Novelas

LA PEQUEÑA JONNA

by Joakim Eskildsen

Katrine, una de las amigas de Jonna Olsen, vivía en un hogar umbrío. Katrine guardaba una montaña de compresas usadas debajo de los muelles del colchón de la cama. Son mis hijos, decía, y se dejaba caer al suelo entre sollozos.

Kirsten Thorup, Gran Premio del Consejo Nórdico de Literatura 2000, encadena un relato llano, salpicado de esos instantes oscuros que nos coloca en la permanente espera del hecho que nos puede hacer sobresaltar. El tiempo transcurre aunque pareciera que se ha detenido desde hace mucho y que todo continúa igual. Una sucesión de acontecimientos cotidianos aderezados por los sinsabores de quienes no tienen nada material y viven en un fino equilibrio entre la caída y el descenso.

La cocina de la casa de la infancia y el hogar estrecho del ahora. Los hermanos que una vez, hace ya muchos años, decidieron irse tan lejos como se lo permitió el planisferio. El padre al que ven poco y la madre que le espera asándole el pollo con patatas nuevas. El alcoholismo y la soledad de la que pareciera que es imposible zafar. Las estaciones van una tras otra sin parar, pero manda el invierno escandinavo y su mano firme sobre aquella Jutlandia paupérrima de posguerra. Personajes que el destino ha entrelazado para que compartan un mismo sitio perdido en el mundo.

El padre de Jonna, la protagonista-narradora de La pequeña Jonna (Errata Naturae 2015), no deja de pensar en el momento de volver a marcharse en sus trenes y sus coches de línea a recorrer el país y alojarse en tristes cuartuchos de pensión. Mejor eso que quedarse allí sentado como en una cárcel.

Aspiraciones truncadas por el corsé de lo correcto y lo incorrecto, seres esclavos de esa línea social, rígida y tiránica, trazada para regular el bien y el mal a través de la vigilancia de los ojos tuertos de los demás.

@DanielDimeco

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TODO LO QUE ES SÓLIDO SE DISUELVE EN EL AIRE

‘Spring is coming’ by Faibisovich Semyon

Esta mañana la luz es diferente, mezcla de malvas y amarillos. Las vacas sangran por las orejas y los urogallos aletean y giran en una danza sin ritmo hasta que se desploman inconcientes. La nube radiactiva se ha fugado del útero que la cobijaba y se derrama en lluvia de oro ácido sobre Ucrania.

Entre las dos y las tres de la madrugada, mientras la gente duerme, el fuego extiende el fuego que extiende el fuego, arrasa el asfalto y el hormigón, se cuela por los recovecos, a través de los techos, se arroja por el hueco de las escaleras, se traga el aire. Abril de 1986. Acaba de empezar la pesadilla de Chernóbil.

Artiom es sólo un niño campesino que ha nacido a pocos kilómetros de la central nuclear y que sueña con usar la escopeta y ser un hombre como su padre. Yevgueni es un niño de Moscú, un prodigio ante el piano al que le astillan una mano. Grigori y Maria viven su amor desde el dolor de la ruptura en tiempos de Perestroika y Glasnost. El telón de fondo no es de acero, sino una cortina de humo en un régimen que empieza a implosionar, un burocrático elefante anquilosado incapaz de reaccionar ante las tragedias.

Todo lo que es sólido se disuelve en el aire (Alba Editorial 2015) es una novela del irlandés Darragh McKeon, otro verdadero descubrimiento de la escritora María Tena, responsable de la Colección Contemporánea de Alba. Una narración con cierta preciosidad lingüística sobre el inmovilismo soviético ante la creencia de que todo seguiría igual eternamente si se amordazaba a sus ciudadanos.

Un título que, con leves variaciones, utilizó Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire (Siglo XXI 2002), para interpretar el papel del pensamiento de Karl Marx y su anclaje en la modernidad. Años más tarde, e inspirado en la misma frase de El Manifiesto Comunista, Antonio Muñoz Molina publicó Todo lo que era sólido (Seix Barral 2013) acerca de lo que, durante mucho tiempo, se consideró inmutable, pero cambió.

@DanielDimeco

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

Colección Tsukanov

¿Qué se hace mientras se espera a los bárbaros en los confines del desierto? Siento que llega el orgasmo, remoto, débil, como un temblor de tierra en otra parte del mundo, dice el protagonista, un hombre cansado, viejo, intentando renacer brevemente entre los muslos gordos de una mujer para volver a caer en la semi-muerte. Cuando notamos que morimos un poco, sea donde sea, el sexo nos salva, nos conecta con la vida.

