MADAME SHANGHAI



XVIII Congreso del Partido Comunista



Fotografía 1
Una elegantísima mujer, en un atardecer lluvioso, saliendo de un centro comercial en la intersección de Nanjing lu y Shanxi lu, a escasos metros del hotel Ritz de Shanghai. Viste perfecto tailleur claro, bolso y zapatos conjuntados, paraguas inglés y de su mano pende una bolsa con la inscripción Christian Dior. Me acuerdo de Kyo Gisors, el personaje de André Malraux en La condición humana, y de los miles de humillados y ajusticiados que habían apoyado al Kuomintang hasta 1949 y que tuvieron que embarcarse a Taiwán (a la isla de Formosa) y de los que perecieron por una inútil Revolución Cultural.
Fotografía 2
Desde el malecón del Huangpu observo extasiado la majestuosidad del Pudong, con sus torres brillantes y afiladas que se elevan como una ofrenda a la diosa Finanzas en una fría y acristalada belleza de inspiración-imitación de Nueva York. Pienso en la azotea de la última planta con sus bares y restaurantes de lujo y cuál debe de ser la sensación si uno cae o lo tiran al vacío desde tan alto estándar. El estómago se me encoge y el corazón sufre un traspié.
Hennessy Cognac, 1930
Fotografía 3
El Peace Hotel, el viejo Cathay de la mafia china y las juergas de principios del siglo XX, aún conserva aires aristocráticos de deliciosa decadencia. Lámparas mortecinas que dibujan sombras sobre las mesas, rincones de confidencialidad y secretismo, el banal cuchicheo de mujeres ricas de ojos rasgados y pieles ardientes, misteriosas, peligrosas, deliciosas… Transacciones de toda índole regateadas a base de sangre y sexo. Y los azulejos verdes de las paredes, como si al Cathay lo hubieran construido de jade. Son tiempos de mucho charleston, de mujeres y hombres con sombreros, de sonidos de jazz entre humos de tabacos y opio.
Fotografía 4
La avenida Zhongshan se contonea al ritmo del Huangpu, en cuyo malecón, justo frente al hotel, se levanta la estatua de un Mao Tse-tung septuagenario, efigie de un líder que acabó absorbido por la ambición de la Banda de los Cuatro sátrapas que comandaba su mujer bajo el rótulo de Revolución Cultural. Su imagen borra de un plumazo cualquier idea romántica y decadente de los años 30, de los tiempos de las concesiones extranjeras, los territorios arrendados a las potencias occidentales. Casualidad o burla, su figura diminuta está enfrentada a los gigantes de acero y vidrio que dominan la bahía amarilla.
Fotografía 5
Sopla el viento en Pekín y los 5 grados centígrados convierten las gotas en solidez de escarcha, mientras que la estoica Nomenklatura, reunida en la Asamblea Popular, junto a la plaza de Tien-an-men, pare a un nuevo timonel en el XVIII Congreso del Partido Comunista, al hombre que tendrá que evitar el choque que se aproxima entre una China que emerge interminable, como el lomo de una ballena, y la débil equidad social que agranda las diferencias cada vez más insalvables.
Última fotografía
El viejo Gisors (el padre) contemplaba su pipa. Delante de él, la lámpara encendida, la cajita del opio abierta y las agujas limpias. Fuera, la noche. En la habitación, la luz de la lamparilla y un gran rectángulo claro que surge de la puerta abierta de la habitación contigua, donde han trasladado el cuerpo abatido de Kyo (el joven Gisors).
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