dan Brown, pero se hace el zonzo. Cuenta que con Nik todo bien, “el problema es con el gato. No me gusta nada”. Y si no le gusta, no lo vende. “El de la distribuidora me quiere matar, me dice que Gaturro puede salvarme el mes… Y bué, allá él, yo no me lo banco”. El librómano arma la vidriera con sus propias manos, va detrás de un libro hasta las últimas consecuencias (“Ando rastreando a Josefina Vicens, ¿te suena esa escritora?”) y tiene una mesa de novedades, novedades para él, cosas que lo estimulan, lecturas que le cambiaron la vida. Hace años que entre sus “novedades” está La intemperie, de Gabriela Massuh. “Un libro fundamental”, asegura.
Nótese que estamos hablando de un vendedor arbitrario, un hombre con intereses más teóricos que reales. “Los best sellers siempre se apilan, nunca van acomodados en estantes”, dice. ¿Serán las columnas de un negocio que se derrumba? El acto de aislamiento, parece –esto tiene categoría de leyenda urbana– habría empezado cuando un libro de Gilles Deleuze empujó a otro de Wayne Dyer, autor de Tus zonas erróneas. Dyer rodó por el piso y sus hojas se volaron. Esto habría ocurrido en una sucursal de Barnes & Noble, en los Estados Unidos. La fábula cruzó fronteras y océanos: desde ese día, un día impreciso entre 1993 y 1998, el best seller perdió el espacio simbólico de la biblioteca para convertirse en un ¿cimiento?
“Hoy entró una mujer de unos 50, muy bella, jamás la había visto. Le dije si necesitaba ayuda y se quedó revolviendo alrededor de media hora. En un momento quiso saber el precio de un libro y noté un raro acento en su voz. Le pregunté de donde era y me dijo Rusia, con un tono muy imponente. Luego siguió mirando hasta que se acercó con otro libro y le pregunté acerca de sus autores rusos preferidos, a lo que me respondió ¡¡Bukowski!!… Le dije que era alemán y nos quedamos charlando más sobre su trabajo, la Argentina, pavadas… En las cadenas tampoco tenés tiempo para estas cosas”.

OLELIBROS RESEÑA ‘EL MAPA DE LAS VIUDAS’

Daniel Dimeco nos reta con El mapa de las viudas (reseña en Olelibros 26.06.2013)
Esta novela que es un poliédrico puzle psicológico de una mujer, un pueblo y una época.
El mapa de las viudas (Algaida) de Daniel Dimeco no es una novela amable, sencilla de leer y fácil de digerir, sino que entraña cierta dificultad porque reta al lector a que encaje las piezas por él mismo.
La novela fue premiada con el XVI Premio de Novela Ciudad de Badajoz, que dada la complejidad y la temática del libro, alejado de los tintes comerciales, se hace un gran honor eligiéndolo puesto que nos encontramos ante una obra profunda y bien escrita que nos cuenta más cosas entre líneas que de manera explícita.

La protagonista es una víctima de la II Guerra Mundial, que habita en un pueblo de la República Democrática Alemana en 1960; con una doble personalidad marcada incluso por el cambio de narrador, que nos sorprende trasladándose a la primera persona, de la tercera, para explicar estas dos personas que habitan en una. Una mujer que se debate entre la cordura y la locura, que convive con sus obsesiones y una niña que se ve arrastrada al mundo inconexo de Eleonora, que es el nombre del personaje central. Así es el principio, pero a medida que avanzas en la lectura descubres que nada es lo que parece y que las huellas de una brutal guerra dejan secuelas insuperables. Es una tremenda reflexión sobre la guerra y sus consecuencias, pero sobre todo, sobre la maldad y el horror, sobre el ser humano y su capacidad para hacer daño a los demás.

La trama se completa con extraños asesinatos que son el ingrediente que acaba de dar a esta novela el toque definitivo; que tiene el valor añadido de unos secundarios de lujo. Nos encontramos con personajes dignos de estudio con detenimiento y con una estructura que va enredando al lector poco a poco ya que tendrá que pensar en la historia para poder ir encajando pieza a pieza, imposible no tenerla en la cabeza.
Una novela que requiere concentración pero con la que se ven compensados todos los esfuerzos. Contra el olvido de la memoria para que no nos acabe disparando por la espalda, es el gran alegato de este libro que plasma a la perfección el síndrome o los síndromes que aquejaron a los alemanes orientales, vigilados férreamente por la Stasi, tras la II Guerra Mundial. Es poco probable que al terminar de leerla seamos capaces de sacar nuestra mente de este mapa, donde, seguramente, se quedará vagando durante días. Una novela que deja huellas, no sólo por la historia que cuenta, también por cómo la cuenta. En definitiva, es soberbia.
Para más información, buscad en la librería de Olelibro, allí podréis leer la sinopsis de este magnífico libro.

LOS MIEDOS DE ELEONORA MALER (elEconomista.es)

Stralsund, Pomerania
elEconomista.es
Santiago de Compostela, 2 jun (EFE)

El escritor argentino Daniel Dimeco se adentra en la atmósfera de la República Democrática Alemana en su nueva novela El mapa de las viudas, ambientada en la ciudad costera de Stralsund y cuyos protagonistas son personas “perseguidas por los fantasmas de su pasado”.

 
Así lo ha explicado el autor en una entrevista con Efe en Santiago de Compostela, donde se haya con motivo de la promoción de su libro, publicado por la editorial Algaida y ganador de la XVI edición del Premio de Novela Ciudad de Badajoz.
 
