APUÑALANDO LAS BARRERAS DEL SILENCIO

Manifestación en la plaza Tahrir
Foto de Khaled Elfiki (El País)
¿Cuántas veces se ha hablado del poder de la voluntad de un pueblo frente a sus gobernantes? Muchas, demasiadas. También mucho se ha hablado de la Primavera Árabe y de la consiguiente caída en cadena de Ben Alí en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y Muamar Gadafi en Libia, aunque en el último caso el factor petróleo y contrataciones multimillonarias forzaron a los países occidentales, encabezados por el hiperactivo marido de Carla Bruni, a intervenir para salvar a la población civil azotada por el dictador (suele ocurrir que algunas veces los servicios secretos se enteran tarde de lo que está pasando en la casa de los vecinos). De buen cristiano es socorrer al que sufre.
En Europa también se ha hablado bastante de los aires cálidos provenientes de los países árabes y de cómo rozaban nuestras pieles curtidas por los recortes y la sangría impuesta por los lobbies financieros y los hombres de negro. Claro que, me parece a mí, en Europa el espíritu combativo que tenemos es más de intelectualidad de bares que de verdadero compromiso. Al fin y al cabo, desde la Primavera de Praga en 1968, más fresca que la árabe, nuestras voces no se han alzado con la tenacidad y registro suficientes como para apuñalar la barrera del silencio.
Hoy, como hace un año, siento verdadera admiración por el pueblo egipcio. Hoy, como hace un año, los egipcios se vuelven a enfrentar (solos) en la misma plaza Tahrir al Poder constituido que les quiere arrebatar los derechos que tanto les ha costado conseguir (pagándolos, incluso, con vidas), un poder político que se cree ungido por la mano divina y que aplica, una vez más, prácticas torcidas que han ayudado durante tantos años a aplastar y a empobrecer a su pueblo. Da igual que sean islamistas o laicos, socialistas o conservadores cuando lo que importa es retener el puesto a costas de los demás.
Egipto lucha por ser libre, pero no lo hace con palabras bonitas y discursos, lo hace cara a cara con el férreo dispositivo de seguridad, a sabiendas de que puede tratarse del último acto que cada uno de esos individuos acomete en sus vidas.
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One comment

  1. Llevas toda la razón, Carmen. La prolongación del ejercicio del poder, rodeado de vergonzantes “turificatores” que así conservan su puesto, sólo puede cortarse de cuajo, como se hace con los cardos marianos, con la guadaña de mentes enseñadas y educadas en la libertad, amantes de la justicia y reclamadores de los derechos que les pertenecen, por eso, por justicia, nunca por solidaridad de los otros.

    El Góngora desde la Montillana.

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