GOMORRAH GIRL

Anna, 9 años, en La Vela Rossa
Scampia y Forcella son dos de los barrios más peligroso del mundo. No quedan ni en África ni en América Latina, sino a escasas dos horas y media de avión desde Madrid: en Nápoles. Hasta el 28 de marzo, gracias a Gomorrah Girl, nos podemos acercar a observar una dura realidad a través de las fotos que Valerio Spada exhibe en la madrileña Galería Cero (c/ Fuenterrabía, 13 – 91 552 99 99).
En 2004, en Forcella, la barriada que controla el clan mafioso de los Giuliano, el fuego cruzado entre machos jóvenes de la Camorra mataba a Annalisa Durante, una adolescente de 14 años, delante de la tienda de su padre. Una muerte más que a ningún vecino sorprendió. Partiendo del dolor y la fuerza reivindicativa del padre de la víctima, Giovanni Durante, el fotógrafo italiano Valerio Spada crea un documental fotográfico de la adolescencia en estos sitios marginales coloreados por la droga, la prostitución y la pobreza.
Graffiti del ángel
con pistola



El objetivo de la cámara de Spada ha conseguido captar la esencia a través de los rostros, ha plasmado las infancias recortadas de cientos de niñas que no han llegado, siquiera, a probar la adolescencia, niñas devenidas en mujeres de miradas aterradoras, carentes de todo ángel, más allá del que puede verse en un graffiti, con una pistola en la cabeza, a escasos cincuenta metros de donde Annalisa fue asesinada.
Se oye el sonido de un disparo mientras que Anna, una niña de nueve años, posa en una de las escaleras de La Vela Rossa, barrio de Scampia, uno de los edificios lúgubres junto a La Vela Blu y La Vela Gialla, tres adefesios arquitectónicos carcomidos en sus entrañas por el óxido de sus hierros y sudando la pavura de quienes los habitan por entre las grietas de sus muros. Scampia es el mismo escenario de Gomorra, la película de Matteo Garrone basada en el libro de Roberto Saviano.
Se oye una segunda detonación a la vez que Sabrina, de 11 años, cantante “de la nueva ola” (chicas que cantan y que llegan a ganar hasta 200.000 € anuales en un negocio controlado por la mafia), deja estallar las lágrimas “bajo demanda” para emocionar a la audiencia mientras entona La lettera, una canción sobre una carta a su anciana madre.
Niñas-mujeres con los iris quebrados de tanto ver sangre y respirar violencia, niñas-mujeres con las venas abiertas en La Scuola, conocido también como I Pufi (Casa de los Pitufos), el lugar que acoge a una media de 300 personas por hora, un ágora dramática, donde los adolescentes se reúnen para pincharse y que, en otros tiempos, albergó un jardín de infancia.
I Pufi o La Scuola

En Gomorrah Girl no se ven imágenes del estilo de las míticas familias mafiosas del escritor Mario Puzo o de los cineastas Martin Scorsese y Francis Ford Coppola. La realidad de la lente de Spada se muestra, en apariencia, mucho más chunga. La imagen de elegantísima apostura de John Gotti Jr., el capo de los Gambino de Nueva York, se ha trocado por una versión poligonera que incluye botas blancas y arandelas doradas en las orejas en una ciudad de Nápoles que, también, pareciera vivir acosada por las huelgas de los recogedores de basuras. Las familias organizadas de Italia (y sus ramificaciones norteamericanas) han ido cambiando de apariencia durante las últimas décadas. Los ajustes de cuentas, incluso, que se hacían bajo estrictas reglas, como podía ser el de matar al jefe de un clan saliendo de un restaurante (había que dejarle viajar al más allá con el estómago lleno), ahora resulta demasiado poético.

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