La trama de la novela comienza en una noche de verano de 1960, cuando, a raíz de unos asesinatos, aumenta y llega a un extremo insostenible la locura de la protagonista, Eleonora Maler, desencadenando situaciones que van a ayudar a desvelar oscuros secretos escondidos hasta ese momento.
 
En el asfixiante ambiente de esta pequeña ciudad, donde la Stasi, Ministerio de Seguridad del Estado, lo controla todo, Eleonora “tendrá que enfrentarse a sus propios miedos”, explica el escritor argentino.
 
Asimismo hizo referencia a la gran labor de documentación que tuvo que llevar a cabo para escribir la novela. “Me empapé de la historia de la Alemania Oriental de después de la Segunda Guerra Mundial”, pero dijo que es algo que hace con “muchísimo placer, ya que me gusta de siempre la historia”.
 
Daniel Dimeco
en Santiago de Compostela

 

Graduado en Ciencias Políticas, el escritor y dramaturgo Daniel Dimeco ha ganado diversos premios en ambos ámbitos, como el Premio Fray Luis de León por su novela La desesperación silenciosa, o el Premio Antonio Buero Vallejo con la obra teatral La mano de Janós.
 
“Considero que los premios son básicamente incentivos y que son fundamentales a la hora de publicar tal como está el mundo editorial”, opinó el autor.
 
También expresó su parecer acerca de la situación literaria actual, que resumió en que “la edición no esta en su mejor momento, la crisis afecta, pero soy partidario de que pone las cosas en su sitio y probablemente pinche la burbuja literaria”.
 
Dimeco declaró que en estos momentos ya tiene forma su próximo proyecto literario, una novela de la que no quiso desvelar nada, tan solo que no será “tan agobiante como la anterior”.
 

LA OPINIÓN DE ‘DE TINTA EN VENA’ SOBRE "EL MAPA DE LAS VIUDAS"

detintaenvena.blogspot.com
Una de las reseñas más impresionantes que han hecho sobre El mapa de las viudas (Algaida). Aquí dejo algunos pasajes y el enlace de De tinta en vena para quien quiera leerla al completo.
Si tuviera que definir esta novela sin duda lo dejaría en un escueto valiente. Y es que en los tiempos que corren, con un iva por las nubes y nuestros bolsillos cada vez más vilipendiados, tomar la decisión de comprar un libro se convierte casi en una cuestión de Estado, me refiero al familiar claro, porque a tan altas esferas no llegan asuntos tan nimios. Pensaréis que me he vuelto loca, pero no, digo que es una novela valiente, porque no creo que sea nada comercial, no es una historia para leer en la piscina, el autobús o en una salita de espera, es LITERATURA, sí, en mayúsculas, de esa que cada vez nos da más pereza leer porque requiere un esfuerzo extra.
Admiro a Daniel Dimeco, un perfecto desconocido para mí aunque tiene a sus espaldas una más que considerable carrera literaria, porque ha sido fiel a sus principios, ha escrito la historia que tenía en mente sin pensar si sería aceptada por el público. Pero también admiro la valentía del Jurado del XVI Premio de Novela Ciudad de Badajoz, porque creo que es complicado primar la calidad sobre la rentabilidad, a fin de cuentas las editoriales son empresas y buscan ganar dinero.

El mapa de las viudas es una novela arriesgada, valiente, que cuenta la vida de una mujer que murió tras un trágico suceso, pero cuyo cuerpo siguió existiendo dando cobijo a dos personalidades diferentes y completamente antagonistas. Una historia compleja, con una narración que le va a la zaga y unos secundarios de lujo que nos harán viajar desde la perplejidad a la admiración.

Sobre la protagonista, Eleonora Maler, dice: El autor ha dotado a la protagonista de una complejidad límite, de una doble personalidad que convive en un mismo cuerpo, una cuerda y la otra ida, en un momento de la narración la cuerda nos explica porque decidió quedarse cuando lo mejor hubiera sido irse. La lucha de ambas personalidades aunque no es patente para el lector si que nos la relata la cuerda cuando coge las riendas. Sin duda Eleonara es un personaje fascinante que se queda en la mente del lector mucho después de haber terminado la lectura. Se gana un sitio de honor en ese grupo reducido de protagonistas que perduran en la memoria y se hace un hueco en el corazón de quien se acerca a su historia.

MAESTRO DE LAS ATMÓSFERAS AGOBIANTES

Antonio Paniagua / Madrid
Día 23/06/2013 – 07.21h
El escritor Daniel Dimeco recrea en la novela ‘El mapa de las viudas’ (Algaida) el ambiente opresivo en la RDA (Diario ABC)
En el verano de 1960, una serie de asesinatos en un aparentemente tranquilo vecindario de la ciudad de Stralsund, en la Alemania Oriental, precipita la locura de Eleonora Maler, que sobrevive a duras penas tras un pasado que se intuye trágico. Eleonora vive de coser para las señoras de los gerifaltes de la Stasi, la omnipotente policía secreta de la RDA, cree que un murciélago ha anidado en su cuerpo y se la está comiendo por dentro, y oculta en su casa a su hija, una niña deficiente y muda a la que mantiene con los ojos vendados para que nada le haga daño, una extraña situación que sus vecinos parecen admitir sin preguntas. Los asesinatos, primero de una niña y después de un hombre, desatarán los recuerdos y los fantasmas de Eleonora, en la que sobreviven dos mujeres: la cuerda y la loca, la que existió antes de la guerra y la que nació después. Paradójicamente, esa inmersión en la locura ayudará a desvelar oscuros secretos que llevan mucho tiempo escondidos.