Esperando a los bárbaros (DeBolsillo 2003) es una novela desoladora, llena de violencia, sutil y directa, hacia afuera y hacia el interior. John M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura 2003) recrea una sucesión de imágenes bestiales del ser humano en el límite del Imperio, donde se halla la frontera entre la civilización y la barbarie y el límite de la propia fortaleza psíquica y física. El protagonista de la novela acaba enamorándose de una joven negra, herida por los funcionarios blancos, y de ahí nace una historia de amor entrañable y repelente a partes iguales. La sexualidad como descarga física y emocional y como necesidad de calor humano, aunque se rechace al cuerpo del otro y ese otro se sepa rechazado.

El viento caliente arrastra el polvo por el patio del puesto de frontera. Un lugar a merced de los bárbaros a los que el Imperio los ha calificado de peligrosos y les ha declarado la guerra. Ya nadie atiende a la razón, ya nadie escucha que los bárbaros son nómadas inofensivos con los que llevan mucho tiempo conviviendo. El calor convierte a la barraca en un lugar maloliente y sofocante, donde los prisioneros aguardan sentencia: ceguera o muerte.

Las sesiones de tortura son la antesala de la muerte y los intereses del Estado la ruina de todos los habitantes a ambos lados de la frontera. ¿Cómo le resulta posible comer después, después de haber estado… trabajando con seres humanos? Es algo que siempre me pregunto acerca de los verdugos y otros hombres semejantes. El coronel Joll, jefe de la expedición, calla.

Esperando a los bárbaros es, sin duda alguna, una estampa poética de aquella Sudáfrica sumergida en la virulencia del Apartheid.

UNA NOVELA RUSA

‘Over the Kremlin’ by Lebedev Rostislav

De pequeño, a Emmanuel Carrère le entonaban una antigua nana rusa cuya letra exaltaba el espíritu guerrero de los niños varones. Era una nana que cantaban las madres rusas a sabiendas de que cuando el bebé creciera partiría rumbo al campo de batalla. En resumen, el hijo tiene que ser valiente como lo es o fue el padre. Una pesada herencia de sangre.

El autor de Una novela rusa (Anagrama 2015) hace gala de una increíble autocrítica: Muy pronto tuve conciencia de que mi padre no era un guerrero y mi madre prefería que me quedase a su lado antes que ir al combate. Toda una muestra de su carácter.

A Emmanuel Carrère le obsesiona, y le atrae enormemente como escritor, la desaparición de su abuelo materno (el padre ruso de la historiadora Hélène Carrère d’Encausse). Él coquetea con esa historia familiar por la que su madre sufre en silencio. Viaja hasta Kotelnich, un pueblo siberiano con poco que ofrecer, sin saber muy bien el motivo. Posiblemente escapando de sí mismo o sus circunstancias. Hasta que un asesinato le regala una historia. La monotonía de la estepa rusa es atractiva y rechazable a partes iguales. Pueblos en los que aparentemente no ocurre nada y subterráneamente suceden muchas cosas, como en Jarkov, la cloaca donde nació Limónov, el escritor-rebelde sobre el que Carrère escribió un libro magnífico.

Mientras tanto, en un interminable tira y afloja con su pareja, Carrère llega al punto de decirle lo siguiente en un avión que los lleva de vacaciones a Córcega: ¿Sabes lo que va a pasar? Vamos a hacer lo que hemos dicho. Nadar, vaguear al sol, fumar canutos. Estará bien. Yo estaré encantador, tierno, atento, te haré el amor, te diré que te quiero, pero te lo advierto: será mentira. Él observa los espasmos en el vientre de ella y a la media hora le pide perdón.

De manera totalmente descarnada, Carrère se abre en su faceta de hombre celoso, inseguro, clasista, edípico (un rasgo que deja claro en casi todas sus novelas). Un ser que apuñala para evitar ser lastimado. Poseído por ráfagas de odio que intercala con otras de pánico y adereza con fina e hiriente ironía. Llega a presentarse monstruoso a la vez que teme serlo. Llama la atención que su pareja le siga el juego. Se mienten, se perdonan, follan y él siempre se escapa a Rusia, como si en el árido Kotelnich fuera a reencontrarse con el guerrero que sus padres decidieron que no fuera.

De aquella experiencia nace este libro y en 2003 una película-documental: Retour à Kotelnitch.

OSCURA MONÓTONA SANGRE

by Alejandro Kirchuk

Se la escucha teniendo sexo en la madrugada. Los vecinos permanecen agazapados en la oscuridad de sus habitaciones a la espera de que los sonidos del goce se extiendan en el tiempo. Ellos cronometran los gemidos y por el día contrastan a escondidas los resultados de la observación. Y también se reúnen para que la mujer adulta que ha decidido alquilar su cuerpo a hombres adultos sea expulsada de un edificio del Barrio Norte porteño.

Al otro lado del Riachuelo, en la parte más baja de la tantas veces agreste y salvaje Buenos Aires, la vida se vende a un céntimo por día. Las niñas, nada más nacer, huelen el sexo de los hombres. Al llegar a la adolescencia son expertas amantes que copulan por unos pesos en acelerada devaluación en los asientos reclinados de coches aparcados en callejones oscuros. Pequeñas mujeres que también acercan sus naricitas a las drogas baratas con la vaga ilusión de sobrellevar unas condiciones de vida miserables y afrontar futuros muertos.

