Carmen Garrido

LA MANADA

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Domingos en la Grotekerk de Graaff-Reinet @ Carmen Garrido

21 de enero. Se vive uno de los veranos más calurosos que recuerdan en el Karoo. Las lluvias no descuelgan su llanto y la calima que envuelve a los pocos seres vivos que salen a la superficie, los decapita. Por el cielo pasa alguna que otra nube blanca, proyectando su sombra sobre las arenillas de este territorio en medio de ninguna parte. El ganado se dispersa buscando pastos tiernos y se interna enloquecido de sed en el río Sondags hasta que la corriente lo arrastra. A pesar de que las ventanas de la casa de los Oonde van Graan permanecen abiertas en las horas más frescas, las pieles arden con el roce del aire del desierto y los muros irradian fuego. Por las noches se eleva la sinfonía de los grillos cortejándose y el runrún monótono de las cigarras copulando hasta morir inundan los silencios durante el día.

Tres vidas jóvenes, contenidas en una granja del sudafricano desierto del Karoo, llenas de deseos carnales y de rencores del pasado. Una familia, que constituye una especie en sí misma, sobreviviendo en un medio hostil, luchando con lo único que tiene: mentiras y medias verdades, destinadas a vencer a los otros y a sostenerse en pie. Una familia de la generación blanca post-Apartheid, que lame sus propias heridas, y trae hasta el presente los vicios de aquel régimen racista y su lógica de violencia y dominación.

La manada es un viaje a la carnalidad más primitiva y a uno de los mayores tabúes.

Premio Max Aub de teatro en castellano Ciutat de València 2016. El jurado destacó el valor dramático de la obra, la creación de una atmósfera cautivadora y un imaginario excitante y original.

Autor de la obra: Daniel Dimeco
Edición en preparación

20, RUE DE SEVIGNÉ

© Carmen Garrido

La voz de María Callas acaricia mis orejas y enciende mis sentidos. Su voz es como un hálito tibio que se pasea en la medianoche de principios de agosto. D’amour l’ardente flamme.

El serenísimo patio central del antiguo depósito de La Samaritaine, en el quartier Saint-Paul, se relaja en su duermevela. Los grillos oran entre los arbustos del jardín, abrazados por el aire dulce y cándido del verano parisino.

Es de noche y en la habitación los destellos de una lámpara amarillean las paredes. El ejemplar recién comprado de Une jeunesse soviétique, con dibujos y textos de Nikolaï Maslov, ya cuenta con una pequeña mancha color burdeos, las huellas de sangre del mejor Côte du Rhône. El escritor (el mío particular, el que me inventó y al que asesiné para ser yo misma) ha salido a pasear a medianoche, como los antiguos iluminadores de calles, aquellos que encendían las bujías de aceite, que conocían historias surgidas de las sombras, escuchaban discretamente cuando se acercaban los carruajes a las casas señoriales y veían descender a las damas que volvían de la Opera o a los amantes que abandonaban los lechos ajenos antes del chapoteo de las barcazas de pescadores remontando el Sena, o se cruzaban con los ladrones noctámbulos durante el siglo de Balzac. Decido seguirle, ver adónde quiere llegar.

Los reflejos de las ventanas del palacete de la condesa Rothschild tiñen de plata y oro las aguas que lamen la quietud de la isla de San Luis. Él cierra los ojos y entonces aprovecho para acercarme. Nuestras miradas se cruzan. En uno de los tantos raptos de altivez que me asaltan, me veo tal y como me describió en el papel: bella e inteligente. Siempre me hizo mucha gracia el lunar que colocó a su antojo en mi cuello, bajo el lóbulo de la oreja izquierda. Una impronta minúscula, que en cualquier persona o personaje pasa desapercibida y que él, mi inventor, la elevó tanto que mi pobre André, mi marido también en el papel, se excitaba pasándome la lengua. Hace de eso mucho tiempo, poco después de 1968.

Le toco. Mi mano, pequeña y tibia, aprieta con fuerza la suya y le sonrío y, sin dejarlo reaccionar, tiro de él y corremos por Saint-Louis-en-l’Île hasta el puente y oigo su respiración acelerada y las pisadas amplificadas en el eco. Me doy cuenta de que me ha reconocido, que sabe quien soy. Que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo existiendo para él después de haber pasado noches y días enteros en mutua compañía. Porque nos hemos excitado, peleado, ignorado mutuamente y hasta hemos hablado mansamente.