Pero Eleonora no es la única que guarda secretos. Sobre el vecindario se cierne algo oscuro, algo que nadie nombra pero que parece condicionar la vida de todos sus habitantes. En especial del doctor, siempre encorvado, siempre silencioso, siempre aterrado; y su esposa, dura y terrible, que parece dominar la voluntad de su marido con mano de hierro; o los jóvenes del barrio, uno miembro de la Stasi, hijo el otro de un mandamás del partido, crueles y provocadores, demonios reales que despiertan esos otros demonios dormidos en Eleonora.

Muchos se preguntarán al comenzar a leer esta novela por qué su autor, Daniel Dimeco, que no vivió ni por edad ni por origen los tiempos de la Alemania Oriental, ha situado su historia en los años sesenta de aquel país desaparecido. Pero al adentrarse en sus páginas, el lector descubrirá que no podría haber elegido un escenario mejor como metáfora de lo más oscuro que puede anidar en el ser humano. La dictadura de la RDA era el paradigma del control, un sistema en el que nadie se atrevía a hablar, ni en lo más íntimo de su domicilio, porque había miles de ojos y oídos que lo controlaban todo. En la novela de Dimeco, como lo fue en la Alemania Oriental, lo importante es lo que no se ve, lo que se esconde, un entorno único para analizar la soledad y el miedo que tanto influyen en los personajes de El mapa de las viudas.

Daniel Dimeco que, aunque de origen argentino, ha vivido varios años en el norte de Europa, se ha empapado de la historia de la RDA y ha sabido crear una atmósfera opresiva, oscura, estremecedora, que mantiene al lector en un constante escalofrío. Este es uno de sus indudables méritos. Otro es la habilidad para dosificar una información que cae como lluvia corrosiva en un lector entregado sin reservas al terror de la narración.

Imágenes de una gran potencia, personajes oscuros, situaciones límites, secretos antiguos y, en la sombra, como un pájaro de mal agüero, una policía secreta que lo sabe todo y lo controla todo. Esos son los elementos que maneja el autor para crear una historia que asombra y estremece a partes iguales, una historia llena de simbolismo que indaga en la locura, el sufrimiento y la barbarie.

El autor ha obtenido con El mapa de las viudas el Premio Ciudad de Badajoz. Novelista y dramaturgo argentino, afincado en España, ha ganado ya diversos premios en ambos géneros, como el Premio Fray Luis de León por su novela La desesperaciónsilenciosa, o el Premio Antonio Buero Vallejo con la obra teatral La mano deJános.

LA STASI Y SUS VÍCTIMAS SUBEN A ESCENA

Artículo publicado en El País (30 abril 2013) por Sergio Delgado Salmador y Juan Gómez


Jürgen Gottschalk en Mi acta y yo (Meine Akte und ich)

Este artículo llegó a mi conocimiento gracias a la gentileza de Mercedes Camps a sabiendas de mi interés por esta etapa histórica de Alemania y que reflejo en mi novela El mapa de las viudas (Premio Ciudad de Badajoz 2012 y finalista Premio Clarín-Alfaguara 2012) editada por Algaida.

Una vez más Alemania se cita con una de esas oscuras etapas de su historia a la que no tiene miedo a enfrentarse. Y no, no se trata de los nazis, esta vez le toca el turno a la República Democrática de Alemania (RDA). En Mi acta y yo (Meine Akte und ich), ocho víctimas y un funcionario del Ministerio para la Seguridad del Estado (Ministerium für die Staatssicherheit) toman el escenario de la Staatsschauspiel de Dresde para recordar sus experiencias con la Stasi.

La función se enmarca dentro del proyecto Vidas paralelas: El siglo XX a través de la policía secreta impulsado por el Festival Internacional de Teatro Divadelná Nitra de Eslovaquia, en el que participan ocho países del antiguo bloque soviético. “Vendrán de Hungría, Polonia, Rumanía y Chequia, entre otros. Yo me encargo de la parte alemana y soy el único que ha sugerido trabajar con testigos de la época”, explica desde el otro lado de la línea telefónica en alemán Clemens Bechtel (Heidelberg, Baden Würtemmberg, 1964), director de la obra, estrenada el domingo en Dresde.

La iniciativa pretende rescatar el papel del servicio secreto antes de 1989 dentro del ambicioso marco del festival que busca poner el foco sobre fenómenos sociales y la recuperación de la memoria histórica. “Uno de los puntos clave del proyecto es que se abra un diálogo entre víctimas y funcionarios o autores de crímenes. Deseamos que 20 años después empiecen a sentarse juntos y promover el dialogo”.

