CALLE DE LOS LADRONES

 

Foto by Saurabh Das – AP



Doy vueltas en mi prisión porque nunca podré encontrar a aquel que fui, el amante de Meryem, el hijo de mi madre, el niño de Tánger, el amigo de Basam; después sucedió la vida, Dios desertó, la conciencia se abrió su camino, y con ella la identidad…
De pequeño soñaba junto al mar, miraba las luces que a lo lejos iluminaban los sueños que no se pueden alcanzar. Sueños y frustraciones, errores de adolescentes y la vida que continúa, un nuevo paso, un nuevo giro en una esquina y el tercio se cambia. Ladjar, el protagonista marroquí de Calle de los Ladrones (Mondadori 2013) es expulsado de su familia después de haber tocado a su prima Meryem y, entonces, la vida adquiere un cambio y el sueño europeo se convierte en una necesidad de existencia.
Mathias Énard arranca la historia de esta novela en plena efervescencia de revueltas ciudadanas, la llamada Primavera Árabe, ese gritos atronador que nació en Túnez y se extendió por varios países musulmanes, pero que el tiempo fue acallando hasta el silencio, hasta terminar a porrazos, acorralados entre Dios y la pared. Y del Magreb al sur de Europa, a una España en plena crisis y movimientos callejeros que Lajdar consigue conocer un poco por azar y por impulsos hacia adelante, por nuevos cambios de tercios que lo llevan hasta Barcelona, a una Barcelona de prostitutas, drogadictos y pillos de diferentes calibres que no tiene nada que ver con el deseo del personaje: Lo único que quiero es ser libre para viajar, para ganar dinero, para pasearme tranquilamente con mi novia, para besarla si me apetece, para rezar si me apetece, para pecar si me apetece y para leer novelas de detectives…
Calle de los Ladrones es una novela que comienza con el sabor del norte de Marruecos, con las mejores reminiscencias de Mohamed Chukri, los pasos y risas de Jack Kerouac, Paul Bowles o Allen Ginsberg y se va apagando una vez que cruza el estrecho de Gibraltar, convirtiéndose en una narración menos vitalista una vez que el rotagonista se instala en Barcelona a pesar de que éste, según su autor, mantiene la esperanza.
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