Argentina

CHICAS MUERTAS

Laura Makabresku 4

by Laura Makabresku

En el galponcito, una perra loca que teníamos había enterrado una vez a sus crías. A una le había arrancado la cabeza.

María Luisa Quevedo era la adolescente hinchada, con el rostro y un ojo comidos por los pájaros. La hallaron en un baldío a las afueras de Sáenz Peña, provincia de Chaco.

Sarita Mundín era una chica de veinte años cuyos restos aparecieron a orillas del río Tcalamochita, provincia de Córdoba.

Andrea Danne era la adolescente que asesinaron una noche en la cama de su habitación, en la ciudad de San José, provincia de Entre Ríos.

Pueblos achaparrados, hundidos por la pobreza y abrasados bajo la resolana del verano litoraleño boquean medio vivos-medio muertos cuando cae la tarde y se elevan los cánticos metálicos de los grillos y las ranas. El aroma a los perfumes comprados en las góndolas de los supermercados calan las puertas y ventanas abiertas para anunciar la noche y la fiesta, la alegría de vivir (o de sobrevivir). Los insectos se restriegan las patas dispuestos a la cópula nocturna, al sudoroso sacrificio del deseo en post de unas horas de sensaciones dulces.

El tañido seco y repentino de una campana preanuncia que el placer acaba de ser vilmente traicionado por la violencia machista, por el feminicidio, por el convencimiento obtuso de que otro humano puede ser una posesión, como lo son los objetos que se acumulan por la locura de la compra compulsiva. Adquisición de un cuerpo ajeno a través de los sentimientos, proyección de una imagen nublada acerca de lo que es propio y lo que no. La incapacidad de entender que el no de una mujer es no, ni sí, ni tal vez, sencillamente no.

Selva Almada lleva a cabo un trabajo de investigación periodística, desde la mirada de la escritora que es. Almada se centra en tres adolescentes asesinadas cuyas muertes siguen preñadas de sospechas y sospechosos, sin que se haya dilucidado absolutamente nada. Tres mujeres a las que les quitaron el eau de perfum y les restregaron la piel con sangre y una dosis empalagosa de adrenalina.

Chicas muertas
Selva Almada
Literatura Random House 2015

@DanielDimeco

EL DESAPEGO ES UNA MANERA DE QUERERNOS

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by Josef Koudelka

A Andrea la mataron de una puñalada en el corazón, mientras dormía en su propia cama en San José, un pueblo perfumado de visceras y plumas de pollo cerca de Colón, provincia de Entre Ríos.

Selva Almada irrumpe en el lector con la viril decisión del metal en punta, remueve las entrañas y después se va dejando un regusto dulzón en la herida. Su narrativa huele a sangre, a glóbulos reventados que humedecen la tierra reseca por ese sol de verano que se ancla entre la mística bonaerense al sur y la guaraní al norte.

El desapego es una manera de querernos, así se titula uno de los relatos que, además, bautiza la colección de historias de esta edición de Mondadori. Todos y cada uno de ellos se alimentan del universo seductor y brutal de unas relaciones sociales que pivotan entre los márgenes y el centro descascarillado, familias que viven el dolor y la sexualidad de un modo voraz, consumiendo cada segundo de sus vidas como si fuera el último. Los acontecimientos siguen sus ceremonias muchas veces risibles en mitad de la tragedia. O eróticas ante el devaneo con la muerte: Se endurecían los traseros como botones de rosas. Goteaban mieles de camoatí los muslos. Al tiempo que el runrún de las avemarías salía por la puertas y las ventanas abiertas ganando la calle como una manga de langostas.

Almada tiene un don especial para describir silencios tensos, sufrimientos que sólo se entrevén en gestos mínimos, pueblos desolados, velatorios y recuerdos de niños muertos que ya no son otra cosa más que unas fotos y una cicatriz blanca que le divide el vientre (a la madre) a la mitad.

