LOS DÍAS FELICES

Con: Isabel Ordaz y Julio Vélez

Dirección: Salva Bolta

Sala Verde de los Teatros del Canal, Madrid

Del 13 al 23 de enero de 2011

Los días pueden ser felices o hay que ponerle mucho humor a una vida que te va cubriendo hasta el cuello. Puede suceder en Inglaterra y también en España o en cualquier otro sitio.

Isabel Ordaz, con un excelente trabajo de gestos y manteniendo el talante en un monólogo de más de hora y media, encarna magníficamente a Winnie en Los días felices, de Samuel Beckett. Personalmente es una obra a la que le tengo un inmenso cariño, una obra maestra del mejor absurdo que nos obliga a mirarnos en un espejo y observar cuánto tenemos de Winnie o de Willie en el semblante.

El sonido es molesto pero necesario en ese lento derrapar hacia el abismo, las luces rojas abrasan a esa pareja que ya hace mucho tiempo que no dialogan, Winnie habla para rellenar las horas, el día se ha convertido en un largo paréntesis entre la primera señal del reloj por la mañana y la señal para irse a dormir por la noche. Entre medias, las horas transcurren con mucha lentitud y el personaje siente la necesidad visceral de no darle cabida a la realidad más cercana y contundente, enmarañada en la soledad, en el abatimiento. Winnie apela a la risa cuando las circunstancias no son del todo placenteras. Cuando se da cuenta de que muy pocas cosas le sonríen de verdad, ella ríe.

Y siempre le quedará la bolsa, una bolsa cargada de cosas que si alguien le preguntase qué es lo que lleva dentro, ella no sabría contestarle. Todos tenemos una bolsa y no sabemos exactamente qué llevamos dentro, pero sí estamos seguros de que va desde un genuino cepillo de dientes con cerdas de puerco hasta un revólver… Nunca se sabe qué nos puede hacer falta en el desierto.

La puesta en escena, a cargo de Salva Bolta, es muy buena porque permite que el texto y las sensaciones que provoca en el espectador fluyan con independencia de shows innecesarios. Bolta ha conseguido reflejar la existencia humana en un viaje minucioso a las interioridades, marcando los ritmos, los gestos y las acciones. En conclusión, director y actriz han hecho puro teatro.

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One comment

  1. A veces hay que hacer teatro en la vida para que ésta concuerde con la de los demás. O para demostrarles que somos felices, ya que el marketing de la envidia se cotiza más alto cuando vemos al otro sonreir.
    Me gusta ese matiz del que habla, esa bolsa en la que escondemos todo. La mayoría, como usted bien dice, un revólver. La mayoría de los días (y de las familias, según Anna Karenina) son infelices. Pero mostrarlo es darnos a la transparencia, dejar que el otro nos adivine. Y eso nos convierte en vulnerables.
    Perfecta crítica.
    Anna Takeda

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