Crítica

DE LO HUMANO Y LO INHUMANO





De ratones y hombres

De John Steinbeck
Versión de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco
Dirección: Miguel del Arco
Reparto: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoetxea, Irene Escolar, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias y Emilio Buale
Producción: Concha Busto Producción y Distribución en coproducción con el Teatro Arriaga de Bilbao, Teatro Calderón de Valladolid, Clece, Kamikaze Producciones y con la colaboración del Teatro Cuyás de Las Palmas
Sala Principal del Teatro Español (Madrid) hasta el 27 de mayo




De ratones y hombres, de John Steinbeck, Premio Nobel de Literatura 1962, es una novela que se enmarca dentro de la mejor literatura norteamericana. Es una prosa descarnada que refleja uno de los períodos más difíciles de los Estados Unidos como fue la Gran Depresión y sus consecuencias: la pobreza extrema que acompañó aquellos años en un país que, paradójicamente, había alcanzado un alto nivel de desarrollo y de creación de riqueza. Esta novela antecede a otras disecciones que hizo el autor californiano de la realidad de su país: Las uvas de la ira y Al este del edén.

Steinbeck extrae el título de la novela de un poema del poeta británico Robert Burns sobre las vidas mutiladas, las de los ratones y las de los hombres:

Uno más eres de los desdichados
que ven todos sus planes anulados:
de ratones y hombres quedan truncados,
los proyectos mejores
¡y en vez de éxitos anhelados,
nos quedan sinsabores!

De sinsabores va esta exquisita versión (fiel a la obra original) que dirige Miguel del Arco en el Teatro Español y que estrenara el 8 de marzo en el Teatro Arriaga de Bilbao. También va de sueños que se persiguen a precios altos, a costa de humillaciones, de trabajos a destajo, de injusticias que se basan en el color de la piel, en la inutilidad de los viejos, en el capricho del poderoso y de los fanfarrones que se escudan en sus privilegiadas posiciones. Personajes que sueñan con la esperanza de que algún día llegue el tan anhelado éxito que los libere del yugo y del sacrificio inhumano.

Setenta y cinco años después de su aparición, De ratones y hombres vuelve a ser una obra contemporánea de gran actualidad. Casi un siglo más tarde de aquella Gran Depresión, nos vemos inmersos en una situación de características similares, reafirmando la idea de que las vivencias del pasado no son más que eso, pretérito, historias que vivieron otros, por más que nos empeñemos en decir que de los errores de los ascendientes aprendemos los descendientes.

Antonio Álamo y Fernando Cayo

La vida de George Milton, papel que interpreta Fernando Cayo, es una tragedia vestida de quimeras que se alejan a cada paso que da por una California en plena debacle: década de 1930. George Milton carga, además de con la falta de trabajo estable, con el “grandullón” Lennie Small, un apellido que no se condice con la enormidad de su cuerpo, y que interpreta, magistralmente, Roberto Álamo, un actor completísimo que ya nos maravilló en Urtain y que, durante dos horas, se deja todo lo que un actor puede poner encima de un escenario: pasión y un personaje inolvidable. Lennie Small es un hombre tierno y deficiente mental que, como George, desea llegar a tener su propia granja donde alimentar conejos. La relación entre ambos se alimenta de los fracasos laborales que siempre terminan mal por culpa de la fuerza irrefrenable y descontrolada de Lennie al que sólo puede contener su amigo George.

