RDA

DURMIENDO CON LA STASI

Fotograma de 'Dos vidas'

Fotograma de ‘Dos vidas’

Estamos en 1990 y el tren, como en la película Europa (1991) de Lars von Trier, sigue rodando por el continente. Una vez más habitamos un año visagra mientras contemplamos cómo la fuerza del Mar del Norte esculpe la costa abrupta de Bergen, Noruega. El viento y la lluvia azotan y nuestras miradas (las de personajes y espectadores) se pierden en el infinito, gozando de una calma que sólo puede ser escandinava y que, poco a poco, se va tornando esquiva. De la placidez que produce la nieve y el silencio, lo oculto va aflorando, intentando despedazar los retazos de calidez y erotismo que aún lamen las cicatrices.

Los garfios de la Stasi y sus miles de ojos claros llevan décadas ovillados en oscuros y recónditos rincones más allá de las fronteras de una tambaleante República Democrática Alemana, la aterradora RDA. Vidas, familias enteras sujetas a los humores de hombres y mujeres grises, cotillas sin escrúpulos, profesionales de la observación/delación y analfabetos afectivo, robots colectivizados que llevan cuarenta años dándolo todo por el Estado-cárcel socialista.

Dos vidas (2012), la película de los directores alemanes Georg Maas y Judith Kaufmann, recientemente estrenada en España, es un ejercicio de cómo se puede vivir en la impostura, como reza el tango, de noche y de día, habitando los espacios ajenos, los escenarios y parentescos hurtados. Un guión inspirado en algunas de las consecuencias del programa Lebensborn, la “fuente de vida”, la macabra invención de Heinrich Himmler para la procreación de arios. Un film centrado en las mujeres, las nacidas de madres noruegas y soldados alemanes durante la ocupación, las víctimas de esas uniones consentidas, las verdugos de la Stasi (invención vigilante de posguerra) y aquellas afectadas por las acciones del pasado. Papeles interpretados por Juliane Köhler, por una magnífica Liv Ullmann, madre que vive más de una vez la ausencia dolorosa de la misma hija, o por Julia Bache-Wiig.

Dos vidas no llega a tener la enjundia de La vida de los otros (2006), la soberbia película de Florian Henckel von Donnersmarck, y, a pesar de echar de menos un tratamiento psicológico mucho más hondo de los personajes (gustos personales), tiene poesía y es una muestra interesante de otro capítulo que une al nazismo con el comunismo sucesor en el sector oriental de Alemania.

Tráiler de Dos vidas.

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LA STASI Y SUS VÍCTIMAS SUBEN A ESCENA

Artículo publicado en El País (30 abril 2013) por Sergio Delgado Salmador y Juan Gómez


Jürgen Gottschalk en Mi acta y yo (Meine Akte und ich)

Este artículo llegó a mi conocimiento gracias a la gentileza de Mercedes Camps a sabiendas de mi interés por esta etapa histórica de Alemania y que reflejo en mi novela El mapa de las viudas (Premio Ciudad de Badajoz 2012 y finalista Premio Clarín-Alfaguara 2012) editada por Algaida.

Una vez más Alemania se cita con una de esas oscuras etapas de su historia a la que no tiene miedo a enfrentarse. Y no, no se trata de los nazis, esta vez le toca el turno a la República Democrática de Alemania (RDA). En Mi acta y yo (Meine Akte und ich), ocho víctimas y un funcionario del Ministerio para la Seguridad del Estado (Ministerium für die Staatssicherheit) toman el escenario de la Staatsschauspiel de Dresde para recordar sus experiencias con la Stasi.

La función se enmarca dentro del proyecto Vidas paralelas: El siglo XX a través de la policía secreta impulsado por el Festival Internacional de Teatro Divadelná Nitra de Eslovaquia, en el que participan ocho países del antiguo bloque soviético. “Vendrán de Hungría, Polonia, Rumanía y Chequia, entre otros. Yo me encargo de la parte alemana y soy el único que ha sugerido trabajar con testigos de la época”, explica desde el otro lado de la línea telefónica en alemán Clemens Bechtel (Heidelberg, Baden Würtemmberg, 1964), director de la obra, estrenada el domingo en Dresde.

La iniciativa pretende rescatar el papel del servicio secreto antes de 1989 dentro del ambicioso marco del festival que busca poner el foco sobre fenómenos sociales y la recuperación de la memoria histórica. “Uno de los puntos clave del proyecto es que se abra un diálogo entre víctimas y funcionarios o autores de crímenes. Deseamos que 20 años después empiecen a sentarse juntos y promover el dialogo”.

