"IVÁN-OFF" O LA VIDA COMO CÁRCEL

Cartel de Iván-Off
Ivanov
Autor: Anton Chéjov
Versión de José Martret
Dirección: José Martret
Reparto: Raúl Tejón, David González, María Salama, Roberto Correcher, Javier Delgado “Tocho”, Maribel Luis, Germán Torres, Cristina Fenollar/Rocío Calvo, Cristina Alarcón
Producción: Magdalena Vidal, Paco Tomás y Me voy contigo films
Lacasa de la portera (c/ Abades, 24 bajo derecha – Madrid) desde el 27 de septiembre
El teatro La casa de la portera está emplazado en el bajo de un antiguo edificio del Madrid castizo, entre La Latina y Tirso de Molina. Al recorrer sus pasillos estrechos, el visitante puede sucumbir al encanto de los objetos con toque kitsch que cuelgan de las paredes o caer rendido al embrujo de los ojos de la Duquesa de Alba, doña Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, muy Grande de España, que otean a la veintena de espectadores que pasan a su lado en fila india rumbo a la finca de Iván. Créanme, es una experiencia aconsejable.

El actor y director mallorquín José Martret es el amo de la portería, el arquitecto del montaje de Iván-Off y el responsable de una versión exquisita del texto de Anton Chejov, Ivanov.

Desde tiempos inmemoriales, la depresión ha sido considerada un mal menor, una molestia pasajera que afectaba a las personas poco habituadas a las durezas del trabajo, un virus casi exclusivo de la ociosa aristocracia. La depresión en el siglo XIX y comienzos del XX era un mero desánimo que, en el caso de las mujeres, podía encontrar su medicina en los paseos a orillas de un río y, en el caso de los hombres, en una actitud taciturna muy masculina. Con el correr del tiempo, en algunos ámbitos laborales, las bajas médicas por depresión llegaron a equivaler a cogerse unos días extras de vacaciones. Es ahora cuando la depresión se sabe que es una enfermedad muy grave que afecta a quien la padece en todos los órdenes de la vida de un modo casi paralizante.

En otros tiempos, deprimirse era enfermar y morir por amor y la melancolía extrema, esa que conducía al desgraciado al suicidio, al fin y al cabo, no era más que el summum del romanticismo. El intelectual depresivo era un ser profundo, alguien gris y raro que calzaba mal en la sociedad pero que siempre poblaba las tertulias y los saraos, ocultando de mala manera el silencioso dolor que le afectaba. Adieu tristesse, bonjour tristesse, en versos de Paul Éluard.

El joven Werther, el torturado protagonista de la novela de Johann Wolfgang von Goethe, vaga desesperado por el amor no correspondido de Lotte hasta que la tragedia se desencadena empujándolo a la tristeza y hastío que caracterizó a los románticos del siglo XIX y que el vizconde de Chateaubriand, en una amplia generalización, denominó mal du siècle. Iván, el de Chéjov y el que interpreta Raúl Tejón en la puesta en escena de la calle Abades, también es abrazado por esa apatía y desgana que le altera el humor sin una causa aparente hasta herir con saña a los seres que le rodean, a las mujeres que llega a amar.

Ivanov es un drama en cuatro actos en el que el autor ruso refleja, con el sigiloso derrotero que impulsa a sus obras, la inexplicable descomposición anímica que sufre Nicolai Alexéievich Ivanov o, simplemente, Iván en la genial interpretación de Tejón en Iván-Off. La transformación del personaje es encomiable y su carácter taciturno se percibe desde el mismísimo comienzo de la función.

Equipo de Iván-Off
©La casa de la portera
Dos estancias de La casa de la portera acogen dos actos de la obra cada una. Los espectadores son invitados a desplazarse alternativamente entre ambas habitaciones en busca de los personajes y siguiendo la trama de la historia. Una vez que el espectador ocupa su sitio en el despacho de Iván, presidido por una curiosísima reproducción de La gran odalisca de Ingres, puede oír las respiraciones de los actores, sus alientos, sus corazones algo agitados por el encuentro inicial con el público en la casa de Iván y de su mujer, Ana (María Salama), donde tiene lugar el primer acto y donde empiezan a desfilar personajes que, todos ellos, se crecen durante las dos horas de función. Miguel, el primo de Iván, y Mateo, el tío de Iván, están representados en los cuerpos de David González y de Javier Delgado “Tocho”, respectivamente. Al brillante Roberto Correcher le toca dar vida al sinuoso y muy honrado doctor Constan.

La segunda sala sirve de morada de los Leyva, la rica familia del pueblo que contrasta en color y aparente alegría con la tristeza que atenaza a la de Iván y Ana. Allí viven Silvia Leyva (Maribel Luis), su marido Carlos (Germán Torres), su hija Sara (Cristina Alarcón) y, en los eventos especiales, reciben las viperinas visitas de doña Bárbara, a cargo de la inigualable Cristina Fenollar (se alterna en el papel con Rocío Calvo) que arranca risas sin necesidad de hablar.

Iván-Off es una manera diferente de acercarse a un tremendo drama como la depresión. A pesar de la cadena interminable de risas que se suceden en La casa de la portera, la frivolidad allí no tiene lugar y no creo que los espectadores sean capaces de salir de allí indiferentes a lo que han visto. Los personajes van calando hasta desembocar en escenas que pueden llegar a ser de una extremada dureza o de gran ternura. La cercanía con la que los actores trabajan en relación con los espectadores, debido a la misma disposición de los “escenarios”, ayuda a que la historia no pase por delante de los que miran, sino que se resuelva en el interior de cada uno.

Antes del punto y final me hago una pregunta: ¿cuál será la opinión de doña Cayetana? Después de todo no se ha perdido ni una sola función.

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