Cine

GRITOS Y SUSURROS

Fotograma de la película

Fotograma de la película

Hoy durante el paseo han venido a hablarme estas mujeres y me han dicho con toda claridad que la verdad es que también ellas querían hablar. Que realmente querían tener ocasiones serias para explicarse y que no podemos alcanzar lo que queremos alcanzar sin palabras. Escribe Ingmar Bergman en su diario de trabajo, el 23 de abril de 1971, sobre Gritos y susurros (1972) al mismo tiempo que luchaba contra el hastío.

Al director le preocupan las cuatro actrices que van a interpretar los papeles protagónicos y a las que les tiene que dar claras directrices en cuanto empiece el rodaje. El creador sueco se ‘grita’ a sí mismo: ¡Piensa, Bergman, que vas a trabajar con cuatro mujeres que saben lo que se llevan entre manos! ¡Que también van a ser capaces de representar todo! Las dudas y los miedos de los grandes, la parada ante el monstruo (la película) que empieza a crecer.

Esas cuatro mujeres, enormes actrices, eran: Harriet Andersson (Agnes, la moribunda), Liv Ullmann (Maria, la más hermosa), Ingrid Thulin (Karin, la más fuerte) y Kari Sylwan (Anna, la sirvienta). Las cuatro se entregan en una obra maestra en blanco, negro y rojo, nacida de una imagen recurrente en la cabeza del director (se le aparecían cuatro mujeres vestidas de blanco que esperaban algo) que luchan frenéticamente ante el dolor físico (Agnes), el dolor psíquico (Karin), el aburrimiento mitigado por las infidelidades y un enamoramiento no correspondido (Maria) y una Anna que ha sufrido y sigue sufriendo en silencio, ni siquiera susurros, ella es el rostro cálido y afectivo que acompaña a la moribunda en el tránsito hacia la muerta.

Es imposible no asociar Gritos y susurros con Las tres hermanas de Anton Chéjov. Las tres hermanas del ruso y las del sueco comparten un mismo aroma, la apatía y la extenuante espera en las vidas de tres hermanas ‘atrapadas’ en parecidas redes vitales (o mortales) con la nada sutil diferencia que en la película nórdica el dolor irrumpe desde el primer instante.

Gritos y susurros, principalmente su autor-director, ganó todos los reconocimientos a través de los premios de la época y ahora ocupa un sitial indiscutible entre los clásicos de la cinematografía escandinava y mundial.

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DURMIENDO CON LA STASI

Fotograma de 'Dos vidas'

Fotograma de ‘Dos vidas’

Estamos en 1990 y el tren, como en la película Europa (1991) de Lars von Trier, sigue rodando por el continente. Una vez más habitamos un año visagra mientras contemplamos cómo la fuerza del Mar del Norte esculpe la costa abrupta de Bergen, Noruega. El viento y la lluvia azotan y nuestras miradas (las de personajes y espectadores) se pierden en el infinito, gozando de una calma que sólo puede ser escandinava y que, poco a poco, se va tornando esquiva. De la placidez que produce la nieve y el silencio, lo oculto va aflorando, intentando despedazar los retazos de calidez y erotismo que aún lamen las cicatrices.

Los garfios de la Stasi y sus miles de ojos claros llevan décadas ovillados en oscuros y recónditos rincones más allá de las fronteras de una tambaleante República Democrática Alemana, la aterradora RDA. Vidas, familias enteras sujetas a los humores de hombres y mujeres grises, cotillas sin escrúpulos, profesionales de la observación/delación y analfabetos afectivo, robots colectivizados que llevan cuarenta años dándolo todo por el Estado-cárcel socialista.

Dos vidas (2012), la película de los directores alemanes Georg Maas y Judith Kaufmann, recientemente estrenada en España, es un ejercicio de cómo se puede vivir en la impostura, como reza el tango, de noche y de día, habitando los espacios ajenos, los escenarios y parentescos hurtados. Un guión inspirado en algunas de las consecuencias del programa Lebensborn, la “fuente de vida”, la macabra invención de Heinrich Himmler para la procreación de arios. Un film centrado en las mujeres, las nacidas de madres noruegas y soldados alemanes durante la ocupación, las víctimas de esas uniones consentidas, las verdugos de la Stasi (invención vigilante de posguerra) y aquellas afectadas por las acciones del pasado. Papeles interpretados por Juliane Köhler, por una magnífica Liv Ullmann, madre que vive más de una vez la ausencia dolorosa de la misma hija, o por Julia Bache-Wiig.

