Teatro en escena

EL ÁNGEL AZUL (teatro breve)



El ángel azul
Editorial Círculo Rojo, 2012



Chiclana de la Frontera (España)
Editorial Círculo Rojo
ISBN: 978-84-9030-588-1
Año de edición: 2012
Género: Teatro Breve
1928. Dos años antes del estreno de la película El ángel azul, Marlene Dietrich visita a Tirma, prostituta de un burdel de Berlín que solían visitar los productores y actores de la UFA. Marlene, muy joven y aún tímida, se interesa por conocer la profesión que deberá interpretar en el mítico film de Josef von Sternberg.
Personajes: 2 actrices / 2 actores

El ángel azul se estrenó en el Teatro Moderno de Chiclana en diciembre de 2008

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS CUERPOS

Un año después de haber enviudado y de haberse casado con el metódico Teodoro Madureira, Doña Flor se ve en la disyuntiva de tener que convivir con el mencionado marido y con la aparición del ardoroso espíritu del primero, el insaciable Vadinho Santos Guimarães. En la novela del brasileño Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos, la protagonista opta por quedarse con ambos hombres gozando de la estabilidad emocional y social que le proporciona uno y de la permanente marea orgásmica a la que la lleva el otro.

 
No suele fallar, pero en muchas parejas, antes o después, llega ese momento en sus vidas en el que las prácticas sexuales convenidas en el pasado y hechas tradición con la práctica tienen que ser sacudidas y reinventadas, algo así como un reajuste del contrato. Tal vez se deba a que, como muchos sostienen, la monogamia es una creación del hombre con la única finalidad de mantener un cierto orden en la estructura social.
 
Filosofía de barrio aparte, la nueva propuesta teatral que dirige e interpreta Miguel Ángel Quirós, Cuerpo dividido, nos invita a asomarnos a través de una ventana veneciana, cual voyeurs, y a observar dentro de un apartamento pequeño, modelo ministra Trujillo. En “el pisito”, una joven pareja a punto de casarse “se está conociendo” a pesar de que todo lo importante ya parece estar dicho, incluso cuando ambos “se saben” queridos por la otra parte. Pero, claro, si así de natural y sencillo fueran las cosas, no tendríamos obra dramática.
 
El texto de Cuerpo dividido, escrito por el dramaturgo español afincado en Londres, Raúl Quirós Molina, adquiere complejidad a medida que transcurre el tiempo y los espectadores quedan inmersos en un ping-pong dialéctico y gestual, de verdades y medias verdades, entre ambos personajes centrales: Cristina (interpretado por Naiara Murguialday, una actriz que ha sido un verdadero descubrimiento y cuyo papel se robustece minuto a minuto hasta el final) y Manuel (a cargo de Miguel Ángel Quirós, quien, con la calma y contención de su personaje, empuja a pensar qué es lo que esconde).
 
Los vahos de este calor agosteño en Madrid no tienen el mismo embrujo que en las cálidas noches bahianas durante los carnavales pero, sin temor a errores, quien siembra la duda en Cuerpo dividido es un personaje que no vemos y que se parece mucho al ardiente Vadinho que conquistaba mujeres hasta el exceso de la muerte. El amigo del novio, futuro padrino de boda, hunde una cuña en medio de la pareja a escasos días que den el “sí quiero”, cuando el tema de las visitas a los burdeles se convierte en un asunto difícil de resolver.
 
Dramaturgia: Raúl Quirós Molina
Dirección: Miguel Ángel Quirós
Intérpretes: Naiara Murguialday, Miguel Ángel Quirós y Rubén Labio
Teatro: Sala Bululú 2120 (Madrid)
Fecha: todos los domingos de agosto a las 20.30 horas

La obra de Quirós va tomando forma, poco a poco, a través de un cínico bordado textual manchado de ciertas mentiras, algunas obsesiones y raptos de histeria que llevan a que los espectadores inclinen sus simpatías hacia uno u otro personaje para que, al poco tiempo, se vean compilados a cambiar de tercio. Hasta que la aparición de un tercer personaje a cargo de Rubén Labio produce un quiebre significativo que recarga la relación de la pareja de una tensión aún mayor y conduce la historia hacia un final muy bien resuelto desde la dirección.

 
Se agradece la posibilidad de ver una obra de teatro montada por una pequeña compañía, como lo es Los Sueños de Fausto S.L., y recibir a cambio un trabajo de calidad a través de una historia muy bien contada, con interpretaciones sinceras y profesionales, saliendo de la Sala Bululú2120 con la mente y el cuerpo divididos entre las múltiples vivencias de cada uno de los personajes.
 
Este texto fue escrito por @DanielDimeco para Culturamas (01-08-2013)
 

LOS OJOS (COSIDOS)

 
Dirección: Ascen Caballero
Interpretación: Sergio Guivernau
Compañía: ParafernaliAs Teatro
Lugar: Sala Acting – c/ Martín de los Heros, 52 (Madrid)
Fecha: viernes 9 de agosto // 4 pases: 20:00 – 20:30 – 21:00 y 21:30 horas
 
 
Un exitoso empresario textil acaba de llegar de un viaje de negocios por Asia. Nada más abrir la puerta de su casa, le suena el iPhone y es abordado por una periodista que trabaja para una cadena sensacionalista. La reportera está interesada en que confiese qué sabe acerca de una menor secuestrada en Bangladesh, poco después de que un edificio con talleres de costura, propiedad del empresario, se derrumbara ardiendo por el fuego.
 
Un monólogo irónico sobre la capacidad que tenemos para mentir, tergiversar realidades y/u ocultar lo más atroz. Un texto que nos hace reflexionar sobre nuestros prejuicios y los roles premeditados que asignamos a determinados personajes.
 
Música: la cítara de Ravi Shankar
 
Mujer rescatada de un edificio de Dacca
Foto: Munir uz Zaman

 

NOCHES DE LOCURA Y SENSACIÓN

El corazón de la locura
Salvador Dalí
 
En el autodenominado “boom” del teatro en España, podemos ver tres clases de puestas en escena (siempre hablando de manera genérica, por supuesto): buenas, malas y para twitter. Casi todos somos capaces de reconocer las dos primeras categorías. La última de ellas, a priori, es más engañoso calificarla como buena o mala, pero tiene su propia dinámica de creación, su particularidad que defino, quizás con cierta exageración, así: se escribe en un fin de semana, se ensaya en una semana y se anuncia en twitter durante un mes entero como el evento que nadie debe perderse.
 
¿Por qué hago esta introducción? Tal vez porque, por fin, me he sentido muy satisfecho de haber visto en este mes de julio dos obras que merecen la pena contar con el favor del público, dos obras que denotan que hay un trabajo serio detrás, dos obras que no tienen otras pretenciones más allá de contar una historia mediante una buena escritura y una buena dirección consiguiendo que los espectadores reflexionen, rían, se emocionen y salgan con ganas de volver al teatro. Me refiero a Animal, de Rubén Ochandiano, y Diario de un loco, de Luis Luque. Las dos puestas en escena llevan, sin dudarlo, el calificativo de buenas (y de muy buenas).

La puesta en escena de Animal resultó ser una maravillosa trampa mortal para los espectadores, una celda donde los tercios de la historia varían constantemente y la sospecha de lo que ha ocurrido (de lo terrible que allí acaba de suceder mientras, aparentemente, todos dormían) recae alternativamente en cada uno de los personajes implicados. Una historia por momentos claustrofóbica a la que el pequeño y cercano escenario de La Casa de la Portera le viene como anillo al dedo. Ochandiano escribe y dirige esta historia bestial, un cruce de acusaciones entre un matrimonio, a cargo de Alejandro Casaseca y de una brillante María Vázquez, y de un huésped habitual de la casa que encarna Tamar Novas. La violencia va in-crescendo y se muestra sutilmente mediante un off muy bien conducido que permite al espectador imaginar la dureza de las vivencias que se suceden en la habitación de al lado.

 
Diario de un loco es uno de los cuentos que aparece en Historias de San Petersburgo, de Nikolai Gogol. La versión que Luis Luque ha estrenado en Fringe Madrid 2013 y que, esperemos, pueda verse después del verano en alguna sala madrileña, tiene la frescura y la profundidad del teatro bien hecho, del que aspira a conseguir la reacción del espectador mediante una historia que remueve las entrañas provocando sensaciones. Los 42 años que vivió Gogol fueron un tormento para sí mismo, un hombre envuelto en los brazos terroríficos de las depresiones y golpeado por ataques de ansiedad llegó a Moscú y trabajó como pequeño burócrata, una experiencia que, sin dudas, le sirvió para escribir este Diario de un loco y dibujar desde las tripas mismas del sistema las incoherencias del Poder, los abusos del Poder y la oposición entre lo que uno cree ser frente a lo que los demás ven en el personaje. Gogol mezcla magistralmente elementos del realismo social ruso de la época, con humor y fantasía, algo que Luis Luque ha sabido templar y mandar en su versión interpretada magistralmente por José Luis García-Pérez.

Ochandiano y Luque optan por personajes afectados mentalmente, ambos, como directores, hincan el cuchillo en el dolor que causan las mentes perturbadas y, poco a poco, nos conducen certeramente a la empatía y a la comprensión de los personajes.
 
Ambas obras son un soplo de aire fresco en esta cartelera teatral madrileña muchas veces pagada de sí misma, que se autoimpone una altura de cartelera arriesgada, como sí lo son otras, y donde el nepotismo es un valor curricular y las caricias twitteras el aroma putrefacto que rezuma la imperdonable pobreza creativa. Apoyar los pies en el suelo y seguir adelante trabajando fuerte fue el sabio comentario que me hizo Luis Luque, con la humildad de quien sabe perfectamente que todo es volátil, de que esta actividad de creación es frágil y que siempre se corre el riesgo de que las alas de la libélula se chamusquen si se acerca demasiado a una lámpara de aceite. Lo único que se sostiene en el tiempo es una buena trayectoria, incluso cuando en ella existen errores que manchan los aciertos.

