Muerte

LA MUERTE DEL PADRE

Foto by Don McCullin

Foto by Don McCullin

Yo tenía casi treinta años cuando vi un cuerpo muerto… se confiesa el protagonista, que no es otro que Karl Ove Knausgård, el propio autor de La muerte del padre (Anagrama, 2012).

La muerte es siempre la misma, pero cada hombre muere a su manera empieza diciendo Carson McCullers en Reloj sin manecillas. Asumir la muerte del padre por autodestrucción etílica. ¿Qué se experimenta cuando al padre al que odias acaba de morir? ¿Hasta qué punto los padres se convierten en seres desconocidos para los hijos y éstos para aquellos? ¿Hasta dónde es factible ignorar el día a día de la otra parte, sus miedos y angustias, sus dolores y alegrías?

Knausgård describe (acción por acción) la primera semana después de la muerte, la de su padre, con una narración limpia en la que mezcla recuerdos, dudas, hechos domésticos, intrascendencias cotidianas y trascendencias espirituales. Y la sombra alargada de la Parca que todo lo inunda, lo infecta, lo ensombrece está en todas las páginas del libro, mitad autobiografía y mitad novela. Karl Ove Knausgård nos ofrece la muerte de su progenitor desnudándose por dentro. Escribe sobre la muerte de un hombre que le ha marcado hondamente (y no del todo bien) y que un día decide emborracharse hasta morir.

El autor recorre su infancia y adolescencia, los despertares: sexuales, aficiones, la literatura… La pubertad se cubre de una pátina inhóspita, un tanto ruda como el viento, las lluvias y la nieve constantes que le rodean en su Noruega natal. Knausgård desvela su psicología melancólica y atormentada en contraposición a la de su hermano Yngve, un ser práctico, más feliz.

La muerte del padre es el primero de los seis libros de Knausgård que conforman Mi lucha, su historia de vida. Del segundo volumen, Un hombre enamorado, ya hemos dado cuenta en Café Copenhague.

@DanielDimeco

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GRITOS Y SUSURROS

Fotograma de la película

Fotograma de la película

Hoy durante el paseo han venido a hablarme estas mujeres y me han dicho con toda claridad que la verdad es que también ellas querían hablar. Que realmente querían tener ocasiones serias para explicarse y que no podemos alcanzar lo que queremos alcanzar sin palabras. Escribe Ingmar Bergman en su diario de trabajo, el 23 de abril de 1971, sobre Gritos y susurros (1972) al mismo tiempo que luchaba contra el hastío.

Al director le preocupan las cuatro actrices que van a interpretar los papeles protagónicos y a las que les tiene que dar claras directrices en cuanto empiece el rodaje. El creador sueco se ‘grita’ a sí mismo: ¡Piensa, Bergman, que vas a trabajar con cuatro mujeres que saben lo que se llevan entre manos! ¡Que también van a ser capaces de representar todo! Las dudas y los miedos de los grandes, la parada ante el monstruo (la película) que empieza a crecer.

Esas cuatro mujeres, enormes actrices, eran: Harriet Andersson (Agnes, la moribunda), Liv Ullmann (Maria, la más hermosa), Ingrid Thulin (Karin, la más fuerte) y Kari Sylwan (Anna, la sirvienta). Las cuatro se entregan en una obra maestra en blanco, negro y rojo, nacida de una imagen recurrente en la cabeza del director (se le aparecían cuatro mujeres vestidas de blanco que esperaban algo) que luchan frenéticamente ante el dolor físico (Agnes), el dolor psíquico (Karin), el aburrimiento mitigado por las infidelidades y un enamoramiento no correspondido (Maria) y una Anna que ha sufrido y sigue sufriendo en silencio, ni siquiera susurros, ella es el rostro cálido y afectivo que acompaña a la moribunda en el tránsito hacia la muerta.

Es imposible no asociar Gritos y susurros con Las tres hermanas de Anton Chéjov. Las tres hermanas del ruso y las del sueco comparten un mismo aroma, la apatía y la extenuante espera en las vidas de tres hermanas ‘atrapadas’ en parecidas redes vitales (o mortales) con la nada sutil diferencia que en la película nórdica el dolor irrumpe desde el primer instante.

Gritos y susurros, principalmente su autor-director, ganó todos los reconocimientos a través de los premios de la época y ahora ocupa un sitial indiscutible entre los clásicos de la cinematografía escandinava y mundial.

CUANDO MUERE EL HIJO. Una crónica real

Abel Posse
Córdoba (Argentina) 1934
Emecé-Planeta

En 2005, al término de un desayuno estival con el escritor argentino Abel Posse en el café Le Louis IX, en la isla San Luis de París, echamos a andar por la rue Saint-Louis en l’Île. Algunos metros más adelante, poco antes del portal número 25, Posse señaló hacia arriba con la mano y me dijo: Mirá, en la ventana que ves allá arriba, vivíamos con Iván.
Es curioso, pero desde que leí las primeras páginas de Cuando muere el hijo. Una crónica real, algunos de los lugares comunes de la antigua isla de pescadores pobres han adquirido tal relevancia que han cambiado para siempre el orden imaginario que tengo en mi cabeza del reducto más hermoso de París. Sin duda es porque ya me resulta imposible abstraerme “al aullido ancestral de la madre ante el hijo muerto” en el momento en que Iván, el hijo, “se estaba yendo de sus ojos. Se había ya ido de su mirada y avanzaba hacia la cosificación insignificante del cadáver”.
Esta crónica existencial es la narración de la muerte de un Iván que despierta a la adolescencia después de la idílica infancia veneciana en el palazzo Mangili-Valmarana. Crónica que, realizada por su padre, escritor profesional, es un grandioso acto de exorcismo y de sincera literatura.
En el momento en que suceden los hechos que Abel Posse plasma en su libro, Argentina vivía los coletazos finales de la terrible dictadura militar y Carlos Barral imprimía Los perros del paraíso en la colección Fenice, en mi opinión la novela más grande de este autor, obra ganadora del Premio Rómulo Gallegos. Acababa de nacer, para Abel y Sabine, el fatídico año 1983.
Dice Abel Posse: “El objetivo principal de mi vida, lo cardinal, siempre ha sido querer ser escritor. Lo demás era accesorio”. Cuando muere el hijo. Una crónica real disecciona, página a página, el laberinto que crea la Muerte a los que quedan de este lado hasta que consiguen, los que lo consiguen, emerger del sufrimiento.
Ante la Muerte, impiadosa y paralizante, el Dios de la infancia se disuelve, pero hay que seguir soportando la andadura. En la búsqueda de la salida, Abel y Sabine sintieron que cada muerte exigía una teología particular, una filosofía funcional desmitificadora de la todopoderosa dama de la guadaña.
La vida y la muerte, en su juego de póquer, iniciaron una nueva partida un año después de la ida de Iván. Una llamada desde Buenos Aires, les abre las puertas al viaje iniciático en el Mediterráneo oriental. A Abel Posse, al diplomático, le brindan la oportunidad de fijar rumbo hacia la Embajada en Israel. Con la necesidad urgente de emerger, ambos emprenden en coche la travesía que los llevará a Ancona, Patras, Atenas, a la higuera de Anaximandros y a la eterna Jerusalén.