EL MAPA DE LAS VIUDAS: PALABRAS DE ENRIQUE GARCÍA FUENTES

Jaime Álvarez Buiza, David Benedicte, Paloma Morcillo,
Daniel Dimeco y Enrique García Fuentes

Quiero agradecer a toda la ciudad de Badajoz por el inolvidable martes 23 de abril de 2013, Día del Libro y en cuya tarde tuve la enorme felicidad de presentar en sociedad mi novela El mapa de las viudas en las Casas Consistoriales de la Plaza Alta. Además, quiero expresar mi especial gratitud al profesor Enrique García Fuentes, colaborador habitual en el diario Hoy de Extremadura, responsable de presentarnos (a la novela y a mí) y cuyas palabras de enorme cariño, respeto y conocimiento acerca de la obra y de su personaje protagonista, reproduzco a continuación:

Si no me he documentado mal, es evidente que, pese a no gozar todavía del favor de gran público, no estamos ante un recién llegado al mundo de las letras en el caso de Daniel Dimeco, flamante ganador del XVI Premio de NovelaCiudad de Badajoz que hoy presentamos. Argentino de nacionalidad, italiano de ancestros, Dimeco lleva residiendo en Madrid desde 2002. Según leemos en su jugosa página web, posee un Master en Gestión Cultural por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, de Madrid; es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires y ha trabajado en las embajadas de Argentina en Copenhague, ante la Unesco y en Madrid.

Pero como lo que nos interesa aquí es su filiación literaria, detengámonos brevemente en hacernos eco de su actividad teatral antes de centrarnos en su novelística, porque nuestro autor posee un sólido bagaje en este cada vez más olvidado ámbito. Como autor, parte de su producción ha podido verse en teatros como el “María Guerrero”, de Madrid, participando en las obras colectivas Los otros niños y Ojos de sal y a su nombre figuran títulos como El ángel azul (Editorial Círculo Rojo), ganador del Premio de Teatro Mínimo Rafael Guerrero, de 2008; Mirando pasar los trenes, Premio de Autores Nacionales Teatro “El Búho” el año 2009 allá en su país natal y La mano de János (editada por el Patronato de Cultura del Ayto. de Guadalajara el año 2011, tras obtener el año anterior el prestigioso Premio de Teatro Antonio Buero Vallejo. Como director, ha llevado a escena la obra ¿Son los días felices?, que se estrenó en la capital el año 2005. Su actividad le ha llevado también a compilar obras de teatro breve para la Escuela de Interpretación “Jorge Eines”. 

El mapa de las viudas
Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2012
Algaida Editores 2013
En el ámbito de la narración, cuentos suyos han conseguido también importantes galardones, y en el campo de la novela larga, Dimeco publicó en Barrio de Maravillas, en colaboración con la Junta de Castilla y León el año 2011, y tras haber sido premiada con el Fray Luis de León de Narrativa el año anterior, La desesperación silenciosa. Hoy, de la mano de la editorial sevillana Algaida nos llega esta de El mapa de las viudas, de la que sabemos que también, en su momento, fue finalista del prestigioso PremioClarín de Novela allá en Argentina. El mismo autor, en una entrevista reciente, ha declarado:

“Los premios siempre me han servido de incentivo para continuar en una lucha solitaria”

desde estas palabras, he de decir que, con El mapa de las viudas, se nos ha presentado una ocasión perfecta para que lo vayamos acompañando en una andadura que ansiamos fructífera y definimos ya como esperanzadora.

Me permito asirme a esa entrevista a la que aludía, más que nada porque en ella se revelan algunas claves que van a servirme para presentar esta novela ante ustedes, sintiéndome más seguro del terreno sobre el que piso. En primer lugar porque descubre algunas preferencias literarias que hay que tener muy en cuenta a la hora de dilucidar los parámetros de su escritura: 

“me fascina el universo sombrío de William Faulkner, el despiadado de Cormac McCarthy, las descripciones únicas de John Banville, la hondura psicológica de Fiodor Dostoyevski, la dureza contemporánea de Sofi Oksanen, que escribe como a golpe de cincel, el Coetzee de La edad de hierro u Hombre lento…”
y remata diciendo:

“son autores de páginas duras, de desaliento, escritores capaces de ahogar a los lectores con sus palabras”.

Ya les anuncio que El mapa de las viudas no es una novela de digestión fácil; es más, me permito felicitar efusivamente al jurado de este premio por su valentía a la hora de galardonar un texto rudo y exigente, en absoluto complaciente con modas al uso ni con modos consagrados. Se trata, además, de un reconocimiento que sanciona afirmativamente otra preclara declaración de nuestro autor:

“me interesa mucho el lado perverso y oscuro que todos tenemos y escondemos, felizmente, junto a las buenas maneras y a la corrección política”.
David Benedicte (Poemarx), Paloma Morcillo
y Daniel Dimeco (El mapa de las viudas)
Cuando hace ya algunos años el mismo Dimeco daba noticia de un trabajo futuro: 

“he acabado de escribir una novela que, siendo fiel a mi escritura, trata de la locura y de cómo la sociedad, o sea todos, tapamos y encubrimos verdaderos horrores”

nos cabe perfectamente pensar que se refería a la novela que hoy tenemos entre manos, porque mucho de lo aquí dicho sostiene esta trama tan trabajada y, por encima de todo, la experiencia de un personaje llamado a ser inolvidable.

