Periodismo

JUAN MAIRENA FECUNDADO POR FRA ANGELICO

María Velesar, Dolly, Inma Cuevas, David Aramburu, Juan Mairena, Soledad Rosales y Pablo Martínez

María Velesar, Dolly, Inma Cuevas, David Aramburu, Juan Mairena, Soledad Rosales y Pablo Martínez en La Casa de la Portera

Acordes como de pasos de Semana Santa que se oyen cada vez más cercanos, stilettos que aguijonean las transitadas maderas del suelo de La Casa de la Portera y la letanía de las Adoratrices del Santo Membrillo resonando bajo palio de oro y sangre. El misterio de la oración matinal se funde con los placeres de la carne áspera del fruto que paladeaba el Sultán de la Puerta de Constantinopla. Los cerrojos se deslizan entre aullidos metálicos y el convento de unas monjas italianas, encabezadas por una peculiar Madre Superiora, hermanastra blanca y mediterránea de aquella Deloris Van Cartier, despierta al alba y las intrigas se murmuran entre las viejas paredes de la la portería que custodian José Martret y Alberto Puraenvidia.

Ha transcurrido un año desde el estreno de Cerda, la desopilante creación teatral del dramaturgo y director Juan Mairena, con un elenco de artistas que no dejan indiferentes a ningún espectador: Sor Cicilia (primero en la piel de Inma Cuevas y después en la de Carolina Herrera), Sor Bette (Soledad Rosales), Sor Cosetta (David Aramburu) y Sor Catana (María Velesar), antiguas huérfanas amparadas por las garras protectoras de la Madre Leona (Dolores Marioli o Dolly). Hablamos con el Creador de esta particular porcherie.

¿Quién te fecundó para que parieras Cerda?

Un cuadro: La anunciación de Fra Angelico. Un rayo de luz entró por la ventana y, de repente, allí estaba ella.

La primera impresión que tiene el espectador, nada más empezar la función, es la de estar asistiendo a una obra de sólo risa. Poco a poco la historia se va enfangando (niños robados, identidad…) sin perder el sentido del humor. ¿Cómo trabaja Mairena-dramaturgo y cómo lo hace Mairena-director para lograr esa simbiosis?

Como dramaturgo me planteé el reto de contar un drama en clave de comedia. Sabía que no era fácil pero tenía mucha curiosidad por saber qué ocurriría en escena. Y como director no sólo era un reto para mí sino también para los actores, que debían cambiar de registro y pasar de la situación más dramática a la más cómica en apenas unos segundos. Lo inquietante de esta obra es que el público, sobre todo al principio, no sabe si reír o llorar, pero a medida que avanza la historia van entrando en el código y es muy gratificante comprobar cómo, también el espectador, pasa del sobrecogimiento al estallido de risa con un simple chasquido de dedos.

Cuando murió Niní Marshall en su casa encontraron la vida entera de los personajes que había creado: fotos, objetos, relatos… ¿Cómo creaste a esas monjas huérfanas que habitan el convento en Cerda?

Si alguien entrara en mi casa entendería enseguida el origen de este universo. Sin duda, mis personajes en general y estos en particular están construidos con retazos de imágenes, historias, personajes que me han impactado a lo largo de mi vida. Y si hay algo que los caracteriza es que todos ellos se mueven siempre en el terreno de la ambigüedad, no son claros ni oscuros, ni buenos ni malos, son contradictorios por naturaleza y eso es lo que para mí les hace realmente interesantes.

Carolina Herrera, María Velesar, Dolly, David Aramburu y Soledad Rosales

¿Cómo fue la elección de ese equipo fenomenal de actores que te ha acompañado durante todo este tiempo?

En este caso fue muy fácil porque prácticamente todos los personajes están escritos para los actores y actrices que los interpretan. Había trabajado antes con la mayoría de ellos y en el proceso de escritura siempre estuvieron presentes. De hecho los personajes tienen mucho de las personas que los habitan. Por otro lado, tuve la gran suerte de que primero Inma Cuevas y después Carolina Herrera, con quienes no había trabajado y, por tanto no me conocían, accedieran a participar en este proyecto.

He leído por ahí, y me lo han confirmado al oído, que eres un director con el que es un placer trabajar. ¿Qué les exiges a los actores desde el primer encuentro?

En mi opinión, no es el director quien tiene que exigir sino que son los propios actores los que tienen que ser exigentes con ellos mismos. Así que si tengo que exigirles algo es ese compromiso personal. En cualquier caso, la tarea del director es conseguir que haya una buena comunicación y a veces esto es complicado. El lenguaje, cómo expresas lo que quieres transmitir para que los actores comprendan sin ningún tipo de interferencia, es fundamental. Procuro cuidar esas cosas y, especialmente, crear un buen ambiente de trabajo, antes, durante y después de los ensayos.

Cerda ha cruzado el Atlántico y ahora también está en Buenos Aires. ¿Qué diferencia sustancial hay entre tu montaje y el de Juan Urraco?

Diría que la única diferencia sustancial es el acento, porque la historia que, en un principio podía parecer que sólo funcionaría en nuestro país, ha tenido una excelente acogida por parte del público argentino, que ha estado agotando localidades desde su estreno el pasado 14 de agosto. Ha habido que adaptar el lenguaje y algunos gags pero la historia es la misma y en cierto modo, el tema principal es todavía más cercano y lacerante si cabe en Argentina que en España.

¿Cómo sobrevive Juan Mairena a la crisis de fe?

Sólo conozco una crisis y esa sí que es cerda.

¿Qué opinan en la Orden de las Siervas del Santo Membrillo del Papa Francisco?

Piensan que un señor con faldas, que representa a una de las instituciones más antiguas e incongruentes con su propio predicamento de la historia de la humanidad, es el colmo del surrealismo y la transexualidad.

by Pedro Armas

¿Mina o Lady Gaga?

