Diario de Viajes

SPIDINA AVENUE, TORONTO

 
2C$ el trayecto
Toronto
Sábado 1 de abril
2pm
 
Anduvimos varias calles y nos adentrarnos en el barrio chino de Toronto con la intención de reservar los billetes de autobús para, al día siguiente por la mañana, viajar a Niagara Falls.
 
En la primera planta de un centro comercial, repleto de creaciones made in Taiwan, encontramos la agencia de viajes regentada por un oriental bajito y regordete. A nuestro alrededor, las tiendas ofrecían sus mercancías: extraños animales muertos colgando de ganchos en los escaparates de alimentación, tarjetas postales y toda clase de ropas y Baratijas…
 
De vuelta en la calle, escuchamos el suave runrún del tranvía rojo y ecológico surcando la avenida Spidina.

MADAME SHANGHAI



XVIII Congreso del Partido Comunista



Fotografía 1
Una elegantísima mujer, en un atardecer lluvioso, saliendo de un centro comercial en la intersección de Nanjing lu y Shanxi lu, a escasos metros del hotel Ritz de Shanghai. Viste perfecto tailleur claro, bolso y zapatos conjuntados, paraguas inglés y de su mano pende una bolsa con la inscripción Christian Dior. Me acuerdo de Kyo Gisors, el personaje de André Malraux en La condición humana, y de los miles de humillados y ajusticiados que habían apoyado al Kuomintang hasta 1949 y que tuvieron que embarcarse a Taiwán (a la isla de Formosa) y de los que perecieron por una inútil Revolución Cultural.
Fotografía 2
Desde el malecón del Huangpu observo extasiado la majestuosidad del Pudong, con sus torres brillantes y afiladas que se elevan como una ofrenda a la diosa Finanzas en una fría y acristalada belleza de inspiración-imitación de Nueva York. Pienso en la azotea de la última planta con sus bares y restaurantes de lujo y cuál debe de ser la sensación si uno cae o lo tiran al vacío desde tan alto estándar. El estómago se me encoge y el corazón sufre un traspié.
Hennessy Cognac, 1930
Fotografía 3
El Peace Hotel, el viejo Cathay de la mafia china y las juergas de principios del siglo XX, aún conserva aires aristocráticos de deliciosa decadencia. Lámparas mortecinas que dibujan sombras sobre las mesas, rincones de confidencialidad y secretismo, el banal cuchicheo de mujeres ricas de ojos rasgados y pieles ardientes, misteriosas, peligrosas, deliciosas… Transacciones de toda índole regateadas a base de sangre y sexo. Y los azulejos verdes de las paredes, como si al Cathay lo hubieran construido de jade. Son tiempos de mucho charleston, de mujeres y hombres con sombreros, de sonidos de jazz entre humos de tabacos y opio.
Fotografía 4
La avenida Zhongshan se contonea al ritmo del Huangpu, en cuyo malecón, justo frente al hotel, se levanta la estatua de un Mao Tse-tung septuagenario, efigie de un líder que acabó absorbido por la ambición de la Banda de los Cuatro sátrapas que comandaba su mujer bajo el rótulo de Revolución Cultural. Su imagen borra de un plumazo cualquier idea romántica y decadente de los años 30, de los tiempos de las concesiones extranjeras, los territorios arrendados a las potencias occidentales. Casualidad o burla, su figura diminuta está enfrentada a los gigantes de acero y vidrio que dominan la bahía amarilla.
Fotografía 5
Sopla el viento en Pekín y los 5 grados centígrados convierten las gotas en solidez de escarcha, mientras que la estoica Nomenklatura, reunida en la Asamblea Popular, junto a la plaza de Tien-an-men, pare a un nuevo timonel en el XVIII Congreso del Partido Comunista, al hombre que tendrá que evitar el choque que se aproxima entre una China que emerge interminable, como el lomo de una ballena, y la débil equidad social que agranda las diferencias cada vez más insalvables.
Última fotografía
El viejo Gisors (el padre) contemplaba su pipa. Delante de él, la lámpara encendida, la cajita del opio abierta y las agujas limpias. Fuera, la noche. En la habitación, la luz de la lamparilla y un gran rectángulo claro que surge de la puerta abierta de la habitación contigua, donde han trasladado el cuerpo abatido de Kyo (el joven Gisors).