De repente, aparecen esos hombres hechos a sí mismos cansados de sus mujeres edulcoradas, capaces de lo que sea con tal de que no le rocen ni un pelo a sus hijas y deciden bombear la adrenalina entre las piernas de las adolescentes de las villas miserias. Y surge la sangre. Porque alguien empuña un arma y ese mismo alguien u otro cualquiera aprieta el gatillo.

¿Cuánto vale realmente una de esas vidas? Poco, casi nada, es una baratija, tan sólo un capricho al alcance de cualquiera.

Oscura monótona sangre (Tusquets Editores Argentina 2010) es una novela de Sergio Olguín y por la que obtuvo el Premio Tusquets Editores de Novela en 2009. Una narración áspera de “amores” desiguales en una Argentina degradada al extremo.

LA ISLA DE LA INFANCIA

by Werner Bischof

Fotos, objetos, imágenes y sonidos que acompañan a los recuerdos de los primeros trece años de vida, gracias a todos esos fragmentos y piezas me he construido un Karl Ove y también un Yngve, una madre, un padre, una casa en Hove y otra en Tybakken, unos abuelos paternos y unos abuelos maternos, un vecindario, y un montón de niños. La isla de la infancia (Anagrama 2015) es el tercer volumen de Mi lucha, del escritor noruego Karl Ove Knausgård. Las dos obras precedentes son La muerte del padre y Un hombre enamorado.

El autor reconstruye su pasado minuciosamente. De ahí que la vida de Karl Ove Knausgård acabe pareciendo una novela, sencillamente porque él no hace otra cosa que crear personajes, incluido el suyo propio, recreándose a sí mismo y a su entorno desde la subjetividad distante de los recuerdos.

Mucho se ha escrito ya de lo adictivo que puede llegar a ser este autor escandinavo para algunos y del rechazo que produce en otros lectores. No me interesa ni lo uno ni lo otro. La primera vez que leí algo suyo tuve la sensación de revivir mis años en Escandinavia y eso me produjo una inmediata empatía. A renglón seguido, me sedujo algo de su escritura, tal vez el estilo nada rimbombante, nada pretencioso, lleno de instantes comunes, pero muy nórdicos. Y, de repente: ¡zas! Un dato, un comentario, una imagen hace que todo cambie y de un modo chejoviano emerja a la superficie algo que hasta entonces había estado susurrando con fuerza por debajo, como una cloaca. Aromas y sonidos casi imperceptibles que revientan con una potencia inusitada.

De ahí que me resulten llamativas algunas entrevistas bastante tristes que le hacen al autor acerca de, por ejemplo, las diferencias entre las lenguas noruega, sueca y danesa, como si eso fuese relevante, pasando por alto los temas de verdad interesantes: traumas de infancia, alcoholismo, la muerte como revulsivo, como purgante vital, los trastornos psicológicos, las frustraciones profesionales, las amistades, la sexualidad primera y la de la adultez, el dolor soterrado, el pánico infantil ante un padre autoritario y un largo etcétera que jalonan la narración de Knausgård. Nada sucede si se leen estos tres volúmenes traducidos al castellano sin rebuscar más allá de la mera sucesión de palabras y sin hacer el ejercicio de trasladarse a un universo alejado del propio.

Cerrar los ojos y dar la espalda para nunca jamás regresar tal vez sea un buen corolario para esta infancia en la isla de Tromøya.

@DanielDimeco

CELESTINO ANTES DEL ALBA

‘La grande illusion’ by Laurent Chéhère

Celestino escribe y escribe como un loco hasta en los gajitos más finos de las matas de tribulillos. Celestino no es otro más que el alma gemela del propio autor, Reinaldo Arenas.

El abuelo de Celestino destripa a hachazos las matas escritas por su nieto y reeduca a fustazos a su mujer (cobarde, tramposa y malencarada), a sus hijas (todas putas) y a los hijos de éstas. Celestino antes del alba (Tusquets, 2002) es una novela de espíritus fantasmagóricos, hechos extraordinarios y, además, un homenaje a la libertad de imaginar y al derecho a expresarse, carente en aquella durísima Cuba en la que le tocó transitar al escritor.

La madre de Celestino, puta ella, se suicidó colgándose de una viga y pegándose candela, todo a la vez y entonces sobrevino un nuevo problema a enturbiar la no-paz de la casa: Celestino, el niño al que el narrador ve cada vez que se asoma al pozo del agua.

Pájaros, árboles, sonidos, aromas y vidas variopintas que rozan lo silvestre (o asilvestrado) del ser humano. Arenas abre una puerta a la inmensidad estimulante que es el universo ardiente del Caribe, a una verdadera selva con puerta trasera en un secarral.