Los textos de la obra de 90 minutos de duración se escribieron a partir de una serie de entrevistas con los protagonistas: cinco víctimas de la policía secreta y tres que narran su historia desde la perspectiva de la Stasi. Entre ellos, se encuentra Gottfried Dutschke (Hainsberg, Turingia, 1945). Licenciado en Ciencias del Deporte y Biología, el alemán fue arrestado por ayudar a un grupo de amigos a huir de la RDA para reencontrase con familiares al otro lado. “A mis hijos, mi mujer y conocidos ya lo han escuchado, pero se lo quería contar a los jóvenes. Hay gente que quiere acabar con estas vivencias pero debe haber memoria histórica. Esta gente aún existe y podría ser peligrosa”, apunta sin tapujos. Tras arrestar a uno de sus compañeros de universidad en Praga, la Stasi encerró a Dutschke dos años y medio en la cárcel de Gera, una localidad a 133 kilómetros al oeste de Dresde. “Fue terrible. Mi mujer le dijo a mi hijo de 10 años que estaba en el hospital. No les hicieron nada pero estuvieron bajo vigilancia”. Junto a él, opositores, ciudadanos de otros países del bloque e, incluso, algún ex-funcionario formaban parte de una prisión en la que Dutschke fue también castigado en una celda de aislamiento. “Me metieron ahí durante tres días por negarme a salir a andar y contestar a un guardia. Fue horrible: sin luz, contacto humano y sin saber hasta cuando”.
El histórico encuentro no ha resultado, sin embargo, sencillo de organizar. “Dar con víctimas que estuvieron en la cárcel o tuvieron malas experiencias es relativamente fácil pero, lógicamente, es más si uno ha tenido algo que ver con la Stasi. Está estigmatizado, es una marca diferenciadora. Normalmente esa gente esconde su biografía”, considera Bechtel. Entre las escasas personas presentes relacionadas con los funcionarios Evelin Ledig-Adam (Vogtland, Sajonia, 1955), evoca la experiencia de su primer marido. Bajista y violinista de profesión, él confesó a su mujer haberse unido a la Stasi en 1984, dos semanas después de haber firmado el contrato. “Se unió para poder viajar y su trabajo consistía en informar sobre otros músicos. Por aquel entonces pensé que era una traición a los ideales. Tenía miedo de hablar de compañeros y de si querían ir a la República Federal. Lo que nunca sabré es si escribió informes también de mí”, sospecha la antiguamente relaciones públicas de un teatro.
Mi acta y yo se suma así a la ya extensa memoria histórica de un país que, a pesar de saldar sus cuentas con la etapa comunista, ha ido aún más lejos en lo relativo a la época nazi. “Sobre ese periodo hay un verdadero diálogo. De niños nos llevaron con el colegio al campo de concentración de Buchenwald y a mí me impactó profundamente. Es algo que no se olvida”, comenta Ledig-Adam. “Después de la Segunda Guerra Mundial hubo más juicios y castigos. Ahora, la gente ha viajado mucho, ha visto mundo, están bien educados y a lo mejor ha llegado la fase de pensar”, argumenta Dutschke. “Espero que la juventud conozca esto y no piensen solo en coches y cosas banales. Sería triste y peligroso”.


Peter Wachs


El régimen de la RDA como protagonista en la cultura alemana

Entre los escritores quizá fue Ronald M. Schernikau el que mantuvo una relación más estrafalaria con la República Democrática Alemana (RDA): nacido en el Este en 1960, de niño pasó con su madre a la República Federal escondido en un maletero. En Hannover se afiliaría al Partido Comunista y, todavía un escolar, escribiría una novela corta sobre un joven homosexual de provincias. Lo convirtió en una de las jóvenes promesas literarias en alemán. Cuando todo el mundo daba por muerta (con razón) a la RDA, el escritor solicitó la nacionalidad de su país natal. Se instaló en Berlín Oriental en 1989, apenas unas semanas antes de la caída del Muro. Su libro de aquellos días Die tage in l. (Los días en L.) lleva el subtitulo “De cómo la RDA y la RFA no se entenderán nunca y menos a través de su literatura”. Nunca se publicó en el Este.

Schernikau murió de algo relacionado con el SIDA en 1991, en la Alemania ya unificada. Había terminado su tremendo mamotreto satírico y trágico legende (Leyenda. Contiene episodios como “Una canción para Rostock”, donde imagina una imposible victoria de la RDA en Eurovisión y la consiguiente organización del Festival en la ciudad norteña de Rostock. No se publicó hasta 1999.
En el teatro, que disfruta de gran popularidad en Alemania, ha llamado mucho la atención la pieza de 2003 Zeit zu lieben, Zeit zu sterben (Tiempo de amar, tiempo de morir), escrita por Fritz Kater. Pone en las tablas escenas de la vida de varios jóvenes de la RDA, entre nostálgicas y deprimentes.
La autopsia de sus regímenes históricos fracasados es uno de los temas principales en la cultura popular alemana. Hace décadas que interpretar a un nazi en una gran producción sirve de trampolín internacional para actores de lengua alemana. Como segunda opción queda la RDA, cuyo abanico de personajes abarca desde el espía noble de La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) hasta la enternecedora comunista enferma de Good Bye, Lenin (2003), de Wolfgang Becker. El thriller sobre la policía política de la RDA y la comedia sobre la caída del Muro fueron enormes éxitos internacionales. Menos conocida fuera, pero también un éxito en Alemania, fue la comedia de Leander Haussmann Sonnenallee (1999). Desde que desapareció en 1990, la RDA ha inspirado una larguísima lista de películas de cine y televisión.

COPENHAGUE: LA CIUDAD NÚMERO 1

Por Steve Bloomfield y Michael Booth para Monocle
(através de El País 21.06.2013)
Dos habitantes de Copenhague (Foto: Álvaro Leiva)
El nombre de este blog es un homenaje a la capital danesa, la ciudad en la que tuve la enorme dicha de vivir y que me regaló dos de las cosas más preciadas en la vida: la libertad y la calma. Regresar a Copenhague siempre es volver a “mi hogar”, a mis calles, a mis barrios, Hellerup y Bernstorffsvej, los sitios que pueblan La desesperación silenciosa, mi primera novela. Copenhague es ese Norte que tanto añoro y donde, siempre que me preguntan, recomiendo que conozcan y disfruten.

Conquistar la máxima calidad mundial de vida urbana requiere el más intrincado de los malabarismos entre el progreso y la conservación, entre la estimulación y la seguridad, entre lo global y lo local. La perfección no se puede obtener, por supuesto, pero Copenhague está logrando la mejor nota en este momento.