ADIÓS AL HUTONG




Hutong en Pekín
Me tiendo de espaldas sobre la cama. Me cubro los ojos con las manos ocultando que se han anegado.
El cuello era como el de una tortuga, hasta tenía el mismo color. Un cigarrillo entre los dedos y las uñas largas y oscurecidas. Me gustó pensar que, en el hutong, le conocían como “el viejo Nian Zu”, aunque su edad era indefinida, puede que haya tenido sesenta u ochenta años, daba igual. Era un hombre respetable.

Nian Zu estaba agachado en el umbral de la puerta fumando. A su lado, un niño comía arroz de un cuenco que sostenía en su regazo. El niño maniobraba los palillos como a mí me gustaría hacerlo y tenía la boca inflada de arroz; algunos granos caían de entre sus labios nuevamente al cuenco. Pensé en su nombre y lo bauticé Guang. Al pasar a su lado, estiró un brazo con el palillo y me dirigió unas palabras en chino-bebé. Le sonreí y me sonrió. Me guardé mucho de no sacarles una foto, esa manía tan nuestra de llevarnos la vida de los demás en un carrete o en un chip, de violarlos en su intimidad como a los monos en el zoo. Continué andando por la callejuela y, al girarme, observé que Nian Zu seguía en la misma postura contemplativa, consciente de que la vida transcurre y no porque corramos detrás de ella vamos a poder alcanzarla. Su sabiduría, no la letrada sino la milenaria de su raza, le permitía permanecer aparentemente impávido delante de su casa.

En el distrito de Chongwen, los restaurantes antiguos se suceden entre tiendas de ropas y de alimentación; burdeles y fotos revolucionarias de un Mao Tse-tung joven y risueño; proletarios barriendo las calles y humeantes puestos callejeros de comidas calientes.
Me incorporo en la cama y busco mi caja repleta de mapas. Encuentro el tríptico verde que me acompañó y me guió por la ciudad de Pekín. Señalo con el dedo un espacio bastante grande, una barriada típica que rodeé durante unos días hasta que decidí atravesarla, internarme en su inmensidad armoniosa entre la avenida Qianmen, arteria recta al sur de la plaza de Tian an men, y el Templo del Cielo, en el parque de Tientan. Según el telediario se trata de una zona derruida, montones de escombros como si se tratara de un bombardeo o de un terremoto. Son (eran) los hutongs, los barrios tradicionales y pobres de la capital. Dicen que por las noches entran las excavadoras y arrasan con lo que hay entre las adyacencias, que demuelen el pasado para construir un futuro acorde a las demandas y al “progreso”.
Juegos Olímpicos 2008. Pekín necesita mostrar su cara más moderna, ese rostro por el que Occidente se desvive. Los terrenos se revalorizan, las torres acristaladas de decenas de pisos crecen como hongos y los pobladores son reubicados. Todo es así de fácil y de rápido. Las autoridades chinas necesitan lavarle la cara a la ciudad (cabe decir, como han hecho todas las ciudades olímpicas anteriores) y para ello son indispensables los terrenos en el centro de la capital para poder montar las instalaciones de exigencias deportivas colosales. A la mega construida residencia imperial sólo le quedaban algunos espacios libres: los hutongs, esos sitios en los que la calma oriental me pareció palpable, donde la gente observaba pasar la vida con inteligencia milenaria, donde beber una taza de té o comer un cuenco de arroz sentados en las puertas de las casas era una ceremonia largamente practicada, como lo hacían Nian Zu y el pequeño Guang.
Las medallas que se obtienen a través de las competiciones deportivas demuestran los músculos y la salud de un pueblo. 2008 es una cita importante para la nueva China, la llama y el espíritu atenienses, después de una travesía harto complicada y publicitada por los medios.
Escribió la gran Marguerite Yourcenar, refiriéndose a la ciudad de su Adriano: “La menor restauración imprudente infligida a las piedras, la menor carretera de asfalto que invade un campo donde creció la hierba durante siglos, determina para siempre lo irreparable. La belleza se aleja; la autenticidad también”.
Publicado en revista Letralia con motivo del Especial Juegos Olímpicos Beijing 2008