Nos adentramos por los callejones estrechos, más allá de Saint-Michel y de la plaza de Saint-André-des-Arts, cerca de la calle de Hautefeuille, donde yo alquilaba un ático al llegar de la Unión Soviética. Los muros de los edificios se estrechan sobre nosotros. Su suavísimo jadeo me recorre el cuerpo y no dejo de pensar si alguna vez se enamoró de mí, si durante aquellos meses de escritura me pensó, si se metió tanto en mi cuerpo como para llegar a hacerme el amor. Pero sé que jamás lo sabré. Ya no.

Al girar en la calle de Sevigné, muto de joven a mayor, de muchacha idealista y pretenciosa a mujer quebrada de dolor por mis traiciones y desventuras, por mis silencios innecesarios cuando debí haberme expresado, por los errores cometidos y la imposibilidad de una vuelta atrás. Inconscientemente, me llevo una mano al bolso buscando los grados de vodka que me despejaban y me censura con la mirada que brinda la autoridad de quien mejor me conoce. Los recuerdos caen encima de mí cuando el camino se hace cada vez más y más Le Marais.

Nos detenemos delante del número 20 de la calle de Sevigné. Sus ojos se entornaron y un latogazo de horror astilló su rostro. Las plantas y flores del que fuera mi balcón estaban muertas, las únicas fallecidas en toda la ciudad durante los meses de verano. Desanduvo el camino mientras que yo me quedé allí, no sé si en la calle u obersvándolo a través del cristal de mi casa. Tampoco importa ya.

Otro sorbo de vino y la Callas se viste de Lucia di Lammermoor.

Me llamo Irina Maslova, nací en Irkutsk y permaneceré para siempre en París.

@DanielDimeco

RITOS FUNERARIOS

© Vner Shaw

Al mediodía siguiente el viento empezó a azotar la casa del pegujalero (…) Era un sonido siniestro, el viento arrojando hielo contra nuestra casa (…) supe que se acercaba una tormenta a gran velocidad (…) Era un espectáculo cruel. Islandia es un país de leyendas, un lugar donde las creencias ancestrales se funden en la modernidad tecnológica, conviven y se solapan. Un sitio en el que la naturaleza y el hombre se abrazan porque no existe más opción. Siempre pendientes del sonido y del humor del mar que todo lo acapara, como el hielo, imponente en esta isla-barca casi a la deriva en el Atlántico norte.

La escritora australiana Hannah Kent (Adelaida, 1985) revive en las páginas de Ritos funerarios (Alba, 2014) a Agnes Magnúsdóttir, la última mujer ejecutada en el país nórdico, y nos lleva de la mano a través de una vivencia experimental: el tiempo que transcurre hasta la muerte de la rea. Agnes se sabe privada del perdón ya que la condena ha sido dictada en las almas y consciencias de la gente de Kornsá sin posibilidades reales de defensa o expiación, sin ni siquiera la esperanza de que un dictamen salvatorio llegue de Copenhague y la libre del hacha.

Primera mitad del siglo XIX. La desolación septentrional de Islandia, entonces colonia del rey de Dinamarca. La dureza de unas gentes que habitan los avernos aferradas al Evangelio luterano. El pecado, la superstición, el miedo a Dios y la firme creencia de que cada uno es un buen hombre/mujer que actúa correcta y justamente sin por ello tener que reparar en el sufrimiento ajeno. Paradojas de la fe fundamentalista.

Hannah Kent, entrevistada en Madrid por Carmen Garrido, recrea la historia de quien se convirtiera en un mito islandés, una leyenda negra del siglo XIX: la sirvienta acusada de asesinato a sangre fría y ejecutada en 1830, en Vatnsdalshólar, junto a uno de sus supuestos cómplices, Friðrik Sigurðsson.

Agnes le daba de comer a los cuervos, pájaros crueles pero sabios y de niña solía contemplarlos congregarse en el tejado de la iglesia de Undirfell con la esperanza de observar quién iba a morir. A la espera de que el pico del animal apuntara en alguna dirección y un día lo hizo hacia la granja de Bakki y un niño se ahogó.

Ritos funerarios forma parte de la Colección Contemporánea que dirige la escritora María Tena en la editorial Alba.