Me quedo con Mina como fuente de inspiración.

Si entre tus potestades estuviera la de celebrar misa: ¿consagrarías la sangre de Cristo con vino o cambiarías de néctar?

Soy de tierra de viñedos y como buen hijo de viticultor siempre he pensado que el vino es el mejor maestro de ceremonias.

¿Con la lámpara encendida o a plena luz del día?

Siempre con la lámpara encendida. La noche es el mejor territorio para los sueños, el misterio y la imaginación.

¿Una ciudad donde te gustaría perderte?

Muchas, pero siempre me ha gustado perderme en Nueva York.

¿Qué es lo que viene después de Cerda?

Es pronto para hablar de lo siguiente, aunque puedo decir que será una historia más oscura, más cercana al drama y al thriller psicológico, pero sin renunciar al sentido del humor y con muchas de las claves que conforman el particular universo de Cerda.

Juan Mairena habla con un tono nada latino, suave y pausado, sin la ampulosidad que caracteriza a su obra. Es un artista polifacético, un creador con un estilo propio inconfundible al que, también, le gusta observar desde la barrera los trabajos ajenos, un apasionado de las artes escénicas que desde su plataforma @JuanKomoeres forma parte de ese nutrido grupo de amantes de las tablas (los #tuiteatreros) que en los últimos años ha jaleado a través de las redes sociales a un teatro estrangulado por la ignorancia de una política cultural del Estado que ve sólo farándula donde se levanta una industria.

El show must go on…

@DanielDimeco

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘DIARIO SIGLO XXI’

Foto by Sandra Brun

 Por Herme Cerezo (Valencia)

A finales del verano de 1960, una serie de asesinatos en la ciudad de Stralsund, al norte de la República Democrática Alemana, agudizan la locura de Eleonora Maler. En ella conviven dos existencias paralelas: la mujer que fue hasta terminar la guerra y la personalidad que se originó una trágica noche de 1945. Pero ambas —la cuerda y la enajenada— son una, comparten el mismo cuerpo y viven una vida común, acompañadas de una niña que arrastra su propia desdicha. En el asfixiante ambiente de una pequeña ciudad donde la Stasi se afana en controlar a todos sus habitantes, Eleonora tendrá que enfrentarse a sus propios miedos y a sus propios fantasmas: algunos sólo están dentro de ella, pero otros aún recorren las calles de Stralsund. En esta atmósfera asfixiante es en la que Daniel Dimeco teje su nueva novela, El mapa de las viudas, editada por Algaida, con la que acaba de ganar el XVI Premio Ciudad de Badajoz de Novela.
Daniel, enhorabuena por el premio, ¿en tu caso por qué resulta especialmente importante haber ganado el XVI Premio de Novela Ciudad de Badajoz?
En un autor de mi situación actual, lo más importante es que un premio como este te vuelve más visible, te brinda la posibilidad de abrirte un hueco y permite que la novela se lea mucho más, que es lo importante. El resto de ventajas que te ofrece el premio, dinero incluido, también es bienvenido.
En esto de ganar premios, influye la casualidad, la suerte…
Creo que sí, todo influye. Cuando termino una obra de teatro o una novela empiezo a enviarla a premios literarios. Psicológicamente me olvido de ella y, rápidamente, comienzo a escribir otra.
Eres dramaturgo, novelista, profesor de talleres literarios, ¿qué significa para ti la escritura?
No puedo imaginar mi vida sin la escritura. Lo hago desde siempre y como profesión desde hace diez años. Recuerdo que cuando era adolescente, mi vida consistía en inventar historias y personajes, relacionándolos entre sí. Sin embargo raramente las pasaba al papel salvo si consideraba que podían constituir un cuento.
 

Foto by Herme Cerezo

Por cierto, como también le ocurre a otros escritores, apenas queda huella de tu origen argentino en esta novela, ¿a qué se debe eso?

 

Llevo en España entre diez y once años, pero antes viví en Dinamarca y Francia. Con ello quiero decir que llevo muchos años viviendo fuera de Argentina. Además, mi mujer y mis amigos, mayoritariamente, son españoles y todo eso ha influido en que haya ido perdiendo el acento.

¿Cómo nació la idea de escribir esta novela?
Surge de una casualidad, de una anécdota familiar. Hace tres veranos fui a Argentina y mi madre me contó que enfrente de su casa vivía una pareja de médicos que atendían en su consulta pero que nunca recibían visitas en su casa. Jamás supimos qué ocurría en el seno de aquella familia y eso me produjo una gran curiosidad, tanta que decidí averiguarlo a través de esta novela.
El mapa de las viudas, ¿por qué este título?
Cuando comencé a escribirla se llamaba de otro modo, pero cuando surgió una situación concreta en la novela me gustó más este título. El motivo se explica al final del libro y prefiero no revelarlo y que lo descubran los lectores.
La novela tiene toques negros, cierta claustrofobia, algunos asesinatos ¿te atreves a etiquetarla?
Mientras escribo, el género es lo que menos me importa, pero luego me interesa porque me preguntan sobre ello y algo tengo que decir. La verdad es que tiene mucho de novela psicológica y, como hay varios asesinatos, producto de las tensiones que se vivían entonces en la RDA, bordea el género negro.
¿Este relato sólo podría emplazarse en la RDA?
No, si hubiera escogido algún pueblo de la España de la Dictadura también hubiera servido. Necesitaba un lugar en el que existiese un gran silencio provocado por la represión, en el que ocurriesen cosas muy graves que nadie comenta por la situación política existente. En Argentina no podía ubicarla porque de la dictadura no se podía hablar en la calle, pero en casa, en familia, sí que era posible. En la RDA en ninguno de los dos espacios, calle o casa, se hablaba porque desconocían dónde estaba el espía.
Esta atmósfera tan asfixiante para los personajes parece ser que no es la primera vez que la tratas, ya que lo has hecho en obras anteriores, ¿qué te interesa de ella?
 