Como está muy bien redactado y, sobre todo, no levanta excesivamente el argumento de la novela, me remito al texto de la contraportada de su envoltura para revelar un poco el trasunto de la misma:

“A finales del verano de 1960, una serie de asesinatos en la ciudad de Stralsund, al norte de la República Democrática Alemana, agudizan la locura de Eleonora Maler. En ella conviven dos existencias paralelas: la mujer que fue hasta terminar la guerra y la personalidad que se originó una trágica noche de 1945. Pero ambas, la cuerda y la enajenada, son una, comparten el mismo cuerpo y viven una vida común, acompañadas de una niña que arrastra su propia desdicha. En el asfixiante ambiente de una pequeña ciudad donde la Stasi se afana en controlar a todos sus habitantes, Eleonora tendrá que enfrentarse a sus propios miedos y a sus propios fantasmas: algunos sólo están dentro de ella, pero otros aún recorren las calles de Stralsund.”

No es la fría ciudad pomerana un espacio usual para la ubicación de un relato; hay una explicación, sin embargo, perfectamente concluyente al respecto y la da nuestro propio autor:

“me atrae muchísimo el universo nocturno y frío del Norte de Europa y siempre me he sentido muy bien en esos países, ya sea viviendo en ellos o “viajándolos”.

Ni sé (ni me importa) si Daniel Dimeco ha estado realmente en Stralsund; sí les puedo garantizar que buena parte de la onomástica empleada (sobre todo la que se refiere a los monumentos, la iglesia de San Nicolás, por ejemplo) es absolutamente fiel a la realidad y en más de una ocasión ese frío del Norte de Europa que, desde Escandinavia, atraviesa el Báltico y convive con los habitantes de la ciudad portuaria, adquiere un relevante protagonismo dentro de la novela. Lo verdaderamente relevante es el hecho de que la acción aquí narrada casa perfectamente en los límites del escenario elegido: una ciudad pequeña, casi aislada, que para algunos es el eslabón necesario para más altos cometidos y puestos y para otros el perfecto lugar donde pasar desapercibidos y purgar por sus culpas.

Prof. Enrique García Fuentes

Del mismo modo, para situarnos perfectamente en una realidad del todo contrastable, son ciertas y documentadas las referencias a personajes históricos que pueblan el texto, desde las incidencias de la toma de la ciudad por parte de los soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial, con lo que queda bajo sus auspicios, hasta las menciones expresas a los presidentes de la RDA como Pieck, Ulbricht y los diferentes avatares de cada uno.

Era perentorio referirnos a la veracidad del entorno real, social, político, económico, etc. donde se desarrolla la acción porque ésta en buena parte se sostiene en la confrontación entre esa realidad “real” que todos conocen y en la que viven y la realidad particular, deformada y propia en que se ubica la protagonista. 

Ponderaba yo hace unos instantes la valentía del jurado al premiar una novela de escritura no tan convencional como es ésta. Al modo de cómo hemos de proceder con su admirado Faulkner, conviene estar atento desde el principio, pues en los primeros capítulos de nuestro relato ya se describen las claves que lo van a ir explicando. Con todo, no será hasta que comprendamos su transcurso cuando se nos hagan manifiestas todas esas claves que ahora sí podemos ir interpretando correctamente. El mapa de las viudas es una novela cuyo narrador (que no escritor) es anormal; la narración en tercera persona, de manera pretendidamente fría y casi testimonial, se rompe abiertamente en su capítulo 13, cuando se da explícita noticia de la muerte de Hitler, y será cuando Eleonora toma activamente la voz y la narración pasa de la tercera a la primera persona. En este crucial capítulo descubrimos qué fue lo que realmente ocurrió y nos explicamos el desdoble al que hemos sido sometidos lectores y protagonista principal. Desde ese momento es como si Eleonora viera a otra Eleonora. Tras lo sucedido, ha perdido el control de sí misma, ha dejado de ser ella, y sufre, sin asumirlas, las consecuencias del tremendo trauma que ha padecido y de sus monstruosas secuelas posteriores.
Irremediablemente enganchados al alucinante comienzo de la novela, con ese irresistible episodio del murciélago (símbolo, quizá, de la culpa y de la infamia) metiéndosele por las venas camino del corazón a la protagonista, no podemos más que dejarnos llevar por esta angustiosa peripecia de una mujer terriblemente desgraciada que recrea a su modo y desde sus peculiares circunstancias la confusa realidad en la que vive. Sólo a medida que vamos avanzando logramos componer este puzzle de piezas sueltas y así asumir la magnitud de la tragedia que el personaje se sitúa.