LADRILLEROS

Ladrilleros

Ladrilleros (Mardulce 2013 para Argentina – Lumen 2014 para España) es una novela que muestra sin tapujos la pulsión feroz de lo primigenio, de lo más animal: sexo y fuerza. Las carreras clandestinas de galgos. Discusiones y peleas en los bares, como ocurría en el Martín Fierro o en los arrabaleros relatos de Borges.

Selva Almada (Argentina / 1973) describe magistralmente ese ambiente marginal que, para quienes hemos nacido en Argentina, de alguna u otra manera hemos sido testigos de historias similares.

Desde la primera página de Ladrilleros, los lectores tienen la posibilidad de arder en la caldera del Litoral argentino, en las brisas que llegan cálidas del norte y se cuecen en los humedales del imponente río Paraná. Imágenes de una fuerza silenciosa que describe con naturalidad acciones cotidianas.

Féminas, un poco víctimas, un poco pasionales, un poco conciliadoras, llevan las riendas del carro familiar, son las que trabajan y ahorran, pagan las deudas y alimentan a los hijos y se entregan con devoción al sexo con sus hombres, sus maridos, cuando estos regresan de los bares con muchas dificultades para tenerse en pie, pero con energías suficientes para follar-coger. Incluso las noches en que volvía borracho, ella se las arreglaba para que se le pusiera lo suficientemente dura como para sentarse encima.

La crítica feroz que Patricio Pron hizo de este libro destacando el modo “torpe en la presentación del habla de los personajes” o de las contradicciones de lenguaje me animaron a empezarlo y a devorarlo hasta el último punto. Celebro la posibilidad de estas narrativas que vibran, que cuentan, que dibujan universos para los lectores.

Selva Almada acaba de quedar finalista en el Premio Tigre Juan y a su paso por Madrid fue entrevistada por Carmen Garrido para Viaje a Ítaca.

ESTRENO EN DONOSTIA-SAN SEBASTIÁN

© Fotografía y Proyectos

© Fotografía y Proyectos

Déjame ser la sombra de tu perro
Premio Mejor Equipo Artístico en el Festival de Teatro Joven de San Sebastián 2014

Autor / Director: Daniel Dimeco
Elenco: Raquel Domenech, Clara Santafé, Belén Méndez, Antonio Martín, Isabel Arenal, Beatriz Ortega y Shandra Sánchez
Responsable de Prensa: Carmen Garrido

Estreno: domingo 15 de junio en el Teatro Principal de Donostia-San Sebastián

Sinopsis de la obra: es un grito que mana de la soledad de sus protagonistas; una llamada de atención nacida del dolor, de la rabia, de la necesidad de roce, de una palabra de cariño. Es la historia de siete personajes rotos, devorados por un bagaje existencial cruento. Seres humanos que batallan, torpemente o con malas artes, por obtener, mantener o recuperar los afectos perdidos. Un hombre y seis mujeres dispuestos a lo que haga falta con tal de lograr sus objetivos, aunque tengan que anteponer egoísmos y rencores para lograrlos. En Déjame ser la sombra de tu perro se entrelazan el drama y el humor, el dolor más lacerante con la acidez de la risa cruel. Todo lo que se presenta como ingenuidad esconde siempre un as en la manga que los personajes se cuidarán.

Próxima función: 5 de julio, 18.00 horas, en el Teatro Campos Elíseos de Bilbao

TRAGALUZ 17


Coordinador: Giusseppe Domínguez
Asociación Cultural Clave 53

Poetas que participan en Tragaluz 17: Ana del Vigo, Carmen Cruz, Carmen Garrido, Carolina Ayensa, Chema Vega, Dolores Vallejo, Ernesto Pentón, Eva Luna, Federico Cardesa, Jorge Cabello, José María Martínez del Peral, Juan Carlos Ortega, Nines Cuenca, Paloma Hernández, Susana Recover y Teresa Sanz.

Los siguientes poemas pertenecen a Nines Cuenca:

El mar.
Una ola.
En la cresta un cayuco,
el universo,
en su interior, veinte almas.
Otra ola en camino.
¿Y luego?
Luego, un golpe de mar.
(Cayuco)

A veces te echo de menos.
Sobre todo cuando estás.
(Alzheimer)