Dos vidas no llega a tener la enjundia de La vida de los otros (2006), la soberbia película de Florian Henckel von Donnersmarck, y, a pesar de echar de menos un tratamiento psicológico mucho más hondo de los personajes (gustos personales), tiene poesía y es una muestra interesante de otro capítulo que une al nazismo con el comunismo sucesor en el sector oriental de Alemania.

Tráiler de Dos vidas.

LA GENTE DE MI EDAD ES QUERIDA POR SUS HIJOS

Luminita Gheorghiu
Todo se compra y todo se vende. Todo se arregla con dinero o con favores. Todo se negocia, incluso la muerte, aunque aquí, justo en este punto se marca el límite: nadie es capaz de resucitar al muerto. ¿Qué no hace una madre por salvar a sus hijos? Mueve cielo y tierra, agujerea montañas, abre mares o abraza las nubes, pero aún así no consigue al hijo, no obtiene su afecto.
Madre e hijo (2013), del joven director rumano Calin Peter Netzer, obtuvo el Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Berlín. Una película con una hondura que se agradece y una sencillez increíble, un trabajo que no parece tener más pretenciones que el de contar muy bien una historia y dibujar los trazos de un sistema corrupto, heredado de la dictadura de los Ceaucescu, que se mantiene incólume pese al tiempo transcurrido.
Una madre rica, interpretada por una excelente Luminita Gheorghiu, intenta salvar de la cárcel a su hijo de 32 años después de que éste atropellara a un adolescente de una familia pobre cuando iba a 140 kilómetros por hora. La madre, quizás por su propio fracaso matrimonial, se empeña en salvar el futuro de su hijo desde un presente quebrado, lleno de miedos y cobardías.
El hijo se debate entre ser (un hombre) y permanecer como un niño al que los demás le salven de los obstáculos. Una relación de observación freudiana entre una madre y un  hijo y la existencia de un padre débil, casi ausente, y una nuera ignorada hasta el momento en que se convierte en una pieza funcional de las necesidades materno-filiales.
El entorno, entre decadente y ochentero, es una pintura de un país casi desconocido que todavía transita entre el comunismo férreo y la era del consumo, donde las clases sociales están tan marcadas que en los instantes de máximo dolor se ejerce un paternalismo y una condescendencia atroces.
Madre e hijo es una película hecha cámara en mano y acerca de una temática sobre la gente normal, una fehaciente demostración, como también lo fue el durísimo film 4 meses, 3 semanas y 2 días de Cristian Mungiu, de que las buenas historias, contadas a través de buenos actores y desde la honestidad, dejan un regusto y un aroma agradables.
Por último: imperdible el encuentro de la madre con los padres del niño muerto.

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA

El beso de la mujer araña by JuanVal

 Hombre contra hombre o amar y no poder como se quiere. En El beso de la mujer araña, Manuel Puig desgrana una historia llena de tensión sexual entre dos hombres encarcelados en los años setenta: un militante subversivo y un homosexual.

Dos hombres que luchan por sus ideas: cambiar el mundo mediante la violencia, el primero, y vivir junto a un hombre toda la vida, el segundo. Lo del matrimonio homosexual, ahora mismo tanto en España como en Argentina, que es donde se desarrolla la historia de la novela y de la versión teatral de Puig, no es un tema que conlleve grandes debates ni ponga en riesgo vidas ya que ambos países han aprobado sendas normativas matrimoniales entre personas del mismo sexo. Pero si nos retrotraemos a la década de los setenta, en una España que enterraba a Franco y en una Argentina que se desgarraba el vientre en una batalla fratricida, el hecho de manifestarse abiertamente homosexual no se concebía como una opción de vida en absoluto plausible y donde los implicados tenían que sortear el miedo a ser denunciados “por los pecados inconfesables”.
Puig hace una radiografía magnífica de estos dos hombres, Valentín y Molina, apresados por el sistema y prisioneros de sus propios pensamientos y prejuicios, dos granos de arena que sueñan con vivir una realidad diferente y ya se sabe que para cambiar una cosa hay que dejar otras importantes en el camino.