FRAGMENTE



Lars Norén

El pasado mes de abril, tuve la enorme dicha de presenciar el mejor espectáculo de teatro que he visto en lo que va de 2013: Fragmente, del dramaturgo sueco Lars Norén, bajo la dirección de Sofia Jupither.
 
La historia de Fragmente, o los fragmentos de vidas que narra Norén, salpican los cuerpos y las consciencias de los espectadores, soliviantan las emociones hasta llevarnos al éxtasis. Y lo hace poco a poco, en un in-crescendo fascinante, en suculentos platos servidos por once actores a los que no se les puede hacer otra cosa más que agradecerles tan buen trabajo.

Los textos de Lars Norén no son fáciles de ver/leer en España y, por esa razón también, la puesta en escena del Folkteatern de Gotemburgo y del Théâtre National de Bruselas en el Teatro de La Abadía de Madrid hicieron de aquellas horas una tarde inolvidable.
 
Fragmente es un golpe durísimo a la desconexión cada vez mayor entre los seres humanos, entre hombres y mujeres que comparten un espacio común en un medio urbano. Fragmente es un tratado exquisito acerca de la invisibilidad, no en términos fantásticos sino reales, de la sobrevivencia y el dolor en soledad. Norén hinca el cuchillo mientras sopla el viento del Polo Norte, mientras escuchamos a lo lejos la voz triste de un lobo sin ser capaces de adivinar qué va a ocurrir.

A continuación, una muestra de la exposición Moving cities que acompañó al espectáculo:
 

 
 
 
 

MAGÜI MIRA Y ANA WAGENER: ”QUÉ NO HARÍAS TÚ PARA SALIR DE LA CÁRCEL”

 
Magüi Mira y Ana Wagener
 
Nada más sentarme en una de las butacas de la Sala Pequeña del Teatro Español, donde he quedado para entrevistar a las dos actrices que cada noche ponen en pie a La anarquista, les hago un comentario acerca de la impresión que la obra me produjo cuando la vi. Magüi Mira me dispara: ¿No me digas que has visto la obra? Mucha gente la ha visto, le respondo. Magüi insiste: Sí, ¿pero tú la has visto? Sí, claro, le digo. ¡Hombre, qué bueno que la hayas visto, no es normal…! Comenta con ironía. Mucha gente nos hace entrevistas y no ha visto la obra…
 
Magüi Mira es Cathy, la anarquista, una mujer que lleva treinta y cinco años presa en una cárcel de Estados Unidos por haber matado a dos policías, por haber desafiado al Sistema. Se trata de un personaje rebelde, con las ideas claras y que ansía la libertad. Ana Wagener es Ann, la psicóloga que trabaja y defiende a ese Sistema que la otra denosta, Ann es quien busca la verdad en un mundo donde todo es relativo, incluso la propia verdad en la que ella cree.
 
Magüi Mira y Ana Wagener, dirigidas por José Pascual, han parido a dos potentes Cathy y Ann, los personajes creados por el dramaturgo estadounidense David Mamet en La anarquista y que estarán en el Teatro Español de Madrid hasta el 16 de junio.
 
Sé que el director es el responsable del conjunto de una puesta en escena; pero, ¿cómo se consigue que una obra de teatro asentada en tanto texto, como es esta de David Mamet, no acabe en un mero debate dialéctico entre dos actrices?
 
ANA WAGENER. Creo que se sostiene porque tanto Magüi como yo trabajamos desde la emoción, y cuando cada personaje tiene un objetivo determinado, va hacia un sitio concreto y tiene una serie de sentimientos, los actores podemos estar haciendo la guía telefónica que te aseguro que la gente va a estar pendiente del trabajo y a mí me parece que en esta función pasa un poco eso.
 
MAGÜI MIRA. Yo pienso lo mismo que Ana. Sobre este tema podríamos hablar durante horas porque has tocado el meollo de lo que es un texto teatral y lo que es el arte escénico, que son dos cosas distintas. Un texto puede ser estupendo y estar en un cajón para que se lea o se puede convertir en una creación, en arte escénico, se le puede dar vida.

En este caso concreto, se trata de darle vida a un texto muy complejo.

 
MM. Es un texto de alto nivel, de mucho pensamiento, de ideas y ese es uno de los motivos por lo que es maravilloso hacerlo. Ahora casi no se hacen este tipo de obras y estamos viendo que tiene un público y, además, un público joven. A la gente también le gusta mucho ejercitar el cerebro. Cada día, Ana y yo charlamos sobre la obra, esto es un working progress… Esto es vida.
 
AW. Absolutamente…
 
MM. Es muy cierto que estas dos mujeres, además de lo que dicen y lo que piensan, encausan una especie de río profundo, emocional, brutal, de dependencia la una hacia la otra, que les lleva a un combate dialéctico y emocional.
 
AW. A mí me parece que estamos haciendo una maravilla. Se supone que yo no lo debo decir (ríe), pero creo es una obra que impacta en la gente.

Ann encarna la Ley. ¿Dónde traza su personaje, en el cara a cara con la anarquista, esa línea delgada que divide el plano de lo personal del de la Razón de Estado?

 
AW. Ann considera que ella debe tener el control absoluto de sus sentimientos, sobre todo en estado de servicio. Ella intenta estar con esta mujer, con Cathy, que le supone un montón de cosas, que le toca puntos muy vulnerables. Ann también es una mujer idealista, alguien que no se ha querido dejar corromper, una mujer que ha antepuesto el deber y a la que nadie ha sometido a nada que ella no creyera con convicción. Frente a Cathy, defiende a lo que ella sirve, defiende a ese ente al que Cathy acusa de ser un nido de víboras. Supongo que el desencanto, el choque con verdadero, muchas veces muy diferente a lo imaginado previamente, es posible que le ocurra a cualquier persona que, por ejemplo, empieza una carrera política y por el camino cae en la realidad. El camino de Ann es de sacrificio, de represión de sus instintos, de restricción y, posiblemente, ella sienta que nunca ha sido correspondida de manera similar. Una de las cosas que admira de Cathy es la lealtad hacia lo que cree y ese es un punto en el que ambas convergen.

¿Ann sigue creyendo en la Ley o meramente cumple su función como una buena profesional?

 
AW. Absolutamente, sí, cree en la Ley. (Piensa) Bueno, el absolutamente vamos a entrecomillarlo. Creo que es como una despedida, ella se va de la prisión, entre otras cosas, porque ha llegado a rozar un límite. Tal vez la última oportunidad que ella se da personalmente sea en ese interrogatorio en el que ambas mujeres se juegan bastante, cada una lo suyo. Puede que en el caso de Cathy sea algo más material, porque se trata de su libertad, y en el de Ann haya algo más espiritual, pero todo lo que Cathy le dice en ese último cara a cara ella lo recibe y, en el fondo, sabe que es verdad.
 
Ana Wagener y Magüi Mira

Cathy goza de la libertad de pensamiento mientras que Ann ostenta el poder de decidir sobre otras vidas. ¿Podríamos decir que uno de los conflictos que se plantea entre ambas mujeres pasa por saber cuál de las dos es más libre?

 
MM. Es una obra con tantas capas… Dentro del doble engaño que se hacen, cada una usa sus armas para lo que necesitan. En el caso de Cathy, tal como yo la entiendo, pienso que no volvería a matar tal como hizo con los dos policías, aunque en ningún momento ha perdido su alma anarquista, por eso el título de la obra es La anarquista, porque creo que Mamet ha querido valorar eso. Ahora bien, Cathy sabe que está en una situación injusta de la que ya debería haber salido y que desde un punto de vista jurídico es verdad porque ha pasado treinta y cinco años en prisión y debería estar en la calle. Pero la historia que tienen con ella es una historia personal. Creo que la libertad es algo congénito al ser humano, luego depende del valor que tenemos para usarla y las circunstancias personales, pero es cierto que hay un momento en el que Cathy dice “me temen a mí, por como yo soy”, o sea que ya no sólo le temen a su pensamiento sino a la estructura de la persona. Ella es una mujer valiente, directa, no sólo es una cuestión de ideas porque, como ella dice muy bien, “ideas mucho peores que las mías hoy se agitan en las mentes más pacíficas del planeta”.

Algo muy contemporáneo, por otro lado.

 
MM. No hay más que ver a los grandes empresarios que ahora están cayendo imputados y que han ido por la vida con sus sonrisas, sus trajes impecables, nunca han sido violentos, pero le han hecho chupar el polvo a mucha gente porque han estafao, han robao… Y hablamos de hoy, de banqueros que han estado mintiendo, diciendo que había beneficios que no existían con el afán de repartirse primas millonarias y ahora resulta que echan a la gente a la calle, porque no saben qué hacer con los pisos, pero ellos se han quedado con el dinero público. Estos señores que son mucho más violentos y peligrosos en sus ideas han tenido comportamientos polite. Cathy, no. Cathy no tiene un comportamiento polite y ese es uno de sus grandes problemas. Cathy ahora no volvería a matar, en cambio esta gente sí está matando, mandando a la gente al hambre. Eso es matar…
 
AW. A colación de lo que dice Magüi sobre nuestra contemporaneidad, creo que Mamet, con el juego que crea, hace una gran crítica a la doble moral de la sociedad. En la obra hay una señora que está siendo juzgada por una representante de una pandilla de gente que está en libertad, pero que realmente son unos delincuentes. Y lo que hace esta mujer es entrar en su juego: haciendo ver que se ha convertido a la religión o que quiere ver a su padre porque el hombre se está muriendo… Pero al final, realmente, sale lo que lleva en su ADN y que es por lo que ha luchado y dejado su vida por el camino. La que está enfrente, Ann, es otra idealista engañada por el propio sistema para el que trabaja.
 
