LOS CUERVOS DEL VATICANO



Papa Emérito Benedicto XVI



“Os anuncio un gran gozo: ¡’Habemus Papam! El eminentísimo y reverendísimo Señor don Joseph, cardenal de la Santa Iglesia Romana Ratzinger, que se ha impuesto el nombre de Benedicto XVI“. Es muy probable que ese instante el cardenal Ratzinger pensara en su Baviera natal y en salir andando en sentido contrario al balcón de la Basílica de San Pedro.
Los cuervos del Vaticano, del periodista Eric Frattini, es un viaje entre voraces. Un viaje donde la elegancia de la imagen y de los gestos contrasta brutalmente las relaciones non-sanctas de los hombres al servicio de Dios.
 
F. Monforte / AFP

Ninguna política, jamás, me ha resultado tan atractiva como la vaticana, sencillamente porque se aparta de las normas corrientes y de los usos habituales de cualquier otro Estado, democrático o dictatorial. El peso de la tradición, sólo se le puede comparar, aunque de lejos, el de la monarquía británica, hace que la Santa Sede sea una joya para el análisis político. La maquinaria cuarial es instrumento de Poder en manos del Secretario de Estado, una suerte de poderoso Primer Ministro o Vice-Papa que conduce el timón del Vaticano y de toda su red político-económica haciendo patente esa división milenaria entre los divino y lo terrenal. Una frontera que nunca es muy clara ni nadie pretendería delimitar.



Frattini, en su libro, presenta la cara más política del Estado Ciudad del Vaticano: con la infaltable dosis de película de misterio, de relaciones turbias con Mafia al mejor estilo Mario Puzzo, de asesinatos y traiciones, de purpurados que unen las yemas de los dedos para esconder la mirada gatuna mientras defenestran a quien sea por los trozos de poder.
Acaba de comenzar el Cónclave. La Curia dividida y los cardenales dándose zarpazos en el intento por ser el primero en llegar a la silla de Pedro. Es buen momento para leer Los cuervos del Vaticano y acercarse a las vísceras de un Estado particular. Eso sí, lo mejor es hacerlo sin el estúpido fervor del militante anticatólico ni con la ceguera del fanático creyente y así disfrutar más y mejor de uno de los acontecimientos político-religiosos más apasionantes y que se se dan de vez en cuando.
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