Me interesa arrinconar a los personajes, escarbar en lo que ellos no dicen a primera vista y tratar de llevarlos a una situación límite. Es algo que me divierte. Tal vez aquí se encuentre mi parte malévola, pero es con lo que más disfruto a la hora de escribir. Contar historias maravillosas no me atrae.

 

¿Y cómo se las ingenia un escritor para introducirse en la mente de una mujer trastornada? Y, sobre todo, ¿cómo te encuentras después de la experiencia?

Me encuentro fatal [Risas]. He ido reponiéndome poco a poco. Supongo que el teatro influye en mi forma de trabajar. Me concentro mucho en el personaje y en la situación que atraviesa. Para conseguirlo utilizo el sofá de mi casa, allí cierro los ojos y trato de introducirme en el interior del personaje. Luego intento aproximarme a su realidad. Unas veces lo consigo más y otras menos. Evidentemente, meterse en la mente de una mujer loca ofrece sus propias peculiaridades y he de nadar en el sufrimiento o en la felicidad del personaje. Cuesta, pero me gusta, resulta duro y agradable a la vez.
La obsesión de la protagonista por los murciélagos, ¿qué significa a nivel simbólico?
Tiene una parte simbólica muy importante. Trabajé los murciélagos pensando que eran un símil de la Stasi, la policía de la RDA, un parangón del excesivo control que existía entonces, aquellos miles de ojos que todo lo observaban y veían. Por supuesto, la llegada casi diaria de los murciélagos a su casa, en coincidencia con el coche que cada madrugada aparca a su puerta, retrotrae a Eleonora al trauma que sufrió en 1945.
En la novela aparece un matrimonio, el del médico y su mujer, que mantiene una relación compleja, donde ella condiciona los actos de su marido y le traza el camino a seguir.
Como decía antes, esta es la relación que dio pie a la escritura de la novela. Ella lleva la voz cantante en la relación y domina a su marido. Me interesaba mucho el contraste entre los dos, teniendo en cuenta que los médicos, en aquella época, eran personajes muy respetados y este tipo es un pusilánime. Pero lo más importante es lo que no se ve, lo que esconden y su actitud hacia los demás, que tampoco es muy habitual.
Trabant (coche fabricado en la RDA)

 ¿La vigilancia tan estricta de la Stasi era el equivalente a las cámaras de televisión que hoy encontramos en la calle, otra versión del Gran Hermano?

Sí, exacto. Ellos solían pasar muchas horas sentados en el coche, de hecho se dormían mientras trabajaban. Investigar la vida de la gente en un barrio, además de algún suceso interesante, incluye mucho aburrimiento. Pero el problema radicaba en que eran tantos los vigilantes que no se sabía muy bien quién pertenecía al cuerpo y quién no. Con semejante aparato era muy difícil que ocurriesen cosas sin que el estado se enterase.
Tras la caída del muro, ¿los archivos de la Stasi se destruyeron o siguen activos?
Tras la caída del régimen los archivos se abrieron y se permitió el acceso a investigadores y a las propias familias, porque hubo gente a la que le había ocurrido algo y, a pesar de las sospechas, no había constancia oficial de ello. Muchas personas, al consultarlos, descubrieron que su vida estaba completamente escrita en aquellos ficheros.
¿Podemos colegir que, debajo de la novela, subyace el miedo?
Sin duda. El miedo es como una especie de plasma que hay debajo y sobre lo que se sustenta toda la estructura de la obra. Nada de lo que ocurre en la novela sucedería del mismo modo sin ese miedo. Se necesitaba que la gente no hablase porque si contaba cosas, el secreto desaparecía y en la RDA se mantenían esos secretos gracias al miedo. Si alguien hubiera abierto la boca, las consecuencias hubieran podido ser devastadoras.
La última, ¿por dónde se moverá tu próximo proyecto literario?
Estoy preparando una novela, menos negra que esta, y más contemporánea, pero se encuentra en sus primeros trazos, con lo que no puedo adelantar mucho al respecto.

