UNA NOVELA RUSA

‘Over the Kremlin’ by Lebedev Rostislav

De pequeño, a Emmanuel Carrère le entonaban una antigua nana rusa cuya letra exaltaba el espíritu guerrero de los niños varones. Era una nana que cantaban las madres rusas a sabiendas de que cuando el bebé creciera partiría rumbo al campo de batalla. En resumen, el hijo tiene que ser valiente como lo es o fue el padre. Una pesada herencia de sangre.

El autor de Una novela rusa (Anagrama 2015) hace gala de una increíble autocrítica: Muy pronto tuve conciencia de que mi padre no era un guerrero y mi madre prefería que me quedase a su lado antes que ir al combate. Toda una muestra de su carácter.

A Emmanuel Carrère le obsesiona, y le atrae enormemente como escritor, la desaparición de su abuelo materno (el padre ruso de la historiadora Hélène Carrère d’Encausse). Él coquetea con esa historia familiar por la que su madre sufre en silencio. Viaja hasta Kotelnich, un pueblo siberiano con poco que ofrecer, sin saber muy bien el motivo. Posiblemente escapando de sí mismo o sus circunstancias. Hasta que un asesinato le regala una historia. La monotonía de la estepa rusa es atractiva y rechazable a partes iguales. Pueblos en los que aparentemente no ocurre nada y subterráneamente suceden muchas cosas, como en Jarkov, la cloaca donde nació Limónov, el escritor-rebelde sobre el que Carrère escribió un libro magnífico.

Mientras tanto, en un interminable tira y afloja con su pareja, Carrère llega al punto de decirle lo siguiente en un avión que los lleva de vacaciones a Córcega: ¿Sabes lo que va a pasar? Vamos a hacer lo que hemos dicho. Nadar, vaguear al sol, fumar canutos. Estará bien. Yo estaré encantador, tierno, atento, te haré el amor, te diré que te quiero, pero te lo advierto: será mentira. Él observa los espasmos en el vientre de ella y a la media hora le pide perdón.

De manera totalmente descarnada, Carrère se abre en su faceta de hombre celoso, inseguro, clasista, edípico (un rasgo que deja claro en casi todas sus novelas). Un ser que apuñala para evitar ser lastimado. Poseído por ráfagas de odio que intercala con otras de pánico y adereza con fina e hiriente ironía. Llega a presentarse monstruoso a la vez que teme serlo. Llama la atención que su pareja le siga el juego. Se mienten, se perdonan, follan y él siempre se escapa a Rusia, como si en el árido Kotelnich fuera a reencontrarse con el guerrero que sus padres decidieron que no fuera.

De aquella experiencia nace este libro y en 2003 una película-documental: Retour à Kotelnitch.

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