MM. Perdona que te interrumpa, Ana. Fíjate la razón que tienes, porque Cathy dice, es decir, Mamet escribe: “¿pero a ti quién te ha dado este trabajo, cuántos años tienes, cuándo te vas a dar cuenta de que sirves a un Estado corrupto en una institución fallida?”
 
AW. Y, al final, Ann deja de replicarle y dice: “¿qué alternativa hay según tú?”. Está escuchando un discurso, el de Cathy, que en su fuero interno sabe que es cierto pero Ann no ha sido capaz de decir cuelgo la toga y me voy con esta mujer… Son dos personajes nobles. Mamet pone a la sociedad a elegir entre dos situaciones, con una mesa por medio y dos sillas, y eso me resulta magistral por parte de este señor.

Contiene toda una realidad social y no sólo española.

 
MM.- Los americanos, incluido Mamet, no saben ni donde está España. O sea que él ha escrito, sin dudas, en su realidad americana.

¿Y en qué cree Cathy?

 
MM. Sobre todo en la justicia y en que el poder se corrompe. Por eso, como buena anarquista, no acepta una estructura superior y dice: “nosotros no podemos delegar ningún poder porque no lo tenemos, el poder es de todos”. Hay una esencia que es común a todo ser humano: tener una vida justa y no aceptar un poder superior que te lleve a una doble moral, que te lleve a Iñaki Urdangarín.

Desde el inicio mismo de la obra, Cathy adopta una postura como de no estar delante de Ann. O de estar, pero intentando zafarse de ella.

 
MM. Zafarse… Qué bonita palabra, me gusta. Sí, intenta zafarse de ella todo lo que puede y la engaña absolutamente, y Ann engaña a Cathy, pero en el engaño de mi personaje hay una búsqueda permanente de protección, trata de protegerse todo lo que puede. Por momentos, Cathy la ataca y entonces sí la mira, la quiere convencer, y en otros momentos cuanto menos la vea, mejor… Cathy es homosexual, un ejemplar lésbico maravilloso, con mucho poderío y sabe que, como diríamos cuando niños, Ann está por ella y entonces la provoca, incluso lo hace para darle esa libertad de pensamiento de la que carece. De alguna manera, ambos personajes quieren poseerse y eso es fascinante.
 
Cartel de La anarquista
Teatro Español – Madrid
Ambos personajes trabajan desde lugares en los que se sienten muy seguros. Ann lo hace desde el de la autoridad y Cathy, a su modo, enfrentándose a esa autoridad, al poder.
 
MM. Cathy tiene muchos argumentos y, es más, Cathy se muestra fuerte en lo que piensa, porque lo piensa de verdad, y, por eso, quiere llevar a Ann a su terreno. No existe un escáner a través del que se pueda saber si alguien cree en Dios o no y las respuestas que da Cathy son perfectas, vamos, que se ha empollado una religión y va super preparadísima al interrogatorio. Además, ha hecho un libro en el que ha escrito su conversión, su revelación divina. “Qué no harías tú para salir de la cárcel”, le dice a Ann, “pues, mentirías, como yo”. Ella cree firmemente que vive una situación injusta y que en ese contexto la mentira sí cabe.
 
AW. Además, en Estado Unidos, la fe tiene un poder brutal y cada vez que sucede algo grave todo el mundo se refugia en los rezos.
MM. Ann le pregunta: “¿Y por qué a tu libro se lo van a creer?”, esa es una clave maravillosa, absolutamente contemporánea, y la respuesta que se deduce es que se lo van a leer porque consuela a los cobardes y a los débiles. Cathy tiene la clave y le da al Sistema lo que el Sistema quiere y se va a vivir su vida.

De repente, Magüi Mira observa hacia la puerta que conduce a los camerinos.

 
MM. ¿Qué pasa, Miriam? (Silencio) ¡No hay localidades!

Magüi Mira y Ana Wagener se miran, ríen, aplauden y se cogen de las manos.

MM. (Vuelve a la conversación) Hay dos posibilidades: revelarse o someterse. Y una tercera posibilidad sería someterse a Dios, porque eso ya no hace sufrir, uno delega en alguien sus propias responsabilidades…

¿Ann es un personaje muy hermético?

 
AW. Tiene sus puntos de inflexión y algunas veces flaquea y se moja con Cathy…
 
MM. Si no se mojara, esta función no existiría porque sería un mero interrogatorio.
 
AW. De hecho, los puntos de Ann saltan a la vista cuando pierde los papeles y eso le ocurre en varias ocasiones.
 
MM. Sí, Ann se moja porque le pregunta a Cathy: “¿Te aman estas mujeres?”. ¡Menuda mojada! Y Cathy le responde: “¿Quieres decir si tengo sexo?”. Si Ann no entrara en terreno personal, o no permitiera que lo hiciese Cathy, no llegaríamos a la situación que se da en la obra.
La charla podría continuar, porque hacerlo con estas dos mujeres es un verdadero placer. Magüi Mira habla de manera reposada y firme, seduce con la voz, la mirada y un fino humor que suavizan un carácter indudablemente fuerte. Magüi y Cathy, la actriz y el personaje, se solapan a lo largo de la entrevista, se entremezclan entre sí y responden la una o la otra indistintamente. La misma sensación tengo con Ana Wagener cuando se apasiona contando/explicando a su personaje. Cathy y Ann son dos mujeres ricas en palabras, en artimañas autodefensivas, cargadas de medias verdades y medias mentiras, leales a sus principios y conscientes de que, aunque sea de maneras distintas, se necesitan mutuamente en un espacio donde lo que escasea es la libertad y no sólo la de movimientos.
 
Tal como empezamos, acabamos la entrevista. Esta vez es Ana Wagener la que se interesa por mi forma de hablar, que ni es argentina ni española. Ambas sonríen ante mi respuesta y acotan: “Tienes un acento muy bonito, muy personal.”
 
 
 

"ANTÍGONA": hurgando en las entrañas del Poder



Antígona, de Jean Anouilh
Versión y Dirección: Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego
Reparto: Eleazar Ortiz (ha sustituido a Rubén Ochandiano en el papel de Creón);
David Kammenos; Najwa Nimri; Berta Ojea; Toni Acosta;
Sergio Mur; Nico Romero y Ramón Grau al piano.
Producción: Teatro Español

Las Naves del Matadero, Teatro Español hasta el 17 de marzo



Los cuervos sobrevuelan las afueras de la ciudad con sus picos apuntando al suelo. Esperan a que los perros devoren el cadáver de Polineces, hijo del Rey Edipo y hermano de Antígona. Mientras que la guerra entre hermanos ha desangrado a la familia gobernante y al pueblo, Creón, hermano de Edipo, se ha hecho con las riendas del Poder.
Creón (Rubén Ochandiano / Eleazar Ortiz) ha dado la orden de que Polineces no sea enterrado con honores fúnebres por haber traicionado a su patria y decide romper con esa tradición helénica dejándolo extramuros, a merced de las aves rapaces. Antígona, sobrina de Creón y prometida del hijo de éste, se opone a que el alma de su hermano vague eternamente en la Tierra y decide enterrarle, contradiciendo la orden de su tío-rey, en un acto de abierto desafío al Poder constituido, y desatando la ira del gobernante.



Rubén Ochandiano como Creón (foto: Sergio Parra)



Jean Anouilh estrenó su versión de Antígona el 6 de febrero de 1944. El paralelismo entre la Ocupación alemana de Francia y la Resistencia quedó patente. 69 años después del estreno del autor francés, el 6 de febrero de 2013, suenan canciones francesas en la inmensidad de la Nave del Español y el maestro de ceremonias, interpretado por un sobresaliente David Kammenos, como si se tratara de un cabaret, pone en marcha el funcionamiento de la maquinaria del espectáculo.
Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego han llevado a las Naves del Matadero de Madrid una versión y una puesta en escena que, en los tiempos que vive España, podría traducirse como una parodia de la situación que atraviesa el país. Lejos de exudar tufo panfletario, el montaje del dúo Ochandiano-Dorrego pretende, y lo consigue, sobrevolar la coyuntura con una altura poética considerable y, además, con acento francés.
Elenco de “Antígona” (foto: Sergio Parra)
El personaje de Antígona (Najwa Nimri) es la encarnación de la rebelión, la lucha de la aparente fragilidad de una mujer joven contra el Poder omnímodo de un gobernante todopoderoso. Antígona, la obra, pone de relieve hasta dónde son capaces los gobernados de soportar los humores, excusas y explicaciones de quienes tienen las prerrogativas del mando. Creón tiene la ardua tarea de hacer el trabajo sucio, algo intrínseco a las funciones que le tocan desempeñar debido al puesto que ostenta. Una labor verdaderamente desagradable en la que se deja el pellejo por su pueblo. Por lo antedicho, cualquier coincidencia con la realidad que cada uno conozca es pura casualidad.
La ciudad se va ensombreciendo, las últimas gotas de luz se van quebrando con cada nuevo disparo. Los ideales de Antígona y los deseos de su prometido (Sergio Mur), el hijo de Creón, se van evaporando, mientras que los miedos de su hermana (Toni Acosta) se acrecientan. A lo lejos, cuando el rey sale a los balcones de su palacio, oye los graznidos de los cuervos regocijándose en el festín de los cuerpos muertos. Detrás, el maestro de ceremonias, cual fiel observador silencioso, ejecuta las transiciones, los acordes necesarios rumbo a la cumbre de la soledad más absoluta, la soledad a la que se encarama el Poder.