El desapego es una manera de querernos
Selva Almada
Literatura Random House 2015 (Argentina)

@DanielDimeco

THE “PERFECT” TEA TIME

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Un segundo es el tiempo que hace falta para liberar una emoción. El instante en el que el nervio espolea al estómago y éste se manifiesta en gritos cortos y repetitivos impulsados por el aliento. Las manos se restriegan entre sí compulsivamente hasta lograr esa rojez de dermatosis. Las piernas no paran quietas, como si evitaran pisar los hormigueros imaginarios. Todo parece fingido. ¿O es real?

Brenda tiene los hombros cargados, la exacta inclinación corporal que imprime el carácter retraído y la bilis revuelta. La primera impresión no escapa a la inevitable comparación con la también argentina Soledad Dolores Solari, el mítico personaje televisivo de Antonio Gasalla. Seres temerosos capaces de brutales psicopatías. Brenda vive horas felices. A las 5 o’clock, para ser bien british, ha invitado a su antigua pandilla de la adolescencia a un té de cinamon con trufas de coco en uno de los salones de La Pensión de las Pulgas. Una merienda al estilo de la mismísima Yiya Aponte de Murano, la envenenadora del porteño barrio de Montserrat. La celebración es especial ya que llevan mucho tiempo sin verse y todas ellas han sufrido transformaciones vitales que serán acicates perfectos para que la protagonista exponga sus artes de manipulación.

La vida de Brenda es un viaje entre la realidad y la fantasía, entre lo que puede ser y su monólogo interior, un complejo desequilibrio psíquico disfrazado de armonía de papel de seda. En cada paso que da hacia el pasado, la realidad y la ficción se mezclan y se enturbian más y más. Un comentario lleva al otro y emerge el pantano de los recuerdos que conecta con las vísceras, con los celos, con la envidia. Con el dolor de la soledad que punza las carnes y fabrica pus.

Mis cosas preferidas es una excelente idea de la directora argentina Macarena García Lenzi. Una dramaturgia que traza a la perfección el trastorno que se ha adueñado de una mujer presa de obsesiones, refugiada en el pasado y a la que cualquier alteración disparatada empuja al borde del abismo. Una interpretación magistral de Valeria Giorcelli, a quien los espectadores acompañan gustosos en un brutal descenso al lugar donde habitan las sombras frías y húmedas de la enfermedad mental.

Mis cosas preferidas (pieza para cuatro personajes con uno solo en escena)
Texto y dirección: Macarena García Lenzi
Interpretación: Valeria Giorcelli
Sala: La Pensión de la Pulgas – c/ Huertas, 48 – Madrid
Viernes 30 de octubre 20.30 horas
Sábado 31 de octubre 13.00 horas
Domingo 1 de noviembre 18.00 horas

@DanielDimeco

LA DÉBIL MENTAL

Birte Schnoeink en fotograma de 'Amour fou'

El mundo es una luna cortada a latigazos negros. Una figura tan potente y bella como esta enamora al lector. Y como esa, Ariana Harwicz regala muchas en las cien páginas de La débil mental (Mardulce 2015), una novela breve y de una intensidad escalofriante.

Todo es igual a partir de que él entró en mi cabeza, el infierno salado. Hace poco, leyendo un artículo de Rafael Narbona sobre su experiencia con la depresión, me quedé enganchado al siguiente comentario que, por cierto, ya había escuchado de boca de otras personas: No he olvidado la noche en la que advertí con insoportable nitidez mi desmoronamiento emocional. Desde entonces el largo andar por las arenas, como si el mundo entero fuese un médano gigante de pequeños oasis con tan sólo una palmera.

De las mil maneras de existir que hay, me tocó esta, no reconozco a nadie y cuando me ataca la gran desesperación, vivo en cualquier parte. La escritura de Ariana Harwicz pareciera brotar de un estigma hecho por un dolor muy profundo, de esos que ahuecan el alma hasta doblarla y teñirla de una mancha negra. Una escritura poética que de algún modo se emparenta con la belleza que destilan los versículos de Herta Müller. Un acertado contrapunto al lenguaje procaz, coloquial y lírico que la propia Harwicz ha manifestado que le interesa trabajar.