Los textos de la obra de 90 minutos de duración se escribieron a partir de una serie de entrevistas con los protagonistas: cinco víctimas de la policía secreta y tres que narran su historia desde la perspectiva de la Stasi. Entre ellos, se encuentra Gottfried Dutschke (Hainsberg, Turingia, 1945). Licenciado en Ciencias del Deporte y Biología, el alemán fue arrestado por ayudar a un grupo de amigos a huir de la RDA para reencontrase con familiares al otro lado. “A mis hijos, mi mujer y conocidos ya lo han escuchado, pero se lo quería contar a los jóvenes. Hay gente que quiere acabar con estas vivencias pero debe haber memoria histórica. Esta gente aún existe y podría ser peligrosa”, apunta sin tapujos. Tras arrestar a uno de sus compañeros de universidad en Praga, la Stasi encerró a Dutschke dos años y medio en la cárcel de Gera, una localidad a 133 kilómetros al oeste de Dresde. “Fue terrible. Mi mujer le dijo a mi hijo de 10 años que estaba en el hospital. No les hicieron nada pero estuvieron bajo vigilancia”. Junto a él, opositores, ciudadanos de otros países del bloque e, incluso, algún ex-funcionario formaban parte de una prisión en la que Dutschke fue también castigado en una celda de aislamiento. “Me metieron ahí durante tres días por negarme a salir a andar y contestar a un guardia. Fue horrible: sin luz, contacto humano y sin saber hasta cuando”.
El histórico encuentro no ha resultado, sin embargo, sencillo de organizar. “Dar con víctimas que estuvieron en la cárcel o tuvieron malas experiencias es relativamente fácil pero, lógicamente, es más si uno ha tenido algo que ver con la Stasi. Está estigmatizado, es una marca diferenciadora. Normalmente esa gente esconde su biografía”, considera Bechtel. Entre las escasas personas presentes relacionadas con los funcionarios Evelin Ledig-Adam (Vogtland, Sajonia, 1955), evoca la experiencia de su primer marido. Bajista y violinista de profesión, él confesó a su mujer haberse unido a la Stasi en 1984, dos semanas después de haber firmado el contrato. “Se unió para poder viajar y su trabajo consistía en informar sobre otros músicos. Por aquel entonces pensé que era una traición a los ideales. Tenía miedo de hablar de compañeros y de si querían ir a la República Federal. Lo que nunca sabré es si escribió informes también de mí”, sospecha la antiguamente relaciones públicas de un teatro.
Mi acta y yo se suma así a la ya extensa memoria histórica de un país que, a pesar de saldar sus cuentas con la etapa comunista, ha ido aún más lejos en lo relativo a la época nazi. “Sobre ese periodo hay un verdadero diálogo. De niños nos llevaron con el colegio al campo de concentración de Buchenwald y a mí me impactó profundamente. Es algo que no se olvida”, comenta Ledig-Adam. “Después de la Segunda Guerra Mundial hubo más juicios y castigos. Ahora, la gente ha viajado mucho, ha visto mundo, están bien educados y a lo mejor ha llegado la fase de pensar”, argumenta Dutschke. “Espero que la juventud conozca esto y no piensen solo en coches y cosas banales. Sería triste y peligroso”.


Peter Wachs


El régimen de la RDA como protagonista en la cultura alemana

Entre los escritores quizá fue Ronald M. Schernikau el que mantuvo una relación más estrafalaria con la República Democrática Alemana (RDA): nacido en el Este en 1960, de niño pasó con su madre a la República Federal escondido en un maletero. En Hannover se afiliaría al Partido Comunista y, todavía un escolar, escribiría una novela corta sobre un joven homosexual de provincias. Lo convirtió en una de las jóvenes promesas literarias en alemán. Cuando todo el mundo daba por muerta (con razón) a la RDA, el escritor solicitó la nacionalidad de su país natal. Se instaló en Berlín Oriental en 1989, apenas unas semanas antes de la caída del Muro. Su libro de aquellos días Die tage in l. (Los días en L.) lleva el subtitulo “De cómo la RDA y la RFA no se entenderán nunca y menos a través de su literatura”. Nunca se publicó en el Este.

Schernikau murió de algo relacionado con el SIDA en 1991, en la Alemania ya unificada. Había terminado su tremendo mamotreto satírico y trágico legende (Leyenda. Contiene episodios como “Una canción para Rostock”, donde imagina una imposible victoria de la RDA en Eurovisión y la consiguiente organización del Festival en la ciudad norteña de Rostock. No se publicó hasta 1999.
En el teatro, que disfruta de gran popularidad en Alemania, ha llamado mucho la atención la pieza de 2003 Zeit zu lieben, Zeit zu sterben (Tiempo de amar, tiempo de morir), escrita por Fritz Kater. Pone en las tablas escenas de la vida de varios jóvenes de la RDA, entre nostálgicas y deprimentes.
La autopsia de sus regímenes históricos fracasados es uno de los temas principales en la cultura popular alemana. Hace décadas que interpretar a un nazi en una gran producción sirve de trampolín internacional para actores de lengua alemana. Como segunda opción queda la RDA, cuyo abanico de personajes abarca desde el espía noble de La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) hasta la enternecedora comunista enferma de Good Bye, Lenin (2003), de Wolfgang Becker. El thriller sobre la policía política de la RDA y la comedia sobre la caída del Muro fueron enormes éxitos internacionales. Menos conocida fuera, pero también un éxito en Alemania, fue la comedia de Leander Haussmann Sonnenallee (1999). Desde que desapareció en 1990, la RDA ha inspirado una larguísima lista de películas de cine y televisión.

