Salva Bolta

OFICIO DE TINIEBLAS

Man and city by Wu Junlin



Reflexiones después de sentir Oficio de tinieblas:
Pareja de ancianos en el túnel hacia la Muerte.
Las voces se van acallando, las palabras se van distanciando entre sí y una sensación cada vez más claustrofóbica se va apoderando del espectador.
Se oyen voces de niños allá, en lo alto. Niños que juegan y que hacen disparar las alertas de quienes están abajo, en las tinieblas. Risas que potencian la imperiosa necesidad de estar fuera del encierro, de poder respirar.
Tránsito placentero hacia el final, hacia la Muerte.
Espacios geográficos que se suceden en la imaginación: una cama, dos ancianos acostados y cogidos de las manos, un vagón de metro descarrilado, el salón de una casa, un hospital, en la estrechez de una tumba, cualquier sitio que signifique soledad.
Y los recuerdos malignos y perversos que no dejan de pinchar en la conciencia durante los últimos minutos de vida y que llevan a que uno mismo piense en los propios, en los que quizás nos atormentasen viviendo una situación similar. La desesperación del personaje traducida en gritos repentinos.
La imaginación del espectador aguijoneada en medio de la oscuridad de la Sala de la Princesa del Centro Dramático Nacional. Formas sin contornos definidos proyectadas ante nuestros ojos, el texto de José Ricardo Morales destilando poética y del que es recomendable aferrarse a palabras sueltas y dejarse transportar, sentir, aproximarse al estadío final. Las voces de Manuel de Blas y Amparo Pamplona parecen salidas de la garganta del narrador de Europa, la mítica película de Lars von Trier.
Oficio de tinieblas es una puesta en escena arriesgada a cargo de Salva Bolta, es un modo diferente de ver y hacer teatro, un teatro que invita a pensar y a sumergirse (nunca mejor dicho) en las sombras propias, en los miedos, en un túnel oscuro y vivir cincuenta minutos al filo, en la frontera, buceando en un mar de miasma.
Se agradece enormemente que el CDN apueste por estas obras y que directores como Bolta sean capaces de mirar más allá de la punta de su nariz.

Oficio de tinieblas
Autor: José Ricardo Morales
Director: Salva Bolta
Reparto: Manuel de Blas y Amparo Pamplona
Lugar: Sala de la Princesa – Teatro María Guerrero
Días: hasta el 25 de mayo

SALVA BOLTA: “Lo peor ha sido pasar tan cerca del foso de los cocodrilos”

Por Daniel Dimeco

Para Culturamas



Salva Bolta, Director Artístico
de Escena Contemporánea 2013



 

Acaba de inaugurarse la XIII edición del Festival Escena Contemporánea en la Sala Roja de los Teatros del Canal. Del 30 de enero al 24 de febrero, una veintena de espectáculos vanguardistas de teatro, danza, performance, música, entre otros, se exhiben en varias salas madrileñas pagando, solamente, 6 euros la entrada.