La relación cuasi-salvaje que une a madre e hija construye un nrelato que transita por las pulsiones del deseo sexual irrefrenable. La madre se alegra cuando a la niña le crecen los pechos, cuando un hombre la desea en una escalera. La madre se siente satisfecha al ver que su hija se está convirtiendo en mujer.

Me invento una vida en las nubes sentada en mi clítoris. Tal vez sean las palabras de la propia protagonista las que expongan la mejor síntesis de la obra.

@DanielDimeco

EL VIENTO QUE ARRASA

Auto abandonado

Entre los ojos del Reverendo Pearson y su ejército de conversos entregados no debe interponerse nada. Por ese motivo él se quita las gafas y las deposita en las manos de su hija adolescente antes de salir a escena a proclamar la palabra de Dios. Y, entonces, algo grandioso acontece. Algo que Leni, su hija, no puede explicar con palabras.

A Leni le gustaría que alguna vez su padre, el Reverendo, le quitase de un bocado esa cosa negra que tiene aferrada al pecho. La siente por las noches o cuando viaja con él por los caminos polvorientos de ese Noreste argentino sufrido y “abandonado” a los brazos del Diablo.

El viento que arrasa (Mardulce 2013) es otra obra punzante de Selva Almada, autora finalista del Premio Tigre Juan con Ladrilleros (Mardulce 2013 / Lumen 2014). Es de una narración salvaje, de una calma chicha que preanuncia la herida honda, el dolor ácido de esas almas solitarias que la vida coloca al margen de las carreteras. Gentes de paso con pasados duros, durísimos, que recuerdan a los personajes brutales de Cormac McCarthy.

Pearson siente una necesidad irrefrenable de salvar las almas, una tarea mesiánica que lo lleva a romper sin piedad los vínculos humanos porque, siempre, por encima está Dios o, mejor dicho, la iglesia evangélica de la que vive.

@DanielDimeco

OSCURA MONÓTONA SANGRE

by Alejandro Kirchuk

Se la escucha teniendo sexo en la madrugada. Los vecinos permanecen agazapados en la oscuridad de sus habitaciones a la espera de que los sonidos del goce se extiendan en el tiempo. Ellos cronometran los gemidos y por el día contrastan a escondidas los resultados de la observación. Y también se reúnen para que la mujer adulta que ha decidido alquilar su cuerpo a hombres adultos sea expulsada de un edificio del Barrio Norte porteño.

Al otro lado del Riachuelo, en la parte más baja de la tantas veces agreste y salvaje Buenos Aires, la vida se vende a un céntimo por día. Las niñas, nada más nacer, huelen el sexo de los hombres. Al llegar a la adolescencia son expertas amantes que copulan por unos pesos en acelerada devaluación en los asientos reclinados de coches aparcados en callejones oscuros. Pequeñas mujeres que también acercan sus naricitas a las drogas baratas con la vaga ilusión de sobrellevar unas condiciones de vida miserables y afrontar futuros muertos.

De repente, aparecen esos hombres hechos a sí mismos cansados de sus mujeres edulcoradas, capaces de lo que sea con tal de que no le rocen ni un pelo a sus hijas y deciden bombear la adrenalina entre las piernas de las adolescentes de las villas miserias. Y surge la sangre. Porque alguien empuña un arma y ese mismo alguien u otro cualquiera aprieta el gatillo.

¿Cuánto vale realmente una de esas vidas? Poco, casi nada, es una baratija, tan sólo un capricho al alcance de cualquiera.

Oscura monótona sangre (Tusquets Editores Argentina 2010) es una novela de Sergio Olguín y por la que obtuvo el Premio Tusquets Editores de Novela en 2009. Una narración áspera de “amores” desiguales en una Argentina degradada al extremo.