¿QUIÉN TEME A VIRGINIA WOOLF?

¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee

Durante tres días se presentará la obra completa con alrededor de 40 actores en 15 escenas trabajadas por los distintos alumnos del Taller de Dirección Escénica en Teatro Contemporáneo Español a cargo de Marcelo Díaz, en la Sala Cuarta Pared de Madrid.

Domingo 10 de marzo a las 21hs.

Lunes 11 de marzo a las 21hs.

Martes 12 de marzo a las 21hs.

GRATIS
Cupo limitado

Reserva con antelación llamando al 91 517 23 17. Las localidades hay que retirarlas entre las 20hs. y las 20.30hs. Invitación personal e intransferible, válida para dos personas.

Quiero expresar un especial agradecimiento a tres actores maravillosos, comprometidos con su trabajo, con muchísimo talento y muy buena gente que han hecho posible que yo sacara adelante, con absoluto placer, la escena a mi cargo.

Ellos son:


Cristina Canudas
@criscanudas



David Aramburu
@DavidAramburu1



David Villanueva
@Dav_villanueva9



POR MIS FOGONES

Ir a Microteatro por Dinero, en la calle Loreto y Chicote 9 de Madrid, es bajar a los sótanos de un viejo prostíbulo transformado en teatro donde se puede disfrutar de teatro breve y también bueno.


En la Sala # 3: comedia

Dramaturgia: Antonio de Cos
Dirección: David Boceta
Interpretación: Antonio de Cos & Francesco del Carril

Un restaurante puede ser el escenario ideal
para el comienzo de una bonita amistad


En la Sala # 4: humor negro

Dramaturgia: Mª Mercedes Di Benedetto
Dirección: Marcelo Díaz
Interpretación: Patricia Gorlino

Partir en pedacitos, masticar lentamente, saboreando…
acompañando cada bocado con su nombre.
Ser dos tan apasionadamente hasta ser uno

EL MEJOR TEATRO DEL 2012 EN CULTURAMAS

Decía Bertolt Brecht que…

“El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento.”

Y estas son las obras de teatro que más han entretenido a los colaboradores de Culturamas en este 2012 teatrero que ya dejamos atrás:

 
Ana María CaballeroAna María Caballero: Zero
Zero deja de ser un espacio vacío para llenarse de significados que engullen al espectador. Aunque en uno de los monólogos se repiten aquellos versos de Gil de Biedma, “Envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, está claro que dicha afirmación no le hace justicia a este drama. ‘Zero’ es más.
Ron Lalá refina su gamberrismo y firma su espectáculo más redondo, tanto a nivel conceptual como de puesta en escena, recuperando con todo afán el origen festivo y carnavalesco del teatro con un inicio pirata y chirigotero (¡cuántas comedias áureas comienzan con un naufragio…!), en un inmenso homenaje al siglo XVII para hablar de la crisis actual.
CarmenGarridoCarmen Garrido: Agosto, Condado de Osage
Parece que es la hora de las madres, alejadas del estereotipo de la figura dulce y protectora. Al igual que Lucía Vilanova las ponía en solfa en su reciente Münchhausen (dirigido por Salva Bolta para el Centro Dramático Nacional), Vera ha acertado al elegir este Letts para cuestionarlas: es la hora del psicoanálisis para las madres de la Gran Generación.
Daniel DimecoDaniel Dimeco: De ratones y hombres
Miguel del Arco mira a los ojos y sonríe cuando da la mano. Posa para las fotos y atiende los saludos de la gente que ya le empieza a reconocer, como a su admirada Nuria Espert, por su trabajo. A del Arco el ascenso al Olimpo teatral español le ha llegado de la mano de muchas funciones hechas y se consolidará con muchas funciones más por hacer.
EloyVPalazonEloy V. Palazón: One of Kind
tengo que decir que me es imposible hablar de las coreografías de Jiri Kylián con el mínimo atisbo de objetividad. Desde que vi la primera quedé atrapado en su poética de momentos sublimes y movimientos hirientes, punzantes (el punctum barthesiano pero en danza). Precisamente fue en el Teatro Real donde lo descubrí, hace unas temporadas.
Sencillamente brutal. Tanto como resulta escuchar de sus propios labios el desnudo testimonio del que sufre y no con la anestesia de oírlo a través labios ajenos. Así son los cinco monólogos teatrales sobre la inmigración y el exilio que contiene Un trozo invisible de este mundo.
JanaÁlvarezJana Álvarez: Materia prima
Cuatro niños fueron el alter ego de los actores que a partir de improvisaciones habían construido el espectáculo, de texto colectivo, propio y personal. Su ternura, su visión de las cosas bellas, su grado de ingenuidad y crueldad, su esperanza y su locura en el texto, con pinceladas de amor y de amistad, fueron para mí la ventana abierta que necesita el nuevo teatro.
JavierVazquezLosadaJavier Vázquez Losada: La verdad
El texto brilla con luz propia. Un texto con piruetas de Pirandello, como ha llegado a afirmar el propio director. Un enredo de tres que deviene en un enredo de cuatro, una obra clásica con formas de hoy, temas de siempre que se renuevan. Lo universal desde el microcosmos; ellos, nosotros y nuestra mentira cotidiana con la verdad oculta como costumbre, la mentira como placebo universal.
MarianoVelascoMariano Velasco: Follies
El legendario teatro está a punto de cerrar para convertirse en un garaje y al viejo empresario no se le ocurre otra que reunir en una fiesta a todas sus antiguas y ya caducas estrellas. Vida y teatro, realidad y ficción, primera de las extrañas parejas que encarnan este juego de antagonismos y espejos deformes que recorre todo la historia de Follies.
MeritxellAlvarezMeritxell Álvarez: Madre coraje y sus hijos
Hace tiempo que Occidente ya no es escenario de cruentas contiendas –por algo le dieron el Nobel de la Paz a la Unión Europea–, pero la Crónica de la Guerra de los Treinta Años continúa igual de vigente como cuando católicos y protestantes se tiraban del hábito en el Viejo Continente. Nos lo cuenta Eva Varela, la actriz que interpreta a Anna Fierling en el teatro La Puerta Estrecha.
MilaMarcosMila Marcos: Olimplaff
Yllana siempre es sinónimo de frescura, diversión y grandes dosis de risa. En estos días que corren, no hay que desechar tales sensaciones. Olimplaf,como tantas otras de sus obras, no defrauda. Un espectáculo para toda la familia lleno de gags de humor del bueno que nos hará vivir momentos inolvidables y únicos.
Desde la redacción de Culturamas, ¡os deseamos a todos los amantes del teatro una feliz puesta en escena para este 2013!
 

EL TEATRO DE DAVID LESCOT

Texto de Ana Bettschen
Actriz, directora y traductora


Ana Bettschen
Théâtre du Galpon de Ginebra
Este fin de semana he estado en el Théatre du Galpon de Ginebra, viendo Théâtre à la campagne, de David Lescot.
El Théâtre du Galpon es de realismo mágico, no en vano su director artístico es un colombiano, Gabriel Álvarez. Es un local con pasado medio okupa, pues era el teatro del Site Artamis, que fue algo así como La Tabacalera de Madrid. Cuando Site Artamis finalizó su andadura, Gabriel cogió pieza por pieza, viga por viga, las numeró y volvió a reconstruir su teatro en medio de un pequeño bosque ginebrino, apuntalando con metal donde hizo falta para que el tinglado no se viniera abajo. El resultado es un teatro sólido con una programación de resistencia.
Théâtre à la campagne (Teatro en el campo, o en la campiña) es una obra inteligente y atemporal. Inteligente porque presenta un mito -entendido en su acepción de “persona o cosa rodeada de extraordinaria estima”- desde el único punto de vista honesto: el de su cotidianidad, su día a día. Un punto de vista valiente y peligroso, pues cabe el riesgo de desmitificación. Atemporal, por su temática: un grupo de jóvenes actores impulsados por un líder que quiere regenerar el teatro abandona París por la campiña burguiñona, donde deben y confrontarse a la materialización práctica de su sueño (léase, organización de tareas domésticas y limpieza, horarios de formación y entrenamiento, normas de convivencia… y, claro, búsqueda de financiación, el mardito parné). ¿Os suena?
David, que toma como punto de partida la experiencia de Jacques Copeau en los años 20 del siglo pasado, no apologiza; no acusa; es sutil: chejoviano.
Y los miembros de la joven Compagnie du Hasard Objectif, dirigidos por Sara Llorca, le han entendido muy bien. Son sencillos, eficaces, divertidos, cantan bien y se lo han hecho con muy pocos medios. Son el feliz encuentro entre ideal y real que en la pieza, ay, no puede ser.
Así que he vuelto a Madrid con el cerebro esponjado, que es una cosa muy buena.

"IVÁN-OFF" O LA VIDA COMO CÁRCEL

Cartel de Iván-Off
Ivanov
Autor: Anton Chéjov
Versión de José Martret
Dirección: José Martret
Reparto: Raúl Tejón, David González, María Salama, Roberto Correcher, Javier Delgado “Tocho”, Maribel Luis, Germán Torres, Cristina Fenollar/Rocío Calvo, Cristina Alarcón
Producción: Magdalena Vidal, Paco Tomás y Me voy contigo films
Lacasa de la portera (c/ Abades, 24 bajo derecha – Madrid) desde el 27 de septiembre
El teatro La casa de la portera está emplazado en el bajo de un antiguo edificio del Madrid castizo, entre La Latina y Tirso de Molina. Al recorrer sus pasillos estrechos, el visitante puede sucumbir al encanto de los objetos con toque kitsch que cuelgan de las paredes o caer rendido al embrujo de los ojos de la Duquesa de Alba, doña Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, muy Grande de España, que otean a la veintena de espectadores que pasan a su lado en fila india rumbo a la finca de Iván. Créanme, es una experiencia aconsejable.