El café La Bicicleta de Malasaña, a escasos metros de la eterna estudiante de bronce de la plaza de San Ildefonso, por la música suave que permite charlar, por la temática ciclista y por su diseño y decoración, me transporta a los rincones cálidos y luminosos de las frías y oscuras ciudades escandinavas. Es el sitio que me propone Salva Bolta, director de escena, actor valenciano y responsable de la dirección artística de esta edición de Escena Contemporánea. Bolta es un gran conversador, un observador sagaz de la realidad contemporánea y un apasionado por las artes escénicas, y por lo que, a través de ellas, se le puede contar a los espectadores. Después de muchos años en el Centro Dramático Nacional, Bolta aceptó el desafío de comandar el festival que ahora podremos disfrutar durante algo más de tres semanas.
¿Qué objetivos se marcó cuando cogió las riendas del Festival Escena Contemporánea?
El primer objetivo que me propuse fue dejar el festival en el lugar donde me lo había encontrado; o sea, no desmejorarlo. Este festival existe gracias al trabajo que realizaron los directores que me precedieron. Escena Contemporánea es una realidad importante y eso resulta un reto. En segundo lugar, me propuse que el festival fuera para el público, no para los artistas. Y un tercer objetivo fue que estuvieran representadas las palabras de creadores que aportan ideas nuevas, trabajos que llevasen implícito el propio hecho de crear, la voluntad de comunicarse con el espectador, para que el hecho dramático termine en un encuentro con el espectador.
Entiendo que se refiere al espectador que va al teatro como parte activa y no al espectador-consumidor.
Sí, sí, claro. Algunos creadores no están interesados en establecer esa línea de comunicación, porque consideran que el espectador es otra cosa, pero me consta que a muchos espectadores necesitan sentir que lo que se hace está hecho para ellos y que el discurso va hacia afuera, que mira hacia el mundo en que vivimos. Por eso, ahora reconozco, mientras he estado haciendo este trabajo, que en Escena Contemporánea hemos conseguido una programación con mucho compromiso político y social.
Pelín The Victim
¿Cuántos espectáculos se pueden ver en esta edición de Escena Contemporánea?
Hemos seleccionado veinticuatro espectáculos entre muchísimos de forma y fondo interesantísimos.
¿Cuál es la reacción de las compañías extranjeras cuando se las incluye en la programación del festival?
Afortunadamente, Escena Contemporánea se conoce fuera de España y la respuesta siempre suele ser “estaríamos encantados de participar en el festival”. Este año hicimos dos convocatorias: una de proyectos y otra de proyectos específicos para espacios no convencionales y tuvimos de 150 a 170 propuestas en cada una de los dos convocatorias que nos enviaron desde Europa, norte de África e Hispanoamérica. Y eso solamente colgando la convocatoria en la web. Con esto quiero decir que ahí ya hay un trabajo hecho y Escena Contemporánea tiene un prestigio adquirido.
¿La pérdida de las subvenciones ayudará a generar un tipo de teatro diferente en España?
Esto es como una epidemia y cuando pase veremos cuántos muerto ha habido, cuánta gente ha desaparecido y cuántos quedan. Como en casi todo, las estructuras que menos aguantan son las más débiles. Va a desaparecer mucho, pero lo que quede será fuerte. Y con fuerza, rabia y esperanza se hará el teatro del futuro. Pero ahora mismo la situación está muy chunga y no sólo la de creación, sino también la de exhibición. Yo puedo liarme la manta al cuello creando una cooperativa con actores y otros profesionales para montar un espectáculo, pero a ese trabajo después lo tengo que exhibir, necesito una sala donde pueda estar el mayor tiempo posible para que le llegue a un número considerable de personas y, además, hay que vivir de esto. Y no podemos dejar pasar que el aumento del IVA ha agravado brutalmente la situación y, desde lo oficial, nadie ayuda a hacer entender que la cultura no es un lujo.