La capital danesa ha pasado por una transformación radical en los últimos años. Quienes la visitaron hace una década encontraron una ciudad en un estado permanente de semihibernación. Las tiendas cerraban los sábados por la tarde y a lo largo del domingo. La vida nocturna solamente transcurría los viernes y los sábados. ¿Dónde estaban los lugareños? ¿Qué andaban haciendo? (Respuesta: la mayoría, jugando al balonmano o viendo la serie Taggart). Pero no se han revisado solamente los horarios de apertura: se ha producido un cambio de actitud a gran escala entre quienes viven allí. Los habitantes de Copenhague parecen haberse sacudido finalmente su desconfianza luterana hacia los placeres sensoriales y los caprichos; han descubierto la confianza y el entusiasmo hacia lo que su ciudad es capaz de ser.

Royal Smushi Café en Copenhague
(Foto: Álvaro Leiva)
La capital danesa se ha beneficiado de algunos alcaldes proféticos —todos han resultado ser socialdemócratas— que han hecho y siguen haciendo inversiones osadas en infraestructuras (terminales de aeropuertos, metros, superautopistas para bicicletas, parques urbanos y cosas así), desde Jens Kramer Mikkelsen, que lo fue hasta 2004, pasando por Ritt Bjerregaard y el actual Frank Jensen. Pero si hay un hombre que encarna el espíritu de la transformación de Copenhague en una ciudad modélica es el arquitecto Jan Gehl. Fue Gehl quien, ya en los años sesenta, señaló que el funcionalismo era deshumanizador y que, en vez de construir en el cielo, la tarea de los arquitectos era promover la vida en las calles. “Pero no se trata solamente de crear lugares donde la gente se pueda sentar a beber capuchinos”, dice Gehl. “Se trata de algo tan básico como poder encontrarnos los unos con los otros en el espacio público”. Gehl ha sido fundamental en la reducción del tráfico en el centro de la ciudad, una de las claves para crear una ciudad vivible. “Hemos demostrado que al establecer calles peatonales y carriles para bicicletas se puede crear una ciudad agradable en la que permanecer”.

Copenhague es una ciudad de bicicletas. Más de la mitad de la gente que ha de transportarse para ir al trabajo elige las dos ruedas antes que las cuatro, lo cual genera una fantástica nivelación en términos sociales: así es como se mueven desde los ejecutivos hasta las señoras que van de cena. La tendencia es que los ciclistas tengan preferencia, pero los conductores rara vez se sienten parias. La mayoría del tiempo el tráfico fluye; milagrosamente, hay sitio para aparcar.
“Copenhague solía ser una ciudad para pobres”, explica el gurú del diseño Jens Martin Skibsted, de la marca Kibisi. “Esto cambió a base de mejorar sistemáticamente las condiciones para familias con niños. Solían mudarse al extrarradio, pero gracias a la nueva atmósfera amigable hacia los niños se han quedado y han compartido sus riquezas al ir cumpliendo años. Al haber más dinero, se da una mayor cultura y un entorno más atractivo”.
La ciudad disfruta de un nivel sin precedentes de atención internacional. En televisión ponen The Killing y Borgen; arquitectos y artistas como Bjarke Ingels y Olafur Eliasson, y los revolucionarios chefs de la ciudad, han capturado la imaginación de sus colegas de todo el mundo. “Yo antes pensaba que Copenhague era una ciudad pequeña”, dice el chef Christian Puglisi, propietario del restaurante Relæ, galardonado con una estrella Michelin, y del café Manfreds & Vin, ambos en Jægersborggade. “Pero en lo que se refiere a la gastronomía, por ejemplo, nos hemos dado cuenta de que se puede hacer algo importante y de alta calidad que le interese al mundo”.
Ciclistas en el barrio de Vesterbro (Foto: Álvaro Leiva)
Jægersborggade, un lugar a evitar en su día, está atestado ahora de pequeños negocios independientes, cafés y bares, todo gracias a su arrojo inicial, y existen numerosos ejemplos de otras calles así en la ciudad.
Nørrebro, un antiguo barrio obrero, sigue teniendo sus retos, con sus viviendas densamente pobladas —algunas, aunque parezca sorprendente, todavía con baños colectivos en el sótano— y la lucha continua por integrar a su población de diversa procedencia étnica, pero es el lugar al que ir cuando te cansas de la conformidad y pulcritud escandinavas.
En los últimos años, Copenhague ha tenido que lidiar con una mayor cantidad de inmigración interna: ahora es el hogar de aproximadamente un tercio de la población del país. Con sentido común, los urbanistas han ido escalonando el desarrollo que requieren estas nuevas llegadas. Hemos visto que en Sydhavn (el puerto sur) y en la nueva localidad de Ørestad florecen interesantes hoteles, oficinas, viviendas junto al agua y la magnífica sede de la radio nacional, Danmarks Radio. Nordhavn (el puerto norte) está en marcha, con la nueva Ciudad de las Naciones Unidas al fin terminada. Las próximas de la lista en acicalarse son las inspiradoras dársenas militares de Refshaleøen, que ya son sede de una multitud creativa y artística en aumento, y la Fábrica de Carlsberg en Valby. Mientras tanto, en la isla contigua de Amager están construyendo una planta de tratamiento de residuos difícilmente carismática, diseñada por el estudio BIG de Bjarke Ingels. Tiene una pista artificial de esquí en el tejado y, aparentemente, va a echar humo.
Entonces ¿por qué Copenhague no es el número uno de esta lista cada año? Bueno, algunos podrían argumentar que debería serlo, pero algo en particular ha cambiado durante los últimos 12 meses, y no es solamente el nuevo y suntuoso mercado de comida, Torvhallerne. Quizá estemos haciendo una especulación, pero nos parece como si Copenhague hubiese sufrido un cambio de humor. En las últimas elecciones generales los daneses echaron a patadas a los xenófobos de derechas que tanto habían agriado las relaciones internacionales del país y que habían dejado a la capital convertida en un oasis aislado de diversidad y amplitud de miras.
Los lugareños siguen quejándose, por supuesto. Se quejan acerca de las obras de la nueva ampliación del metro que temporalmente se ha hecho con numerosos espacios públicos. Se quejan del tráfico y de las leyes draconianas en relación con las bicicletas (la policía tiene mano dura con los ciclistas), pero, a decir verdad, no tienen mucho sobre lo que refunfuñar.

