Grecia

UN SUDOR MORTAL EN LA FRENTE

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En aquel tiempo sonreían sólo los muertos, deleitándose en su paz, y vagaba ante cárceles el alma errante de Leningrado. Partían locos de dolor los regimientos de condenados en hilera y era el silbido de las locomotoras su breve canción de despedida. Nos vigilaban estrellas de la muerte, e, inocente y convulsa, se estremecía Rusia bajo botas ensangrentadas, bajo las ruedas de negros furgones.
Anna Ajmátova en Réquiem

Dedicado a Kostas Chantzopoulos, traductor al griego de La mano de János, sin cuyo empeño y generosidad nada de esto habría sucedido.

La espesura de la noche soviética humedece los pies del teatro Neos Kosmos de Atenas cuando bajo por primera vez a sus entrañas. Un romántico vaho de Lubianka se apodera de las honduras. Los actores ya casi han dejado de ser ellos mismos para mutar en sus personajes. Y es entonces cuando recibo el mayor de los piropos: Thank you Daniel for Mathilda. Me quedo mirando unos ojos oscuros que brillan en la penumbra y sonrío, más por dentro que por fuera.

De repente, como en una ceremonia, me encuentro entre los personajes de esta obra que nació desde la intimidad, no la de mi vida, sino la del escritor (porque somos uno y somos dos e incluso somos más) y su universo. Los intérpretes se concentran para trasladarse a las purgas stalinistas de 1938 y yo les puedo oler y hasta tocar, pero me resisto a dejarles volar como el padre que es consciente de que sus hijos se han hecho mayores.

Siento un enorme e indescriptible placer cuando las emociones afloran, cuando el autor, yo mismo en este caso, consigue traspasar el muro de papel y bucear en las aguas de una obra propia tan brillantemente trabajada y mimada por el equipo que comandan Ioulia Siamou y Georgina Tzoumaka.

Descenso a los infiernos, olor a humanidad y un temor irracional sobrevuela la oscuridad y silencia las bocas.

Ekaterimburgo, Perm, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, Ulán-Udé, Vladivostok… Un goteo constante de furgones se internan en la estepa, atraviesan el alma rusa y, como los topos, ahuecan los corazones engarrotados de las gentes y los dejan chorreando savia hasta momificarlos. La piel se adhiere a los huesos como un tul de mortaja o de boda barata.

Ekaterimburgo, Perm, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, Ulán-Udé, Vladivostok… Una solitaria tecla de piano, ejecutada por Dimitrios Pikrakis, persiste en devorar el tiempo. Y la distancia entre los dos espacios blancos, como manchas de nieve bajo las farolas de la calle Arbat, se acorta o se expande en el escenario, maquinalmente ejecutadas por Maria Panidze, fiel esbirra de Lavrenti Beria.

Ekaterimburgo, Perm, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, Ulán-Udé, Vladivostok… La mano de János se echa a rodar, cada noche de miércoles a domingo, y pienso en ellos, en János, Mathilda, Maria, Lavrenti y Anna espantando los miedos que les acechan e intentando sobrevivir.

¡Tren a Leningrado! Vía 4. ¡Pasajeros a Leningrado, por vía 4!

La mano de János (Premio de Teatro Buero Vallejo 2010)
Texto: Daniel Dimeco
Traducción al griego: Konstantinos Chantzopoulos
Dirección: Ioulia Siamou y Georgina Tzoumaka
Intérpretes: Manos Karatzogiannis, Eleni Zarafidou, Nikolas Angelis, Kalliopi Panagiotidou y Evri Sofroniadou
Vestuario: Assi D’Angelis Dimitrolopoulou
Música: Dimitri Pikrakis
Diseño de iluminación: Vassilis Klotsotiras
Teatro Neos Kosmos de Atenas: del 20 de enero al 5 de marzo

EL PAN NUESTRO


Ilya Ehrenburg (Kiev 1891 – Moscú 1967)
Edición T.E.A. 1933

En 1933, Ilya Ehrenburg escribía lo siguiente en El pan nuestro:

En París se celebra la conferencia de todos los países europeos. Sus fines son modestos, pero elevados: es necesario comprar a Hungría, Rumania y Yugoslavia sus depósitos de trigo. Europa compra muchos millones de bushels a América. ¿Acaso sería imposible adquirir un poco de trigo del Danubio? Sería un acto de generosidad que, por lo demás, no les afectaría. La conferencia recuerda un consejo de familia -en que los tíos y tías buscan el medio de ayudar a los desgraciados parientes que pertecen en las provincias lejanas.
Briand es el primero que toma la palabra con el fin de abrir la conferencia. Con aire fatigado inspecciona la sala. Tal vez siente que se le aproxima la muerte o que puede ser que sea el resultado del gran cansancio experimentado por todas las deliberaciones y conferencias. Mas, con todo, tratará de ablandar los corazones de los delegados.
-¡Señores, ha llegado la hora de poner a prueba nuestra solidaridad!
Briand implora por la salvación de Europa:
-La crisis de los agrarios ha llegado a proporciones inconcebibles. Debemos, por todos los medios que están a nuestro alcance, proteger a nuestro continente de las terribles conmociones…
Los vendedores insinuaban suplicando que sólo se trataba de una pequeñez; que el trigo que ofrecían constituía el 7% de toda la importación europea. Los compradores movían la cabeza en silencio. Los vendedores se quejaban de que ya no cabía más en su triste situación. Los conpradores suspiraban compasivamente…
Y como era de esperar, la aceptación fue unánime. Los vendedores enviaban telegramas de alegría a sus capitales: pronto habría francos, libras esterlinas, coronas, liras y florines.
Pero, al calusurar la conferencia, monsieur François Poncet dijo gravemente:
-Hay algunos entre nosotros que han demostrado un exagerado optimismo. La conferencia de los representantes de todos los países no puede convertirse en una bolsa de cereales.
Monsieur Poncet aclaró:
-En Europa existe el comercio libre y los gobiernos no pueden influir sobre “el aspecto moral”.
Los delegados se retiraron. Los agricultores y los intermediarios fueron insensibles al “aspecto moral”.
Briand habló de nuevo en su siguiente conferencia, se entiende que sobre solidaridad.
Los europeos, como antes, compraban el trigo en América y millones de campesinos de las riberas del Danubio, al igual que antes, se morían de hambre.

Foto del Flickr de Design Insane.