George y Lennie son dos errantes trabajadores que, como se desprende del poema de Burns, el presente es el enemigo, al pasado mejor no mirarlo y el futuro es una noche muy oscura. Con eso y con todo, sí queda espacio para la amistad (resquicio de Humanidad) entre los dos hombres perdidos. Ambos, George y Lennie, se tienen el uno al otro:
George.- Con nosotros no pasa así. Tenemos un porvenir. Tenemos alguien con quien hablar, alguien que piensa en nosotros.
Lennie.- Porque… Porque yo te tengo a ti para cuidarme y tú me tienes a mí para cuidarte, por eso.
Las consecuencias del estallido de la crisis de los años treinta son una larga cola de desheredados que vagan por Estados Unidos en busca de un trabajo, personas detrás de la subsistencia, rastreadores de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca que no sea sólo bilis y decepción. Steinbeck en la novela y del Arco en la versión teatral nos muestran la desesperación de unos humanos que, como el anciano Candy (en el cuerpo de Antonio Canal), se aferran incluso a un viejo perro que huele a podredumbre y muerte, una metáfora maravillosa de la situación que a todos les toca vivir.
Emilio Buale, Irene Escolar, Fernando Cayo,
Rafael Martín y Antonio Álamo
De ratones y hombres es, también y sobre todas las cosas, una crítica descarnada de la sociedad de entonces y de ahora. Una fotografía tremenda sobre el dolor humano y la soledad que tan bien dibujan personajes como el anteriormente mencionado Candy o el negro Crooks (interpretado por Emilio Buale) o la única mujer que hay en escena, a cargo de la ascendente Irene Escolar, la esposa de Curley (Diego Toucedo), el presumido y pendenciero hijo del patrón de la finca (Rafael Martín). En ese páramo todo se confunde, nada es lo que parece y las únicas alegrías, más o menos al alcance de sus manos, viene del whisky o del club de putas del pueblo.
La puesta en escena de Miguel del Arco se inicia con unos diálogos magníficos y adquiere un ritmo que presagia algunos de los hechos que, efectivamente, sucederán más adelante. El in-crescendo dramático se vuelve vertiginoso, la sensación de agobio que viven los personajes es trasladada a los espectadores y la recta final es una carrera con olor a sangre, llena de emociones, ternura y dolor que desemboca donde todos los que conozcan la novela o hayan visto la adaptación cinematográfica de Gary Sinise ya saben.
Un trabajo excelente de todo el equipo, una selección de actores impecable (parte importante del secreto de una buena puesta en escena), una gran dirección, una escenografía y una música que no distraen en ningún momento, sino que ayudan a que la historia cale, si es posible, aún más hondo.
Fotos: Teatro Español

VIVIR MATANDO: JOSÉ K. TORTURADO


Crítica hecha para Revista de Letras (Teatro)

Obra original: Javier Ortiz
Dirección: Carles Alfaro
Reparto: Pedro Casablanc
Producción: Studio Teatro – Sandra Toral
Sala Pequeña del Teatro Español (Madrid) hasta el 5 de febrero

José K es un terrorista que ha caído en manos de la policía, pero no se trata de un terrorista más, sino de uno de los más despiadados, un asesino que esconde un tremendo as en la manga: una bomba colocada en alguna parte de la Gran Plaza de una ciudad importante.

De acuerdo a la definición de la Real Academia, la tortura es un “grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. El Poder inmenso del Estado se pone de manifiesto, no hay tiempo que perder, el aparato de castigo actúa de manera decidida a cambio de evitar una masacre: lleva a cabo la tortura en un hombre hinchado del convencimiento firme de que lo que cree es la única vía posible y por ello lucha y mata sin piedad.

Este es el punto de partida de José K. Torturado, la obra de Javier Ortiz que Carles Alfaro dirige en el Teatro Español. El actor sevillano Pedro Casablanc le pone cuerpo a José K y, gracias a su talento, el espectador puede hacer un viaje de inmersión dentro de la jaula de cristal donde José K. permanece esposado, después de días de padecer la tortura. El personaje se enfrenta a una entidad todopoderosa que no tiene una cara visible y que representa a la razón, en cuanto que raison d’État en términos del cardenal de Richelieu y que tiene su origen en El Príncipe de Maquiavelo. El personaje, en definitiva, se enfrenta al Poder establecido en la época que le toca vivir. Lo que se ve en el escenario del Teatro Español puede ser, perfectamente, una metáfora parida del mismísimo Big Brother de George Orwell o una situación vista desde cualquier ángulo de los panópticos a los que se refiere Michel Foucault en Vigilar y castigar.