“Los habitantes de Copenhague son gente muy maja”, afirma el chef Puglisi. “Y la verdad es que aquí hay muy buenas vibraciones actualmente”.

Vistas desde el Diamante Negro, la Biblioteca Real de Copenhague
Foto: Álvaro Leiva
Datos de Copenhague: Población: 560.000 en la ciudad; 1,7 millones en la zona metropolitana. » Vuelos internacionales: 140; 24 son intercontinentales. » Delitos: asesinatos, 9; robos en hogares, 3.748. » Horas de luz: promedio anual, 1.539 horas. » Temperaturas: máxima de media, 22º; mínima, -2º. » Tolerancia: una de las ciudades del mundo más amigables hacia los gays. El matrimonio gay ya es legal en la iglesia danesa. » Puntos de recarga eléctrica para coches: 332. » Tasa de desempleo: 6,6%. » Cultura: 14 cines; entre 70 y 80 galerías de arte; 28 teatros; 58 salas de conciertos. » Librerías: 83. » Zonas verdes: 22,6 kilómetros cuadrados o 42 metros cuadrados por persona. » Principales proyectos: actualmente está en marcha una importante ampliación del metro de la ciudad: se construirá una línea circular alrededor del centro. » Vida en las calles: en los últimos años, Copenhague ha desarrollado realmente sus espacios abiertos, sobre todo a lo largo de los muelles, con la estupenda terraza del teatro Skuespilhus, las praderas de Islandbrygge y la playa de Amager. » Cenar un domingo: a las tiendas se les permite abrir, lo cual ha dado mucha vida al centro. Las reservas de última hora no suponen un problema, salvo que se trate de Noma.

MAGÜI MIRA Y ANA WAGENER: ”QUÉ NO HARÍAS TÚ PARA SALIR DE LA CÁRCEL”

 
Magüi Mira y Ana Wagener
 
Nada más sentarme en una de las butacas de la Sala Pequeña del Teatro Español, donde he quedado para entrevistar a las dos actrices que cada noche ponen en pie a La anarquista, les hago un comentario acerca de la impresión que la obra me produjo cuando la vi. Magüi Mira me dispara: ¿No me digas que has visto la obra? Mucha gente la ha visto, le respondo. Magüi insiste: Sí, ¿pero tú la has visto? Sí, claro, le digo. ¡Hombre, qué bueno que la hayas visto, no es normal…! Comenta con ironía. Mucha gente nos hace entrevistas y no ha visto la obra…
 
Magüi Mira es Cathy, la anarquista, una mujer que lleva treinta y cinco años presa en una cárcel de Estados Unidos por haber matado a dos policías, por haber desafiado al Sistema. Se trata de un personaje rebelde, con las ideas claras y que ansía la libertad. Ana Wagener es Ann, la psicóloga que trabaja y defiende a ese Sistema que la otra denosta, Ann es quien busca la verdad en un mundo donde todo es relativo, incluso la propia verdad en la que ella cree.
 
Magüi Mira y Ana Wagener, dirigidas por José Pascual, han parido a dos potentes Cathy y Ann, los personajes creados por el dramaturgo estadounidense David Mamet en La anarquista y que estarán en el Teatro Español de Madrid hasta el 16 de junio.
 
Sé que el director es el responsable del conjunto de una puesta en escena; pero, ¿cómo se consigue que una obra de teatro asentada en tanto texto, como es esta de David Mamet, no acabe en un mero debate dialéctico entre dos actrices?
 
ANA WAGENER. Creo que se sostiene porque tanto Magüi como yo trabajamos desde la emoción, y cuando cada personaje tiene un objetivo determinado, va hacia un sitio concreto y tiene una serie de sentimientos, los actores podemos estar haciendo la guía telefónica que te aseguro que la gente va a estar pendiente del trabajo y a mí me parece que en esta función pasa un poco eso.
 
MAGÜI MIRA. Yo pienso lo mismo que Ana. Sobre este tema podríamos hablar durante horas porque has tocado el meollo de lo que es un texto teatral y lo que es el arte escénico, que son dos cosas distintas. Un texto puede ser estupendo y estar en un cajón para que se lea o se puede convertir en una creación, en arte escénico, se le puede dar vida.

En este caso concreto, se trata de darle vida a un texto muy complejo.

 
MM. Es un texto de alto nivel, de mucho pensamiento, de ideas y ese es uno de los motivos por lo que es maravilloso hacerlo. Ahora casi no se hacen este tipo de obras y estamos viendo que tiene un público y, además, un público joven. A la gente también le gusta mucho ejercitar el cerebro. Cada día, Ana y yo charlamos sobre la obra, esto es un working progress… Esto es vida.
 
