NOCHES DE LOCURA Y SENSACIÓN

El corazón de la locura
Salvador Dalí
 
En el autodenominado “boom” del teatro en España, podemos ver tres clases de puestas en escena (siempre hablando de manera genérica, por supuesto): buenas, malas y para twitter. Casi todos somos capaces de reconocer las dos primeras categorías. La última de ellas, a priori, es más engañoso calificarla como buena o mala, pero tiene su propia dinámica de creación, su particularidad que defino, quizás con cierta exageración, así: se escribe en un fin de semana, se ensaya en una semana y se anuncia en twitter durante un mes entero como el evento que nadie debe perderse.
 
¿Por qué hago esta introducción? Tal vez porque, por fin, me he sentido muy satisfecho de haber visto en este mes de julio dos obras que merecen la pena contar con el favor del público, dos obras que denotan que hay un trabajo serio detrás, dos obras que no tienen otras pretenciones más allá de contar una historia mediante una buena escritura y una buena dirección consiguiendo que los espectadores reflexionen, rían, se emocionen y salgan con ganas de volver al teatro. Me refiero a Animal, de Rubén Ochandiano, y Diario de un loco, de Luis Luque. Las dos puestas en escena llevan, sin dudarlo, el calificativo de buenas (y de muy buenas).

La puesta en escena de Animal resultó ser una maravillosa trampa mortal para los espectadores, una celda donde los tercios de la historia varían constantemente y la sospecha de lo que ha ocurrido (de lo terrible que allí acaba de suceder mientras, aparentemente, todos dormían) recae alternativamente en cada uno de los personajes implicados. Una historia por momentos claustrofóbica a la que el pequeño y cercano escenario de La Casa de la Portera le viene como anillo al dedo. Ochandiano escribe y dirige esta historia bestial, un cruce de acusaciones entre un matrimonio, a cargo de Alejandro Casaseca y de una brillante María Vázquez, y de un huésped habitual de la casa que encarna Tamar Novas. La violencia va in-crescendo y se muestra sutilmente mediante un off muy bien conducido que permite al espectador imaginar la dureza de las vivencias que se suceden en la habitación de al lado.

 
Diario de un loco es uno de los cuentos que aparece en Historias de San Petersburgo, de Nikolai Gogol. La versión que Luis Luque ha estrenado en Fringe Madrid 2013 y que, esperemos, pueda verse después del verano en alguna sala madrileña, tiene la frescura y la profundidad del teatro bien hecho, del que aspira a conseguir la reacción del espectador mediante una historia que remueve las entrañas provocando sensaciones. Los 42 años que vivió Gogol fueron un tormento para sí mismo, un hombre envuelto en los brazos terroríficos de las depresiones y golpeado por ataques de ansiedad llegó a Moscú y trabajó como pequeño burócrata, una experiencia que, sin dudas, le sirvió para escribir este Diario de un loco y dibujar desde las tripas mismas del sistema las incoherencias del Poder, los abusos del Poder y la oposición entre lo que uno cree ser frente a lo que los demás ven en el personaje. Gogol mezcla magistralmente elementos del realismo social ruso de la época, con humor y fantasía, algo que Luis Luque ha sabido templar y mandar en su versión interpretada magistralmente por José Luis García-Pérez.

Ochandiano y Luque optan por personajes afectados mentalmente, ambos, como directores, hincan el cuchillo en el dolor que causan las mentes perturbadas y, poco a poco, nos conducen certeramente a la empatía y a la comprensión de los personajes.
 
Ambas obras son un soplo de aire fresco en esta cartelera teatral madrileña muchas veces pagada de sí misma, que se autoimpone una altura de cartelera arriesgada, como sí lo son otras, y donde el nepotismo es un valor curricular y las caricias twitteras el aroma putrefacto que rezuma la imperdonable pobreza creativa. Apoyar los pies en el suelo y seguir adelante trabajando fuerte fue el sabio comentario que me hizo Luis Luque, con la humildad de quien sabe perfectamente que todo es volátil, de que esta actividad de creación es frágil y que siempre se corre el riesgo de que las alas de la libélula se chamusquen si se acerca demasiado a una lámpara de aceite. Lo único que se sostiene en el tiempo es una buena trayectoria, incluso cuando en ella existen errores que manchan los aciertos.
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