En José K. Torturado sale a la luz, no sólo la violencia con la que convivimos a diario y que, para más inri, asumimos con resignación, sino también el nivel de hipocresía al que somos capaces de llegar los humanos cada vez que, por las razones que sean, miramos hacia otro lado a sabiendas de que el dolor, psíquico y físico, infligido mediante la tortura ocurre, geográficamente hablando, mucho más cerca de lo que queremos creer.


¿En qué medida los fines justifican los medios? ¿Hasta qué punto torturar a un ser humano, sea o no terrorista, con la finalidad de obtener información es aceptable por una mayoría aposentada en la Justicia? En José K. Torturado se intenta poner en tela de juicio la moralidad y la ética de la sociedad civilizada. La justicia que irradia de la firmeza y la autoridad del Estado hobbesiano es capaz de traspasar límites dejando al descubierto la moral (adecuada o inadecuada) de quienes trabajan en su defensa y conservación. Muchas veces, la Ley de los hombres justos colisiona con las reglas y códigos de otros hombres, igualmente convencidos de que matando es la manera más adecuada de luchar por causas que quedan por encima, incluso, de sus lazos sanguíneos o afectivos.

El dilema al que nos enfrenta esta obra va más allá de lo dicho hasta aquí. Aunque sea políticamente incorrecto el hecho de aceptar en público que la tortura acaba siendo socialmente perdonable en casos extremos como podría ser el de José K., porque en definitiva a nadie le importa los padecimientos de un ser como él, la degradación moral que sufre quien aplica la tortura y la degradación moral de quien autoriza la tortura es mayúscula. Y José K. trata de convencer a los espectadores de que quienes le vigilan han cruzado el Rubicón del mismo modo que él lo hizo mucho tiempo antes. El torturador, moralmente hablando, se apea para acabar embarrado. Es como el verdugo que cumple con su deber y aplica la sentencia del juez al mismo tiempo que deviene en un ser despreciado. Cuando José K. se mira en el cristal que le rodea hasta asfixiarlo en sus propios vapores, ve su rostro y le pone cara a todos los que habitan el panóptico. Ambos opuestos, hombres de bien y hombres de mal, acaban fundiéndose merced a sus prácticas.

La puesta en escena de Carles Alfaro no le deja muchas opciones al espectador que desde el inicio se convierte en observador. El espectador puede mirar hacia el escenario, enfrentándose a la desnudez (de ropas y de alma) de un personaje atrapado en su celda o dirigir la mirada hacia el propio interior y reflexionar a partir de las palabras de José K. La oscuridad en la sala es casi absoluta durante toda la función, la luz sólo se dirige a desvelar las grietas y las gotas de sudor del terrorista, es una puesta en escena que invita a adentrarse en las palabras y en los gestos interpretados por Casablanc y resulta inevitable que, en algún momento de la función, el observador no se planteen cuál sería su conducta en una situación similar.

Así y todo, en la obra se echan de menos los rasgos que contribuyen a la grandeza de un personaje más que al realce del tema que se retrata. Las oscuridades y las claridades del protagonista, los miedos, los odios, las consecuencias físicas y psicológicas que siguen a varias jornadas de martirio, los vaivenes que tienen que haber en su cabeza antes de tomar la decisión de poner una bomba y que mueran inocentes. Las palabras que pronuncia José K. son por momentos punzantes y de a ratos demasiado discursivas sobre cosas que todos sabemos: las maldades del capitalismo.

De todas maneras, la visita al Teatro Español deja resonando en los oídos del espectador, durante un buen tiempo, las palabras de José K. a través de Pedro Casablanc y la sensación de protección o indefensión que a cada uno le pueda ofrecer el sistema en el que vivimos.