El actor y director mallorquín José Martret es el amo de la portería, el arquitecto del montaje de Iván-Off y el responsable de una versión exquisita del texto de Anton Chejov, Ivanov.

Desde tiempos inmemoriales, la depresión ha sido considerada un mal menor, una molestia pasajera que afectaba a las personas poco habituadas a las durezas del trabajo, un virus casi exclusivo de la ociosa aristocracia. La depresión en el siglo XIX y comienzos del XX era un mero desánimo que, en el caso de las mujeres, podía encontrar su medicina en los paseos a orillas de un río y, en el caso de los hombres, en una actitud taciturna muy masculina. Con el correr del tiempo, en algunos ámbitos laborales, las bajas médicas por depresión llegaron a equivaler a cogerse unos días extras de vacaciones. Es ahora cuando la depresión se sabe que es una enfermedad muy grave que afecta a quien la padece en todos los órdenes de la vida de un modo casi paralizante.

En otros tiempos, deprimirse era enfermar y morir por amor y la melancolía extrema, esa que conducía al desgraciado al suicidio, al fin y al cabo, no era más que el summum del romanticismo. El intelectual depresivo era un ser profundo, alguien gris y raro que calzaba mal en la sociedad pero que siempre poblaba las tertulias y los saraos, ocultando de mala manera el silencioso dolor que le afectaba. Adieu tristesse, bonjour tristesse, en versos de Paul Éluard.

El joven Werther, el torturado protagonista de la novela de Johann Wolfgang von Goethe, vaga desesperado por el amor no correspondido de Lotte hasta que la tragedia se desencadena empujándolo a la tristeza y hastío que caracterizó a los románticos del siglo XIX y que el vizconde de Chateaubriand, en una amplia generalización, denominó mal du siècle. Iván, el de Chéjov y el que interpreta Raúl Tejón en la puesta en escena de la calle Abades, también es abrazado por esa apatía y desgana que le altera el humor sin una causa aparente hasta herir con saña a los seres que le rodean, a las mujeres que llega a amar.

Ivanov es un drama en cuatro actos en el que el autor ruso refleja, con el sigiloso derrotero que impulsa a sus obras, la inexplicable descomposición anímica que sufre Nicolai Alexéievich Ivanov o, simplemente, Iván en la genial interpretación de Tejón en Iván-Off. La transformación del personaje es encomiable y su carácter taciturno se percibe desde el mismísimo comienzo de la función.

Equipo de Iván-Off
©La casa de la portera
Dos estancias de La casa de la portera acogen dos actos de la obra cada una. Los espectadores son invitados a desplazarse alternativamente entre ambas habitaciones en busca de los personajes y siguiendo la trama de la historia. Una vez que el espectador ocupa su sitio en el despacho de Iván, presidido por una curiosísima reproducción de La gran odalisca de Ingres, puede oír las respiraciones de los actores, sus alientos, sus corazones algo agitados por el encuentro inicial con el público en la casa de Iván y de su mujer, Ana (María Salama), donde tiene lugar el primer acto y donde empiezan a desfilar personajes que, todos ellos, se crecen durante las dos horas de función. Miguel, el primo de Iván, y Mateo, el tío de Iván, están representados en los cuerpos de David González y de Javier Delgado “Tocho”, respectivamente. Al brillante Roberto Correcher le toca dar vida al sinuoso y muy honrado doctor Constan.

La segunda sala sirve de morada de los Leyva, la rica familia del pueblo que contrasta en color y aparente alegría con la tristeza que atenaza a la de Iván y Ana. Allí viven Silvia Leyva (Maribel Luis), su marido Carlos (Germán Torres), su hija Sara (Cristina Alarcón) y, en los eventos especiales, reciben las viperinas visitas de doña Bárbara, a cargo de la inigualable Cristina Fenollar (se alterna en el papel con Rocío Calvo) que arranca risas sin necesidad de hablar.

Iván-Off es una manera diferente de acercarse a un tremendo drama como la depresión. A pesar de la cadena interminable de risas que se suceden en La casa de la portera, la frivolidad allí no tiene lugar y no creo que los espectadores sean capaces de salir de allí indiferentes a lo que han visto. Los personajes van calando hasta desembocar en escenas que pueden llegar a ser de una extremada dureza o de gran ternura. La cercanía con la que los actores trabajan en relación con los espectadores, debido a la misma disposición de los “escenarios”, ayuda a que la historia no pase por delante de los que miran, sino que se resuelva en el interior de cada uno.

Antes del punto y final me hago una pregunta: ¿cuál será la opinión de doña Cayetana? Después de todo no se ha perdido ni una sola función.

MENÚ DEL DÍA: PLACERES

María Adánez y Cristina Martos
 
La escuela de la desobedienciaAutor: Paco Bezerra (inspirado en textos de Pietro Aretino y Michel Millot)
Dirección: Luis Luque
Reparto: María Adánez y Cristina Marcos
Música: Rosa Miranda/Laura Fernández (sopranos), Sofía Alegre (viola da gamba)
Producción: Andrea D’Odorico y Teatro Portátil
Teatro Gayarre, Pamplona, viernes 31 de agosto
 
 
Sexualidad: “apetito sexual, propensión al placer carnal”. Exactamente en ese punto, en el del placer carnal, es donde radican todos los males de la Humanidad, máxime si dicho placer recorre los intersticios del cuerpo de una mujer.
 
A simple vista, La escuela de la desobediencia, obra dirigida por Luis Luque, es una exquisita invitación a que los espectadores se conviertan en voyeurs y alumnos de unas clases particulares que una señora con cierta experiencia le regala a otra más joven. Una escena que bien pudo haber tenido lugar en el Hôtel Rambouillet del París de los preciosistas o en un París anterior, el de los últimos Valois. Si el espectador contemporáneo profundiza un poco más acerca de lo que ve encima del escenario, podrá descubrir a dos mujeres enfrascadas en una defensa a ultranza por su derecho a gozar, por el derecho humano a sentir con sus pieles lo que cualquier hombre ha podido hacer desde tiempos remotos.
 
Marcos y Adánez
Susanne, en una interpretación interesantísima de María Adánez, recibe la visita de su experimentada prima Fanchon, personificada en el cuerpo y la voz de Cristina Marcos quien, conociendo los planes que los padres de la inocente Susanne tienen para con ella, decide ponerse manos a la obra y encausar el despertar sexual de la adolescente. El camino de la libertad se abre ante los ojos de la chica.
 
Por aquello de que me gusta hilvanar ideas y épocas con total libertad, mi pensamiento vuela y recala en el arribista Pietro Aretino, el hijo de la puta Margherita y de un zapatero. El poeta de Arezzo que, gracias a su afilada lengua, tuvo que huir de Roma emprendiendo el camino hacia la más disoluta Venecia, ha sido una de las fuentes de inspiración del dramaturgo Paco Bezerra (Premio Nacional de Dramaturgia), a través de su Ragionamenti, para escribir La escuela de la desobediencia.
 
El autor italiano reflexiona acerca de los estados posibles de una mujer de su tiempo en aquella Italia ajena a las brisas pútridas que, siglos más tarde, le iba a inyectar despiadadamente Silvio Berlusconi y las huestes de quincallas bárbaras de diputados del soborno y velinas adolescentes o damas rejuvenecidas por el bótox, un sucedáneo esperpéntico del erotismo renacentista.
 
Las actrices con sus acompañantes musicales
La vida de las mujeres en Occidente, hasta no hace demasiado tiempo, se reducía a las tres opciones del Ragionamenti de Aretino: mujer casada con un hombre (mujer decente), mujer casada con Dios (monja) y mujer despreciable o puta.
 
El impecable montaje de Luis Luque hace hincapié en las mejores artes a las que las mujeres del siglo XVI (y siguientes) podían recurrir para satisfacer la vertiente placentera de sus vidas, en constante lucha con la nociva idea de la culpa fecundada en el acto pecaminoso.
 
Adánez y Marcos nos acercan a dos mujeres que se debaten entre el placer y el pecado, entre vivir y desear hacerlo y no poder. Ambas llevan el peso de un espectáculo que ha recorrido el territorio español, un excelente ejemplo de que en tiempos de crisis se pueden llevar a cabo trabajos de calidad que nacen del esfuerzo y la seriedad profesional.
 
(Fotos © Jesús Ugalde)

RUBÉN OCHANDIANO: "La gaviota me ha alargado la vida, es gimnasia para mi alma"

Para Culturamas

Rubén Ochandiano
en el escenario de La gaviota



Después de conversar casi dos horas con Rubén Ochandiano intuyo haber encontrado en él a un hombre que ha descubierto un sitio en el mundo desde el que crear con mucha comodidad y con un sabio compromiso personal. Con ese sitio no me refiero al lugar del actor, ya conquistado (y conocido a través de su dilatada trayectoria), sino al del director. Ochandiano reflexiona sobre sí mismo desde la seriedad y la sencillez de quien sabe que hace cosas buenas, de quien se conoce pero no tiene la intención de sucumbir a la seducción boba de sentarse en un pedestal, quizás porque la timidez en estas lides sea una gran aliada o porque este director novel se ha tomado el trabajo de analizar muchos más que otros acerca de que la excelencia está en el rigor y en el disfrute del trabajo por encima del hecho puntual del mero reconocimiento.

