Suecia

UN HOMBRE ENAMORADO

Karl Ove Knausgård

Tardes y noches enteras habían desaparecido de mi memoria, quedando dentro de mí una especie de túneles, llenos de oscuridad y viento, y mis propios sentimientos turbulentos. Caos y desasosiego en el interior de Karl Ove Knausgård, el autor-protagonista de esta magnífica Un hombre enamorado (Anagrama 2014), segundo volumen de los seis que conforman el provocativo título de Mi lucha.

Knausgård se decide a narrar su vida. Durante tres años escribirá unas veinte páginas diarias hasta conseguir los seis volúmenes autobiográficos de prosa dura, áspera y poética a la vez con la que desglosa, por momentos al detalle, la rutina de un hombre al que la creatividad le ha abandonado y cuyo vacío no es capaz de llenar más que con la rutina de la paternidad en una sociedad que, a simple vista, parece perfecta pero que encierra enormes dosis de dolor y cantidades ingentes de paranoias.

¿Y qué quería yo? No lo sabía. Se pregunta y se responde Karl Ove. Acostado en el sofá del salón de unos desconocidos en una ciudad satélite de Estocolmo. Mirando el cristal por donde las luces tenues de las farolas hurgan en mitad de la noche los interiores de las casas. El autor, en el instante que acaba de llegar a la capital sueca desde su Noruega natal, tiene una duda existencial que le atormenta: si es participante o espectador de su propia vida. Si la conduce o si se deja llevar por los acontecimientos.

Estocolmo es una ciudad moderna y abierta, un sitio en el que se respira respeto y bienestar. Mientras tanto, en sus entrañas, Estocolmo (y toda Suecia) continúa alimentando la imagen del pietismo protestante que Carl Wilhelmson plasmó tan bien en su pintura Creyentes que regresan de la iglesia en bote: domingo atroz de ceremonia luterana y bostezo junto a la salamandra viendo caer la lluvia o la nieve a través de la ventana. Un hombre enamorado me ha hecho revivir Escandinavia página tras páginas y una de las destrezas de Knausgård ha sido que le siguiera en todo momento, como una sombra, por las calles, bares y recovecos de una ciudad que lo empujó y lo metió de lleno en la soporífera realidad conyugal.

Karl Ove es un hombre enamorado de una mujer con brotes maníaco-depresivos, una mujer que desea ser madre y que todos sus proyectos mueren en eso, en proyectos. Karl Ove es un fumador empedernido, un hombre desesperado por encontrarse a sí mismo y, casi como un grito del que pide que le ayuden, Knausgård nos sienta en el sofá de su casa, nos mete en su cama con él y con Linda, su mujer, nos emborrachamos juntos y nos desdibujamos como él en las sombras nevadas de Estocolmo.

@DanielDimeco

GRITOS Y SUSURROS

Fotograma de la película

Fotograma de la película

Hoy durante el paseo han venido a hablarme estas mujeres y me han dicho con toda claridad que la verdad es que también ellas querían hablar. Que realmente querían tener ocasiones serias para explicarse y que no podemos alcanzar lo que queremos alcanzar sin palabras. Escribe Ingmar Bergman en su diario de trabajo, el 23 de abril de 1971, sobre Gritos y susurros (1972) al mismo tiempo que luchaba contra el hastío.

Al director le preocupan las cuatro actrices que van a interpretar los papeles protagónicos y a las que les tiene que dar claras directrices en cuanto empiece el rodaje. El creador sueco se ‘grita’ a sí mismo: ¡Piensa, Bergman, que vas a trabajar con cuatro mujeres que saben lo que se llevan entre manos! ¡Que también van a ser capaces de representar todo! Las dudas y los miedos de los grandes, la parada ante el monstruo (la película) que empieza a crecer.

Esas cuatro mujeres, enormes actrices, eran: Harriet Andersson (Agnes, la moribunda), Liv Ullmann (Maria, la más hermosa), Ingrid Thulin (Karin, la más fuerte) y Kari Sylwan (Anna, la sirvienta). Las cuatro se entregan en una obra maestra en blanco, negro y rojo, nacida de una imagen recurrente en la cabeza del director (se le aparecían cuatro mujeres vestidas de blanco que esperaban algo) que luchan frenéticamente ante el dolor físico (Agnes), el dolor psíquico (Karin), el aburrimiento mitigado por las infidelidades y un enamoramiento no correspondido (Maria) y una Anna que ha sufrido y sigue sufriendo en silencio, ni siquiera susurros, ella es el rostro cálido y afectivo que acompaña a la moribunda en el tránsito hacia la muerta.