LOS BEBÉS DE FINLANDIA DUERMEN EN CAJAS DE CARTÓN

Durante 75 años, las mujeres embarazadas en Finlandia han recibido cajas de cartón del Estado. Es como un paquete inicial con ropa, sábanas y juguetes que a su vez puede ser usado como camita. Muchos argumentan que esta política ha ayudado a que el país nórdico sea una de las naciones con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo.
Se trata de una tradición que data de la década de los años 30 y busca dar a todos los niños finlandeses, sin importar su condición social, un comienzo de vida equitativo.
El paquete de maternidad, un regalo del gobierno, está disponible para todas las que esperan un bebé. Contiene monitos, sacos de dormir, ropa para el aire libre, productos para el baño, así como pañales y un colchón pequeño. Con el colchón en el fondo, la caja se convierte en la primera cama del bebé. Muchos niños tienen su primera siesta dentro de la seguridad que brindan las paredes de cartón. Las madres pueden escoger entre tomar la caja o recibir efectivo (unos US$214), pero el 95% opta por la caja, pues su valor es mucho mayor. Esta tradición nació en 1938. Al principio era sólo para familias de bajos recursos, algo que cambió en 1949. “No sólo fue ofrecido a todas las futuras madres, sino que la nueva legislación también significó que, para obtener la caja, tenían que visitar a un médico y una clínica pública prenatal antes de los cuatro meses de embarazo”, cuenta Heidi Liesivesi, quien trabaja en Kela, la institución de seguridad social finlandesa.
La caja les daba a las madres lo que necesitaban para cuidar a sus bebés, pero también ayudaba a guiar a las mujeres hacia los brazos de los profesionales de la salud del Estado de bienestar naciente de Finlandia.
Cambio brusco
En los años 30, el país nórdico era muy pobre y la mortalidad infantil era alta, con 65 muertes por cada 1.000 nacimientos. Pero estos datos mejoraron rápidamente en las décadas siguientes. Mika Gissler, un profesor del Instituto Nacional de la Salud y Bienestar en Helsinki, ofrece varias razones para esto: a la caja de maternidad y los cuidados prenatales para todas las mujeres en los años 40 les siguieron, en los 60, un sistema de seguridad social nacional y una red de hospitales centralizada.
Con 75 años, la caja está ahora institucionalizada en Finlandia como la transición hacia la maternidad, algo que une a varias generaciones de mujeres. Reija Klemetti, de 49 años, vive en Helsinki. Recuerda ir a la oficina de correos y recoger la caja de uno de sus seis hijos. “Era emocionante recibirla y que de alguna forma fuera la primera promesa de bebé. Mi mamá, mis amigos y mis familiares estaban ilusionados con ver qué tipo de cosas recibiría y qué colores habían escogido para ese año”. Su suegra, de 78 años, contó en gran medida con la caja cuando tuvo al primero de sus cuatro hijos en los años 60. En ese punto, tenía poca idea de lo que podía necesitar.
Más recientemente, la hija de Klemetti, Solja, compartió con 23 años la emoción que su madre sintió una vez, cuando se hizo poseedora de la “primera cosa substancial” incluso antes que el bebé. Ahora tiene dos hijos.
“Es fácil saber en qué año nacieron los bebés, porque cada año cambia un poco la ropa que viene. Está bien comparar y pensar ‘ese niño nació el mismo año que el mío'”, dice Titta Vayrynen, una madre de 35 años que tiene dos hijos.

“Las más felices”

Algunas familias no podrían costear el contenido de la caja si no fuera gratuito, a pesar de que para Vayrynen fue más una cuestión de ahorrar dinero. Ella trabajaba muchas horas cuando quedó embarazada de su primer hijo y agradeció no tener que buscar tiempo para salir de compras y comparar precios.
“Hubo un reciente informe en el que se asegura que las madres finlandesas son las más felices del mundo y la caja es una de las cosas que me vienen a la mente. Nos cuidan muy bien, incluso ahora que algunos servicios públicos han sido recortados”, agrega Vayrynen. Cuando tuvo a su segundo hijo, Ilmari, ella optó por el dinero en efectivo en lugar de la caja y sencillamente volvió a usar todo lo que le habían dado para su primogénito Aarni. Un niño también puede pasarle ropa a una niña y viceversa, pues los colores son deliberadamente neutrales.
El contenido de la caja ha cambiado bastante con el paso de los años. Durante las décadas del 30 y del 40, tenían telas porque las madres estaban acostumbradas a confeccionar ropa de bebés. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, el algodón y los tejidos eran requeridos por el Ministerio de Defensa, así que en las cajas había sábanas de papel y un cobertor de tela. En los años 50 hubo un incremento de la ropa fabricada, y en los 60 y 70 la indumentaria incorporó nuevas telas elásticas.
Sin desechables ni biberones
El saco de dormir apareció en 1968 y al año siguiente hubo pañales desechables por primera vez. Pero no por mucho tiempo. Con la llegada del nuevo siglo, retiraron los pañales desechables y regresaron los de tela, cumpliendo con lineamientos de protección del medio ambiente.
Motivar una buena maternidad y paternidad siempre ha sido parte de la política de la caja. “Los bebés solían dormir en la misma cama que sus padres y se recomendó dejar de hacerlo”, explica Panu Pulma, profesor de historia finlandesa y nórdica en la Universidad de Helsinki. “Incluir la caja como cama significó que la gente empezó a dejar que sus bebés durmieran aparte”.
En determinado momento, las botellas de bebés (biberones o teteros) y los chupetes o chupones fueron retirados para promover la lactancia materna.
“Uno de los principales objetivos de todo el sistema ha sido lograr que las mujeres den más el pecho”, dice Pulma, quien agrega que “ha funcionado”.
El experto también piensa que incluir un libro de cuentos ilustrado ha tenido un efecto positivo, pues motiva a los niños a manipular libros y, un día, a leerlos.
Además de todo esto, Pulma asegura que esta caja es un símbolo. Un símbolo de la idea de igualdad y de la importancia de los niños.
Helena Lee (BBC)

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘EL CORREO GALLEGO’



Por Xurxo Fernández para El Correo Gallego



Si alguno de ustedes viaja a Berlín, ha de tener presente una serie de cosas. Uno: que es hoy, muy probablemente, la capital cultural del Mundo. Dos: que es un sitio fantástico, por lo tanto, para apreciar el arte más vanguardista, la literatura más doliente y la música más contracultural. Y tres: que hay que tener un mínimo de memoria histórica para no meter la pata. ¿Por qué?
No. No me estoy refiriendo a los nazis, que era lo que todos ustedes estaban pensando. Y, aún así, habría mucho que hablar sobre el horror de un pueblo ante la actitud de sus gobernantes (bien: léanse a Erich Fromm, y que les cuente cómo el socialismo a secas puede convertirse en nacionalsocialismo). Me refiero, más bien, a los fantasmas de la que en tiempos llamábamos Alemania del Este. Esos que aún siembran el pánico muy cerca del Unter den Linden o la Puerta de Brandemburgo.
 

Que a nadie se le ocurra, en terreno de lo que fue el Berlín comunista, citar a la Stasi, la Policía política que los alemanes del Bloque Soviético copiaron del KGB. Porque hay cosas que una persona normal no puede recordar sin estremecerse, aún hoy, hasta el tuétano.