Afuera, en las calles de Madrid, hace calor. Mientras, el interior del teatro nos hace viajar hasta Rusia y la temperatura desciende por la penumbra y, quizás, también, por el frescor que emana del lago de la finca de Sorin que, en su pequeñez de barreño, llena el escenario del Teatro Galileo. Nos sentamos en el atrezzo de la finca rural que Piotr Nikolaievich Sorin posee en La gaviota, la obra de Antón Chéjov que Ochandiano ha versionado y con la que se ha lanzado a dirigir a un nutrido grupo de actores, un sueño que le ha venido acompañando desde hace muchos años y que, junto a su gran amiga Toni Acosta, han conseguido poner en pie. Al flamante director no le falta escuela, ya que, como actor, ha trabajado a las órdenes de grandes del cine como Pedro Almodóvar, Alejandro González Iñárritu e Icíar Bollaín o de icónicos directores teatrales como Miguel Narros o Calixto Bieito. 

Los pantalones rojos de Rubén Ochandiano se funden con las telas nobles del mismo color que decoran uno de los salones de Sorin. Empieza hablando con cierta vergüenza y muchísima humildad, mastica las palabras, piensa antes de contestar, diluyéndose su timidez a lo largo de la charla, sin ni siquiera la ayuda de un samovar o una botella de Stolishnaya.

-El inconveniente del Teatro Galileo (me dice nada más sentarnos y comentarle mi parecer sobre lo que han montado) es que está un poco fuera del circuito y eso hace que se haga un poco más complicado venir hasta aquí. Sé que Elling ha funcionado de maravilla, pero, además de ser quienes eren, tenían la infraestructura para hacer mucha promoción. Yo estoy agradecidísimo al Galileo, porque el hecho de estar aquí nos ha dado la oportunidad de descomprimir las escenas, nos ha permitido hacer que el espectáculo crezca en comparación con lo que hacíamos en el Teatro Lara. Así y todo me pregunto si éste es el espacio natural de esta función y si es el teatro que más ayuda para que el público venga a ver el espectáculo.

-Le planteo un quizás: que los espectadores seamos un poco cómodos. Al fin y al cabo, no se trata de un teatro que esté tan alejado del centro de la ciudad.

-Estoy de acuerdo, nos hacemos a la idea de un circuito que pasa por el Teatro Español, el Centro Dramático Nacional y el Matadero que, está igual de lejos que el Galileo, pero al que estamos acostumbrados a ir. Yo mismo he venido muchísimas menos veces a este teatro en comparación con las que he ido a todos los demás. También es cierto que el cambio que ha habido en la política de programación del Galileo es muy reciente, porque esta sala hasta hace muy poco tenía una programación un poco ambigua, donde el espectador no sabía qué era lo que venía a ver: había espectáculos con líneas muy diferentes. Desde Elling se ve con una idea más clara lo que quieren programar. Yo tenía la fantasía de llegar al mayor número de gente posible y nos estamos quedando un poco a medias.
-Pienso en el momento actual, en la crisis y en las voces que plantean la falta de subvenciones y me intereso por su decisión de llevar a cabo un montaje con muy poco presupuesto. Quiero saber qué evaluación hace de esta experiencia.

-No puedo estar más feliz y más agradecido (me responde sin titubeos). Más allá de que a nivel personal signifique cumplir un sueño y llevar a cabo una osadía, complicada de materializar, el hecho de realizarla cada día es una satisfacción inenarrable. Ahora bien, lo cierto es que hay diez actores trabajando en la obra y que no puedo evitar cargarme a la espalda la responsabilidad del poco dinero que van a recibir, sabiendo que todo el mundo se ha implicado en un tarea tan inmensa desde mi punto de vista. No puedo evitar tener esta conversación conmigo mismo todos los días.

-Considero muy válida la osadía de asumir el riesgo de un montaje, el hecho de no esperar a que todas las propuestas lleguen de los demás.

-Tiene que ser así, pero la realidad es que yo me puedo permitir hacer esto porque trabajo habitualmente en cine y televisión. Si tuviéramos que comer o pagar el alquiler con La gaviota nos sería imposible. Con un proyecto de tanta envergadura y con tanto reparto, no puedo dejar de reivindicar que nos tendrían que haber ayudado, que un CDN o el Teatro Español nos podrían haber echado un cable. A pesar de que digo todo esto, ahora mismo vengo de reunirme con Toni Acosta para ver qué es lo que vamos a hacer una vez que se acabe La gaviota, porque este montaje me ha proporcionado una satisfacción que no me ha brindado ninguna de las películas que he hecho o de los proyectos en los que me he involucrado. Ahora bien, ¿cómo puedo volver a enrolar a un grupo de actores que se implique para llevar a cabo una aventura como ésta sin garantizarles que van ganar lo suficiente para pagar el alquiler o la comida? Es muy difícil. Sólo se puede contar con una pandilla de románticos.

-El romanticismo es algo que al teatro le sobra, pero muchas veces la realidad se contrapone al romanticismo.

-Yo soy un romántico y todos los que me acompañan aquí lo son, pero al final del mes hay que pagar las facturas. Es indiscutible que La gaviota me ha alargado la vida, es gimnasia para mi alma, es un bálsamo y lo quiero sostener, no quiero que se quede en algo aislado. Así como he montado una obra este año, también quiero hacerlo el que viene y el siguiente… Alguien nos tendrá que ayudar, (se plantea a modo de pensamiento en voz alta…), algún teatro se tendrá que hacer cargo, no digo que nos subvencionen sino que haya algún teatro que no sea privado que nos brinde el espacio. Para mí, la única solución es que nos quejemos menos y que sigamos haciendo. (Ochandiano mira la escenografía que nos rodea)… Nos toca hacer, reivindicar desde la acción, la queja no nos lleva a ningún sitio.

-Algunas veces, usted ha hecho declaraciones acerca de los teatros públicos. Me da la sensación, por sus declaraciones, de que se niegan a abrir el círculo a más gente.

-Hablo desde el prejuicio (empieza respondiéndome con mucha prudencia) y desde el desconocimiento, a sabiendas de que valorar la situación a la ligera es muy fácil. Me da pudor porque pienso que no sé exactamente qué es lo que les falta a los teatros públicos, tal vez tendría que verme en su lugar y ver cómo se gestionan. Tiene que ser francamente complicado. Aunque esté pecando de listo, a mí me resuena que falta compromiso y apertura. Nosotros lo hemos intentado con uñas y dientes y nos hemos dado contra una pared muy complicada de traspasar, nos hemos dado cuenta de que es muy difícil de que entre gente nueva si no se tienen amigos dentro. Hemos dado con esa dificultad, además de con políticas de programación que desconozco cómo se preparan. También nos hemos encontrado con síes que luego se convierten en noes. Ahí, me pongo guerrillero. Tuve la suerte de vivir un año en Buenos Aires y de ver esa otra manera de hacer teatro que no pasa por el dinero. Creo que hay que abrir el círculo.

-En Nueva York ve una versión de La gaviota que le es clave para la cabal comprensión de la obra.

-Era una versión de Tom Stoppard que dirigía Mike Nichols, un director que, fundamentalmente, hizo mucho cine. Aquella fue una experiencia mística, (se entusiasma reviviendo la experiencia en su memoria) con un reparto de lujo en el que estaban actores como Meryl Streep, Natalie Portman, Christopher Walken… Yo era adolescente y fue entonces cuando terminé de entender la obra. Cuando empecé a estudiar, me preguntaba si La gaviota era para tanto. Poquito a poquito la fui masticando hasta comprenderla. El montaje de Nichols también me ayudó a saber desde dónde quería atacar el trabajo. Tiempo después, viviendo en Buenos Aires, constaté que se podía hacer teatro de verdad, mientras que aquí estamos muy acostumbrados a hacerlo de mentira.

-Nada me fascina más que el trabajo psicológico que hay que encarar con los actores para moldear un personaje siendo las obras de Chéjov de las más apropiadas para esa tarea.

-Como director, no busco a la persona que se ajusta al perfil determinado, sino que me junto con la gente que me gusta trabajar y desde ahí encajo los perfiles. Toni Acosta, por ejemplo, es un pilar fundamental para mí, es mi cómplice, mi hermana, ella me hace posible a mí y yo a ella y juntos sacamos lo mejor que hay en nosotros y ese trabajo que realizamos contagia a la dinámica de grupo. Más que con actores queremos contar con seres humanos que se impliquen en el teatro y en la obra de una manera determinada y que se permitan entrar en las zonas de compromiso adecuadas para hacer un texto así. La entrega de Toni Acosta es infinita, o la de Javier Albalá (Boris Trigorin) o Silma López (Nina Zarechnaia), que es un portento de 21 años de pura sangre que, cada día, se mete en un camino muy complicado. Ya sabemos lo que es comprender con el cuerpo ese sendero atroz de Nina que Silma regala aquí a los espectadores todas las noches. Es primordial rodearse de gente que entienda el trabajo de la misma manera que uno lo entiende; si no, se hace imposible.

-La Irina Nikolaievna que interpreta Toni Acosta es un personaje frívolo, pedante y bastante obsesionada por la edad; al fin y al cabo, se trata de un personaje algo cínico y muy actual.