LADRILLEROS

Ladrilleros

Ladrilleros (Mardulce 2013 para Argentina – Lumen 2014 para España) es una novela que muestra sin tapujos la pulsión feroz de lo primigenio, de lo más animal: sexo y fuerza. Las carreras clandestinas de galgos. Discusiones y peleas en los bares, como ocurría en el Martín Fierro o en los arrabaleros relatos de Borges.

Selva Almada (Argentina / 1973) describe magistralmente ese ambiente marginal que, para quienes hemos nacido en Argentina, de alguna u otra manera hemos sido testigos de historias similares.

Desde la primera página de Ladrilleros, los lectores tienen la posibilidad de arder en la caldera del Litoral argentino, en las brisas que llegan cálidas del norte y se cuecen en los humedales del imponente río Paraná. Imágenes de una fuerza silenciosa que describe con naturalidad acciones cotidianas.

Féminas, un poco víctimas, un poco pasionales, un poco conciliadoras, llevan las riendas del carro familiar, son las que trabajan y ahorran, pagan las deudas y alimentan a los hijos y se entregan con devoción al sexo con sus hombres, sus maridos, cuando estos regresan de los bares con muchas dificultades para tenerse en pie, pero con energías suficientes para follar-coger. Incluso las noches en que volvía borracho, ella se las arreglaba para que se le pusiera lo suficientemente dura como para sentarse encima.

La crítica feroz que Patricio Pron hizo de este libro destacando el modo “torpe en la presentación del habla de los personajes” o de las contradicciones de lenguaje me animaron a empezarlo y a devorarlo hasta el último punto. Celebro la posibilidad de estas narrativas que vibran, que cuentan, que dibujan universos para los lectores.

Selva Almada acaba de quedar finalista en el Premio Tigre Juan y a su paso por Madrid fue entrevistada por Carmen Garrido para Viaje a Ítaca.

RELATOS SALVAJES: TODOS PODEMOS PERDER EL CONTROL

Fotograma de la película

Fotograma de la película

Si hay algo que me seduce enormemente cuando escribo es tener la posibilidad de conducir a los personajes hasta el límite y que tengan que optar bajo presión, ver si dominan la situación o si pierden el control y observar (y narrar) las consecuencias desencadenantes.

Relatos salvajes (Argentina 2014) es un trabajo cinematográfico con guión y dirección de Damián Szifrón en el que participan grandes actores, algunos de ellos conocidos a ambos lados del Atlántico (Ricardo Darín, Darío Grandinetti o Leonardo Sbaraglia), y otros sólo en Argentina (Mónica Villa, Rita Cortese u Oscar Martínez).

Seis relatos en los que se intercalan intriga, humor y surrealismo argentino. La exageración ante el dolor, el descarado latrocinio burocrático (público y privado) que obliga al perjudicado a refugiarse en la más insoportable impotencia evitando consecuencias más gravosas; la rivalidad entre dos desconocidos llevada hasta límites irracionales; la venganza servida en clave italiana o hebrea (dos de las raíces fundamentales de la cultura argentina); los traumas psicológicos que se arrastran desde la infancia; y un largo etcétera de risas y estómagos revueltos.

El broche de lujo lo pone la música de Gustavo Santaolalla, dos veces ganador de un Oscar por las bandas sonoras de Brokeback Mountain y Babel.

Una buena película y una recomendación que me hicieron dos personas en las que me fío de sus gustos: la actriz Irene Ruiz y la escritora Gloria Fernández Rozas.

BALADA PARA UN LOCO

© blog De vuelta con el cuaderno



Música: Astor Piazzola
Letra: Horacio Ferrer
Voz: Amelita Baltar (vídeo)



Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos… Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!… Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo…

(Cantado)

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!
El loco berretín que tengo para vos:

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad…
¡Ya vas a ver!

