LA CHIQUITA PICONERA

La chiquita piconera de Julio Romero de Torres
Un buitre sobrevoló el cielo límpido de la Sultana y se posó sobre el tejado del Hospital de San Sebastián, la residencia de las monjas salesianas de Córdoba. La piconera lo vio de reojo, poco antes de entrar en solsticio hiemal, mientras buscaba, a través de los critales, los ojos negros del río Guadalquivir, eternamente serpenteante a sus espaldas en el cuadro de Julio Romero de Torres.
La niña-mujer de embriagadora belleza andalusí una tarde fue conducida, casi a rastras, hasta el taller de Romero de Torres.
-Mire don Julio. No me va a decí usté que no é guapa la María.
-¿Cómo te llamas? –le preguntó el pintor.
María Teresa López –respondió con un, aún, perceptible deje porteño.
Romero se pasó una mano por el bigote, entrecerró los ojos y se recostó sobre el espaldar de la silla de anea. La chiquita piconera lo miró sin pestañear. La osadía y la hermosura enamoraron a don Julio quien, por entonces, había superado la cincuentena, mientras que ella todavía no había llegado a los quince.
La chiquita piconera, la mujer morena, la de las piernas cinceladas, la belleza estampada en los billetes de cien pesetas de la posguerra, la joven delgada, morena y de grandes ojos negros, posó para el artista. Las correderas, paseándose cogidas del brazo por la ribera, dijeron que la hija de los López se había desnudado para el hombre. Y la ciudad entera les creyó. De María Teresa dijeron en público que había sido amante del artista; detrás de las rejas comentaban que era una puta. Fue desplazada, aislada y señalada… Marcada para siempre.
María Teresa López
Un día, de la iglesia de San Pedro, partió un cortejo pequeño, con paso lento. La última parada: el cementerio de El Carpio. Unos pocos iban acompañando a un cuerpo de miel; a unas manos finas azuladas por las venas; a un rostro de rasgos delicados con un imperceptible rictus de pena arrastrado desde la adolescencia. Sobre el ataúd, un bordado mantón y un clavel rojo español. Los soportales de la Mezquita-Catedral se cerraron y, a medianoche, doce campanas fueron tañidas con furia.
Córdoba dormía. La brisa suave acercó el aroma a azahar y canela. El llanto del Guadalquivir compuso notas contra los pies del Puente Romano y unas cortinas blancas se agitaron suavemente.
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