Fotograma de la película

Molina, un escaparatista de 41 años, recurre a una película para pasar las horas muertas en la cárcel. Valentín lo escucha con más o menos interés y ambos intercambian opiniones sobre los hombres y mujeres que la habitan: una de ellas es la mujer pantera, una chica que dibuja a la pantera del zoo. Ficción y realidad se entretejen. Poco a poco, ambos se van acercando, poco a poco empiezan a entenderse mutuamente y, uno de ellos, comienza a enamorarse.
El beso de la mujer araña, cuya versión cinematográfica recayó en 1985 en los actores William Hurt y Raúl Juliá y dirección de Héctor Babenco, es una obra de gran sensibilidad, una historia que muestra a cuerpo desnudo los flancos débiles de los seres humanos, más allá de sus formas de ser y de lo fuertes o no que puedan parecer. Y, además, no todo es lo que parece.
Manuel Puig, novelista y dramaturgo, nació en Argentina en 1932 y murió en México en 1990. Autor de novelas míticas como Boquitas pintadas, The Buenos Aires affair, Pubis angelical o La traición de Rita Hayworth, todas historias que no pasaban desapercibidas en una sociedad demasiado apegada a la moralidad formal. Puig fue homosexual declarado desde su juventud y militante de la causa.

PRISIONEROS



Hugh Jackman en el papel de Keller Dover
La gran pregunta con la que uno sale después de ver Prisioneros(2013) es: ¿qué haría yo en su lugar? ¿Hasta donde torturar a otro ser humano es reprobable si está en juego la vida de un hijo/a? Las dudas surgen al instante, sencillamente porque nadie tiene seguridad de que el torturado es el responsable de lo que ha sucedido. Continuar o detenerse. Las valoraciones morales se ponen en entredicho y entrar en contradicciones.
 
Es el Día de Acción de Gracias en un barrio middle class de Nueva Inglaterra. Es después de comer el pavo y de agradecer la buena cosecha del año cuando las hijas pequeñas de las dos familias que celebran juntas el día desaparecen. La única pista con la que cuentan es una caravana que ha estado aparcada bajo la lluvia delante de una casa deshabitada y de ese hilo hay que empezar a tirar, por un lado la policía y por el otro Keller Dover, el padre de una de las niñas desaparecidas, a cargo de un brillante Hugh Jackman.
 
 
 
Prisioneros, la excelente película del canadiense Denis Villeneuve, el mismo que en 2010 dirigió Incendies, film basado en la obra homónima del dramaturgo Wajdi Mouawad, recrea un ambiente asfixiante en el que la lluvia y la nieve adquieren una relevancia de tal magnitud que son capaces de helar la sangre y de oscurecer los atisbos de belleza. Porque, como casi siempre, por debajo del barniz lustroso discurren los desagües y brotan las malas yerbas.
 
No sólo es Jackman en la película, Prisioneros tiene un reparto de lujo: Viola Davis, Maria Bello o Terrence Howard. Y un comentario especial para Jake Gyllenhaal, un actor que ha crecido inmensamente, encarna brillantemente a un policía de provincias, una interpretación soberbia.
 
 

LAS VÍRGENES SUICIDAS

Gone with the wind by Markku Salo

Entrar en una almoneda y perderme entre los trastos viejos usados por gente desconocida (muerta o viva) para mí es una de las actividades más gratificantes y relajantes. Si a eso le agrego que entre lámparas cochambrosas y candelabros plateados de antigua familia de clase media y orgullosa de serlo me topo con un libro que tenía pendiente de leer desde hacía muchos años, Las vírgenes suicidades de Jeffrey Eugenides, ya el día se convierte en un éxito absoluto.