AW. Absolutamente…
 
MM. Es muy cierto que estas dos mujeres, además de lo que dicen y lo que piensan, encausan una especie de río profundo, emocional, brutal, de dependencia la una hacia la otra, que les lleva a un combate dialéctico y emocional.
 
AW. A mí me parece que estamos haciendo una maravilla. Se supone que yo no lo debo decir (ríe), pero creo es una obra que impacta en la gente.

Ann encarna la Ley. ¿Dónde traza su personaje, en el cara a cara con la anarquista, esa línea delgada que divide el plano de lo personal del de la Razón de Estado?

 
AW. Ann considera que ella debe tener el control absoluto de sus sentimientos, sobre todo en estado de servicio. Ella intenta estar con esta mujer, con Cathy, que le supone un montón de cosas, que le toca puntos muy vulnerables. Ann también es una mujer idealista, alguien que no se ha querido dejar corromper, una mujer que ha antepuesto el deber y a la que nadie ha sometido a nada que ella no creyera con convicción. Frente a Cathy, defiende a lo que ella sirve, defiende a ese ente al que Cathy acusa de ser un nido de víboras. Supongo que el desencanto, el choque con verdadero, muchas veces muy diferente a lo imaginado previamente, es posible que le ocurra a cualquier persona que, por ejemplo, empieza una carrera política y por el camino cae en la realidad. El camino de Ann es de sacrificio, de represión de sus instintos, de restricción y, posiblemente, ella sienta que nunca ha sido correspondida de manera similar. Una de las cosas que admira de Cathy es la lealtad hacia lo que cree y ese es un punto en el que ambas convergen.

¿Ann sigue creyendo en la Ley o meramente cumple su función como una buena profesional?

 
AW. Absolutamente, sí, cree en la Ley. (Piensa) Bueno, el absolutamente vamos a entrecomillarlo. Creo que es como una despedida, ella se va de la prisión, entre otras cosas, porque ha llegado a rozar un límite. Tal vez la última oportunidad que ella se da personalmente sea en ese interrogatorio en el que ambas mujeres se juegan bastante, cada una lo suyo. Puede que en el caso de Cathy sea algo más material, porque se trata de su libertad, y en el de Ann haya algo más espiritual, pero todo lo que Cathy le dice en ese último cara a cara ella lo recibe y, en el fondo, sabe que es verdad.
 
Ana Wagener y Magüi Mira

Cathy goza de la libertad de pensamiento mientras que Ann ostenta el poder de decidir sobre otras vidas. ¿Podríamos decir que uno de los conflictos que se plantea entre ambas mujeres pasa por saber cuál de las dos es más libre?

 
MM. Es una obra con tantas capas… Dentro del doble engaño que se hacen, cada una usa sus armas para lo que necesitan. En el caso de Cathy, tal como yo la entiendo, pienso que no volvería a matar tal como hizo con los dos policías, aunque en ningún momento ha perdido su alma anarquista, por eso el título de la obra es La anarquista, porque creo que Mamet ha querido valorar eso. Ahora bien, Cathy sabe que está en una situación injusta de la que ya debería haber salido y que desde un punto de vista jurídico es verdad porque ha pasado treinta y cinco años en prisión y debería estar en la calle. Pero la historia que tienen con ella es una historia personal. Creo que la libertad es algo congénito al ser humano, luego depende del valor que tenemos para usarla y las circunstancias personales, pero es cierto que hay un momento en el que Cathy dice “me temen a mí, por como yo soy”, o sea que ya no sólo le temen a su pensamiento sino a la estructura de la persona. Ella es una mujer valiente, directa, no sólo es una cuestión de ideas porque, como ella dice muy bien, “ideas mucho peores que las mías hoy se agitan en las mentes más pacíficas del planeta”.

Algo muy contemporáneo, por otro lado.

 
MM. No hay más que ver a los grandes empresarios que ahora están cayendo imputados y que han ido por la vida con sus sonrisas, sus trajes impecables, nunca han sido violentos, pero le han hecho chupar el polvo a mucha gente porque han estafao, han robao… Y hablamos de hoy, de banqueros que han estado mintiendo, diciendo que había beneficios que no existían con el afán de repartirse primas millonarias y ahora resulta que echan a la gente a la calle, porque no saben qué hacer con los pisos, pero ellos se han quedado con el dinero público. Estos señores que son mucho más violentos y peligrosos en sus ideas han tenido comportamientos polite. Cathy, no. Cathy no tiene un comportamiento polite y ese es uno de sus grandes problemas. Cathy ahora no volvería a matar, en cambio esta gente sí está matando, mandando a la gente al hambre. Eso es matar…
 
AW. A colación de lo que dice Magüi sobre nuestra contemporaneidad, creo que Mamet, con el juego que crea, hace una gran crítica a la doble moral de la sociedad. En la obra hay una señora que está siendo juzgada por una representante de una pandilla de gente que está en libertad, pero que realmente son unos delincuentes. Y lo que hace esta mujer es entrar en su juego: haciendo ver que se ha convertido a la religión o que quiere ver a su padre porque el hombre se está muriendo… Pero al final, realmente, sale lo que lleva en su ADN y que es por lo que ha luchado y dejado su vida por el camino. La que está enfrente, Ann, es otra idealista engañada por el propio sistema para el que trabaja.
 
MM. Perdona que te interrumpa, Ana. Fíjate la razón que tienes, porque Cathy dice, es decir, Mamet escribe: “¿pero a ti quién te ha dado este trabajo, cuántos años tienes, cuándo te vas a dar cuenta de que sirves a un Estado corrupto en una institución fallida?”
 
