GENES PERFECTOS QUE RÍEN Y RABIAN

Borja Maestre, Alejandro Casaseca, Diego Ercolini,
Marta Gómez, Rubén Ochandiano y Silma López



Por Daniel Dimeco para Culturamas (22 abril 2014)
¿Y si un día todo cambia? ¿Y si existen otras familias tan felices como las nuestras? No es fácil comprobarlo si no se está dentro de ese círculo sacrosanto, si no se late al ritmo (sístole y diástole) del propio corazón donde se gestan todos los traumas, taras y afectos humanos, en el seno de las dichas y desdichas más atroces. Las familias evolucionan para quedarse donde siempre han estado: cada miembro adquiere un puesto de control y desde allí observa a los otros miembros con tanto celo como el que ponían los guardias de frontera de la antigua Alemania del Este.
Rubén Ochandiano se perfila con cada nuevo montaje en un perfecto hurgador de entrañas, ya sea removiendo las tripas del Poder con Antígona, descubriendo los más sórdidos secretos familiares en Animal o volando con la deliciosa versión de La gaviota de Chejov. Esta vez, Ochandiano vuelve a sentarse en su puesto de control teatral y escribe La evolución, una obra que nos invita a pensar (entre risas) sobre lo avanzados que somos los seres humanos y acerca de las alternativas de las que gozamos (o podemos llegar a gozar en el futuro) dentro de ordenamientos familiares que nos aseguran la supervivencia o la destrucción.
Esta obra es un retrato irónico de nuestra especie en el entorno más íntimo, es una radiografía de la maternidad abrasadora, una Bernarda obsesionada por la herencia biológica perfecta. Un enredo humorístico con sorpresas tanto para los espectadores como para los propios personajes implicados en la historia. Tres hermanos nacidos de la misma madre y de padres diferentes elegidos por sus excelentes genes nos meten de lleno en un laberinto de deseos, necesidades, afectos y antipatías del que cuesta salirse así sin más, sin siquiera replantearse posibilidades no contempladas o sin dejar una vía libre al runrún del pensamiento en medio de esta ciénaga adormilada.

La puesta en escena es un aparente caos que por momentos roza el estilo de teatro que en España se ha conocido a través de Daniel Veronese y de Claudio Tolcachir, pero que en Buenos Aires goza de una larga tradición. Una manera de mostrar historias creando atmósferas perfectas para que el espectador que se acerque a la sala del Teatro del Arte no sea un mero testigo de la trama sino un personaje más sentado en el salón de Luisa, Lorenzo y Paula y hasta sienta la tentación de levantarse y participar en las charlas y preocupaciones de la familia.

Un reparto de actores muy bien escogido en el que se puede disfrutar con el trabajo de Silma López y las muy buenas interpretaciones masculinas a cargo de Borja Maestre, Alejandro Casaseca y Diego Ercolini. Y un grato descubrimiento: Marta Gómez.
Un cóctel teatral apetecible en la cuesta de San Cosme y San Damián con una guinda muy ochandiana: chanson française.
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