CUANDO MUERE EL HIJO. Una crónica real

Abel Posse
Córdoba (Argentina) 1934
Emecé-Planeta

En 2005, al término de un desayuno estival con el escritor argentino Abel Posse en el café Le Louis IX, en la isla San Luis de París, echamos a andar por la rue Saint-Louis en l’Île. Algunos metros más adelante, poco antes del portal número 25, Posse señaló hacia arriba con la mano y me dijo: Mirá, en la ventana que ves allá arriba, vivíamos con Iván.
Es curioso, pero desde que leí las primeras páginas de Cuando muere el hijo. Una crónica real, algunos de los lugares comunes de la antigua isla de pescadores pobres han adquirido tal relevancia que han cambiado para siempre el orden imaginario que tengo en mi cabeza del reducto más hermoso de París. Sin duda es porque ya me resulta imposible abstraerme “al aullido ancestral de la madre ante el hijo muerto” en el momento en que Iván, el hijo, “se estaba yendo de sus ojos. Se había ya ido de su mirada y avanzaba hacia la cosificación insignificante del cadáver”.
Esta crónica existencial es la narración de la muerte de un Iván que despierta a la adolescencia después de la idílica infancia veneciana en el palazzo Mangili-Valmarana. Crónica que, realizada por su padre, escritor profesional, es un grandioso acto de exorcismo y de sincera literatura.
En el momento en que suceden los hechos que Abel Posse plasma en su libro, Argentina vivía los coletazos finales de la terrible dictadura militar y Carlos Barral imprimía Los perros del paraíso en la colección Fenice, en mi opinión la novela más grande de este autor, obra ganadora del Premio Rómulo Gallegos. Acababa de nacer, para Abel y Sabine, el fatídico año 1983.
Dice Abel Posse: “El objetivo principal de mi vida, lo cardinal, siempre ha sido querer ser escritor. Lo demás era accesorio”. Cuando muere el hijo. Una crónica real disecciona, página a página, el laberinto que crea la Muerte a los que quedan de este lado hasta que consiguen, los que lo consiguen, emerger del sufrimiento.
Ante la Muerte, impiadosa y paralizante, el Dios de la infancia se disuelve, pero hay que seguir soportando la andadura. En la búsqueda de la salida, Abel y Sabine sintieron que cada muerte exigía una teología particular, una filosofía funcional desmitificadora de la todopoderosa dama de la guadaña.
La vida y la muerte, en su juego de póquer, iniciaron una nueva partida un año después de la ida de Iván. Una llamada desde Buenos Aires, les abre las puertas al viaje iniciático en el Mediterráneo oriental. A Abel Posse, al diplomático, le brindan la oportunidad de fijar rumbo hacia la Embajada en Israel. Con la necesidad urgente de emerger, ambos emprenden en coche la travesía que los llevará a Ancona, Patras, Atenas, a la higuera de Anaximandros y a la eterna Jerusalén.
 
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