El entretenimiento



No es un lujo y es un trabajo.
Exactamente, es un trabajo. Estamos machacados. Decir que la cultura ha vivido de la barra libre durante mucho tiempo y que ahora se ha acabado, eso es discurso de ministro de Cultura. A niveles de Secretario de Estado, Subsecretario y Directores Generales tienen ese discurso. Si ellos hablan así, es imposible hacer entender lo contrario.
¿Cuando se articula ese mensaje es por desconocimiento o porque se persigue alguna otra finalidad?
Creo que es por fascismo, eso para empezar. Luego, por falta de cultura, pero, sobre todo, por falta de respeto y también por desconocimiento, porque la cultura es un bien necesario.
¿Qué diferencia fundamental destacaría entre la generación de creadores que surge con la democracia y la actual?
Qué casual que las compañías de gente que nació en los ochenta, que es una generación que está a punto de llegar, se aglutina en compañías, los creadores están recogidos, no son nombres propios, al contrario que la etapa generacional anterior donde hablan sobre la creación, sobre el hecho artístico invitando a los demás a participar casi como voyeurs de su proceso de creación. Entre los creadores más recientes eso no se da así, no hay nombres propios, trabajan juntos en un colectivo y están más interesados en observar al exterior que hacia adentro. Me parece un momento importante, porque cuando se va a un teatro se necesita algo más que el mero hecho de entretenerse, porque para eso se entretiene en cualquier otro sitio que no sea un teatro. Entretenerse suele conllevar la connotación de evadirse de la realidad y yo no soy de la opinión de que la gente va al teatro para evadirse de la realidad, la gente va al teatro para encontrarse con la realidad, con la palabra, con la poesía y con cosas que no ven nada más que ahí. En este momento, cuando la realidad exterior tiene tan pocas explicaciones, quiero creer que el público está hambriento de escuchar lo que históricamente se ha recogido en un teatro.
¿Intuye algún futuro concreto?
Es muy difícil predecirlo y creo que hablo en nombre de todos nosotros, de todos los que nos dedicamos a esto. Aún no se sabe cuantas paredes van a quedar de pie, porque todavía quedan algunas por caer y hasta que no se caigan todas y quitemos los escombros no sabemos lo que puede haber. Lo que sí sé es una cosa, tengo una madreselva en el balcón de mi casa que se pasa el invierno hecha un churro pero cuando llega el verano le salen las hojas. No sé cómo será todo dentro de unos años, pero esto, evidentemente, está cambiando. Se está cerrando un ciclo que empezó con la democracia y la situación en la calle ahora está en la misma situación que en los ochenta.
¿Cuál es el balance que hace de esta etapa como gestor?
El balance lo haré a finales de febrero, cuando termine el festival. Ahora puedo decir que todo esto habrá tenido sentido si a la gente le interesa lo que a mí me ha parecido interesante y se acerca a ver los espectáculos. Lo peor ha sido pasar tan cerca del foso de los cocodrilos, andar por esta realidad de gestión y de financiación tan viscosa y comprobar que hay cosas importantes que hay que hacer de otra manera, descubrir que yo tengo un trabajo y que las administraciones públicas, contra lo que ellos creen, es facilitar el trabajo y no poner trabas.
Islandia
 

En cuanto acabe Escena Contemporánea… ¿regresa el Salva Bolta director de escena?

Estoy deseando volverme a meter en una sala de ensayos, en un taller o lo que sea, ansío volver a trabajar con la materia prima. Yo no tengo vocación de gestor y estoy encantado de haber hecho este festival y de hacer lo que, en definitiva, siempre he hecho que es facilitar que se abra una sala, entre gente y tenga una experiencia escénica. Personalmente, durante el último tiempo, mi reto ha sido dirigir y quiero continuar por ahí, pero cuando todo esto termine voy a respirar un poco y escucharme a mí mismo. Incluso, no me extrañaría que me pusiera a hacer algo con cierta militancia…
Como corolario, si le digo la palabra “escenario”, ¿qué me responde?
Que es el sitio donde me siento más seguro. Si cuando llega el momento de salir al escenario, justo en ese momento la fuerza a uno le tira hacia atrás, más vale que no siga en esto, pero si todo ese pánico que se siente hace que, así y todo, desee entrar a escena, entonces se ha nacido para este trabajo y hay que quedarse.
El número trece que caracteriza a este Festival de Escena Contemporánea, XIII edición en el año 2013, es el mejor amuleto que puede acompañar a las compañías y a los creadores que trabajan arduamente por lograr que sus proyectos puedan ser compartidos y vividos por el mayor número posible de espectadores, a pesar de y gracias a las contrariedades económicas y burocráticas que puedan surgir.
Antes de despedirnos, Salva Bolta hace hincapié en algo que a él le importa mucho: “el protagonista de esta entrevista no soy yo –me dice–: es el Festival Escena Contemporánea”. Queda dicho.