 

La imagen de los murciélagos y de sus oídos extrafinos son el símbolo de la persecución de la Stasi. Una pesadilla infinita…

Stasi
 

Hasta ahora, la obra que mejor contaba la época de la Guerra Fría en la RDA era un film de título borgiano: La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck.



Daniel Dimeco y Xurxo Fernández
Santiago de Compostela
Foto by María Arias


El mapa de las viudas

El argentino Daniel Dimeco ha ganado la 16ª edición del prestigioso Premio de Novela Ciudad de Badajoz con una novela espléndida precisamente sobre la Stasi. Se llama El mapa de las viudas y la ha publicado Algaida.
 

Todo ocurre en Stralsund, una ciudad como otra cualquiera, situada al norte de la llamada entonces Deutsche Demokratische Republik.

Son los años sesenta. El momento álgido, pues, de la Guerra Fría. La persecución de la disidencia es bien conocida, y ha sido popularizada mucho y bien, entre otros, por John Le Carré.
 

Aquí, esa caza de brujas adquiere tonos más oscuros aún que en el maestro de la novela de espías. Hay la imagen del murciélago: el oído que todo lo oye (uno de cada 50 habitantes es un chivato). La consecuencia es la locura. O sea: el personaje central, Eleonora Maler.

Una vieja historia contada brillantemente con aires nuevos. Magistral. Efectivísima. Trágica. Todo un acierto.

Santiago de Compostela.
Lunes 3 de junio de 2013

LA PORNOGRAFÍA DE LA ENTREVISTA: DANIEL DIMECO


Fragmento de la entrevista hecha por el dramaturgo Raúl Quirós Molina a Daniel Dimeco para el blog Ahora te toca escribir y publicada el 15 de noviembre de 2013.

Daniel Dimeco y yo nos conocemos desde hace más de tres años, hemos leído o asistido a las obras del otro y sin embargo no nos hemos encontrado cara a cara aún. Empiezo a temer que en realidad nos estemos esquivando, como duelistas esperando el momento último.

 
He considerado que entrevistar a autores reconocidos como Daniel Dimeco puede dar un poco de aire a aquellos que vengáis al blog en busca de inspiración. Daniel es un escritor total: ensayo, teatro, novela y blog forman el grueso de su obra, aunque con toda seguridad guarda en cajones composiciones que aún no se ha atrevido a mostrar.
 
He querido mantener la entrevista o conversación lo más corta pero intensa posible, siguiendo el espíritu de brevedad de este blog. Creo que el experimento ha funcionado.
 
Raúl: Lo primero, Daniel, es agradecerte mucho tu amabilidad  a la hora de responder estas preguntas. Para presentarnos a nuestros lectores, debo decir que, a pesar de no conocernos en persona aún, Daniel y yo hemos mantenido una correspondencia, por así decirlo, intransitiva. Ambos cursamos en años distintos  el curso de escritura teatral en William Layton, de la que salieron La mano de János y Cuerpo Dividido. Ambos hemos estrenado en Madrid recientemente (Los ojos cosidos y también Cuerpo Dividido). Esperemos que nuestro encuentro sea lo antes posible, o al final parecerá que somos personajes de alguna extraña película de Dopplegangers.
 
Daniel: Nuestro trabajo se parece mucho al de los andantes y, en tal caso, qué mejor que tener un doble que nos permita bifurcarnos tantas veces como lo necesitemos o lo deseemos. ¿Te acuerdas de 84 Charing Cross Road, aquel libro de Helene Hanff o de la película? De momento nuestra relación “epistolar” se aproxima a la que mantenían la escritora y el librero, aunque confío en que pronto nos veamos e intercambiemos charlas y pareceres sobre el teatro, la literatura y todo aquello que nos mueve y nos hace sentirnos especiales. Gracias por invitarme a charlar, Raúl.
 
Raúl: No me gustan las entrevistas previsibles. Quizá por el hecho de que yo también soy escritor y en las pocas entrevistas que me han hecho responder a preguntas como ¿cuáles son tus referencias? o ¿cómo te gusta escribir?, me ha resultado violento, como si el entrevistador quisiera meterse en mi cuarto o en mi biblioteca y fisgonear allí. Siempre he encontrado sospechosa esta actitud de madre cotilla que trata de averiguar si guardas revistas pornográficas bajo la cama.
 
Daniel: Esas preguntas no me resultan violentas, sinceramente, aunque pueden parecerme sin interés para el lector, pero no te lo podría asegurar. También es cierto que, una vez que aceptamos charlar con el entrevistador, damos plácet a que nos pregunten por “intimidades” que atañen a la labor de escribidores, pero el entrevistado es quien pone los límites y, en mi caso, la frontera la dibujo en el momento en que me preguntan “cuánto de ti hay en la novela o en la obra de teatro”. Sencillamente porque esa pregunta es irrespetuosa en sí misma y porque intuyo que la intención es adentrarse en un espacio absolutamente privado que no aporta nada a lo que haya escrito, máxime cuando mi métier no es la autobiografía. De cualquier forma, responder o sortear preguntas más o menos incómodas forma parte de nuestro trabajo, una labor que tampoco es complicada. Supongo que había que cuidarse con mayor celo en tiempos de los escritores cortesanos del siglo XVI o de los más contemporáneos que gozaban de la “estima” de la nomenklatura soviética y que, seguramente, tenían que esconder la “pornografía” en las tripas de sus animales domésticos.

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EL SEXO EN LA VIDA DEL CIUDADANO SOVIÉTICO

Dibujo de Valeri Barikin

Por Anna Aibazián para Rusia Hoy (19-09-2013)

El escritor Denis Dragunski nos explica cómo el individuo soviético mantenía la libertad corporal, cómo conseguía material pornográfico y por qué se recurría poco a los servicios de las prostitutas.
En la Unión Soviética no hay sexo
 
En la Unión Soviética, en torno al sexo siempre hubo un halo de prohibición. Pero sexo había, por supuesto. En grandes cantidades, no menos que ahora.
 