-Yo, ahora mismo, no concibo el mundo sin un trabajo personal de análisis o de terapia ya que a mí me ha salvado la vida. No puedo entender que uno al llegar a cierta edad no se comprometa consigo mismo y deje de boicotearse y de boicotear al de al de al lado. Sin embargo, todos los días nos encontramos con gente que se dedica a vivir tapando sus carencias, como le sucede a Irina que tapa y niega constantemente. Sin duda: ahí se ve claramente el cinismo. Los personajes de esta función no saben vivir, intentan vincularse con ellos mismo y con los demás pero no lo logran. Cuando uno acaba de formarse como actor, casi siempre sale un poco peleado con el maestro y con la escuela, pero durante estos días he pensado en el reparto que hay aquí y en los actores en los que pensamos para lo próximo… y casi todos estamos formados con Juan Carlos Corazza. Al fin y al cabo, algo se nos queda y tendemos a hacer familia.

-Existe una especie de manía permanente y algo enfermiza de actualizar las obras de teatro. En esta versión de La gaviota sólo se han hecho algunos cambios de adaptación y en elementos decorativos como los megastilettos de Nina, el pilates de Irina o los antidepresivos de Max. Le planteo mis dudas acerca de la necesidad imperiosa de tener que adaptar a los clásicos.

-Lo que se necesita es dejar que un texto hable, que se haga vida y coja cuerpo (entran Toni Acosta y Viviana Doynel, ambas sonrientes levantan la mano y saludan desde la penumbra, por detrás del tocador de Irina) y, como el propio Chéjov dice en el texto, lo más importante es ser honesto con uno mismo, tanto la manera de entender el trabajo como lo que nace del corazón. Me peleaba mucho con el concepto de que cuando estrenamos en el Teatro Lara en 2011 definieran al montaje como moderno, porque no lo es y como etiqueta me parece horrorosa, me da mucho prejuicio y me parece una horterada. Ninguno de nosotros hemos pretendido que fuese algo moderno, aunque es inevitable que de lo que se habla resuene como actual, pero es porque Chéjov es tremendamente contemporáneo. Y en la puesta en escena he sido fiel a lo que a mí me huele a mágico en el teatro que es esto, (acaricia la tela del sillón), lo que nos permite mostrar las tripas del trabajo. Porque en La gaviota también se habla mucho del teatro y de lo que significa el arte o el proceso de trabajo mediante la vocación. Por eso decidimos que éste debía ser el material del decorado, que fueran estos colores, esta puesta en escena, algo ambiguo que no se sabe si es un ensayo de La gaviota o los propios personajes de la obra traídos a un teatro de hoy. Pero desde luego jamás existió la intencionalidad de modernizar nada.

(Se oyen las campanas de la parroquia del Santísimo Cristo de Victoria e interpreto el momento como otro toque de romanticismo teatral).

Chéjov, después de estrenar la obra en San Petersburgo en 1896, obtuvo tal fracaso que decidió no volver a escribir. ¿Le teme más al fracaso en sí o a los cuchillos que se levantan antes de cada estreno?

(Sonríe con una pizca de sorpresa y otra de malicia)

-Reconozco que todos los cuchillos en alto me dan bastante miedo aunque, poco a poco, voy aprendiendo a estar más conmigo mismo, lo cual me permite impermeabilizarme, pero en general me cuesta manejar la manera española de mirar el trabajo de los demás.

-Traduzco “española” por “demasiado crítica”, creo, sin equivocarme del todo.

-Es esa manera de pensar que consiste en decirnos “cuánto mejor lo hubiera hecho yo” o “cómo habría quedado de yo haber estado ahí”. Nos cuesta el permitirnos mirar y dejar que nos pase algo… Suena fatal decirlo, pero somos un país de envidiosos y estamos obligados a hacer un permanente ejercicio de ocuparse de uno mismo. Aunque, insisto, no seré yo quien se queje, porque no nos puede estar yendo mejor, todos los días veo a la gente ponerse de pie y eso es lo que de verdad importa. Que después pueda haber compañeros que estén mejor o peor consigo mismos y eso afecte a su mirada (golpea con las manos) es algo que ocurre, pero es un lugar en el que no pienso poner mi atención.

-La gaviota también habla del suicidio.

En su momento, hace cuatro o cinco años, charlando con Elvira Mínguez (compañera de Ochandiano en la película Tapas) acerca de que tenía ganas de montar esta obra, ella me mencionó a la muerte como una de las cosas de las que más se habla en la función. Yo no me había dado cuenta de ello hasta la volví a leer. El personaje de Sorin (Joaquín Gómez) habla permanentemente de cómo mirar a la muerte. Supongo que con el paso de los años he ido profundizando en el texto, porque cuando era más joven pensaba que La gaviota hablaba del amor, eso es todo un tema para mí, después me resonaba la vocación, qué pasa cuando a uno se le pone cuesta arriba la vida y no sabe cómo va a pagar el día a día…

-Coincidimos en que en los personajes mayores de La gaviota la muerte está muy visible. Pero lo que más sorprende son las muertes que se entrevén en las miradas de personajes como la Simona Medvedenko que interpreta Irene Visedo o el Max de Pepe Ocio.

-El año que viví en Buenos Aires definió mi manera de encarar el arte y traté de aferrarme a esa mirada que tienen allí, por eso me interesó lo de la familia disfuncional, esos miembros que no saben cómo vincularse a pesar de la necesidad que tienen de hacerlo, son animalitos con el ala rota. Para mí hay algo que todo el rato habla de la enfermedad, la manera enferma que tienen Irina y los demás de vincularse. Tal vez sea yo quien lo ve así, por eso me parecía interesante sacar a Simona de la foto, de la familia, porque creo que algún personaje tiene que mirar hacia la salud. Y es verdad que Chéjov saca a ese personaje antes de que acabe la función, ella dice “me voy”, pero ¿adónde se va? Se va a su casa o se va y no vuelve más… Me pone la piel de gallina el pensarlo. Cuando ella les mira desde fuera, vemos con nitidez lo enfermos que están todos, por eso me he permitido ponerme expresionista con el tema del suicidio más allá de Kostia (Javier Pereira), como sucede en el texto original. Max/Masha (Pepe Ocio) también mira hacia la muerte, está en contacto permanente con el vacío, con el haber traspasado el dolor y haberse anulado a sí mismo, el haber dado ese paso trascendental que no tiene retorno. De ahí, la presencia constante del lago y el poder meter la cabeza en él. Creo que Max no se permite vivir, él está muerto desde que comienza la función; de hecho, viste de negro…

-Es verdad, pero hay algo que trasciende a la ropa y que es el gesto depresivo o el vagar con la espalda un tanto encorvada.

La vida le pesa y, evidentemente, la ropa es sólo una expresión. Yo tenía un concepto de Max completamente distinto, estaba un tanto peleado con esas Mashas que he visto siempre un poco lánguidas y decidí irme al otro extremo. En un principio, cuando buscaba a un Max, quería encontrar a alguien que del dolor había hecho violencia, porque yo tuve esa vivencia cuando era más joven y con mi miedo y mi dolor lo que hacía era ponerme muy agresivo, muy violento y quería contar esa manera de vivir. Cuando apareció Pepe Ocio, vi en él aquello que quería contar, y, si bien él no tiene esas características, sí tiene la capacidad de conocer ese dolor y de fisicalizarlo.

(Nos movemos de sitio, tenemos que despejar el escenario para que puedan dejar todo a punto para cuando empiece la función y decidimos trasladarnos, escaleras arriba, al patio de butacas).

-Le pregunto por los argentinos Claudio Tolcachir y Daniel Veronese porque sé de la admiración que les profesa.

-He tenido la oportunidad de asistir a los ensayos de Daniel Veronese, de ver el proceso de trabajo y de ver sus funciones, muchas veces el mismo espectáculo. Han sido experiencias muy nutritivas y esclarecedoras de cómo tiene que ser el trabajo para mí o de cómo quiero vivirlo. Hay una anécdota graciosa: yo le insistía mucho a Veronese con que montara La gaviota y que yo quería hacer de Kostia. Pues este año ambos estamos haciendo La gaviota, uno en Buenos Aires y el otro en Madrid, casualidades.

-Como en varias ocasiones ha mencionado el tema del amor, me atrevo a preguntarle por la novela que alumbrará después del verano y que se titula Historia de amor sin título.

-¡Sí, así es, el 31 de octubre! (Me responde con una alegría contagiosa). Lo empecé como un guión cinematográfico que intentamos levantar, también con Toni Acosta, dándonos de bruces con los productores de este país que me decían que era bellísimo pero poco comercial y que no estaba destinado al circuito festivalero. Además, coincidió que cuando terminé de parirlo entramos de lleno en la crisis económica. Entonces lo metí en un cajón, pero sabiendo que algún día haría algo con ese texto. Y fue cuando desde la editorial Alfaguara me comentaron que iban a lanzar una colección nueva que iba a estar destinada a un público más minoritario. Entonces compartí con ellos mi necesidad de contar esa historia y hacerlo en formato de novela. La verdad es que la historia se mete en un tema de mucho dolor.

-Me habla con tanto entusiasmo que quiero saber si es su primera experiencia escribiendo novelas.

-He escrito mucho pero en un formato dialogado: guiones, textos teatrales, adaptaciones que he hecho por gusto… Pero es la primera vez que lo hago en este formato y llevo los últimos meses enfrentado a la rescritura. Está siendo una bendita terapia, somatizo sin parar, parezco Woody Allen, me encuentro de todo… Yo siempre digo que mi novela es muy personal, aunque creo que todas lo son, aunque supongo que cuando te entrenas eso cambia, es como el trabajo del actor. La historia fue escrita como un vómito cuando necesité hacerlo, quizás por esa razón ahora, al volver a leer el texto y el tener que escucharlo, se me hace un poco cuesta arriba.

-Me gustaría que me regalase una breve sinopsis de Historia de amor sin título.

