Rumania

MORTAL COMANECI

Eikoh Hosoe

by Eikoh Hosoe

En 1978, dos años después de los siete dieces en los Juegos Olímpicos de Montreal y de haber parido, por error, el mortal Comaneci, la niña rural de Oneşti comenzó a derrumbarse y se perdió entre los escombros de una ciudad que acababa de temblar por un terremoto que le trastocó la fisonomía para siempre, como una metáfora de la propia gimnasta.

Me AVERGÜENZO, me avergüenzo horriblemente de haberme convertido en un monstruo. Nadia Comaneci se autocastigaba con la fiereza rígida y brutal de una perfeccionista extrema después de permanecer ocho meses en Bucarest al “cuidado” de un entrenador impuesto por el Estado. Para entonces, Nadia ya era Comaneci, la joya olímpica del Régimen de los Ceaucescu, y el no haber seguido la disciplina de entrenamientos al pie de la letra le había pasado factura.

La adolescente se sentía acosada por “la Enfermedad”, como ella la denominaba, esa extendida “afección mensual” que consiste en abandonar la piel de una niña. Los tiempos habían cambiado y los ojos de los hombres portaban en sus brillos una intención ajena al deporte. Las formas curvas de su cuerpo atlético ya no era posible contenerlas con facilidad dentro de las fronteras del maillot. Y frenar los caprichos de baby Ceaucescu, el hijo alcohólico del matrimonio supremo de Rumania, era una tarea que no se planteaba siendo él quién era y estando bajo vigilancia permanente de la Securitate.

Nadia Comaneci, el símbolo de una Rumania socialista que la pareja gobernante exhibía en las competiciones internacionales, era un arma de propaganda que corría el riesgo de implosionar. Una noche fría de finales de noviembre de 1989 se adentró en un bosque nevado buscando la puerta de salida que la llevara a Austria a través de la frontera húngara. Un largo paseo hasta la libertad.

La pequeña comunista que no sonreía nunca
Lola Lafon
Anagrama 2015
Traducción de Francesc Rovira

EL HOMBRE ES UN GRAN FAISÁN EN EL MUNDO

by Roger Ballen

La tapa de un ataúd apoyada contra la pared, junto a la estufa de azulejos, aguarda la muerte de la vieja Kroner. La lechuza pasa volando ante la ventana y bajo la luz oblicua la lechuza se duplica. El carpintero se adentra en la entrepierna de su mujer. Encima del cabecero de la cama cuelga una foto de la madre, sonriente, que ahora espera a que la lechuza se pose sobre el techo de la casa.

Las palabras de Herta Müller (Premio Nobel 2009) en El hombre es un gran faisán en el mundo (Punto de Lectura, 2009) se entretejen hasta crear unas imágenes tan poderosas que es imposible sustraerse al universo que describe. De fondo, la dictadura del matrimonio Ceaucescu lo enturbia todo: Rudi gana mucho dinero en la fábrica. Y mantiene buenas relaciones con el tío de la policía secreta… Rudi le regaló un alfiler de corbata y unos gemelos de vidrio.

Katharina regresó de Rusia después de la guerra. Allí abría las piernas por un trozo de pan porque el hambre duele. Windisch volvió al pueblo cuando se acabó su tiempo como prisionero de guerra. Katharina y Windisch ataron sus vidas con la intención de escapar de tanta muerte. Windisch y Katharina parieron a Amelie.

Mientras que Rumania está gobernada por Ceaucescu, los suabos, los rumanos de étnia germánica (como la propia Müller) esperan la ansiada autorización que les dé vía libre para mudarse a Alemania. Para obtener el pasaporte hay que recurrir a los regalos y someterse a una burocracia provinciana vestida de erotismo casposo. El cura busca las partidas de nacimiento con las mujeres jóvenes de las familias en una cama de hierro que tiene en la sacristía. El policía pierde y traspapela hasta siete veces las solicitudes y los timbres fiscales y también los busca sobre un colchón con las mujeres que quieren emigrar.

Un pueblo entero que intenta conseguir la libertad a costa de su propia dignidad. La idea de un sueño caro más allá de las fronteras y que es imprescindible pagar para no morir ahogado y a la espera de que la lechuza se pose sobre el tejado.

El título de la novela hace referencia a una creencia rumana que asocia al faisán con un perdedor. Una bellísima alegoría del fracaso que sucede a la necesidad desesperada.