Pero hablar del tema se consideraba de mal gusto e indecente. Es muy popular esta anécdota: en 1986, en un programa de televisión, el Telemost (telepuente) Leningrado-Boston, una mujer rusa declaró: “No hay sexo en la Unión Soviética”. Pero se trataba de un malentendido: en realidad, se refería a que no había sexo en la televisión.
 
Ya antes, en 1977, se había publicado un libro de Gueorgui Vasilchenko, Sexopatología general, en el que resumía sus experiencias y describía a una pareja que había acudido a su consulta. Su experiencia vino a probar que muchos problemas se debían a que las personas no sabían cómo hablar de sexo.
 
Para nombrar el acto sexual y los órganos genitales, solo había palabras obscenas o términos médicos: ni unas ni otros resultaban estimulantes para entablar una conversación sincera.
 
Otro escándalo se desató en 1978, cuando en la pantalla se estrenó la película Una mujer extraña, que narraba la historia de amor entre un joven y una mujer madura. De esta película se escribió una reseña en el diario Komsomólskaya pravda, que decía así: qué tiene de extraño, si en la Unión Soviética uno de cada tres matrimonios se divorcia. Por aquel entonces yo trabajaba en la Academia Diplomática y de esta noticia me enteré por la mañana leyendo un periódico griego, pues llegó a las páginas de toda la prensa mundial. El número de divorcios, incluso comparado con el de Occidente, era muy elevado.
 
Cómo las libertades sexuales suplían la falta de libertad
 
En la década de 1920, el poder soviético soltó las riendas en todo lo referente al sexo. La liberación de la sexualidad y la emancipación de la mujer se enmarcaban en la misma lucha que se libraba en el campo de la religión, los centros educativos, la enseñanza del griego y del latín, los uniformes prerrevolucionarios, las tablas de rangos, etc. Al mismo tiempo, se despenalizó la homosexualidad. Los divorcios eran totalmente libres: se podían obtener sin poner al corriente a la pareja.
 
Luego, cuando Stalin puso en marcha la política imperial, se prohibieron los abortos, se criminalizó la homosexualidad y el divorcio pasó a convertirse en un asunto que requería mucho tiempo. Incluso en la década de 1960, si uno quería divorciarse, había que publicar un anuncio en Vechérnaya Moskva. Sólo las personas muy influyentes podían divorciarse sin que trascendiera.
 
Después de la guerra hubo una gran carencia de hombres, así que se anuló la pensión alimenticia. La cuestión del reconocimiento de la paternidad era algo que no se planteaba: si una mujer no estaba casada simplemente se ponía una raya en el certificado de nacimiento del niño.
 
Después, cuando a principios de la década de 1950, la situación empezó a nivelarse, de nuevo se tomaron medidas para fortalecer la institución de la familia. Aparecieron los aliméntschiki, padres incumplidores o malos pagadores de la pensión alimenticia. En la década de 1960, la caza de los aliméntschiki se sustituyó en parte por otro divertimento que gozaba de la aceptación general: la caza de los enemigos del pueblo.
 
De los padres incumplidores se ocupaban la policía y los tribunales, que enviaban a sus trabajos las órdenes judiciales. Por un niño había que pagar el 25% del salario; por dos, el 33%; por tres o más, el 50%. Los hombres se colocaban expresamente en empleos con el salario más bajo, daban la pensión alimenticia en base a ese salario y buscaban la manera de hacer más dinero realizando trabajos en negro. Todos los aliméntschiki estaban firmemente convencidos de que con su dinero se daba de comer a un holgazán, esto es, al nuevo marido de su ex-mujer.
 
El mercado negro de la pornografía
 
Las fotografías obscenas estaban muy solicitadas. Las vendían en los trenes unos hombres a los que, por alguna razón, se les llamaba bielorrusos. En efecto, parecían bielorrusos por ciertos rasgos: rubios, de pómulos salientes, con los ojos profundos y de un color azul brillante. Se fingían sordomudos, pero en realidad no lo eran. Se acercaban, te daban un codazo y sacaban las fotografías pornográficas.
 
Las imágenes se dividían en dos categorías desiguales: la menor parte de ellas eran copias de fotografías extranjeras; la mayoría eran encantadoras instantáneas de producción local. Todo sucedía en camas de hierro con los cabezales niquelados y almohadas de encaje y, en las paredes, colgaban reproducciones de cuadros con ositos del pintor Shishkin. Cada fotografía representaba una escena independiente.
 
Un paquete de estas fotografías costaba tres rublos. En comparación, un paquete de cigarrillos Stolichni costaba 40 rublos, una botella de vodka 3 rublos (7 céntimos de euro), una entrada al teatro, 1,5 rublos (4 céntimos).
 
A veces las fotografías se vendían como una baraja de cartas. En el reverso de cada imagen había una señal: por ejemplo, la reina de tréboles. Además, circulaban relatos pornográficos manuscritos de producción local de temática rusa. Después aparecieron traducciones del inglés, había un famoso libro titulado Vacaciones en California.
 
El Kamasutra también circulaba en copias mecanografiadas. Pero, en la Unión Soviética, en el mercado negro de libros sólo se vendían obras ‘decentes’: Kafka, Pasternak, Tsvetáyeva. Había mercados en los que se vendía ciencia-ficción, mercados donde se vendía literatura religiosa, etc. Pero no había literatura pornográfica.
 
