Ilya Ehrenburg

STALIN LLAMANDO A EHRENBURG

Ilya Ehrenburg by Martiros Saryan

Los censores soviéticos, que aún en 1941, a dos años del inicio de la II Guerra Mundial, seguían ateniéndose a las directivas de Stalin de no ofender a Hitler, habían rechazado La caída de París, la novela en la que Ilya Ehrenburg no era nada amable con el nazismo.

Una tarde gris y lluviosa, una tarde moscovita, Ehrenburg estaba en su casa con su mujer y recibe una llamada del Kremlin. La sangre se le torna agria y el sudor le brota en la frente y la columna vertebral.

Poskrebishev, el secretario del líder soviético, le dice:

-El camarada Stalin quiere hablarle.

Las manos del escritor tiemblan. Los perros que dormían en el salón empiezan a ladrar, como si intuyeran algo y Ehrenburg teme no oír lo que Stalin le tiene que decir.

-Saca a estos animales de aquí –le pidió a su mujer.

-Me ha gustado su libro –resonó firme la voz de Stalin a través del auricular.

-Gracias, camarada Stalin.

-¿Pretende con él hacer una denuncia del fascismo?

-No es fácil hacer ese tipo de denuncias, ni siquiera se me permite utilizar la palabra… fascismo.

Ehrenburg siente que el silencio se prolongaba demasiado, está convencimiento de que ha dicho lo que sentía, un lujo innecesario, un riesgo altísimo.

-Sigue escribiendo, Ehrenburg.

Y la comunicación se corta.

Ilya Ehrenburg se sienta en un sofá, con las manos entrelazadas tratando de disimular los nervios y de contener el corazón.

-¿Quién era? –le pregunta su mujer extrañada.

-Stalin.

Ella palidece y se sienta junto a su marido.

-¿Qué te ha dicho?

-Que siga escribiendo.

-Dejaré que los perros vuelvan a entrar.

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EL PAN NUESTRO


Ilya Ehrenburg (Kiev 1891 – Moscú 1967)
Edición T.E.A. 1933

En 1933, Ilya Ehrenburg escribía lo siguiente en El pan nuestro:

En París se celebra la conferencia de todos los países europeos. Sus fines son modestos, pero elevados: es necesario comprar a Hungría, Rumania y Yugoslavia sus depósitos de trigo. Europa compra muchos millones de bushels a América. ¿Acaso sería imposible adquirir un poco de trigo del Danubio? Sería un acto de generosidad que, por lo demás, no les afectaría. La conferencia recuerda un consejo de familia -en que los tíos y tías buscan el medio de ayudar a los desgraciados parientes que pertecen en las provincias lejanas.
Briand es el primero que toma la palabra con el fin de abrir la conferencia. Con aire fatigado inspecciona la sala. Tal vez siente que se le aproxima la muerte o que puede ser que sea el resultado del gran cansancio experimentado por todas las deliberaciones y conferencias. Mas, con todo, tratará de ablandar los corazones de los delegados.
-¡Señores, ha llegado la hora de poner a prueba nuestra solidaridad!
Briand implora por la salvación de Europa:
-La crisis de los agrarios ha llegado a proporciones inconcebibles. Debemos, por todos los medios que están a nuestro alcance, proteger a nuestro continente de las terribles conmociones…
Los vendedores insinuaban suplicando que sólo se trataba de una pequeñez; que el trigo que ofrecían constituía el 7% de toda la importación europea. Los compradores movían la cabeza en silencio. Los vendedores se quejaban de que ya no cabía más en su triste situación. Los conpradores suspiraban compasivamente…
Y como era de esperar, la aceptación fue unánime. Los vendedores enviaban telegramas de alegría a sus capitales: pronto habría francos, libras esterlinas, coronas, liras y florines.
Pero, al calusurar la conferencia, monsieur François Poncet dijo gravemente:
-Hay algunos entre nosotros que han demostrado un exagerado optimismo. La conferencia de los representantes de todos los países no puede convertirse en una bolsa de cereales.
Monsieur Poncet aclaró:
-En Europa existe el comercio libre y los gobiernos no pueden influir sobre “el aspecto moral”.
Los delegados se retiraron. Los agricultores y los intermediarios fueron insensibles al “aspecto moral”.
Briand habló de nuevo en su siguiente conferencia, se entiende que sobre solidaridad.
Los europeos, como antes, compraban el trigo en América y millones de campesinos de las riberas del Danubio, al igual que antes, se morían de hambre.

Foto del Flickr de Design Insane.