20, RUE DE SEVIGNÉ

© Carmen Garrido

La voz de María Callas acaricia mis orejas y enciende mis sentidos. Su voz es como un hálito tibio que se pasea en la medianoche de principios de agosto. D’amour l’ardente flamme.

El serenísimo patio central del antiguo depósito de La Samaritaine, en el quartier Saint-Paul, se relaja en su duermevela. Los grillos oran entre los arbustos del jardín, abrazados por el aire dulce y cándido del verano parisino.

Es de noche y en la habitación los destellos de una lámpara amarillean las paredes. El ejemplar recién comprado de Une jeunesse soviétique, con dibujos y textos de Nikolaï Maslov, ya cuenta con una pequeña mancha color burdeos, las huellas de sangre del mejor Côte du Rhône. El escritor (el mío particular, el que me inventó y al que asesiné para ser yo misma) ha salido a pasear a medianoche, como los antiguos iluminadores de calles, aquellos que encendían las bujías de aceite, que conocían historias surgidas de las sombras, escuchaban discretamente cuando se acercaban los carruajes a las casas señoriales y veían descender a las damas que volvían de la Opera o a los amantes que abandonaban los lechos ajenos antes del chapoteo de las barcazas de pescadores remontando el Sena, o se cruzaban con los ladrones noctámbulos durante el siglo de Balzac. Decido seguirle, ver adónde quiere llegar.

Los reflejos de las ventanas del palacete de la condesa Rothschild tiñen de plata y oro las aguas que lamen la quietud de la isla de San Luis. Él cierra los ojos y entonces aprovecho para acercarme. Nuestras miradas se cruzan. En uno de los tantos raptos de altivez que me asaltan, me veo tal y como me describió en el papel: bella e inteligente. Siempre me hizo mucha gracia el lunar que colocó a su antojo en mi cuello, bajo el lóbulo de la oreja izquierda. Una impronta minúscula, que en cualquier persona o personaje pasa desapercibida y que él, mi inventor, la elevó tanto que mi pobre André, mi marido también en el papel, se excitaba pasándome la lengua. Hace de eso mucho tiempo, poco después de 1968.

Le toco. Mi mano, pequeña y tibia, aprieta con fuerza la suya y le sonrío y, sin dejarlo reaccionar, tiro de él y corremos por Saint-Louis-en-l’Île hasta el puente y oigo su respiración acelerada y las pisadas amplificadas en el eco. Me doy cuenta de que me ha reconocido, que sabe quien soy. Que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo existiendo para él después de haber pasado noches y días enteros en mutua compañía. Porque nos hemos excitado, peleado, ignorado mutuamente y hasta hemos hablado mansamente.

Nos adentramos por los callejones estrechos, más allá de Saint-Michel y de la plaza de Saint-André-des-Arts, cerca de la calle de Hautefeuille, donde yo alquilaba un ático al llegar de la Unión Soviética. Los muros de los edificios se estrechan sobre nosotros. Su suavísimo jadeo me recorre el cuerpo y no dejo de pensar si alguna vez se enamoró de mí, si durante aquellos meses de escritura me pensó, si se metió tanto en mi cuerpo como para llegar a hacerme el amor. Pero sé que jamás lo sabré. Ya no.

Al girar en la calle de Sevigné, muto de joven a mayor, de muchacha idealista y pretenciosa a mujer quebrada de dolor por mis traiciones y desventuras, por mis silencios innecesarios cuando debí haberme expresado, por los errores cometidos y la imposibilidad de una vuelta atrás. Inconscientemente, me llevo una mano al bolso buscando los grados de vodka que me despejaban y me censura con la mirada que brinda la autoridad de quien mejor me conoce. Los recuerdos caen encima de mí cuando el camino se hace cada vez más y más Le Marais.

Nos detenemos delante del número 20 de la calle de Sevigné. Sus ojos se entornaron y un latogazo de horror astilló su rostro. Las plantas y flores del que fuera mi balcón estaban muertas, las únicas fallecidas en toda la ciudad durante los meses de verano. Desanduvo el camino mientras que yo me quedé allí, no sé si en la calle u obersvándolo a través del cristal de mi casa. Tampoco importa ya.

Otro sorbo de vino y la Callas se viste de Lucia di Lammermoor.

Me llamo Irina Maslova, nací en Irkutsk y permaneceré para siempre en París.

@DanielDimeco

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One comment

  1. Es el París en que Callas muere, triste, solitaria y final, derrumbada como uno de sus personajes operísticos, sin aliento, grande, fabulosa, diva y sencillamente magistral, como una señorita de pueblo que ansía tocar el cielo con todo el cuerpo, pero los dioses sólo le deparan el paraíso de una voz excepcional. Insuperable, María, es encontrada por su asistenta en su hermoso piso de Paris, con sólo 54 años. Su gran amor, Onassis, yacía con Jacqueline Kennedy en un esfuerzo absurdo por encontrar la cima en una vagina de high society. María languidecía como una de sus frustradas muchachas destrozadas por la inquina social. La rusa Irina Maslova se yergue sobre el infortunio del pasado, y hermosa como pocas, refulgente en su estatura y sus curvas, briosa y sexy como pocas cree que el pasado de la URSS ha sido mucho peor que el infierno que vive hoy el pueblo ruso. Pero está en París, la bella Irina está en París y aquí se le ha rendido encantador homenaje.

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