Otra novela de Herta Müller en Café Copenhague: En tierras bajas.

EN TIERRAS BAJAS

by Bruce Davidson

En tierras bajas (Punto de Lectura, 2009) es una obra poética hecha prosa ambientada en tiempos de represión. Una permanente fuga violenta de una realidad que oprime, tanto por sus circunstancias sociales como por las acciones políticas que le suceden. Todo acto genera su respuesta brutal o, si acaso, sutilmente brutal.

Las leyendas populares se engarzan en el universo rural de los suabos, los alemanes ‘encallados’ en Rumania hasta la espentada post-Ceaucescu. Un ejemplo: si alguien es desgraciado al punto de que un bicho se le meta en la oreja, aunque sea por error, no dude en echar alcohol y así evitará volverse tonto. Y si las mosquitas negras que habitan las flores de las acacias entran en bocas abiertas, ese mero descuido acarrea una consecuencia: la mudez.

La muerte es una presencia más, como la vida misma, quizás la otra cara de la vida. La inocencia de la niña que narra la historia en En tierras bajas es lo que destila poesía en este pasaje: …cuando se oía música en el pueblo los días laborables por la tarde, yo sabía que había vuelto a morir alguien. No entendía por qué la muerte se quedaba siempre tras las paredes de las casas y no se dejaba ver nunca, o sólo cuando ya había consumado su tarea.

Y entre los vivos abunda el alcohol, el estado de ebriedad ayuda a olvidar y mientras que las mujeres tienen que casarse para dejar de beberlos hombres beben porque son hombres.

Por último, el Estado dictatorial, la presencia todopoderosa del aparato represor del matrimonio Ceaucescu que obligó a Herta Müller (Premio Nobel de Literatura 2009) a exiliarse en Alemania. ¿Qué puede uno hacer cuando, sea cual sea el tema de conversación, se habla siempre de perder? ¿Qué puede aún ser útil cuando el miedo en las copas de vino ayuda a combatir el miedo y la botella se va vaciando más y más?

LA GENTE DE MI EDAD ES QUERIDA POR SUS HIJOS

Luminita Gheorghiu
Todo se compra y todo se vende. Todo se arregla con dinero o con favores. Todo se negocia, incluso la muerte, aunque aquí, justo en este punto se marca el límite: nadie es capaz de resucitar al muerto. ¿Qué no hace una madre por salvar a sus hijos? Mueve cielo y tierra, agujerea montañas, abre mares o abraza las nubes, pero aún así no consigue al hijo, no obtiene su afecto.
Madre e hijo (2013), del joven director rumano Calin Peter Netzer, obtuvo el Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Berlín. Una película con una hondura que se agradece y una sencillez increíble, un trabajo que no parece tener más pretenciones que el de contar muy bien una historia y dibujar los trazos de un sistema corrupto, heredado de la dictadura de los Ceaucescu, que se mantiene incólume pese al tiempo transcurrido.
Una madre rica, interpretada por una excelente Luminita Gheorghiu, intenta salvar de la cárcel a su hijo de 32 años después de que éste atropellara a un adolescente de una familia pobre cuando iba a 140 kilómetros por hora. La madre, quizás por su propio fracaso matrimonial, se empeña en salvar el futuro de su hijo desde un presente quebrado, lleno de miedos y cobardías.
El hijo se debate entre ser (un hombre) y permanecer como un niño al que los demás le salven de los obstáculos. Una relación de observación freudiana entre una madre y un  hijo y la existencia de un padre débil, casi ausente, y una nuera ignorada hasta el momento en que se convierte en una pieza funcional de las necesidades materno-filiales.
El entorno, entre decadente y ochentero, es una pintura de un país casi desconocido que todavía transita entre el comunismo férreo y la era del consumo, donde las clases sociales están tan marcadas que en los instantes de máximo dolor se ejerce un paternalismo y una condescendencia atroces.
Madre e hijo es una película hecha cámara en mano y acerca de una temática sobre la gente normal, una fehaciente demostración, como también lo fue el durísimo film 4 meses, 3 semanas y 2 días de Cristian Mungiu, de que las buenas historias, contadas a través de buenos actores y desde la honestidad, dejan un regusto y un aroma agradables.
Por último: imperdible el encuentro de la madre con los padres del niño muerto.