A principios de la década de 1970, se produjo otro avance: en la Unión Soviética apareció una serie de pequeños álbumes pornográficos y tebeos de contenido sexual explícito. Los fotografiaban y se imprimían de noche. La pornografía también llegó al cine en formato Super-8.
 
Era cine extranjero y se producía fabrilmente, a juzgar por su calidad. Las películas se importaban principalmente de Alemania. Eran películas grabadas como cine mudo: es decir, no era necesario el sonido para comprender la trama. Pero ¡tenían argumento! Todas las películas de las décadas de 1960, 1970 e incluso de 1980 tenían una trama ingeniosa o entretenida, así que era divertido verlas.
 
Los anticonceptivos soviéticos
 
Los preservativos se vendían sin ningún problema en las farmacias. Pero no estaba bien visto hablar de condones y lubricantes en voz alta. En la farmacia, la mayoría de hombres se limitaba a hablar en un susurro, o bien pedían: “¡Un  paquetito!”, o también: “una cajita de aspirinas”, acompañado de un guiño.
 
Entonces era imposible imaginar que acabaría habiendo enormes escaparates de cristal con preservativos en medio de una farmacia para que los clientes consultaran a los farmacéuticos sobre la calidad, el sabor, el color y el olor del producto.
 
“El paquetito” costaba dos kopeks. Había de tres tamaños. A los condones se les echaba talco y había que lubricarlos con vaselina o saliva, a gusto del interesado. Los preservativos importados aparecieron a mediados de la década de 1970.
 
Al principio, se importaban únicamente de la India, luego empezaron a aparecer otras marcas. Había los mismos métodos anticonceptivos que ahora, sólo que más dañinos. Las mujeres experimentadas enseñaban a sus amigas que era necesario ponerse “ahí” una rodajita de limón. Y la aplicaban directamente sobre la piel. En principio, funcionaba: era un ácido, después de todo. Pero las mujeres también se lavaban con permanganato de potasio: se levantaban de un salto de la cama y se iban corriendo al cuarto de baño: allí ya tenían preparada una taza con esta agüita rosa.
 
 

La libertad del cuerpo en la Unión Soviética y la dictadura sexual contemporánea

 
El sexo era una forma de resistencia al totalitarismo. No es de extrañar que Orwell escribiera que la meta del estado totalitario era subordinar el cuerpo, anular el placer sexual. Ahora hay un nuevo imperativo sexual: la depilación, el peeling, el fitness. Nuestras chicas eran muy diferentes: las había llenitas, delgadas, con las piernas torcidas, y nadie estaba acomplejado. El culto al cuerpo de los atletas no molestaba a nadie, pues todos entendían que eran deportistas, profesionales.
 
En la Rusia actual se rinde culto al plástico, a un cuerpo irreal, cuya imagen se manipula con Photoshop. Éste es otro totalitarismo: la dictadura de los anuncios publicitarios, de la moda. En la Unión Soviética todo era diferente, quizá porque todos éramos pobres y hacíamos el amor sin más. Por eso, había mucha menos prostitución. Era una época de gratuidad general, y no podía no incluir el sexo. ¿Para qué pagar por prostitutas? Era mejor irse a bailar.
 
Prostitutas y mujeres intelectuales
 
Para encontrar a las prostitutas había que ir a los andenes de las grandes estaciones suburbanas. Estaban sentadas con las piernas estiradas y tenían el precio escrito en las suelas de los zapatos: sólo había que pasar por delante y mirar cuánto pedían por sus servicios. Las prostitutas de Moscú tenían dos tarifas: tres o cinco rublos. Las chicas se paseaban cerca de la parada de metro Prospekt mira.
 
Llevaban en la mano billetes enrollados de tres o cinco rublos: verdes o azules, así quedaba claro cuál era la tarifa por sus servicios. Pero pocos eran los que recurrían a las prostitutas: usar los servicios de una profesional era lo mismo que pagar por agua, cuando ésta salía de cualquier fuente. Abundaban las chicas dispuestas a entregarse sin necesidad de dinero a cambio, para disfrutar de los placeres del sexo.

Había, por supuesto, miedo a las infecciones. Miedo a la gonorrea o a la sífilis, enfermedades muy extendidas. Corrían muchas leyendas a este respecto. Por ejemplo, la gente sabía que con la sífilis se perdía la nariz, pero pocos sabían que esto sólo ocurría al cabo de diez años.

Por eso, los muchachos por la mañana, después de una noche ‘alegre’, se palpaban a conciencia la nariz.  Los problemas también surgían por falta de higiene: la gente se lavaba poco y mal. Se solía decir que las chicas promiscuas se lavaban más a menudo; en cambio, las intelectuales se cambiaban de ropa interior una vez cada cuatro días, cuando se lavaban.

Incluso en la década de 1970 las chicas estudiantes que alquilaban una habitación en un piso comunal y se duchaban una vez al día tenían reputación entre sus vecinos de ser prostitutas. En aquel entonces se consideraba que sólo las prostitutas se lavaban todos los días.

 
 

EL MAPA DE LAS VIUDAS EN ‘CUADERNOS DEL SUR’

Diario Córdoba – Suplemento Cuadernos del Sur (05.10.2013)
Por Javier Vázquez Losada