Es imposible no asociar Gritos y susurros con Las tres hermanas de Anton Chéjov. Las tres hermanas del ruso y las del sueco comparten un mismo aroma, la apatía y la extenuante espera en las vidas de tres hermanas ‘atrapadas’ en parecidas redes vitales (o mortales) con la nada sutil diferencia que en la película nórdica el dolor irrumpe desde el primer instante.

Gritos y susurros, principalmente su autor-director, ganó todos los reconocimientos a través de los premios de la época y ahora ocupa un sitial indiscutible entre los clásicos de la cinematografía escandinava y mundial.

PERSONA

© MovieWallpapers.net
 
No es esta creación mía un guión cinematográfico en su acepción habitual. Lo que he escrito se asemeja más, en mi opinión, al tema de una melodía… Y, muchas veces, pocos momentos son más melodiosos que el silencio, aunque para una gran actriz eso sea (casi) lo mismo que morir.
 
Ingmar Bergman (Uppsala 1918 – Fårö 2007) da inicio a este guión al que titula Persona (editado en España por Nórdica Libros y con prólogo de Jonás Trueba) con un apunte de pura belleza: De los altavoces se oirá sólo el rumor de los amplificadores y el débil crujido del tránsito de las partículas de polvo por el tocadiscos. Elisabet Vogler quedó muda en el segundo acto mientras interpretaba a Electra, desconcertada miró alrededor, como si no entendiera qué ocurría dentro de sí misma, pero continuó con la representación.
 
A la enfermera Alma, una mujer joven y dispuesta, le encargan cuidar de la Vogler. Alma tiene la vida programada a futuro: se casará con Karl-Henrik y tendrán dos hijos. Alma se dedica de lleno a cuidar de Elisabet, pero con el paso del tiempo, y habiéndose trasladado ambas a una casa en la costa, la enfermera no deja de pensar en las razones que han llevado a la actriz a su actual estado de mutismo.
 
Liv Ullmann (como la enfermera Alma) y Bibi Anderson (como Elisabet Vogler)

Bergman nos regala, una vez más, un texto de una profundidad tremenda, una obra que nos hace pensar en los escondites que cada uno de nosotros elegimos para no mostrar la cara más real quedando completamente al desnudo, como le sucede a Elisabet Vogler, junto al abismo entre lo que eres ante los demás y lo que eres ante ti misma.

 
Persona nos invita a plantearnos dónde fallamos, cuál de todos los papeles que jugamos en la vida nos ha destrozado un poco más como personas. Cuándo es mejor callar y en qué momento hay que hablar. Dos mujeres que se van descubriendo en soledad y mutua compañía mediante un sinfín de cuidadas imágenes, de metáforas a través de la lente del gran director. Además, y como es obvio, no es casualidad que Bergman eligiera el clásico de Electra para contextualizar el momento en el que su personaje de Elisabet enmudece en el escenario.
 

 

Persona (1966)
Dirección: Ingmar Bergman
Guión: Ingmar Bergman
Reparto: Bibi Anderson, Liv Ullmann, Margaretha Krook,
Gunnar Björnstrand y Jörgen Lindström
Música: Lars Johan Werle
 

FRAGMENTE



Lars Norén

El pasado mes de abril, tuve la enorme dicha de presenciar el mejor espectáculo de teatro que he visto en lo que va de 2013: Fragmente, del dramaturgo sueco Lars Norén, bajo la dirección de Sofia Jupither.
 
La historia de Fragmente, o los fragmentos de vidas que narra Norén, salpican los cuerpos y las consciencias de los espectadores, soliviantan las emociones hasta llevarnos al éxtasis. Y lo hace poco a poco, en un in-crescendo fascinante, en suculentos platos servidos por once actores a los que no se les puede hacer otra cosa más que agradecerles tan buen trabajo.

Los textos de Lars Norén no son fáciles de ver/leer en España y, por esa razón también, la puesta en escena del Folkteatern de Gotemburgo y del Théâtre National de Bruselas en el Teatro de La Abadía de Madrid hicieron de aquellas horas una tarde inolvidable.
 