(Recitado)

Salgamos a volar, querida mía;
subite a mi ilusión super-sport,
y vamos a correr por las cornisas
¡con una golondrina en el motor!

De Vieytes nos aplauden: “¡Viva! ¡Viva!”,
los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda…
Y loco, pero tuyo, ¡qué sé yo!:
provoco campanarios con la risa,
y al fin, te miro, y canto a media voz:

(Cantado)

Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir…
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

(Gritado)

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
Loca ella y loco yo…
¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!
¡Loca ella y loco yo

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA

El beso de la mujer araña by JuanVal

 Hombre contra hombre o amar y no poder como se quiere. En El beso de la mujer araña, Manuel Puig desgrana una historia llena de tensión sexual entre dos hombres encarcelados en los años setenta: un militante subversivo y un homosexual.

Dos hombres que luchan por sus ideas: cambiar el mundo mediante la violencia, el primero, y vivir junto a un hombre toda la vida, el segundo. Lo del matrimonio homosexual, ahora mismo tanto en España como en Argentina, que es donde se desarrolla la historia de la novela y de la versión teatral de Puig, no es un tema que conlleve grandes debates ni ponga en riesgo vidas ya que ambos países han aprobado sendas normativas matrimoniales entre personas del mismo sexo. Pero si nos retrotraemos a la década de los setenta, en una España que enterraba a Franco y en una Argentina que se desgarraba el vientre en una batalla fratricida, el hecho de manifestarse abiertamente homosexual no se concebía como una opción de vida en absoluto plausible y donde los implicados tenían que sortear el miedo a ser denunciados “por los pecados inconfesables”.
Puig hace una radiografía magnífica de estos dos hombres, Valentín y Molina, apresados por el sistema y prisioneros de sus propios pensamientos y prejuicios, dos granos de arena que sueñan con vivir una realidad diferente y ya se sabe que para cambiar una cosa hay que dejar otras importantes en el camino.

Fotograma de la película

Molina, un escaparatista de 41 años, recurre a una película para pasar las horas muertas en la cárcel. Valentín lo escucha con más o menos interés y ambos intercambian opiniones sobre los hombres y mujeres que la habitan: una de ellas es la mujer pantera, una chica que dibuja a la pantera del zoo. Ficción y realidad se entretejen. Poco a poco, ambos se van acercando, poco a poco empiezan a entenderse mutuamente y, uno de ellos, comienza a enamorarse.
El beso de la mujer araña, cuya versión cinematográfica recayó en 1985 en los actores William Hurt y Raúl Juliá y dirección de Héctor Babenco, es una obra de gran sensibilidad, una historia que muestra a cuerpo desnudo los flancos débiles de los seres humanos, más allá de sus formas de ser y de lo fuertes o no que puedan parecer. Y, además, no todo es lo que parece.
Manuel Puig, novelista y dramaturgo, nació en Argentina en 1932 y murió en México en 1990. Autor de novelas míticas como Boquitas pintadas, The Buenos Aires affair, Pubis angelical o La traición de Rita Hayworth, todas historias que no pasaban desapercibidas en una sociedad demasiado apegada a la moralidad formal. Puig fue homosexual declarado desde su juventud y militante de la causa.

LOS LIBROS NO TIENEN POR QUÉ SER DIGESTIVOS

Por Hernán Firpo
Para Clarín (10.09.2013)



Néstor Andersen en el escaparate de Lilith Libros
(by Lorena Lucca)



