Mardulce

LA DÉBIL MENTAL

Birte Schnoeink en fotograma de 'Amour fou'

El mundo es una luna cortada a latigazos negros. Una figura tan potente y bella como esta enamora al lector. Y como esa, Ariana Harwicz regala muchas en las cien páginas de La débil mental (Mardulce 2015), una novela breve y de una intensidad escalofriante.

Todo es igual a partir de que él entró en mi cabeza, el infierno salado. Hace poco, leyendo un artículo de Rafael Narbona sobre su experiencia con la depresión, me quedé enganchado al siguiente comentario que, por cierto, ya había escuchado de boca de otras personas: No he olvidado la noche en la que advertí con insoportable nitidez mi desmoronamiento emocional. Desde entonces el largo andar por las arenas, como si el mundo entero fuese un médano gigante de pequeños oasis con tan sólo una palmera.

De las mil maneras de existir que hay, me tocó esta, no reconozco a nadie y cuando me ataca la gran desesperación, vivo en cualquier parte. La escritura de Ariana Harwicz pareciera brotar de un estigma hecho por un dolor muy profundo, de esos que ahuecan el alma hasta doblarla y teñirla de una mancha negra. Una escritura poética que de algún modo se emparenta con la belleza que destilan los versículos de Herta Müller. Un acertado contrapunto al lenguaje procaz, coloquial y lírico que la propia Harwicz ha manifestado que le interesa trabajar.

La relación cuasi-salvaje que une a madre e hija construye un nrelato que transita por las pulsiones del deseo sexual irrefrenable. La madre se alegra cuando a la niña le crecen los pechos, cuando un hombre la desea en una escalera. La madre se siente satisfecha al ver que su hija se está convirtiendo en mujer.

Me invento una vida en las nubes sentada en mi clítoris. Tal vez sean las palabras de la propia protagonista las que expongan la mejor síntesis de la obra.

@DanielDimeco

EL VIENTO QUE ARRASA

Auto abandonado

Entre los ojos del Reverendo Pearson y su ejército de conversos entregados no debe interponerse nada. Por ese motivo él se quita las gafas y las deposita en las manos de su hija adolescente antes de salir a escena a proclamar la palabra de Dios. Y, entonces, algo grandioso acontece. Algo que Leni, su hija, no puede explicar con palabras.

A Leni le gustaría que alguna vez su padre, el Reverendo, le quitase de un bocado esa cosa negra que tiene aferrada al pecho. La siente por las noches o cuando viaja con él por los caminos polvorientos de ese Noreste argentino sufrido y “abandonado” a los brazos del Diablo.

El viento que arrasa (Mardulce 2013) es otra obra punzante de Selva Almada, autora finalista del Premio Tigre Juan con Ladrilleros (Mardulce 2013 / Lumen 2014). Es de una narración salvaje, de una calma chicha que preanuncia la herida honda, el dolor ácido de esas almas solitarias que la vida coloca al margen de las carreteras. Gentes de paso con pasados duros, durísimos, que recuerdan a los personajes brutales de Cormac McCarthy.

Pearson siente una necesidad irrefrenable de salvar las almas, una tarea mesiánica que lo lleva a romper sin piedad los vínculos humanos porque, siempre, por encima está Dios o, mejor dicho, la iglesia evangélica de la que vive.

@DanielDimeco