Obsesionada por ella, la vida y las personas pasan por Eleonora sin dejarle repercusión ninguna. Aunque actúe en muchos casos como testigo directa de los sucesos que ante nuestros ojos aparecen, como conversadora activa y hasta lúcida en determinados pasajes dialogados de la novela, Eleonora todo lo olvida acto seguido; sólo vive para su hija, Annette, a la que, contra viento y marea, busca proteger de los murciélagos y del terrible mundo exterior que se empeña en conseguir que la niña no vea. La realidad orbita por su vida y ella vive ajena a ella; no es consciente de las circunstancias sociopolíticas que la rodean, ni siquiera de los sucesos que a su lado mismo acontecen. En muchos momentos del relato se nos hace explícita esta situación:

“Ella se pregunta por el presidente Pieck. ¿Quién es el presidente Pieck? Escudriña en su memoria. ¿Qué es lo que preside el Presidente Pieck? Casi nunca sabe de qué le habla esta señora; todo el tiempo, la mujer de Groß le menciona personas, apellidos de familias, parentescos… pero ella no atina a descubrir sus caras. ¿Pero quién es el presidente Pieck que tanto altera a la señora Groß? ¿Presidente de qué? No conoce a ningún Pieck.”

o, más adelante:

“Los de la Stasi vigilan a todo el barrio, Eleonora, conocen todos nuestros movimientos. Nos tienen controlados.

-¿Stasi? ¿Qué es eso?

-¿Tampoco sabes lo que es la Stasi? No existe un solo alemán que desconozca qué es la Stasi…

-No sé qué es la Stasi.

-Es el Ministerio para la Seguridad del Estado.

– ¿¡La Gestapo!?

-No exactamente, pero se parecen.”

y, por cierto, de qué manera tan implacable hacen los aludidos buena la comparación. Es un terrible episodio donde se muestra con toda crudeza la despiadada crueldad de la Stasi; tras asesinar impunemente y a sangre fría a uno de los personajes de la novela, uno de los criminales se fija en unas plantas que Eleonora tiene en su ventana y con toda candidez le espeta:


“Por cierto, los brezales están que revientan de flores, ¿cada cuánto tiempo los riega?”

Pero a lo que vamos, Eleonora todavía cree vivir en la Segunda Guerra Mundial; para ella es como si el mundo se hubiera detenido aquella terrible noche:

“Los vecinos se quejan de que por la radio no informan qué es lo que está sucediendo en el país. Nadie sabe si la guerra ha terminado o no, o, más bien ella no lo sabe. La gente murmura que Alemania se enfrenta a una catástrofe y que las potencias aliadas se van a tirar en picado sobre el país como los buitres encima de la carroña (…) todas las cosas van a escasear en cuanto Alemania firme la capitulación” 

se dice en otro momento de la novela. Y es que Eleonora es una mujer escindida; literalmente partida en dos, superviviente a medias y a su pesar de un trauma demoledor. Eleonora vive en 1960, pero lleva muerta desde la noche del suicidio de Hitler. Si no estuviera tan degradada últimamente la expresión, diría que Eleonora es una muerta en vida que suplanta su resignada existencia actual por medio de empeñarse en unir sus actuales miedos y sinsabores con su existencia anterior, pero tratando por todos los medios de superar, inútilmente, la desdicha que la dejó en la situación en que la encontramos. Sólo esa extraña relación con su más que extraña hija colma la depauperada vida de nuestra protagonista; y no es una relación fácil, en absoluto, como no lo son, por regla general, las que se establecen entre madres e hijas. El propio autor lo recuerda en otro sitio: 

“Las relaciones humanas son difíciles, lo sabemos todos. Y las relaciones entre madres e hijas mucho más. Además, cada relación madre-hija se asienta en códigos completamente desconocidos para los demás, lo mismo ocurre en una pareja. Pero entre una madre y una hija existe un acercamiento o un alejamiento con rasgos de dulzura y crueldad en partes iguales. Dulzura en cuanto al amor y crueldad en cuanto al dominio y al intento filial por zafarse de ese dominio y de alejarse del modelo materno. La lucha puede ser cruenta.”
Y aquí, por las especiales circunstancias que la condicionan y la hacen tan especialmente traumática, el lector descubrirá la certeza implacable de este aserto. 

Termino lamentando, sin embargo, la poca confianza del autor, que pese a estar perfectamente avalado por la tradición decimonónica y de comienzos del XX, no se ha atrevido a titular la obra con el nombre de su inolvidable protagonista. Ha optado, sí, por un título enigmático y llamativo (lo que es del todo encomiable), pero hubiera deseado la valentía de llevar a Eleonora hasta el nombre mismo de la novela, porque es bien cierto que Daniel Dimeco ha creado un personaje destinado ya a quedar no sólo como referencia inmediata de esta obra, sino entre los inolvidables de la gran literatura.

Y, por cierto, quiero dejar patente también mi sana envidia por los lectores y el jurado del mencionado premio Clarín por haber sido capaces de encontrar novelas superiores a esta de El mapa de las viudas con la que nosotros tanto hemos disfrutado.

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