Néstor Andersen tiene una librería, Lilith Libros, en la calle Paraguay 4399, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, en la que sólo vende los textos que le gustan a él. Y en la puerta promociona menús literarios para indigestarse.
¿Para que sirve ser librero si después el libro más vendido es Cincuenta sombras de Grey? Cuánto mejor, cuánto más barato es poner un empleado del mes de McDonald’s que no sepa si Raymond Carver va con be o ve y sospeche de que Frank Kafka sea un autor kirchnerista.
“Una librería no es un comercio cualquiera – nos interrumpe Néstor Andersen, Andy de ahora en más –, así como tampoco lo son las peluquerías, las conozco muy poco, je, o las disquerías, cada cual tiene su supuesto tesoro, su piedra filosofal. En este barrio tan afecto a la gastronomía, yo suelo hacer menúes literarios cuya ontología consiste en la indigestión. En realidad, los libros no tienen por qué ser digestivos. Si lees La parte maldita, de Georges Bataille, no hay posibilidad de decir: me lo devoré. Un buen libro, como un buen vino, se demora, debe dejarte una cicatriz… Vos me preguntabas para qué sirve un librero: hay un proceso de transferencia entre librero y lector que implica poder vincular escritores como William Faulkner y Carson McCullers, y después hay libros, muchísimos, para la monumental aglomeración no lectora de nuestro país. Pero así como el lector de best sellers no discrimina, mi trabajo es cada vez más importante. Yo soy el que tengo que contrapesar el trabajo del reseñista y la furia de las editoriales con la búsqueda de calidad. Ese es mi capital, es la manera en la que puedo lograr fidelidad”.
Librópata : dícese de la persona que padece adicción patológica al libro.
Librómano: dícese de la persona que actúa apasionadamente delante de lo que para muchos es un sánguche de hojas.
Librero: dícese de la persona que pudiendo ser librómano o un librópata corre el riesgo de convertirse en despachante de esos sánguches de hojas. Existen pirómanos, cleptómanos, megalómanos y Andy es, según como amanezca, librómano o librópata. Nunca librero, a menos que “a la gente que trabaja en las cadenas pueda llamárselas de otro modo”, se ilumina. “Hablando en serio, las librerías de cadena tienen gente valiosa que fue malgastada por la utilidad y las recomendaciones obligatorias. Yo solamente opino y lo demuestro en lo que sugiero”.
En lo de Andy no se vende cualquier libro aunque, ojo, Andy no quiere tener nada que ver con los nichos. Andy, simple como un tema de Andrés Calamaro, repudia poner otro ladrillo en la pared de la cultura de las diferencias. Él vende lo que le gusta. Hay autores que directamente no pasan por la puerta de su local y hasta disfruta de su lista negra de 100 escritores que nunca jamás entrarán a Lilith Libros, en Palermo (a guglear la dirección, chicos, siempre hay algún cretino que puede confundir esto con un chivo).
Dice: “Todavía quedan esas librerías donde se va a charlar y donde el lector da libre curso a sus fantasías y expresa sus búsquedas. Creo que las cadenas tampoco saben cumplir esta función”. El librópata se parece al librómano. Andy se muerde la lengua. Sabe quién es Paulo Coelho y sabe quien es Dan Brown, pero se hace el zonzo. Cuenta que con Nik todo bien, “el problema es con el gato. No me gusta nada”. Y si no le gusta, no lo vende. “El de la distribuidora me quiere matar, me dice que Gaturro puede salvarme el mes… Y bué, allá él, yo no me lo banco”. El librómano arma la vidriera con sus propias manos, va detrás de un libro hasta las últimas consecuencias (“Ando rastreando a Josefina Vicens, ¿te suena esa escritora?”) y tiene una mesa de novedades, novedades para él, cosas que lo estimulan, lecturas que le cambiaron la vida. Hace años que entre sus “novedades” está La intemperie, de Gabriela Massuh. “Un libro fundamental”, asegura.
Nótese que estamos hablando de un vendedor arbitrario, un hombre con intereses más teóricos que reales. “Los best sellers siempre se apilan, nunca van acomodados en estantes”, dice. ¿Serán las columnas de un negocio que se derrumba? El acto de aislamiento, parece –esto tiene categoría de leyenda urbana– habría empezado cuando un libro de Gilles Deleuze empujó a otro de Wayne Dyer, autor de Tus zonas erróneas. Dyer rodó por el piso y sus hojas se volaron. Esto habría ocurrido en una sucursal de Barnes & Noble, en los Estados Unidos. La fábula cruzó fronteras y océanos: desde ese día, un día impreciso entre 1993 y 1998, el best seller perdió el espacio simbólico de la biblioteca para convertirse en un ¿cimiento?
“Hoy entró una mujer de unos 50, muy bella, jamás la había visto. Le dije si necesitaba ayuda y se quedó revolviendo alrededor de media hora. En un momento quiso saber el precio de un libro y noté un raro acento en su voz. Le pregunté de donde era y me dijo Rusia, con un tono muy imponente. Luego siguió mirando hasta que se acercó con otro libro y le pregunté acerca de sus autores rusos preferidos, a lo que me respondió ¡¡Bukowski!!… Le dije que era alemán y nos quedamos charlando más sobre su trabajo, la Argentina, pavadas… En las cadenas tampoco tenés tiempo para estas cosas”.