-Es una historia de amor en el contexto de una familia disfuncional, vista a través de los ojos de una periodista a la que le encargan contar un caso excepcional pero no le explican el por qué. Ella tiene que hacer un reportaje sobre Mario Ruiz, el chico que vivió esa historia de amor y averiguar qué pasó con su objeto de deseo, por qué desapareció.

-Teatro, novela y también televisión. En la serie Toledo de Antena 3 se mete en la piel del arzobispo Oliva.

-El hecho de tener la obligación de levantarme todos los días a las seis de la mañana e ir a hacer lo que más me gusta en la vida para mí es una fortuna. Además, la televisión permite generar un colchón económico que te habilita para hacer este otro tipo de cosas. El tema es que Toledo era una serie muy ambiciosa, muy cara y de la que se esperaba una repercusión mediática que no tuvo y eso que la veían dos millones y medio de personas. Al terminar la primera temporada, la cadena decidió dejarlo ahí y se acabó. Pero mi personaje era divertidísimo, para mí se trataba de un psicópata clínico de manual, alguien que de verdad no tenía fin. Para empaparme me puse a investigar en todos los personajes malos de Harry Potter y de los cuentos infantiles, esos personajes que son malos y ya está, que no tienen otro trasfondo más que ése aunque, inevitablemente, no puedo evitar irme a la herida que genera ese mal.

Interpretar a alguien de la jerarquía de la Iglesia Católica tiene sus bemoles. Pienso que para empaparse en el papel tiene que haber observado a alguno de los miembros contemporáneos.

-Sí es verdad que he buscado referentes y para ello miré muchas entrevistas en Youtube a miembros del clero y del Opus Dei y me sirvió para encontrar en sus maneras esta cosa de evangelizar y adoctrinar permanentemente. Yo sentía que mi personaje era el más político de la serie y que cuando estaba trabajando tenía que dejar las cosas claras y captar la atención de la mayor cantidad de gente posible todo el tiempo. Me hubiera encantado seguir un tiempo más con ese personaje.

-Me lo imagino harto de que le hablen de Pedro Almodóvar, la pregunta fácil, pero sí quiero saber si tiene algún proyecto en cine.

-De momento nada, la cosa pinta complicada porque se está haciendo muchísimo menos cine que hace unos años. Me abría encantado estar en la próxima película de Pedro Almodóvar, porque trabajar con él ha sido un regalo y un privilegio y vivo con la sospecha de que se repetirá, hubo muy buena comunicación y entendimiento, disfrutamos mucho.

-Estamos llegando al final y no me puedo ir sin que me dé su opinión sobre la situación por la que está atravesando la cultura en España.

-Encuentro complicada la tendencia a instalarse en el discurso del abucheo fácil, casi panfletario o quedarse en la queja o sumarse a una de forma de manifestarse en la que todo vale y en la que el ruido corre el riesgo de acabar en un runrún de fondo. Es evidente lo que están haciendo, me enfado, me peleo. Me da miedo lo que pasa con la educación, tan politizada y que, por ejemplo, se permitan excluir la palabra homofobia de la asignatura Educación para la Ciudadanía. La educación no tendría que estar politizada, pero tal vez eso todavía no es posible. Hay veces en las que uno se siente un poco gilipollas pensando si no se dan cuenta de lo que significa el patrimonio cultural o artístico en un país. Lo que se hace con la cultura debería ser delito, pero ahora bien, ¿qué es lo que hay que hacer? ¿Qué se puede hacer más allá de hacer lo que uno sabe? La cultura en este país sigue siendo una cuestión de maricones, putas y feriantes. Quienes tienen el poder no fomentan el desarrollo de la cultura y no me refiero a una cuestión de imagen como país solamente, sino porque se trata, también, de una fuente de ingresos. ¿Qué hacemos? Lo que dice Chéjov en boca de Kostia: Al final uno sólo puede hacer y hacer.

El director de teatro Rubén Ochandiano pareciera que ha venido para quedarse. En varias ocasiones me habla de la necesidad que tiene de seguir dirigiendo obras, de sumarle a un montaje el siguiente y después otro en un continuum temporal.

En fila, una detrás de otra, entran tres limpiadores del Teatro Galileo. Son tres señoras poco mayores que Las tres hermanas de Antón Chéjov. Las miro desde una esquina, la misma esquina desde la que he visto a Simona Medvedenko observar a la peculiar familia de La gaviota. Como si la escena estuviera ensayada, cada una va con sus instrumentos de trabajo. Las tres se detienen en el escenario y miran hacia arriba, a las butacas, donde Ochandiano está de pie. Las tres mujeres descubren que allí en lo alto, como si se tratara de un atrio, está el bravo arzobispo Oliva posando para las fotos. Reconocen al actor y al arzobispo, no se sabe bien a cuál de los dos primero, lo comentan entre ellas y la menos tímida se dirige a él recordándole la maldad del personaje. Al terminar la sesión de fotos, en fila y tal como entraron, las tres se van y luego contarán que ellas también han cumplido el sueño de estar en un teatro de Moscú.

AVENTURAS, FURIAS Y CHARLES MANSON

Cosas que hoy decíamos
De Neil LaBute
Dirección y dramaturgia: Julio Manrique
Traducción: Cristina Genebat
Reparto: Andrew Tarbet, Norbert Martínez, Oriol Guinart, Xavier Ricart, Mireia Aixalà, Cristina Genebat y Ernest Villegas
Producción: Sala Beckett y Grec 2010 Festival de Barcelona
Sala José Luis Alonso del Teatro de la Abadía (Madrid)

La fragilidad de las relaciones humanas se pone de manifiesto de manera brutal en tan sólo un instante. Después del quiebre, mucha gente intenta continuar como si nada hubiera sucedido y algunos lo consiguen, seguramente pagando un alto precio emocional. Otra gente se libera a la vez que libera a la contraparte del contrato que les ha unido. Incluso existe un tercer grupo, los que ponen punto y final como si emularan a los actores de las tragedias griegas, varias veces mencionadas en Cosas que hoy decíamos, la obra de Niel LaBute y que el director barcelonés, Julio Manrique, ha traído al Teatro de la Abadía.

Cosas que hoy decíamos está compuesta de tres series de diálogos íntimos: Aventura (Romance), Las furias (The furies) y Tobogán (Helter Skelter). El tríptico nació en el marco de los cursos de verano de la Sala Becket de Barcelona, donde Niel LaBute suele ser un habitué. En las tres partes priman los temas que nos llegan hondamente a todos: la soledad, el desamor, los miedos, las pérdidas y la muerte. El humor, desternillante por momentos, consigue meter a los espectadores en un bucle imparable de risas que mitigan, a la vez que aguijonean, las puñaladas certeras (que no traperas) del texto del autor nacido en Detroit.

Andrew Tarbet y Norbert Martínez

Aventura. ¿Por qué alguna gente se empeña en obtener respuestas de hechos que sucedieron en el pasado? ¿Por qué volver a la vida de alguien con el que ya ha habido una despedida definitiva? El dolor al que un personaje (Norbert Martínez) se expone cuando decide reaparecer en la vida del hombre que amó en otro tiempo (Andrew Tarbet) pidiéndole explicaciones. ¿Es necesario interrogar hasta escuchar verdades que le harán tanto daño?

Unas veces se sienten Las furias porque el equilibrio de pareja se hace añicos en el instante en el que en la vida de una mujer joven (Mireia Aixalà) se presenta la situación más extrema: la aparición de la enfermedad que inevitablemente conduce hacia la muerte. La brutal incomprensión de un otro (Xavier Ricart) con el que hasta entonces la moribunda ha compartido parte de su vida, de un otro falto de personalidad e influenciado por una hermana gamberra y llena de fina crueldad interpretada por un genial y travestido Oriol Guinart.

Oriol Guinart, Xavier Ricart y Mireia Aixalà
Otras veces, como si se tratara de una predicción de Charles Manson, la vida desciende por un Tobogán y el equilibrio vital se estrella violentamente. Una mujer embarazada (Cristina Genebat) descubre que su pareja (Ernest Villegas) le ha ocultado durante mucho tiempo una historia con otra mujer. El descubrimiento de la infidelidad ocurre en tan sólo un instante y gracias (o por desgracia) a un beso en un portal. Genebat, quien a su vez se ha encargado de la traducción del texto de LaBute, borda magistralmente al personaje.

A través de una escenografía muy bien lograda por Lluc Castells, los espectadores se sitúan, bien como voyeurs o bien como comensales, en un restaurante que se adapta a la situación de cada una de las partes del tríptico. Y Julio Manrique conduce con maestría a un grupo de magníficos actores y actrices desbordantes en sus papeles y que consiguen, mediante la risa o el pellizco de dolor, implicar a los mencionados espectadores en lo que ocurre en la mesa vecina.
Ernest Villegas y Cristina Genebat

Atreverse con un texto de Niel LaBute requiere el coraje de un director que quiera sacar partido de los entresijos ocultos del alma de los seres humanos, un director al que le interese jugar sobre el escenario con las pasiones bajunas que nos iguala a los hombres y a las mujeres, independientemente de la clase socio-cultural a la que pertenezcan. Y Manrique ha demostrado ser de esa clase de directores, como ya lo ha demostrado en anteriores montajes de David Mamet o de Mark Ravenhill o haciéndose cargo de la dirección artística del Teatre Romea de Barcelona.

Neil LaBute elaborando los textos de las tres piezas breves y Julio Manrique a través de un montaje fascinante han creado a dos manos, aunque cada uno con su paleta y sus pinceles, un cuadro lleno de colores vivos que esconden los más oscuros de la infelicidad.

Fotos: David Ruano