 
Los adolescentes del barrio no habían tenido jamás un encuentro cara a cara con la muerte. Los últimos muertos de los que habían oído hablar eran los asesinados en los campos de batalla durante la Segunda Guerra Mundial y eso había sido en sitios muy apartados del suburbio junto al lago Michigan, próximo a la frontera con Canadá, donde se desarrolla la historia.
 
Todo comenzó un 9 de julio, cuando una de las cinco hijas de la muy católica familia Lisbon se suicida. A partir de ese momento, durante los siguientes trece meses, los Lisbon, el barrio y la vida de los vecinos va a sufrir un cambio rotundo.
Los insectos muertos se contaban por millares, eran las moscas del pescado que habían infectado el verano y de las que no se podían librar ni siquiera quemándolas, lo que hizo que nos parecieran más muertas que cualquier cosa que pudiéramos imaginar.



La familia Lisbon
Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Sofia Coppola

La muerte está presente en esta novela, claro que sí, pero no tiene la espesura agobiante que podría imaginarse cuando hablamos de cinco adolescentes que optan por el suicidio, porque, lo que la niñas Lisbon querían, incluso después de que muriera la primera de ellas, era vivir… si nos dejan.

Plan premeditado entre las cinco hermanas, depresión profunda, lo que más interesa en la novela de Eugenides es saber qué hay detrás, cuál es el trasfondo que se vive en esta familia que, con su decadencia, marca el retraimiento de todo un barrio antiguamente orgulloso de ser la clase media americana.

Las vírgenes suicidas fue llevada al cine en el 2000 por Sofia Coppola (tráiler).

 

TRILOGÍA PARAÍSO (AMOR, FE Y ESPERANZA)

Amor, Fe y Esperanza
Está claro que cada persona entiende la existencia del Paraíso propio de una manera absolutamente personal, incluso quienes se aferran a la idea cristiana del mismo lo condimentan con sus fantasías. El Paraíso y el Infierno suelen estar mucho más cerca de lo que nos creemos, suelen ser sitios vecinos cuyas lindes se difuminan fácilmente hasta el extremo que no sabemos exactamente dónde estamos haciendo pie o de qué manera hemos ido a parar adonde no queríamos.
 
El cineasta austriaco, Ulrich Seidl, ha conseguido, a través de su trilogía Paraíso (Amor, Fe y Esperanza), construir islotes, o mostrar mediante polaroids, esa frontera peligrosa, ese borde oscuro en el que es posible encontrar la felicidad buscada o el dolor más triste.
 
Amor

La sutileza en las escenas no pasan desapercibidas y llenan de admiración. Seidl muestra situaciones que en otras cinematografías hubieran sido resueltas mediante ríos de sangre, pero él opta por sugerirlas y el espectador las capta, vaya si lo hace, y hasta se siente identificado.

 
En Seidl he descubierto a un creador que trabaja en los túneles del arte, se trata de un obrero que avanza soterradamente, linterna en la cabeza como los mineros, y, mediante el humor y el drama, va dando zarpazos inesperados.
 
Fe

Las vacaciones del Primer Mundo surgen como paréntesis de locura, deseos ocultos y fanatismos: en Amor, una mujer de edad mediana, sin marido y con una hija adolescente con la que tiene poca comunicación, se va de vacaciones sexuales a un resort de lujo en Kenia. En Fe, una mujer que, como la anterior, también ronda la cincuentena y que ha abrazado el ultracatolicismo aprovecha sus vacaciones para evangelizar a marginales y descreidos en una Austria acomodada que anda la deriva en cuanto a sus creencias. Y, finalmente, en Esperanza, un grupo de adolescentes obesos (aunque la protagonista es una de las adolescentes) pasan sus vacaciones estivales en un campo de reeducación con la más o menos firme intención de perder kilos.

 
Esperanza

Las tres películas están abrazadas por los sentimientos de soledad y desamor, y transitadas por la alienación de sus personajes y por una lucha no siempre visible para ellos de total pérdida de sus propios ejes existenciales que, intentan, camuflar incursionando en diferentes variantes del Paraíso. Tres mujeres con ansias de llenar sus vidas vacías en un entorno que, supuestamente, satisface todas las necesidades materiales.