Fragmente es un golpe durísimo a la desconexión cada vez mayor entre los seres humanos, entre hombres y mujeres que comparten un espacio común en un medio urbano. Fragmente es un tratado exquisito acerca de la invisibilidad, no en términos fantásticos sino reales, de la sobrevivencia y el dolor en soledad. Norén hinca el cuchillo mientras sopla el viento del Polo Norte, mientras escuchamos a lo lejos la voz triste de un lobo sin ser capaces de adivinar qué va a ocurrir.

A continuación, una muestra de la exposición Moving cities que acompañó al espectáculo:
 

 
 
 
 

EL CIELO A MEDIO HACER


Tomas Tranströmer
Estocolmo 1931
Premio Nobel de Literatura 2011
Nórdica Libros

Epílogo (de 17 poemas o 17 dikter, 1954)
Diciembre. Suecia es un extenuado barco en tierra. Sus ásperos mástiles, contra el cielo de anochecer. Y el anochecer dura más que el día: el camino que conduce hasta aquí es pedregoso: recién a la hora de la cena llega la luz y el coliseo del invierno se levanta, iluminado desde nubes irreales. Entonces sube de pronto el humo blanco, vertiginoso de los pueblos. Infinitamente altas están las nubes. En las raíces del árbol del cielo hurga el mar, distraído, como escuchando algo. (Invisible pasa un pájaro sobre la parte oscura, retraída del alma, despertando a los durmientes con sus trinos. Así gira el refractor, atrapa otra época y ya es verano: muge la montaña, hinchada de luz y el arroyo levanta el brillo del sol con mano transparente… Todo desaparece luego como cuando se corta la película en la oscuridad.) Ahora la estrella de la tarde quema la nube. Árboles, patios traseros y casas se amplían, crecen en la avalancha silenciosa de la noche que cae. Y bajo la estrella se revela más y más el otro, el oculto paisaje que vive vida de silueta en la chapa radiográfica de la noche. Una sombra lleva su trineo entre las casas. Ellas esperan. A las 18.00 llega el viento y galopa ruidoso en la calle del pueblo, en la oscuridad, como una caballería. ¡Cómo la negra inquietud actúa y se desvanece! En danza inmóvil están las casas presas, en este zumbido que se parece al sueño. Uno y otro golpe de viento vagan sobre la bahía, lejos, hacia el mar abierto que se arroja en la noche. Flamean las estrellas desesperadas en el espacio. Las encienden y apagan nubes que van volando; sólo cuando anochece la luz elimina su existencia, como las nubes del pasado que andan cazando en las almas. Cuando paso frente a la pared del establo, se oye el estruendo de las coces del caballo enfermo que está adentro. Y es la partida en la tormenta, junto a una reja que golpea y golpea, un farol que surge de una mano, una animal que cacarea de terror en el monte. La partida, cuando truena como la tempestad sobre los techos de los establos, bordonea en los hilos telefónicos, silba estridente en las tejas del techo nocturno y el árbol desamparado extiende sus ramas. ¡Un tono de gaitas se libera! Un tono de gaitas que avanzan desfilando, liberadoras. Una procesión. ¡Un bosque en marcha! Chorrean en torno a una proa y la oscuridad se mueve, y tierra y agua se transportan. Y los muertos, los que se fueron bajo cubierta, van con nosotros, con nosotros, en marcha: un viaje por mar, una travesía que no es caza, sino tranquilidad. Y el mundo rasga todo el tiempo su carpa de nuevo. Un día de verano el viento toma la jarcia de la lancha y arroja la Tierra hacia delante. Rema el nenúfar con su pata de rana oculta en el vientre oscuro de la laguna que huye. Rueda lejos un bólido en las salas del espacio. En el anochecer de verano se ven las islas elevarse en el horizonte. Viejos pueblos van en camino, se internan en los bosques más y más, en la rueda de las estaciones, con el rechinar de la urraca. Cuando el invierno arroja de sí sus botas, y el sol tañe más alto, los árboles se cubren de hojas y se llenan de viento y navegan en libertad. Junto al pie del monte está el declive del bosque de pinos, pero viene la ola larga y tibia del verano, pasa lentamente entre los topes de los árboles, descansa un instante y se hunde otra vez: queda una costa deshojada. Y por fin: el espíritu de Dios es como el Nilo: se desborda y se hunde a un ritmo que ha sido calculado en textos surgidos en distintas épocas. Pero también él es inmutable y por eso rara vez se lo ve por aquí. Él cruza la procesión desde el costado. Como el navío pasa entre la bruma sin que la bruma nada perciba. Silencio. La débil luz de la linterna es la señal.
Traducción: Roberto Mascaró