AW. Y, al final, Ann deja de replicarle y dice: “¿qué alternativa hay según tú?”. Está escuchando un discurso, el de Cathy, que en su fuero interno sabe que es cierto pero Ann no ha sido capaz de decir cuelgo la toga y me voy con esta mujer… Son dos personajes nobles. Mamet pone a la sociedad a elegir entre dos situaciones, con una mesa por medio y dos sillas, y eso me resulta magistral por parte de este señor.

Contiene toda una realidad social y no sólo española.

 
MM.- Los americanos, incluido Mamet, no saben ni donde está España. O sea que él ha escrito, sin dudas, en su realidad americana.

¿Y en qué cree Cathy?

 
MM. Sobre todo en la justicia y en que el poder se corrompe. Por eso, como buena anarquista, no acepta una estructura superior y dice: “nosotros no podemos delegar ningún poder porque no lo tenemos, el poder es de todos”. Hay una esencia que es común a todo ser humano: tener una vida justa y no aceptar un poder superior que te lleve a una doble moral, que te lleve a Iñaki Urdangarín.

Desde el inicio mismo de la obra, Cathy adopta una postura como de no estar delante de Ann. O de estar, pero intentando zafarse de ella.

 
MM. Zafarse… Qué bonita palabra, me gusta. Sí, intenta zafarse de ella todo lo que puede y la engaña absolutamente, y Ann engaña a Cathy, pero en el engaño de mi personaje hay una búsqueda permanente de protección, trata de protegerse todo lo que puede. Por momentos, Cathy la ataca y entonces sí la mira, la quiere convencer, y en otros momentos cuanto menos la vea, mejor… Cathy es homosexual, un ejemplar lésbico maravilloso, con mucho poderío y sabe que, como diríamos cuando niños, Ann está por ella y entonces la provoca, incluso lo hace para darle esa libertad de pensamiento de la que carece. De alguna manera, ambos personajes quieren poseerse y eso es fascinante.
 
Cartel de La anarquista
Teatro Español – Madrid
Ambos personajes trabajan desde lugares en los que se sienten muy seguros. Ann lo hace desde el de la autoridad y Cathy, a su modo, enfrentándose a esa autoridad, al poder.
 
MM. Cathy tiene muchos argumentos y, es más, Cathy se muestra fuerte en lo que piensa, porque lo piensa de verdad, y, por eso, quiere llevar a Ann a su terreno. No existe un escáner a través del que se pueda saber si alguien cree en Dios o no y las respuestas que da Cathy son perfectas, vamos, que se ha empollado una religión y va super preparadísima al interrogatorio. Además, ha hecho un libro en el que ha escrito su conversión, su revelación divina. “Qué no harías tú para salir de la cárcel”, le dice a Ann, “pues, mentirías, como yo”. Ella cree firmemente que vive una situación injusta y que en ese contexto la mentira sí cabe.
 
AW. Además, en Estado Unidos, la fe tiene un poder brutal y cada vez que sucede algo grave todo el mundo se refugia en los rezos.
MM. Ann le pregunta: “¿Y por qué a tu libro se lo van a creer?”, esa es una clave maravillosa, absolutamente contemporánea, y la respuesta que se deduce es que se lo van a leer porque consuela a los cobardes y a los débiles. Cathy tiene la clave y le da al Sistema lo que el Sistema quiere y se va a vivir su vida.

De repente, Magüi Mira observa hacia la puerta que conduce a los camerinos.

 
MM. ¿Qué pasa, Miriam? (Silencio) ¡No hay localidades!

Magüi Mira y Ana Wagener se miran, ríen, aplauden y se cogen de las manos.

MM. (Vuelve a la conversación) Hay dos posibilidades: revelarse o someterse. Y una tercera posibilidad sería someterse a Dios, porque eso ya no hace sufrir, uno delega en alguien sus propias responsabilidades…

¿Ann es un personaje muy hermético?

 
AW. Tiene sus puntos de inflexión y algunas veces flaquea y se moja con Cathy…
 
MM. Si no se mojara, esta función no existiría porque sería un mero interrogatorio.
 
AW. De hecho, los puntos de Ann saltan a la vista cuando pierde los papeles y eso le ocurre en varias ocasiones.
 
MM. Sí, Ann se moja porque le pregunta a Cathy: “¿Te aman estas mujeres?”. ¡Menuda mojada! Y Cathy le responde: “¿Quieres decir si tengo sexo?”. Si Ann no entrara en terreno personal, o no permitiera que lo hiciese Cathy, no llegaríamos a la situación que se da en la obra.
La charla podría continuar, porque hacerlo con estas dos mujeres es un verdadero placer. Magüi Mira habla de manera reposada y firme, seduce con la voz, la mirada y un fino humor que suavizan un carácter indudablemente fuerte. Magüi y Cathy, la actriz y el personaje, se solapan a lo largo de la entrevista, se entremezclan entre sí y responden la una o la otra indistintamente. La misma sensación tengo con Ana Wagener cuando se apasiona contando/explicando a su personaje. Cathy y Ann son dos mujeres ricas en palabras, en artimañas autodefensivas, cargadas de medias verdades y medias mentiras, leales a sus principios y conscientes de que, aunque sea de maneras distintas, se necesitan mutuamente en un espacio donde lo que escasea es la libertad y no sólo la de movimientos.
 
Tal como empezamos, acabamos la entrevista. Esta vez es Ana Wagener la que se interesa por mi forma de hablar, que ni es argentina ni española. Ambas sonríen ante mi respuesta y acotan: “Tienes un acento muy bonito, muy personal.”