LOS RUSOS LLEGAN A STRALSUND

Fragmento de El mapa de las viudas (Algaida Editores)
Alguien comenta que los rusos se están instalando en Prora, que no tardarán nada en cruzar el puente de Rügen, y que una columna de tanques y camiones se acerca por el sur a través de la carretera de Greifswald.
Estamos acorralados, de espaldas al mar.
Otra explosión, esta vez más cercana. El sótano vuelve a iluminarse y el cristal del ventanuco se mueve.

LA STASI

Cuartel General de la Stasi
Berlín Este
En la calle no anda nadie, ha desaparecido todo el mundo, aunque en Stralsund las miradas suelen estar detrás de las cortinas y los oídos en los micrófonos de la Stasi. (Capítulo veinticinco de El mapa de las viudas)
Se sabía que la policía política socialista infiltró las más altas instituciones de Alemania occidental, que un jefe de gabinete del canciller Brandt trabajaba para el enemigo y que hasta el disparo que desató la contracultura juvenil occidental partió de un policía a sueldo oriental, pero ahora acaba de saberse que miles ex agentes de la siniestra policía oriental siguen trabajando en la administración de la nueva Alemania.
Según un informe de la Universidad Libre (FU) de Berlín que adelanta el Financial Times Deutschland, 17.000 funcionarios de la presente administración democrática, en los cinco estados orientales, han tenido vínculos con la policía, en su mayor parte como topos, soplones y delatores sobre la vida de sus parientes, vecinos y amigos bajo el régimen socialista. Miles de ciudadanos cumplieron años de cárcel por faltas nimias o incluso inventadas.
 

La premiada película La vida de los otros ha hecho accesible y comprensible, recientemente, cómo funcionaba el sistema de delación y represión, en un estado que se ocupó viciosamente de reunir informes sobre casi toda su propia población. A cambio de favores, a veces mínimos, la mitad de los 200.000 miembros de la Stasi cooperaron activamente como informadores en la deslealtad hacia las relaciones personales.

Un agente por cada 50 habitantes
La República Democrática Alemana (RDA) ostenta el triste record de haber contado a un agente por cada 50 de sus habitantes. La Stasi, o Seguridad del Estado, era la policía política, en su mayor parte secreta, encartada de la labor represiva. Todo el funcionariado de la RDA hubo de ser escrutado, según la legislación aprobada para la reunificación de las dos Alemanias. Pero se ha comprobado que muchos de los funcionarios despedidos por colaboradores siguieron manteniendo tranquilamente sus puestos.
El informe de un equipo de la FU que se especializa en el sistema de la RDA ofrece revelaciones ahora “de una dimensión que nadie podría haberse esperado” a estas alturas, dice el jefe de éste Klaus Schröder. Así se sabe que en Sajonia, la región histórica más potente de la antigua RDA, la mitad de los funcionarios con demostrados servicios para la Stasi lograron manter luego el puesto en la nueva administración. En muchas localidades las leyes de limpieza en la administración se aplicaron a conveniencia y “con gran superficialidad”, según Schröder.
Recientemente se ha sabido que la pareja de policías encargada de la seguridad en la casa de fin de semana de la canciller Merkel habían trabajado para la Stasi y la policía federal (BKA) ha admitido que contrató en 1990 a 48 agentes de dicho cuerpo, de los que 23 seguían 20 años después al servicio.

 

DOS PUNTOS DE VISTA

 

Uwe Johnson
Cammin 1934 – Sheerness on Sea 1984
Errata Naturae 2011
ISBN: 978-84-15217-12-1

En la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, sin previo aviso, los soldados del Ejército Nacional Popular de la antigua República Democrática Alemana, sellaron los accesos a Berlín Oeste. Calles bloqueadas hasta 1989, estaciones fantasmas y el levantamiento de una muralla que acordonó todo el perímetro de Berlín Occidental.

Conocer a alguien y pensar que ese encuentro es fugaz e intrascendente suele deparar sorpresas, máxime si la historia, como pasa en esta novela de Uwe Johnson, se sitúa en aquel Berlín de 1961. De la noche a la mañana (noche del sábado 12 al domingo 13) la vida de los berlineses cambiaría durante las siguientes tres décadas.

Un fotógrafo de Alemania Occidental y una enfermera de Alemania Oriental se conocen y el destino, en este caso la política, los separa. Lo que pudo haber sido un encuentro entre un hombre y una mujer en una ciudad europea, se convierte en un ir y venir entre códigos cifrados, temores a las delaciones, pánico a caer bajo el fuego de los guardias de frontera de la RDA apostados en lo alto de las atalayas.

Uwe Johnson, que formó parte del mítico Grupo 47 (Paul Celan, Heinrich Böll, Günter Grass…) en Berlín Occidental describe sin ampulosidad el agobio por alcanzar la libertad perdida y, sobre todo, crea un contexto magnífico donde los personajes luchan o se entregan a la alienación de un sistema descolorido y a los brazos del miedo.

Dos puntos de vista es una postal de ambas Alemanias, de ambos Berlines, bajo el cielo plomizo echado por la amenaza de la guerra y el dolor.