Daniel Dimeco (Argentina, 1969) es escritor y dramaturgo. Ha publicado la novela La desesperación silenciosa (Premio Fray Luis de León, 2010) y la obra teatral La mano de János (Premio de Teatro Antonio Buero Vallejo, 2010). Con El mapa de las viudas (Algaida Editores, 2013) ha obtenido el Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2012.
-Su novela El mapa de las viudas se publica como obra premiada en el Premio de Novela Ciudad de Badajoz, ¿ayuda eso a las ventas, a conseguir un público más amplio o es del todo indiferente?
-No es indiferente en absoluto. Gracias al hecho de que mi novela ganó este premio ha sido editada por Algaida y esa visibilidad hace posible, por una parte, llegar a más lectores y, por otra, me permite ir cincelando un hueco con voz propia.
Eleonora, la protagonista, es un personaje muy complejo, ¿cómo lo aborda, cómo decide darle voz, contar su historia?
-Crear a Eleonora Maler significó un reto enorme y maravilloso, aunque debo reconocer que el proceso de trabajo fue mucho más fácil de lo que puede suponerse a priori. Realicé un viaje al universo de la protagonista, a su locura, a la Alemania de 1960 y escarbé en los cimientos de las historias individuales que aborda la novela, tratando de conocer los fantasmas que acompañan a los personajes. Indagué en sus pasados y entonces descubrí a las dos Eleonoras que conviven en un mismo cuerpo. Una está totalmente loca; la otra, que es prisionera de la anterior, siente la necesidad de expresar lo que ve y de comunicarse con esa otra parte suya, la enajenada, nacida como consecuencia de un trauma enorme.
-Su locura, o aparente locura, nace del nazismo, una de las mayores atrocidades que se conocen.
-Nace de un hecho concreto y brutal que se produce en un encuentro histórico: el choque frontal entre el último coletazo del nazismo y el primer puñetazo del comunismo en Europa Oriental. Pero la enajenación de Eleonora no está ligada a ideologías, su origen está en actos bestiales de los que son capaces ciertos humanos que se ampararon en el caos y, posteriormente, en la impunidad protectora del régimen de la RDA. Eleonora refleja un trauma universal: el que sufren muchas mujeres en periodos históricos convulsos. Traumas que se ven obligadas a afrontar en soledad.
-La Stasi, la DDR, lugares a los que solo podemos acceder con la imaginación y la lectura ¿cómo ha sido ese proceso?
-¡Excitante! Siempre que empiezo a trabajar en un proyecto me estimula conocer el ambiente en el que asentaré la historia y que rodeará a los personajes. Es un modo de entender el mundo que empieza a abrírseme. La historia que narro en El mapa de las viudas habría sido muy distinta si la hubiera emplazado en Córdoba o en Tokio. Por una cuestión socio-cultural y porque la antigua RDA creó un sistema de control absoluto sobre todo lo que se movía dentro de sus fronteras, capaz de la más fina sutileza para que nadie olvidara que el ojo de Orwell les vigilaba de día y de noche. Un sistema de una crueldad sin parangón a cargo de la Stasi, el órgano estatal parido a imagen y semejanza de su “gran hermano” soviético, el KBG. A través de lecturas, películas, fotografías, imaginación y mucho trabajo me fui aproximando al espíritu de toda aquella invención faraónica.
-Los fantasmas del pasado, siempre están ahí, acechando, ¿tiene los suyos propios?
-Nadie se libra de ellos. La diferencia con Eleonora Maler es el grado de hostigamiento que los fantasmas producen en ella. Yo puedo cargar con los míos sin descansar en sus brazos.
-Dos perspectivas, dos narradores…
-La que narra la historia es la protagonista, algunas veces lo hace desde el punto de vista de la cuerda, la mujer que fue hasta una trágica noche de su vida; en los momentos en los que se requiere de mayor intimidad lo hace la enajenada. Dos perspectivas diferentes: como protagonista y como testigo de los hechos. Ese desdoblamiento obliga a la cuerda a usar el pronombre ella, porque le cuesta reconocerse a sí misma en la loca que es, ver en lo que se ha convertido.
-Es novela negra, es novela de intriga, novela social, pero, sobre todo, es una novela, un relato sobre la impunidad.
-Verdaderamente, no me preocupan las clasificaciones, sí que sea una novela, la mejor que pueda escribir y, para ello, sólo me centro en la historia y en sus habitantes. Estoy de acuerdo con usted en que es un relato sobre la impunidad, el abuso cebado por el miedo aterrador y el silencio cómplice de los actores. Los muchos elementos de índole psicológica que se entrecruzan crean un ambiente hermético, una verdadera jaula donde los más fuertes e inescrupulosos consiguen sobrevivir destruyendo la vida de los otros.
-Es autor de teatro, también. Se puede percibir algo de ello en la novela, la precisión en la aparición de personajes, el cuidado por el escenario…
-Llevo a cabo el mismo proceso creativo, tanto para novela como para cuentos o teatro, porque creo firmemente en la escritura que me regalan los personajes. El lector tiene que verlos deambular como si se tratase de una película. Tanto en un género como en otro, nuestra obligación es evitar que los personajes carezcan de fuerza, de lo contrario acaba siendo una mera acumulación de texto.
-Una de símbolos: el título de la novela. También los murciélagos.
-El título hace referencia a un mapa diabólico trazado al final de la II Guerra Mundial por una parte de esa impunidad de la que hemos conversado antes. En cuanto a la figura de los murciélagos, cada lector puede interpretarla libremente sin perder de vista las condiciones psíquicas de la protagonista. La presencia de estos animalitos es constante, como la propia Stasi con sus múltiples agentes y chivatos. Paradójicamente, como cito en el epígrafe de la novela, el eco captado por el finísimo oído de los murciélagos les informa de la distancia, situación y movimiento de las víctimas.
-Lo próximo que escriba, ¿toca relajarse, suavizar la mirada o, por el contrario, seguirá escudriñando en la negritud del alma humana?
-Mi función como escritor es ir más allá y tratar de desenterrar lo que nadie cuenta de primeras, como un buen periodista entrevistando. Por lo tanto, espero no suavizar la mirada ni relajarme. Sí le puedo adelantar que, en el nuevo proyecto de novela, variará la ambientación en la que emplazo la historia y las magulladuras en las almas de los personajes, respetando el estilo que tanto me ha costado encontrar y siendo fiel a mí mismo.