CUANDO MUERE EL HIJO. Una crónica real

Abel Posse
Córdoba (Argentina) 1934
Emecé-Planeta

En 2005, al término de un desayuno estival con el escritor argentino Abel Posse en el café Le Louis IX, en la isla San Luis de París, echamos a andar por la rue Saint-Louis en l’Île. Algunos metros más adelante, poco antes del portal número 25, Posse señaló hacia arriba con la mano y me dijo: Mirá, en la ventana que ves allá arriba, vivíamos con Iván.
Es curioso, pero desde que leí las primeras páginas de Cuando muere el hijo. Una crónica real, algunos de los lugares comunes de la antigua isla de pescadores pobres han adquirido tal relevancia que han cambiado para siempre el orden imaginario que tengo en mi cabeza del reducto más hermoso de París. Sin duda es porque ya me resulta imposible abstraerme “al aullido ancestral de la madre ante el hijo muerto” en el momento en que Iván, el hijo, “se estaba yendo de sus ojos. Se había ya ido de su mirada y avanzaba hacia la cosificación insignificante del cadáver”.
Esta crónica existencial es la narración de la muerte de un Iván que despierta a la adolescencia después de la idílica infancia veneciana en el palazzo Mangili-Valmarana. Crónica que, realizada por su padre, escritor profesional, es un grandioso acto de exorcismo y de sincera literatura.
En el momento en que suceden los hechos que Abel Posse plasma en su libro, Argentina vivía los coletazos finales de la terrible dictadura militar y Carlos Barral imprimía Los perros del paraíso en la colección Fenice, en mi opinión la novela más grande de este autor, obra ganadora del Premio Rómulo Gallegos. Acababa de nacer, para Abel y Sabine, el fatídico año 1983.
Dice Abel Posse: “El objetivo principal de mi vida, lo cardinal, siempre ha sido querer ser escritor. Lo demás era accesorio”. Cuando muere el hijo. Una crónica real disecciona, página a página, el laberinto que crea la Muerte a los que quedan de este lado hasta que consiguen, los que lo consiguen, emerger del sufrimiento.
Ante la Muerte, impiadosa y paralizante, el Dios de la infancia se disuelve, pero hay que seguir soportando la andadura. En la búsqueda de la salida, Abel y Sabine sintieron que cada muerte exigía una teología particular, una filosofía funcional desmitificadora de la todopoderosa dama de la guadaña.
La vida y la muerte, en su juego de póquer, iniciaron una nueva partida un año después de la ida de Iván. Una llamada desde Buenos Aires, les abre las puertas al viaje iniciático en el Mediterráneo oriental. A Abel Posse, al diplomático, le brindan la oportunidad de fijar rumbo hacia la Embajada en Israel. Con la necesidad urgente de emerger, ambos emprenden en coche la travesía que los llevará a Ancona, Patras, Atenas, a la higuera de Anaximandros y a la eterna Jerusalén.