MÜNCHHAUSEN


Autora: Lucía Vilanova
Dirección: Salva Bolta
Reparto: David Castillo, Carmen Conesa, Adolfo Fernández, Teresa Lozano, Macarena Sanz, Samuel Viyuela e Ileana Wilson
Teatro: Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán (CDN)
Del 11 de noviembre al 23 de diciembre de 2011

Abrir una puerta en una casa ajena cuando los dueños están dentro, colarse hasta el armario y desde allí ver sus miserias, sueños, mentiras, frustraciones, ver lo que se ha muerto, lo que no se han dicho y lo que se dicen a diario de manera descarnada y atroz, adentrarse de esa manera tan poco elegante, a la vez que fascinante, siempre depara sorpresas y nos pone el espejo delante de los ojos, para que veamos, nos guste o no, las coincidencias con nuestras propias vidas.

Münchhausen, escrita por la talentosa Lucía Vilanova y dirigida por el creador Salva Bolta, se estrenó el pasado 11 de noviembre en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, en el barrio de Lavapiés.

La familia que describe Vilanova en Münchhausen es una familia que se desmigaja, encerrada, como el propio Bolta asevera, en una caja de monstruos, porque se llega a palpar el clima agobiante, asfixiante, uno llega a dar gracias por no tener que vivir ese clima todos los días, a la vez que es imposible que una o varias de las tramas que se desarrollan en la obra no toquen las fibras personales. Un poco, incluso mucho, de lo que allí sucede nos afecta íntimamente.

Un trabajo impecable de Teresa Lozano en el papel de La abuela y las interpretaciones destacables de Macarena Sanz y de Ileana Wilson. Carmen Conesa y David Castillo crecen con el transcurso de la obra. La escenografía está a la altura de la obra. Bolta, como los personajes que pone en escena, nos invita a un incesante juego que acaba atranpa al espectador e impidiéndole, de manera gozosa, salir de la casa donde habitan los desvaríos.

LOS DÍAS FELICES

Con: Isabel Ordaz y Julio Vélez

Dirección: Salva Bolta

Sala Verde de los Teatros del Canal, Madrid

Del 13 al 23 de enero de 2011

Los días pueden ser felices o hay que ponerle mucho humor a una vida que te va cubriendo hasta el cuello. Puede suceder en Inglaterra y también en España o en cualquier otro sitio.

Isabel Ordaz, con un excelente trabajo de gestos y manteniendo el talante en un monólogo de más de hora y media, encarna magníficamente a Winnie en Los días felices, de Samuel Beckett. Personalmente es una obra a la que le tengo un inmenso cariño, una obra maestra del mejor absurdo que nos obliga a mirarnos en un espejo y observar cuánto tenemos de Winnie o de Willie en el semblante.

El sonido es molesto pero necesario en ese lento derrapar hacia el abismo, las luces rojas abrasan a esa pareja que ya hace mucho tiempo que no dialogan, Winnie habla para rellenar las horas, el día se ha convertido en un largo paréntesis entre la primera señal del reloj por la mañana y la señal para irse a dormir por la noche. Entre medias, las horas transcurren con mucha lentitud y el personaje siente la necesidad visceral de no darle cabida a la realidad más cercana y contundente, enmarañada en la soledad, en el abatimiento. Winnie apela a la risa cuando las circunstancias no son del todo placenteras. Cuando se da cuenta de que muy pocas cosas le sonríen de verdad, ella ríe.

Y siempre le quedará la bolsa, una bolsa cargada de cosas que si alguien le preguntase qué es lo que lleva dentro, ella no sabría contestarle. Todos tenemos una bolsa y no sabemos exactamente qué llevamos dentro, pero sí estamos seguros de que va desde un genuino cepillo de dientes con cerdas de puerco hasta un revólver… Nunca se sabe qué nos puede hacer falta en el desierto.

La puesta en escena, a cargo de Salva Bolta, es muy buena porque permite que el texto y las sensaciones que provoca en el espectador fluyan con independencia de shows innecesarios. Bolta ha conseguido reflejar la existencia humana en un viaje minucioso a las interioridades, marcando los ritmos, los gestos y las acciones. En conclusión, director y actriz han hecho puro teatro.